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La noche de los cristales rotos: locura organizada

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 La “noche de los cristales rotos” o Kristallnacht es el nombre que se dio a la oleada de violencia antisemita ocurrida la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938 en la Alemania nazi y también en Austria.

Alemania nazi
La pancarta dice: «¡Alemanes, defiéndanse! ¡No compren a los judíos!», 1 de abril de 1933

 

Si bien, a nivel oficial, se presentaron los hechos como una reacción espontánea de la población tras el asesinato, apenas 2 días antes, del secretario de la embajada alemana en París por un judío polaco de origen alemán, se trató de una serie de linchamientos y ataques coordinados contra los ciudadanos judíos y sus propiedades, así como contra las sinagogas, llevados a cabo por fuerzas paramilitares del partido nazi (las SS, las SA y las Juventudes Hitlerianas), junto con la población civil y ante la pasividad de las autoridades que se limitaron a contemplar los hechos.

El ataque recibió el nombre de Kristallnacht debido a los vidrios hechos añicos que cubrieron las calles después de los destrozos, y resultó ser el mayor pogromo de la historia. Al menos 91 ciudadanos judíos fueron asesinados y otros 30000 detenidos y trasladados a campos de concentración, llegándose a quemar más de 1000 sinagogas y destruir unos 7000 comercios judíos. Datos escalofriantes de una noche de locura organizada, en la que el pueblo judío resultó nuevamente agredido, como tantas otras veces a lo largo de la historia, y que hace aún más incomprensible los sucesos que se viven a diario en la franja de Gaza y la actitud de Israel hacia el pueblo palestino.

Pero no debemos pensar que los hechos ocurrieron única y exclusivamente por el progresivo crecimiento del antisemitismo tras el ascenso de Hitler al poder, ya que tanto las persecuciones, como las medidas antijudías, se aplicaban desde mucho antes, y no sólo en Alemania, sino también en muchos otros países, derivadas de la reticencia a integrar a las personas de origen o confesión judaica -así como de otras minorías- a sus respectivas sociedades. Podríamos decir que lo diferente asusta, se ridiculiza para hacerlo de menos, se critica… y si somos mayoría y más fuertes, se ataca. Es más sencillo estar en el bando mayoritario, en el fuerte, para golpear sin temor a recibir una respuesta o un contraataque… quizá sea la condición humana, o mejor dicho, la inhumana, la que tanto abunda en nuestra especie, y más cuando hablamos desde la visión de rebaño.

La Kristallnacht derivó en una posterior persecución política y económica de los judíos, que los historiadores engloban dentro de la política racial en la Alemania nazi, y que constituyó el paso previo a la solución final, al Holocausto. El antecedente más reciente de los acontecimientos que provocaron aquel linchamiento masivo, y la posterior degeneración del antisemitismo, lo podemos encontrar en la derrota de la primera Guerra Mundial y el subsiguiente Tratado de Versalles, una firma obligada que implicó la pérdida de territorios y la reparación económica a los vencedores.

Un acuerdo que machacó aún más al pueblo derrotado, y sembró el sentimiento de humillación.

Hacia el final de la primera Guerra Mundial, Alemania estaba siendo gobernada como una dictadura militar. Tras el fracaso de la última ofensiva germana en 1918, con la derrota militar consumada, los militares forzaron un cambio de régimen, estableciéndose la República de Weimar y un gobierno civil. De este modo, serían los civiles los que pagarían los platos rotos, ya que como el Kaiser había sido obligado a renunciar y ellos rechazaban ostentar el poder ejecutivo, era el «gobierno civil» el que debía buscar la paz. Un armisticio conveniente, que exoneraba a los militares de responsabilidades, dejándolos como héroes no vencidos, y con las manos libres para preparar la caída de la república que ellos mismos habían ayudado a crear. En definitiva, un tratado que les convenía, pero que estaban obligados a rechazar públicamente.

Se culpó al nuevo gobierno de la derrota, asegurando que la guerra no se había perdido en el campo de batalla. Se afirmó que el ejército había sido traicionado por los civiles en el frente interno, especialmente por los judíos y los socialistas revolucionarios que fomentaron las huelgas y los disturbios laborales, así como por los políticos republicanos que habían derrocado a la monarquía.

Al sentimiento de humillación del tratado de Versalles, se le sumó el de traición, fomentado en la difamación y la propaganda. Los líderes del gobierno alemán que habían firmado el Armisticio el 11 de noviembre de 1918, fueron considerados traidores y denominados «criminales de noviembre». Se acuñó y difundió el término: “Puñalada por la espalda”.

Pogromo de Noviembre
Baden Baden, Alemania. Detención de judíos por las SS en el Pogromo de Noviembre Archivo de Yad Vashem 138FO8

En 1919, la República de Weimar era blanco de las críticas de la derecha sobre la conducción de la guerra y la derrota; acusando también a la izquierda de complicidad con sus constantes manifestaciones de oposición al conflicto y llamada a la huelga general. Revueltas que el gobierno no había dudado en aplastar violentamente. No obstante, los líderes políticos republicanos fueron tildados de traidores, criminales y judíos, siendo algunos incluso asesinados. Esta “puñalada trapera” fue la imagen central que trasmitieron muchos de los partidos políticos conservadores y derechistas surgidos en los primeros momentos de la República de Weimar, siendo habitual en publicaciones y conversaciones en ámbitos de poder y entre intelectuales, hasta llegar a hacerse vox populi.

Aunque en la década de 1920 muchos judíos ya estaban integrados en la sociedad alemana, los casos de violencia contra esta comunidad, que suponía el 0,76% de la población, ya eran habituales. Fueron señalados por la derecha como responsables de la derrota en la guerra primero, y de la crisis económica después. Fue durante esta época cuando ya se produjo el pogromo de Berlín.

El Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) o partido nazi, que fue fundado en febrero de 1920 como continuación del Partido Obrero Alemán (1919), ya establecía en su programa, que los ciudadanos no podían ser hermanos de sangre de los judíos, y Adolf Hitler, que pasó a convertirse en su máximo dirigente en 1921, proclamaba abiertamente su deseo de que Alemania quedase libre de éstos, tal y como se refleja en su libro Mein Kampf (mi lucha).

Años después, con el ascenso al poder del partido nazi, las condiciones de la población judía comenzaron a cambiar. La discriminación se reflejó ya desde el inicio, con el boicot a los negocios judíos requerido por Hitler en 1933, poco después de ser nombrado canciller. Una operación con limitado éxito y ampliamente condenado en el extranjero.

No tardaron también en introducirse políticas antisemitas, leyes por las cuales se restringían los derechos de los judíos alemanes, en el trabajo, en la educación… prohibiendo expresamente que pudiesen trabajar para la administración pública. El ostracismo se oficializó en septiembre de 1935, con la aprobación de las Leyes de Nuremberg, por las cuales se clasificaba a los judíos en base a su pureza (judíos, medio-judíos, o cuarto de judíos, mestizos), se prohibían las relaciones sexuales y el matrimonio entre los ciudadanos de sangre alemana o afín y los judíos, se les privaba de la nacionalidad alemana, así como de la mayor parte de sus derechos, incluido el voto, e incluso se les excluía de ciertas profesiones y de la educación.

 oleada de violencia
Alemania, noviembre de 1938, persecución y maltrato de judíos en el centro de la ciudad

La campaña antijudía se endureció en 1937, en particular mediante la exhibición de una película de propaganda: ‘el judío eterno’. Al año siguiente llegó la retirada de pasaportes, la obligación de registrar los bienes, la regulación de sus nombres, limitación de sus negocios, la prohibición de ejercer la medicina… Todo para obligar a emigrar a los judíos, fuese cual fuese el precio. En agosto de 1938 se anunció la cancelación de los permisos de residencia a los extranjeros, que deberían ser renovados, lo que incluía a los judíos nacidos en Alemania de origen extranjero. Como consecuencia, más de 17000 judíos de origen polaco fueron expulsados de Alemania el 28 de octubre de 1938 por orden de Hitler. Tuvieron que abandonar sus hogares de la noche a la mañana dejando atrás la mayoría de sus pertenencias, que quedaron a merced de las autoridades y vecinos no hebreos. Puestos en trenes rumbo a la frontera, los polacos les denegaron el acceso, quedando atrapados en instalaciones fronterizas provisionales en condiciones precarias. Tras negociar con Alemania, a cuatro mil se les concedió la entrada a Polonia, mientras el resto fue trasladado a campos de concentración.

Entre los deportados, estaba la familia Grynszpan, judíos polacos que habían emigrado a Alemania en 1911 y cuyo hijo de diecisiete años, Herschel, estaba viviendo en París con un familiar. Su hermana, Berta, le envió una postal desde la frontera describiendo la situación que vivían. Herschel recibió el escrito el 3 de noviembre, compró un revolver y el lunes día 7 se desplazó a la embajada donde solicitó hablar con un funcionario. Fue trasladado a la oficina de Ernst vom Rath, para una vez a solas, disparar repetidamente en el abdomen al secretario de la embajada. No intento huir.

Las noticias de lo sucedido no tardaron en llegar a Alemania, donde rápidamente se tomaron medidas punitivas contra los hebreos. Los periódicos y revistas judías que aún circulaban dejaron de publicarse, se prohibió la asistencia de niños judíos a la escuela en el estado Alemán y se cancelaron indefinidamente todas sus actividades culturales. Se les despojó de sus derechos como ciudadanos.

Los nazis aprovechan el incidente para incitar el fervor antisemita y afirman que el joven no actuó por su cuenta, sino como parte de una conspiración judía contra Alemania. La prensa, orquestada por el partido nazi, alienta los pogromos, organizándose la noche de los cristales rotos, una serie coordinada de pogromos antisemitas, nada más certificarse la muerte del funcionario el 9 de noviembre.

El asesinato del secretario de la embajada sirvió como pretexto para lanzar una revuelta contra ciudadanos judíos en Alemania y Austria.

Una noche terrible en la que se atacaron sinagogas y negocios, se asesinó a decenas de personas y se detuvieron a miles. Un linchamiento “popular” que duró más de dos días, en los que las fuerzas de seguridad y las brigadas de bomberos tenían orden de ignorar los ataques. La policía no protegió a los judíos ni su patrimonio, mientras que los bomberos sólo controlaron los fuegos que pudieran afectar a propiedades de alemanes no judíos.

A la mañana siguiente comenzaron los arrestos; hombres, mujeres y niños cuyo único “delito” era ser judío, fueron detenidos y enviados a campos de concentración. Unos hechos que escandalizaron y aterraron a las familias y comunidades judías, que de ese modo fueron conscientes de que no tenían futuro en Alemania.

La persecución y los daños económicos provocados a los judíos alemanes no cesaron tras los altercados, ya que se les consideró responsables y no solo tuvieron que hacer frente a los destrozos, sino que además se les impuso una multa colectiva de mil millones de marcos, que se recaudó mediante la adquisición del 20% de todas las propiedades judías por parte del Estado. Una gran hipocresía de la maquinaria del estado, que aprovechaba su situación de fuerza para dar una nueva vuelta de tuerca.

cristales rotos
Tienda judía en la mañana posterior a la Noche de los cristales rotos en Magdeburgo – De Bundesarchiv, Bild 146-1970-083-42

En las semanas siguientes, se promulgaron multitud de leyes y decretos destinados a privar a los judíos de su propiedad y sus medios de vida. Se impuso una política de transferir activos y empresas de propiedad judía a propiedad “aria”, claro está, por una fracción de su valor real. Se excluyó a los judíos, ya sin derecho a trabajar en el sector público, de ejercer sus profesiones en el sector privado, avanzando más en su eliminación de la vida pública. Perdieron su derecho a disponer de permiso de conducir y vehículo, se les restringió el acceso al transporte público, a acudir a espectáculos…

Se expandieron y radicalizaron las medidas dirigidas a la completa eliminación de los judíos de la vida social y económica alemana, derivando posteriormente hacia políticas de emigración forzada y hacia “la solución final”: la deportación y exterminio en masa de los judíos para liberar Alemania de su presencia, política que se extendió a los territorios conquistados durante la segunda guerra mundial.

Lo que inicialmente había comenzado como una discriminación, dio paso a los actos de violencia, que forzaron la emigración judía y desembocó en el exterminio de millones de personas. Los pocos que pudieron, escaparon. Valga como dato, que en los diez meses que siguieron a la Noche de los cristales rotos, más de 115.000 judíos emigraron de Alemania, dirigiéndose la mayoría a otros países europeos, a Estados Unidos y a Palestina. Como parte de la política gubernamental, los nazis confiscaron casas, tiendas y otras propiedades que los emigrados dejaron atrás. La noche de los cristales rotos fue el primer paso en la persecución sistemática y el asesinato masivo de judíos en todas partes de Europa, en lo que fue conocido posteriormente como el holocausto.

A nivel internacional, los hechos ocurridos aquel 9 de noviembre desacreditaron los movimientos nazis en Europa y Estados Unidos, ocasionando su declive. Los periódicos condenaron los sucesos, e incluso el presidente Roosevelt denunció los hechos y retiró a su embajador de Alemania, aunque no rompió relaciones diplomáticas, mientras que otros gobiernos si lo hicieron a modo de protesta. España, en plena guerra civil, fue testigo de cómo el bando franquista, no sólo justificó los hechos, sino que los aplaudió.

A lo largo de siglos de historia, muchas son las atrocidades cometidas por el ser humano. Pocos países, culturas o religiones se libran de esta barbarie, por mucho que esgriman excusas o justifiquen sus actos. Siempre son los demás. Todos vemos y reconocemos la brutalidad de la Alemania nazi… claro, no las cometimos nosotros, también el exterminio de los indios nativos americanos, o la muerte de infieles en nombre de Dios… seguimos sin haber sido nosotros. Pero, ¿qué pasó en la guerra civil? ¿Qué pasó tras el descubrimiento de américa?… Demasiadas atrocidades cometidas por unos y otros de las que preferimos no hablar, es que eso ya nos toca más de cerca y quizás, sólo quizás, no seamos tan “buenos”.

¿Qué pasa con el acoso en las empresas, en los colegios…? Miramos para otro lado cuando no nos toca directamente. Preferimos no saber, y por desgracia muy pocos entre los no afectados, lo denuncian, lo combaten… pues ya saben que se enfrentan a la mayoría, al poder. Sólo recordar que nuestra pasividad es complicidad, permitir la injusticia y el acoso equivale a ejercerlo, pues lo hace posible. E incluso llegamos a un punto en el que los que lo han sufrido, son capaces de ejercerlo. No tenemos más que ver el caso de Israel, un pueblo que ha sufrido lo que no está escrito, y que actualmente machaca al pueblo palestino. Lamentable. Lo que por desgracia queda claro, es que el ser humano es el menos humano de los seres. Cada vez entiendo más al Grinch, que adoptó un perro (un regalo de navidad desechado por una familia) y se fue a vivir a una cueva. Por suerte, aún quedan personas que merecen la pena, y por las cuales vale la pena luchar.

Lander Beristain

Lander Beristain

Lander Beristain, San Sebastián (Gipuzkoa) 1971. Siendo el menor de tres hermanos, se crió en el seno de una familia de clase media que además de aportarle su cariño, le inculcó el gusto por la educación y la cultura, así como unos valores personales marcados a fuego que aplica en todos los aspectos de su vida y proyectos en los que se implica.

Pasó su infancia en Deba (Gipuzkoa) y posteriormente se trasladó a vivir a San Sebastián.

Apasionado de la literatura y de la historia del imperio romano, así como de las novelas históricas que leía en diversos idiomas, tuvo que relegarlos a un segundo plano para acometer sus estudios de Ingeniería industrial en la Universidad de Navarra y desarrollar una carrera profesional estable.

Con infinidad de ideas en su cabeza comenzó a escribir “El Consejero de Roma” en 2017, tardando 2 años en confeccionar el primer borrador. Posteriormente fue puliendo diversos detalles y aspectos, antes de presentarlo a “Las nueve musas ediciones” para su edición, de forma que quedase listo para ver la luz. Un momento tan esperado como ilusionante.

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