Las nueve musas
Bibiana Collado

«Violencia» Bibiana Collado

Violencia es un poemario que, construido bajo una tensa atmósfera de ahogo constante, supone una exploración de la agresión física y psicológica en la mujer, pero también sobre aquella que se encuentra en el propio lenguaje, convirtiéndose este entonces en una herramienta de doble filo que dificulta el acto de decir, de denunciar.

Bibiana Collado, asume ese riesgo y, a través de la palabra poética, señala el daño, apunta a la herida para que su recuerdo cicatrice y lo oculto se haga luz.

Bibiana Collado

Bibiana Collado Cabrera (Burriana, Castellón, 1985) es licenciada en Filología Hispánica por la Universitat de València, donde también realizó el Máster de Estudios Hispánicos Avanzados y defendió su tesis doctoral, titulada “El imperio nuevo de tu palabra”: Canon, tradición y ruptura en poetas cubanas de la Revolución. Dicha tesis fue llevada a cabo gracias a una Beca de Formación de Profesorado Universitario del Ministerio de Educación y Ciencia, la cual le permitió realizar estancias de investigación en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana y en la Universidad Autónoma Metropolitana de México.

Actualmente combina la investigación con la docencia, es profesora de lengua y literatura en secundaria y bachillerato y en la Facultad de Magisterio de la Universitat de València. Además, ha sido la responsable del taller de poesía de dicha universidad durante dos años.

En el ámbito de la escritura poética ha obtenido numerosos reconocimientos. Los más relevantes son: XXXIV Premio de poesía Arcipreste de Hita (2012) por Como si nunca antes (Pre-Textos); accésit del Premio Adonáis (2016) por El recelo del agua (Rialp); y Premio Complutense de Literatura (2017) por Certeza del colapso (Ediciones Complutense).

Ayer soñe que calvo me quedaba

Su último poemario se titula Violencia (La Bella Varsovia, 2020) y es candidato a los Premios de la Crítica Valenciana que se fallarán el próximo 22 de mayo.

Violencia
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El tratamiento de un tema como la violencia de género a través del lenguaje poético es realmente original. ¿Cómo surge Violencia? ¿Por qué esta temática a partir de este género?

La poesía nos permite acercarnos a todo aquello que no se puede decir, a todo aquello para lo que no encontramos palabras o estas resultan insuficientes ¿y qué hay más indecible que la violencia? La poesía dota al lenguaje de un espesor especial, de una densidad que abre la significación y que, por eso mismo, constituye el instrumento ideal para señalar la herida.

En el libro hay cuatro partes, todas ellas introducidas por el verbo decir, ¿qué importancia le otorgas a la palabra en el poemario?

 Decir algo es hacer algo. Y yo quería hacer con este poemario. Sin embargo, cuando hablamos de violencia, decir no resulta sencillo porque el lenguaje está lleno de trampas y desautorizaciones que desvirtúan las palabras de la víctima.

En el primer bloque, «Decir víctima», pretendes focalizar la atención en aquellas voces silenciadas que no se atreven a asumir que son víctimas. ¿Crees que es importante verbalizar el abuso? ¿Es un primer paso?

Verbalizarlo es fundamental, pero resulta mucho más complicado de lo que se pueda pensar. Primero es necesario reconocerse víctima, con todo lo que conlleva; después, estar dispuesta a pasar por un largo camino de señalamientos, desacreditaciones y asumir las consecuencias que hoy en día sigue teniendo algo así. Porque sí, decir lo que nos pasa tiene consecuencias reales en nuestras vidas profesionales y personales.

La tradición de lo oculto, del silencio de las palabras es un eco que resuena con fuerza en el libro. En «Casa» los versos «”Hija, baja las persianas/ y corre, del todo, las cortinas. / A nadie le interesa / lo que ocurre en esta casa”» son una muestra de ello. ¿Consideras que existe todavía dentro de nosotros rescoldos de un pasado represivo y machista? ¿Hemos avanzado como sociedad realmente?

Por supuesto, ninguna sociedad es capaz de digerir y hacer desaparecer en unas pocas décadas todo lo que tenemos a nuestras espaldas. El mayor peligro consiste, precisamente, en autoengañarnos y creer que todo eso está superado. Desgraciadamente, forma parte de nuestra identidad, por eso resulta tan doloroso reconocer que se han modificado las formas, pero la potencialidad del daño pervive en el fondo.

Relacionado con la idea anterior, el poema «Bien decir» comienza con los sentenciosos versos: «nos hacen con cada palabra, / sueldan los hierros para que toda intersección / quede fija, / inmóvil en su saberse recto decir». ¿Qué supone esa educación sentimental de la mujer basada en el uso de un lenguaje mesurado y contenido para la víctima? ¿Y para el agresor?

Se sigue esperando de nosotras que seamos moderadas, que evitemos la confrontación, que seamos mediadoras, que no alcemos la voz, que no demos golpes en la mesa ni portazos al salir. Se nos enseña a agradar con todo nuestro cuerpo, también con nuestras palabras. Lo que en un hombre supone entusiasmo, energía o ímpetu es interpretado en una mujer como desmesura, dramatismo o nerviosismo. Ellos pueden decir, nosotras no. Y si lo hacemos, se nos castiga.

En tu poemario la violencia no sólo se materializa en la agresión física y psicológica, si no también aparece ligada al lenguaje. ¿Violentar el lenguaje es la única manera de plasmar la agresión y conseguir el impacto en el lector?

 El mayor peligro de decir la violencia es que se banalice al ser dicha, que las palabras no sean capaces de recoger el daño y lo conviertan en un relato fláccido. Ese era mi mayor temor al abordar este proyecto, por eso el libro reflexiona todo el tiempo sobre cómo decir.

No solo encontramos la culpabilización propia de la víctima, sino la interiorización del daño. Son una muestra de ello los versos del poema «Espín»: «¿En qué momento este espacio / zarza / me hizo sentir en casa?». ¿Puede uno acostumbrarse al dolor? ¿A convertirse en parte de ti? ¿A llamarlo hogar?

 Por supuesto que puede alguien acostumbrarse al dolor. Todas soportamos un dolor de baja intensidad pero constante a lo largo de nuestra vida, desde diferentes esferas. En algunas ocasiones ese dolor se agudiza durante periodos en que podemos perder incluso la perspectiva de su intensidad porque nos han enseñado a doler desde pequeñas. El gran reto es tomar conciencia de ese dolor y decirlo.

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En tu poemario hablas de la infancia real y la no real. Rilke decía que el paraíso del ser humano es la infancia. Después de Violencia, ¿estás de acuerdo con ello? 

No. Siempre me ha producido un extrañamiento terrible esa posición. He leído a muchísimos autores aludiendo a ese paraíso perdido de la infancia y no puedo compartir la imagen. Yo soy una mujer y desde pequeña me enseñaron los peligros de ser mujer y sus restricciones y vi cómo se comportaban con las mujeres de mi entorno y me vi a mí misma creciendo entre espinas. Yo creo que la felicidad se lucha y se conquista con los años, ya en la edad adulta.

 En el poema «Abolladura» aludes al autoconvencimiento de la víctima por restarle importancia al maltrato. ¿Es mejor vivir con incertidumbre? ¿Minimizar el daño ayuda a sobrellevarlo?

 Nada ayuda a sobrellevar el daño, aunque son muchos los mecanismos que se generan para que nuestro mundo no se desmorone. Supongo que debería ser una psicóloga quien contestara a esta pregunta, no una poeta. No obstante, a mí la literatura (y el arte en general) sí me ha ayudado a sobrevivir.

Eres docente y, de alguna manera, los profesores ejercen cierta influencia en los alumnos. En el poema «Ejemplaridad» tratas este tema. ¿Ser docente implica que tengamos que ser ejemplares en nuestra vida diaria? ¿Hasta qué punto?

 No. El docente es una persona con sus contradicciones y sus heridas, como todo el mundo. Reconocerlo es sano. Lo que caracteriza al profesor es su capacidad de compromiso para acompañar al alumnado en su proceso particular y colectivo de aprendizaje, académico y vital.

En el poemario el miedo merodea continuamente, pero en los poemas «Calcomanía» y «Replay» se nombra de manera directa. ¿El miedo es el gran enemigo de nuestra sociedad? ¿Tiene el poder de manipularnos? ¿Sabrías decirnos cómo desprendernos de él?

 Por supuesto que el miedo condiciona nuestras vidas. Yo tengo miedo a señalar directamente, como lo tienen muchas mujeres. Y si lo tenemos es porque nos enfrentamos a consecuencias reales.

 En este poemario has pretendido visibilizar un tema tabú como la violencia de género. ¿Crees que la poesía sigue siendo a día de hoy, como dijo Gabriel Celaya, «un arma cargada de futuro»?

 Sí, creo que abre puertas de habitaciones oscuras y señala hacia heridas ocultas. Y eso es necesario.

 Muchas gracias por tu atención y por tu gran generosidad. Mucha suerte con tu poemario, Bibiana.

 

Cristina Matute Martín

Fernando Mañogil Martínez

Cristina Matute Martín
Cristina Matute Martín

Cristina Matute Martín (Elche 1992) es Graduada en Español: Lengua y Literaturas por la Universidad de Alicante y ha realizado el Máster Universitario en Formación del Profesorado de ESO, BACH, FP y EI en la Universidad Miguel Hernández de Elche.

Actualmente, es profesora de Lengua Castellana y Literatura en el IES Los Montesinos-Remedios Muñoz.

La revista agradece sus comentarios. Muchas gracias

Fernando Mañogil Martínez

Fernando Mañogil Martínez nace en Almoradí (Alicante) el 26 de agosto de 1982

Es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante y profesor de Lengua Castellana y Literatura en el IES Los Montesinos-Remedios Muñoz.

Ha publicado algunos libros de poesía como Del yo al nosotros (Sevilla 2010), Viento en contra (Devenir, 2015) y Volver (Selección de poemas 2013-2018).

También ha realizado el trabajo de investigación sobre las relaciones poéticas entre César Vallejo, Gonzalo Rojas y Juan Gelman.

Su último libro de poemas publicado hasta la fecha es La musa y el silencio (Devenir, 2019).

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