A la memoria de mi abuelo
don Alejandro Digno Zabala,
que supo hacerme amar los libros.
Hacía meses que carecían de cura porque el padre Xavier —que Dios lo tenga en su gloria— se les había ido a ese lugar de donde nunca más se regresa, al menos según se ha creído siempre. El obispo supo del asunto, más poco podía hacer. El poblado era minúsculo y no había seminaristas ordenados que pudieran hacerse cargo.
Un día apareció Xumari, y Xumari se quedó en el caserío. Nadie confesaba de dónde venía ni dónde se había educado porque nadie jamás preguntó, pero Xumari Cuevas tenía buenos modales, sólida cultura y la sotana la llevaba con prestancia. No era como el viejo padre Xavier que en vida, Dios nos perdone, siempre andaba como buscando y rebuscando los tres pelos en la sopa o persiguiendo con sus reprimendas a esta o a aquel otro por un quítame esas pajillas.
Pero como al año, se supo que en la diócesis andaban discurriendo de cómo reemplazarlo, pues habían descubierto que tampoco allí conocían a Xumari y no era posible que un cura misterioso oficiara de buenas a primeras, sin las debidas precauciones y formalidades de la Iglesia. Que la Iglesia nunca se había manejado así, por más que se tratara de una aldehuela en el mismísimo fin del mundo.
Mas en el caserío no estaban dispuestos a aguantárselas. Voces airadas defendían a Xumari Cuevas, tanto en la taberna como en la cancha de pelota. Por lo que el alcalde, es decir el maestro que sin sueldo hacía de tal, envió discretamente una carta al señor obispo para imponerlo del parecer de todo el pueblo. Y el obispo tomó nota, aunque le hizo saber que lo habría de pensar.
Casos similares habían llegado a oídos de la gente desde pueblitos alejados, ya que no por perdidos en el Amboto o por cualquier otro monte de por allá, las cosas dejan de saberse. Como tampoco dejarían de saberse los mensajes entre el maestro-alcalde y el obispo, por muy cautelosos que hayan pretendido ser. Pues nunca falta un rapaz algo travieso que viene a decir que entregó tal carta o recibió cual otra, o que vio a un mensajero a la hora de la siesta, que no es justamente el mensajero del caserío sino uno muy especial. Así que las cosas salieron a la luz y se chismorrearon, como bien pinta el refrán de todo pueblo chico respecto del averno.
Por supuesto, después ya nadie se quedó tranquilo en el poblado. Sabían que el obispo no era hombre a quien le temblara una mano cuando de reemplazos se trataba, y menos con este cura que llegó como caído del cielo, o subido del infierno, vaya a saberse de dónde.
Los vecinos tampoco quedaron contentos con eso de que después de todo quizá no vinieran a privarnos de Xumari. Si bien Xumari nada decía porque era hombre humilde y respetuoso, y hasta capaz de sacrificarse por cualquier hermano sin importar su ayer. Con su sonrisa abierta de continuo y la cabeza ladeada pidiendo siempre paciencia, pues se notaba que era alguien que la había ejercitado mucho y durante mucho tiempo. Todos sabían que el obispo era vasco como ellos, y que las cosas no iban a resultar fáciles.
Los meses que siguieron tampoco lo serían para nadie. Cualquier visitante extraño implicaba una alerta general. Todos los días se esperaba una carta que trajera la mala nueva. Recién al caer la noche, los vecinos se quedaban tranquilos, pero por la mañana volvía la inquietud, al menos hasta la hora en que terminaba el reparto del correo. Y no faltaría después quien aumentara el temor, advirtiendo que bien podía llegar un telegrama avanzado el crepúsculo. Todo coche que paraba en el caserío era como la imagen del diablo. Los viejos fumaban con un ojo puesto en el camino. Era cosa de nunca acabar.
Un día el obispo se decidió a resolver el entuerto, porque un almidonado secretario le dijo que, de no acelerar el trámite, perdería autoridad a los ojos de medio mundo. Así que un domingo se vistió muy temprano y se dispuso a salir para el pobre poblado.
Había pensado llegar de incógnito y, de incógnito, hablar con ese Xumari para que se vaya sin escándalo. Pero desechó casi de inmediato la idea. El caserío era tan pequeño que descubrirían la superchería apenas lo pisara, así entrase caminando y saliendo de espaldas como la leyenda indica hacerlo en la cueva de Mari. Decidió entonces engalanarse con sus ropas oficiales. Cargó la mitra por las dudas, se envolvió en la capa y, acompañado de otro secretario, no del almidonado, subió al coche y partió.
Entró a la iglesia, casi una capilla, cuando el oficio ya había comenzado. Se sentó al fondo, junto a su ayudante, allá por el último banco. Xumari insinuó un gesto como de querer anunciarlo, pero el obispo le hizo señas de que siguiera. La gente estaba desconcertada, aunque ninguno giraría la cabeza hacia atrás en medio de una misa. Algunas chiquillas sí se atrevieron a mirar hacía el fondo, volviendo unos segundos las caritas de perfil. Después desorbitaban los ojos, codeaban a padres y abuelos, que indefectiblemente les ordenaban mirar hacia el altar, no sea cosa que Dios se enfadase.
La gente comenzó a cuchichear la buena o mala nueva, según la esperanza de cada cual. Todos andaban tensos por la magna presencia. Xumari continuó la misa, con su rigor de siempre, y el obispo se sorprendió un par de veces al verlo desplazarse por el estrado pero no intentó palabra. Porque si bien descubrió que su secretario también había visto el asunto, al menos no era como el otro, el almidonado, a quien todo le parecía mal. Decidió esperar con cautela, de momento no veía en Xumari nada sombrío.
Terminados los ritos, Xumari subió al púlpito, porque la humilde iglesia tenía su púlpito, claro que lo tenía, y desde allí les dio un sermón amoroso, que más que sermón fue como una demanda de hermano a hermano. Al fin y al cabo, ya los conocía bien y no eran más que gente sencilla, incapaces de hacer mal. Al menos, no como el propio Xumari conocía el mal, por haberlo visto tan de cerca. Que todos estos habían sido bien criados y no necesitaban dureza, sino aliento para su miseria de todos los días.
Cuando todo terminó, la gente no quería irse. El obispo se dirigió al pequeño estrado. Nadie hablaba pero había algo agobiante en el ambiente. Al obispo hasta le costó llegarse hasta el cura. Varios fieles rodearon a Xumari a modo de guardia pretoriana. Las caras no parecían regalar simpatía alguna a este obispo que apenas venía cuando se acordaba o cuando no tenía nada mejor.
El obispo estuvo por fin frente a frente con el cura. Xumari bajó la cabeza como pidiendo perdón. Los ojos de todos suplicaban hacia la mitra y el anillo. Más de una garganta tragó saliva. El secretario oteaba desde lo alto de sus quevedos a unos labradores vestidos de domingo.
Sin mediar palabra, como en un arranque, el obispo le impuso las manos a Xumari. Después lo atrajo hacia sí con fuerza y hasta le agradeció con unas palabras pronunciadas al oído. El secretario a duras penas pudo ahogar un respingo, mas continuó mirando desde lo alto de sus gafas las fajas y alpargatas de los más viejos. Las mujeres lagrimeaban confusas, otras sonreían nerviosas, algunas se abrazaban o se alcanzaban pañuelos. Los chicos corrieron a contar a sus amiguitos la buena nueva, porque varios de ellos se habían escapado a jugar en el atrio. Desde todas partes se escuchaban los gracias Dios mío y que el Señor proteja siempre su alma.
El obispo después volvió sobre sus pasos. Al llegar al atrio, renovó sus abrazos a Xumari. La gente aplaudía, los jóvenes lanzaban las boinas al aire. Varios vecinos invitaron al obispo a quedarse a almorzar pero él no tenía tiempo. Los obispos nunca tienen tiempo y sus secretarios aún menos. Así que entró al coche, que ya tenía el motor en marcha.
La gente se amontonó muy por detrás de Xumari en la cortísima escalinata. Xumari parado en plena calle parecía servir a la vez de lazo y barrera entre el pueblo y el episcopado.
El obispo saludaba con la diestra desde el asiento trasero. Saludaba al lado del secretario quien, indiferente al principio, ahora miraba con aprehensión el suelo que circundaba a Xumari. Suelo que le señaló al obispo, pero el obispo le dijo que ya lo había notado antes, durante la misa, y que en nada afectaba. Las palabras obispales huían de la comisura izquierda como proscriptas. El secretario intentó insistir, y hasta irguió un índice de uña muy cuidada, pero, viendo que el superior no lo miraba, cerró la boca.
Por fin, el obispo saludó por última vez con el brazo fuera de la ventanilla y los bendijo. A todos los bendijo. Y hasta perdonó a Xumari Cuevas Atarrabi, el hijo de la pagana diosa Mari, por haber perdido su sombra, quién sabe dónde. O mejor dicho, donde todos los vascos saben que se pierde.

















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