Las nueve musas

«Un tigre sin selva», de José Iniesta

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De un poeta con la amplia trayectoria de José Iniesta parece que no cabe esperar nada nuevo, pero esto es una falsa creencia, hay poetas que son capaces de sorprendernos con cada nuevo libro, este es el caso del poeta valenciano, que acaba de publicar en la prestigiosa editorial sevillana Renacimiento su poemario Un tigre sin selva, que se inicia con un “Prólogo a una canción salvaje”, en el que Iniesta nos presenta la obra, es su declaración de intenciones.

Rebajas

El poemario es un canto a la vida, pero desde la consciencia de que esta esconde parajes someros y momentos hostiles, caídas dolorosas hacia los abismos, pero también momentos gozosos. El título, por tanto, adquiere su razón de ser, en el poemario encontramos el dolor por la ausencia del padre, por la muerte de una niña, la cual va sobrevolando los versos casi en todo momento, y por encima de todo queda la celebración de estar vivo. Además, como novedad, vemos cómo la parte poética da paso también a la teatral y viceversa, en el gran teatro del mundo hay cabida para todos los géneros e incluso para la hibridación.

En “Tiempo y alma” (la parte más poética) el autor alude a una persona en el umbral de su existencia. El paso del tiempo y las heridas que provoca son protagonistas de la pieza: “Miradme en el final, tocad mi rostro / de esparto y pedregal en el silencio, / el mármol de mi vida convertido / en la arena de un siglo derrotado, / la sucia superficie polvorienta / del no llegar al centro / luminoso del mundo. // (“Pasión por lo invisible”).

“Al otro lado del amor” presenta alusiones a los altibajos vitales y la importancia de la memoria, que nos hace ser conscientes de nuestra intrascendencia y de que únicamente nos queda el amor: “No sé qué me sucede al avanzar, / mas sé que cada paso fue destino, / un vuelo que persigue detenerse / en la rama segura de un abrazo, / en el árbol crecido / al lado del amor. //

El libro redunda, en muchos casos, en la idea de la ignorancia en la vida y en la propia existencia, que se convierte en un inmenso interrogante, por ello presenta la misma como una función teatral en la que los demás, el público, juzga la obra de la vida: “Me deslumbra el ocaso de la vida. / Ya no puede mentir mi calavera / en la calle del ruido y del fracaso. / Ahora estoy vestido de miserias / al alzarse el telón / de este viejo teatro / de lo desmoronado y de lo injusto; / y esta vela encendida que resiste / guarecida del mal entre mis manos / es solo tiempo y sed, es mi destino. // (“La vela de la vida”)

El poema que da título al libro, también es muy significativo y reverbera en él la temática que subyace en todo el poemario, esa idea de que, ante el paso del tiempo y el recuerdo de lo vivido, el fluir continuo que nos arrastra, para bien o para mal, la vida merece la pena: “Soy un tigre sin selva, ya me veis. / Soy un tigre sin selva, / y soy un fuego / a punto de apagarse en una choza, / antigua cicatriz de todo lo perdido, / y no acaba en la noche mi temblor, / me derrota el arquero de la noche. //

A lo largo de esta sección del poemario se expande la figura del padre, su ausencia, se convierte en protagonista, la voz poética adquiere un tono de hastío producido por la vulnerabilidad y el desasosiego, a pesar de ello, la búsqueda de la luz es palpable pero inútil ante la inmensa oscuridad de la muerte: “¡Un poco más de luz / que voy de sombras! / ¿No hay nadie ahí arriba? / ¿Quién es el creador de la penumbra? / Pobre poeta inútil en la casa del frío / escribiendo con sed junto a una vela / el murmullo del agua en una fuente, / y el elogio del viento en la arboleda.” // (“Lugar sin dioses”)

Posteriormente, entra en escena el paisaje bélico, la muerte de una niña que abrirá una herida que se prolongará a lo largo de todo el libro, la pena, el dolor y las continuas elegías dedicadas a esta sumen al lector en una profunda desolación: “No sé qué voy a hacer / sin tu presencia / alegrando la casa que no existe. / Nada me pertenece y tengo frío.” // (“En la fuente salada”)

La naturaleza, en la que se contextualiza dicha muerte, es cada vez más inhóspita, el poeta se ahoga al percibir la destrucción, el silencio atronador y la ausencia de la hija: “Hoy el bosque se venga, corazón. / Resplandecen incendios a lo lejos / arrasando los nidos y los árboles / en las noches sin alma. / En la noche del alma, / porque tú fuiste siempre la paloma / flechada en la espesura de la vida, / la gacela abatida entre los robles, / la niña vulnerada / del amor, en la luz.” // (“Amor constante”)

Tras esa herida, que aparece abierta, a pesar de los pesares, reverdece la esperanza, la aceptación del dolor es la aceptación de la vida, pues el libro no deja de ser un canto a la misma: “No tengo mucho más, solo la rosa / marchita e irremediable de los días / sin ti, dame tu mano, no me sueltes. / Hoy me inclino al abismo del vivir, / y se asemeja a un pozo / en la nieve dormida / donde suena insistente / el mísero caudal.” // (“Llanto sobre el ruido”)

La siguiente sección, “Vuelo a ciegas”, se abre con “La oración de la nada”, se trata de un primer acto teatral en que se sitúa, ante una escena vacía, un anciano con una adolescente muerta a sus pies, el anciano lleva una pistola y un disparo en el pecho. Estamos, pues, ante un ambiente posbélico, con los espectros de los padres del anciano sobrevolando la escena, salpicada de muerte y desolación. Una niña (la hija, antes nombrada) aparece también muerta, pero acaba despertando y advirtiendo que el bosque, la naturaleza, se vengará del hombre por sus malas artes.

En el siguiente acto, “Sonata y miedo”, la acción se sitúa en Gaza, en la cual aparece el anciano de la escena anterior con un hombre gris; el anciano interpela a este, que es una especie de encarnación del mal. Poco después aparece la niña con el disparo en el pecho, se retoma la idea de que la naturaleza ejecutará su venganza, y así sucede, como en los cuadernos de Melquíades, el ser humano aparece condenado al invierno eterno, la niña, tras la venganza, aparece ya restablecida de sus heridas.

José Iniesta, por tanto, presenta lo bueno y, sobre todo, lo malo del alma humana, pero dando a entender que la naturaleza, que es la principal perjudicada de la acción del hombre, se tomará cumplida venganza y nos devolverá todo aquello que le hemos quitado, ante ese paisaje apocalíptico quedan supervivientes, defensores del amor, almas errantes que desean un mundo mejor: “Yo soy el bosque que se venga. Bendita ignorancia, y cuánta humareda. Todo lo cubre la nieve. Escuchad el crujido del hielo en vuestra sangre, pues seréis siempre los desvelados, y el pato salvaje era tiempo y alma.”

José Iniesta
José Iniesta

José Iniesta (Valencia, 1962). Ha publicado diez libros: Del tiempo y sus castigos (Sagunto, 1985), Cinco poemas (Sagunto, 1989), Arder en el cántico (Renacimiento, 2008, Premio de Poesía Ciudad de València Vicente Gaos), Bajo el sol de mis días (Algaida, 2010, Premio de Poesía Ciudad de Badajoz), Y tu vida de golpe (Renacimiento, 2013), Las razones del viento (Renacimiento, 2016), El eje de la luz (Renacimiento, 2017), Llegar a casa (Renacimiento, 2019), La plenitud descalza (Editorial Polibea, 2021), y por último Cantar la vida (Renacimiento, 2021). Recibió el Premio de la Crítica Literaria Valenciana en 2022.

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Fernando Mañogil Martínez

Fernando Mañogil Martínez

Fernando Mañogil Martínez nace en Almoradí (Alicante) el 26 de agosto de 1982

Es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante y profesor de Lengua Castellana y Literatura en el IES Los Montesinos-Remedios Muñoz.

Ha publicado algunos libros de poesía como Del yo al nosotros (Sevilla 2010), Viento en contra (Devenir, 2015) y Volver (Selección de poemas 2013-2018).

También ha realizado el trabajo de investigación sobre las relaciones poéticas entre César Vallejo, Gonzalo Rojas y Juan Gelman.

Su último libro de poemas publicado hasta la fecha es La musa y el silencio (Devenir, 2019).

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