Las nueve musas
José Iniesta

«Cantar la vida». Entre el misterio y la exactitud

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La escritura poética de José Iniesta (Valencia, 1962) es profunda, coherente, libre de imposturas y fatuas pretensiones, concebida como obra o corpus, de tal manera que sus diez libros publicados tienen mucho en común y en ellos destacan un puñado de temas y estrategias compositivas, pero en ningún momento nuestro poeta incurre en la autocomplacencia.

Es por eso que todos sus poemarios nos descubren alguna vía nueva de expresión y conocimiento y nos conmocionan y transforman. No dispongo de espacio suficiente para analizar la obra de José Iniesta en su conjunto, así que me detendré en su nuevo libro que hoy presentamos, Cantar la vida, editado con el buen gusto que caracteriza a la editorial Renacimiento. El título mismo constituye una declaración de intenciones y representa uno de los ejes sobre los que pivota la poesía de Iniesta.

Rebajas

En una entrevista con Ada Soriano publicada en El cuaderno, dice nuestro poeta; «Soy un hombre rebelde y conformado, por eso escribo poesía. Mi rebeldía consiste en cantar la vida y celebrarla, a pesar de la sed del corazón, / las razones del grito. Siento que es ese el territorio de la poesía, ponerle voz al misterio que somos, a la perplejidad de un hombre al enfrentarse al mundo, al paisaje salvaje de su vida». Y ese canto a la vida está armado con un léxico depurado, sutil, familiar y cotidiano (sin dejar de ser culto) y a la vez recreador y genesíaco; un conjunto de palabras sabiamente combinadas que constituye un mundo propio aparentemente fácil, aunque nada sencillo, consecuencia de una gran conciencia de estilo.

José Iniesta cincela unos versos cadenciosos (principalmente endecasílabos y heptasílabos) con un ritmo sosegado y fluyente en los que conviven la precisión con las veladuras simbolistas, el lirismo discursivo con el mensaje elíptico, la armonía clásica y el fervor romántico, el intimismo contemplativo y la dimensión cívica, la fe inquebrantable en la vida y la visión esperanzada con sus angustias y zozobras. Todo ellos desde la amabilidad y la cordialidad de las formas.

En este poemario podemos percibir las huellas de poetas afines al autor como Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén, Francisco Brines, Claudio Rodríguez, Vicente Gallego o Antonio Moreno, pero sobre todo está presente la figura de Juan de la Cruz, con el que Iniesta dialoga constantemente. En El Cuaderno le confiesa a Ada: «sin duda es mi poeta, mi maestro, su Cántico Espiritual es el lugar donde quiero llegar, es también mi casa. En mis poemas a veces aparecen algunos versos suyos porque su poesía es carne de mi carne, su luz me habita. Y yo no soy creyente, pero sé reconocer cuándo las palabras me llevan a un lugar sagrado, a un lugar donde cada palabra tiene luz y temblor, tiene vida».

Partiendo de Juan de la Cruz, Iniesta compone una grandiosa oración laica en la cual se aprecia un misticismo que emprende altos vuelos; pero también es capaz de anclarse a la tierra y sus raíces, a la naturaleza con sus maravillas y horrores. Y en el amor a la naturaleza hay un diálogo con el tiempo. Afirma Iniesta en la mencionada entrevista que «Nuestro presente contiene todo ayer y arrastra en el camino el dolor y la dicha de todas nuestras edades. Hubo días donde sí hemos sido eternos, donde aún lo podemos ser: el paraíso perdido de la infancia que perdura en nosotros, el amor y sus golpes y sus abrazos, el mundo desaparecido de nuestros padres, el nacimiento y la mirada de nuestros hijos (…) El presente es fascinante y perturbador a un tiempo si la mirada es atenta sobre la realidad de las cosas. Mi nostalgia, que la tengo, tiene su origen en la conciencia de que también soy despedida. Desaparecer y saberlo es lo más perturbador que me ocurre, y no puedo explicarlo. Mi nostalgia tiene su fin y principio en el gran amor que siento por la vida, y en la tristeza de saberme limitado, de estar más cerca de la muerte».

Precisamente ese amor a la vida desde la asunción de la muerte, desde la conciencia dolorosa de lo efímero, ese afán de trascendencia, vetado en ocasiones por el conocimiento empírico, le hace sentir y cantar su propio sufrimiento, que es a la vez fervorosa alegría de estar vivo y amor y plenitud imponiéndose a la incertidumbre y a la desolación. De ahí las dialogías, contrastes, paradojas, antítesis oxímoros, dicotomías y otros recursos que expresan contradicción, presentes en toda su obra poética.

En Cantar la vida se aprecia una inteligencia compositiva empezando por el poema que sirve de pórtico, destacado en cursiva, y en el cual el autor proclama su fe en la palabra para apreciar la vida y celebrar el presente desde el autoconocimiento y la sed de trascendencia, con el eco de fondo de ese saber no sabiendo sanjuaniano: «Es siempre posesión decir la vida,/asirme a cuanto veo con palabras./cantar es la manera/ de encender una luz/ en la cueva profunda de la carne,/ la sola soledad, mi compañía (…)Del aire, soy del aire, sin fronteras,/y toda el alma mía va encelada/ de amor en vuelo y sed,/ y nada sabe».

El poemario se abre con dos poéticas soberbias en cabezadas por una cita bien escogida de Marguerite Duras: «la historia de mi vida no existe. Eso no existe. Nunca hay centro. Ni camino, ni línea. Hay vastos pasajes donde se insinúa que alguien hubo, no es cierto, no hubo nadie».

La primera poética lleva por título “Lámpara en la noche” y se abre con esta significativa frase que es toda una declaración de intenciones y nos muestra a un autor lento, riguroso, contemplativo, que abomina de la prisa en esta sociedad enferma de ansiedad en la que prima la velocidad y el estrés. «Cantar la vida es un largo viaje, sin prisas. Durante trece años estos poemas me acompañaron hasta llegar aquí»,

José Iniesta
José Iniesta

El poeta caminante y contemplativo que es José Iniesta ha necesitado un viaje largo y paciente, lleno de pausas y dudas, hasta conformar el libro que nos ocupa. También advierte que sus poemas «son una crónica desnuda de sucesos en mi vida que jamás olvidaré y que conforman mi manera de andar, los lugares en que se goza mi mirada (…) No sé nada, mas estos versos han edificado mi casa verdadera, me conceden un lugar donde es posible habitar y encender un fuego, reconciliarme con lo que fui, con lo que soy».

En la segunda poética, titulada “La escritura y el tiempo”, asistimos a la perplejidad de un hombre que se enfrenta al mundo, al paisaje salvaje de su vida. El poeta atiende el mandato de su admirado Juan de la Cruz y se adentra en la espesura con la escritura como refugio, «solo, bajo la lámpara, con el diamante roto de su canto (…) Su sangre prisionera va de vuelo (…) Escribe lo salvaje pero su ser es música

Le siguen a estos dos textos tres secciones encabezadas por sendas citas del santo de Fontiveros. Hay en todo el poemario una alternancia de poemas medidos y prosa poética con una métrica oculta y sostenida, y en no pocos casos en un mismo poema conviven el verso y la prosa, si bien lo que aparenta ser prosa son versos encadenados en línea continua, sin barras de separación.

En la primera sección titulada “Inclinándome al daño” asoman la muerte, el dolor y la desolación en el escenario idílico de la naturaleza. El poeta se encarna en el niño que fue para recordar a su progenitor en el poema “El padre dormido”. Este regreso a la niñez (tan salvaje y mágica) para ver el mundo desde el asombro y la perplejidad infantil será una constante en todo el libro a modo de ritornelo. Le sigue el sobrecogedor poema, a mi juicio uno de los mejores del libro, “El corazón roto”, donde el niño siente el choque entre la inocencia y la crueldad, y la infancia es descrita como «la perfección del cántaro/justo antes de quebrarse».

También se activa la conciencia cívica en el tríptico “La frontera verde”. El autor se pregunta en el hermoso poema “Donde cantan los pájaros” «cómo encontrar, sin senda, lo perdido». “El paseante” es algo así como un canto cósmico y el poeta reclama el silencio para poder cantar «lo indestructible,/la vasta lejanía que es el alma,/ la lumbre cotidiana del misterio, el eje de la luz donde el amor». Se pregunta «¿quiénes somos nosotros/ a qué fuimos? » Respondiéndose a sí mismo con acento vallejiano«Qué discreta aventura sin certezas/ nuestro permanecer y no ser nada./ Hay astros en la noche, yo no sé,/ que brillan y no existen y perduran/ por ser la luz y guía y el concierto».

Presentación Cantar la vida
José Luis Zerón Huguet (izquierda) y José Iniesta en la presentación del poemario

Es muy frecuente en la obra poética de Iniesta la figura del caminante que contempla con asombro su alrededor y reflexiona al mismo tiempo sobre su origen. Pertenece él mismo a esa larga tradición de poetas contemporáneos andariegos, entre los que destacan Claudio Rodríguez y José Hierro.

En “La muerte entre las cañas”, vuelve el motivo del niño sometido al espanto de la muerte en la exuberancia de la naturaleza. Este poema de gran sensorialidad nos remite a ese poema inaugural de la poesía moderna en el que la belleza convive con lo terrible y nauseabundo: me refiero a “Une charogne”, de Charles Baudelaire.

En la segunda sección, “Tu materia salvada”, el autor nos habla del amor carnal con la mujer. El erotismo es un refugio contra la intemperie y la fusión amorosa le hace olvidar la finitud de cuerpo y la herrumbre de los sueños.

En “Algo indestructible”, la tercera sección, nuestro poeta encuentra razones para la poesía en la belleza de lo pequeño y humilde: «el vuelo de las nubes en el mar, /el canto de los grillos en la noche,/ el alto temblor verde de las ramas/ donde anidan los mirlos y la luna/,la aventura de ser vida en la luz».

En otro de los poemas destacados de este libro, “Ese silencio a veces del mundo”, de una extremada sensualidad, regresa de nuevo a su infancia: su vida se hace cima y es abismo. En otros poemas enciende candelas en la noche, construye puentes que unen la niñez y la madurez, y cuarenta años después, y transido de nostalgia, se enfrenta a la belleza del granado (árbol omnipresente en su obra poética) con versos unas veces narrativos y cromáticos y otras breves y rotundos como los latigazos de un aforismo. También nos habla del amor, el miedo y la presencia del mal en cuatro poemas terriblemente hermosos. El primero, “Una piedad en el desierto”, basado en una fotografía de Sebastiao Salgado, habla de una mujer que vela la muerte silenciosa de su hijo sobre la arena roja del desierto. El segundo, “La presencia del mal”, describe la fotografía de una ejecución en Costa de Marfil. En el tercero, “Frente al televisor”, el poeta tiene conocimiento de la muerte de una mujer africana en la travesía del mar de Alborán, y encontrada en una playa. Y el cuarto, “El instante del ruido”, habla de la devastación causada por el terremoto de Haití de 2012.

Y para acabar, el poeta vuelve a su infancia para asomarse a la noche más allá de la noche (guiño a Antonio Colinas), con la luz a los lejos. Y ya en el último poema del libro, el estremecedor “Las lecciones del sueño”, el poeta, todavía niño, está acostado en un banco mirando absorto el cielo y haciendo suyo el infinito mientras su madre lo busca. Escribe el poeta: «debe de ser primavera, porque escucho la savia junto al árbol y el río de mi sangre, todavía no sé en mi paraíso qué es la destrucción. Desconozco los límites de la realidad. Lo real es el sol sobre mi rostro, la brisa entre las hojas robando mi canción». Su madre lo encuentra dormido: «ella debe mírame, largamente, desde su acantilado, desde la eterna rosa de su sufrimiento. Acaricia mi pelo y me despierta. Desde su lejanía me sonríe, a través de una grieta, con la hondura sencilla del amor. Abro los ojos y no está. Abro los ojos y tengo cuarenta y ocho años».

De todos los poemarios de José Iniesta, quizá sea este el más intenso y el que presenta más claroscuros. Su canto a la vida implica celebración de la luz, plenitud, pero también desengaño, abatimiento, espinas, heridas y podredumbre.

El poeta sabe que se llega a la alegría por el dolor y que la plenitud no está exenta de extravíos. Hay en todo el libro una tensión de contrarios que se encuentran y se repelen, pero nunca desde la disonancia. Escribió Jorge Guillén que el mundo está bien hecho, y Bertolt Brecht replicó que el mundo está fuera de quicio y que cuando el arte hace las paces con el mundo lo hace con un mundo guerrero. Podría parecer que José Iniesta corrobora la afirmación de Guillén, pero no es así: la imperfección del mundo le resulta fascinante y la belleza, a veces terrible o insondable, desata esa plenitud presente en este libro y en toda su obra poética. Por tanto, el canto de Iniesta nunca es ingenuo ni está afectado por un sentimentalismo gratuito ni por una emotividad epidérmica. El poeta es consciente de lo vulnerable que es el hombre, y es precisamente tal certeza el detonante de su visión maravillada ante el misterio del mundo y el prodigio de la vida.

José Iniesta aborda en Cantar la vida la existencia del ser humano y su lugar en el universo, y lo hace con fuerza expresiva, una poética sana y acogedora y un marcado carácter reflexivo, de ahí que todos los elementos de sus poemas encajen con asombrosa naturalidad y nos llegue la irradiación de su decir fervoroso.

José Luis Zerón Huguet

Texto leído en la presentación de Cantar la vida, ciclo Encuentros con la Poesía, biblioteca Pública María Moliner de Orihuela, miércoles 6 de abril de 2022

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