Las nueve musas
Gabriel Miró

Un refugio llamado Gabriel Miró

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No, no es evasión. Es simple instinto de supervivencia. Sucede que los que no creemos en Dios debemos refugiarnos en devociones menos rimbombantes, menos laudatorias. Mi refugio, en estos tiempos ominosos, es la lectura/relectura de Gabriel Miró, aquel prosista «virgiliano» nacido en Alicante en la segunda mitad del siglo XIX. La Edad de Oro, de haber existido alguna vez, subyace en esas páginas de impresionismo literario y cristianismo primitivo, páginas que hoy me protegen del monstruo reaccionario en el que se ha transformado mi país.

En efecto, la Argentina se ha convertido en un funesto territorio en el cual una recua de payasos libertarios ha decidido clausurar los pocos valores democráticos que quedaban en pie. Frente a esta insospechada realidad a la que nos llevó gran parte del electorado (menos por convicción ideológica que por «emoción violenta»), ahí están las Obras completas de Miró, como un pórtico a otro mundo, un mundo que es el mismo del que provienen las cantatas de Bach y las églogas de fray Luis o Garcilaso. Ese pórtico es el que yo solía traspasar de vez en cuando, quizá solo por placer; pero ahora el traspaso se me ha vuelto inevitable, máxime si uno desea preservar alguna cuota de humanismo.

Miró fue el prosista total y puro de las primeras décadas del siglo XX; heredero del 98, influyó en la generación del 27, como Juan Ramón con su poesía, también total y pura. Sin embargo, no todos sus contemporáneos coincidieron en que esto fuera meritorio. Ortega, por ejemplo, refiriéndose a la novela El obispo leproso, opinaba lo siguiente:

No creo que haya actualmente escritor más pulcro y solícito. Cada frase está hecha a tórculo. Cada palabra, ensamblada con las vecinas, y luego, pulida la coyuntura. Y no hay línea que suba ni que baje en la página: todo el libro conserva la misma ardiente tensión, idéntico cuidado, pulso y pulimento. Tanto, que acaso este son persistente de prima hiperestesiada colabora a la fatiga, no dejando respiro: la perfección de la prosa es en Miró impecable e implacable.[1]

Naturalmente, los poetas/profesores del 27 (Alonso, Guillén, Salinas) pensaban lo contrario. Sin ir más lejos, de Miró se ha expresado Guillén en estos términos: «Muchos poetas hay […] que ven en su idioma su mejor amigo. Así, por ejemplo, Góngora. Sin una gran fe en las palabras no las habría buscado y elegido con tanto fervor. Nadie gana en ese fervor y en esa fe, entre los españoles modernos, a un admirable lírico: el novelista Gabriel Miró»[2].

No creo equivocarme al afirmar que, para muchos críticos y escritores españoles de las primeras décadas del pasado siglo, el desprecio a Góngora, al igual que el desprecio a Miró, estribaba principalmente en el rechazo a todos aquellos «excesos barrocos» en los que ambos autores, aunque por distintas causas y en distintas proporciones, incurrían. Tuvieron que ser los miembros de la generación del 27 los que corrigieran por fin este rechazo. Ellos rescataron y comprendieron a Góngora y, con él como bandera, preconizaron una estética más moderna, de culto al lenguaje,[3] en la que Miró, digno y cercano representante, sobresalía con su prosa.[4]

Pero ¿acaso hay algo de Góngora en Miró? Probablemente, aunque no de forma explícita. Dámaso Alonso, reflexionando sobre la posible influencia de Góngora en la literatura de su tiempo, sugiere que se dio «un contacto remoto con el arte de Góngora: en Miró, el ansia de perfección, el cuidado del pormenor estilístico, el conocimiento del valor lógico, óptico y auditivo de las palabras»[5]. Más adelante agrega que, en los poetas de su grupo, las influencias «no son fundamentales, sino adjetivas, y no vienen de Góngora, sino van a coincidir con Góngora, para cobrar en su ejemplo augusto nuevo aliento y nuevo impulso. Góngora no influye, reinfluye»[6]. En suma, Góngora no deja su huella en el 27 de manera directa, sino a través de ciertos filtros, y es evidente que Miró fue uno de ellos.

Más allá de estas digresiones filológicas, Miró es el refugio al que vuelvo cada día. Llevo uno de sus libritos de estampas en mi bolso de mano (aclaro que llevo también en él una antología poética de Góngora), de modo que, cuando la afrenta callejera es excesiva, cuando el magma de los odios llega hasta los ríos de asfalto y alquitrán para finalmente desbordarlos, yo pueda sentarme en un café a releer algunas de sus páginas. Páginas en las que encontraré fragmentos como este:

Surgió un barco. Es posible que no fuera blanco; pero lucía candentemente como cincelado de sol y de blancura. Fue el mar para él como el cielo para el ave. ¡Qué grito callado de todas las entrañas de las ansias! Las aguas se abrían en rutas infinitas y gloriosas dando un aliento de razas, de épocas, de pensamiento y de delicias. El mar, que nos había rendido y nos hizo suyos en una absorción cósmica, se recogía en una copa para nuestra sed. Ya no era la glorificación de su dinámica pavorosa de soledad, sino belleza al servicio de los hombres, idea de forma; todo se caldeaba en forma de formas de emoción: el aletazo frío del viento libre, la alegría de la claridad, la claridad hecha mundo de aguas y de cielos, la inquietud perdurable. Y el barco solo, remoto, frágil y descuidado en lo inmenso, precisando lo inmenso.[7]

No, no es evasión. Es simple instinto de supervivencia. Y, por supuesto, una apuesta a la palabra en su faceta candeal y natatoria, a lo rotundamente metafísico que hay en los paisajes, a la lírica contumacia de lo humano.

[1] José Ortega y Gasset. «El obispo leproso. Novela, por Gabriel Miró», en Obras completas III (1917-1928). Madrid, Revista de Occidente, 1966.

[2] Jorge Guillén. Lenguaje y poesía, Madrid, Alianza, 1992.

[3] Piénsese en los nombres que irrumpieron alrededor de aquellos años: Joyce, Woolf, Proust, etc.

[4] Suele olvidarse que el tricentenario gongorino se llevó a cabo, en parte, a instancias de Miró. Gerardo Diego admite que le debe a este en gran medida su interés por Góngora, hasta el punto de que le mandó un ejemplar dedicado de su Antología poética en honor de Góngora. Dámaso Alonso recuerda el papel de Miró a través de los Concursos Nacionales; agradecido, también él le envió, dedicados, ejemplares de Soledades y Temas gongorinos.

[5] Dámaso Alonso. «Góngora y la literatura contemporánea», en Estudios y ensayos gongorinos, Madrid, Gredos, 1955.

[6] Ibíd.

[7] Gabriel Miró. El ángel, el molino, el caracol del faro, Buenos Aires, Losada, 1956.

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Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con seis libros de poesía publicados, los dos últimos de ellos en prosa:
• «Por todo sol, la sed» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2000);
• «La gratuidad de la amenaza» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2001);
• «Íngrimo e insular» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2005);
• «La ciudad con Laura» (Sediento Editores, México, 2012);
• «Elucubraciones de un "flâneur"» (Ediciones Camelot América, México, 2018).
• «Las horas que limando están el día: diario lírico de una pandemia» (Editorial Autores de Argentina, Buenos Aires, 2023).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Tiene hasta la fecha dos trabajos sobre gramática publicados:
• «Del nominativo al ablativo: una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).
• «Me queda la palabra: inquietudes de un asesor lingüístico» (Editorial Autores de Argentina, Buenos Aires, 2023).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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