Que el ser humano no aprende de los errores que ha cometido en el pasado lo sabemos desde hace tiempo.
La Historia no nos hace más sabios, no evita que volvamos a caer en las mismas trampas. De hecho, debe ser muy antiguo el dicho que afirma que el hombre es el único animal que tropieza dos (o más) veces con la misma piedra. Y yo me atrevería a decir que no es sólo por el hecho que tengamos corta la memoria ni tampoco porque la vida de un individuo es efímera y las generaciones que se van encadenando no conocen, o conocen poco o mal, los hechos acontecidos en las vidas de las anteriores. Tampoco quiero decir que estos factores no influyan, pero seguramente no tanto ni mucho menos como el hecho de que las personas, cuando queremos eliminar aquello que a cada uno nos parecen piedras (problemas), vamos probando varios posibles caminos para evitar las piedras y, si, a pesar de todo, las supuestas piedras (problemas) persisten, recurrimos a caminos antiguos, casi olvidados…
Quizás el lector ya habrá adivinado a estas alturas sobre qué tema quiero reflexionar en este artículo. Pues sí, quiero escribir sobre la rapidez con que los partidos políticos ultraderechistas (es decir, neonazis) crecen (y ya ganan las elecciones) en Europa y también en el continente americano (del Norte y del Sur). Hace pocos meses lo vimos en las últimas legislativas de los Países Bajos, lo hemos visto en Italia, en Alemania en el Land de Turingia y, como segunda fuerza, en el de Sajonia, lo hemos visto en Francia, lo vemos en España, donde VOX y sucedáneos van avanzando con decisión y ahora incluso también en Cataluña con Alianza Catalana. Podríamos seguir, pero no es necesario. Y todo esto pasa cuando todavía quedan algunos supervivientes de los campos de exterminio nazis y es viva su memoria…
Huelga decir que los tiempos cambian y que las razones que en la primera mitad del siglo XX empujaron a Hitler al poder obedecían a causas diferentes de las que ahora impulsan a nuestros ciudadanos a votar partidos radicales como el del Führer y a defender programas peligrosamente parecidos. Pero, de hecho, las constantes de la Historia se pueden reducir a muy pocas; con variaciones de matiz, siempre son las mismas, o parecidas, las situaciones que hacen reaccionar al ser humano en una dirección o en otra. Una de las razones que se dio como explicación de la victoria de Hitler en las urnas fueron las cifras de paro del momento en Alemania y, después, además, las alianzas que el partido nacionalsocialista hizo con otros partidos que, no viendo con tan malos ojos su programa, hicieron el resto.
Debemos preguntarnos: ¿cuáles son las razones de ahora? No podemos hacer simplificaciones cuando se trata de analizar situaciones complejas. Aun así, salta a la vista que los votantes de estos partidos han crecido mucho, lo cual significa que antes habían votado a otros. Que ahora hayan cambiado su voto significa que no están satisfechos con cómo han gobernado los que antes habían votado en relación con lo que estos votantes consideran que son problemas.
Leyendo artículos sobre el tema, oyendo entrevistas hechas a personas de todos estos países donde los ultras van ganando terreno, llegamos a la conclusión de que, por motivos diversos y también por muy diversos grados y matices, la xenofobia crece. Una de las razones del descontento es la inmigración que, lejos de no parar, aumenta y seguirá aumentando si no ponemos remedio a sus causas en origen: desastres naturales casi siempre debidos al cambio climático producido por los países ricos, expoliación de recursos naturales de los países empobrecidos por parte de los países ricos, carencia de oportunidades de trabajo para las jóvenes generaciones de los países expoliados por los países ricos… ¿Qué derecho tenemos, pues, los países ricos a impedir la entrada libre de inmigrantes por nuestras fronteras? ¿Qué derecho tenemos a votar partidos ultraderechistas, que como parte esencial de su programa electoral pretenden cerrar todavía más sus fronteras a la gente inmigrante? ¿Qué derecho tienen estos partidos ultraderechistas a restringir la reunificación familiar al máximo? ¿Qué derecho tienen a prometer a sus votantes la repatriación en masa de todos los inmigrantes, incluso la de aquellos que ya viven en su país desde hace años? ¿Qué derecho tienen a pagar a otros países por dejar desembarcar a los inmigrantes y no tenerlos que admitir en el suyo?
Si vemos una relación directa entre la inmigración creciente y el crecimiento de la xenofobia y la ultraderecha, no debemos concluir que hayamos de votar a la ultraderecha para que mengüe la inmigración, como la italiana Meloni se jacta de haber hecho, afirmando que desde que ella gobierna ha disminuido un cuarenta por ciento la inmigración en Italia (una política que el PP español con su líder Feijóo al frente ha elogiado). Esta creciente xenofobia va directamente de la mano con el aumento de la UE-fobia (seguramente porque la política de inmigración de la UE todavía parece demasiado permisiva…). Lo vimos cuando el Reino Unido votó la salida de la UE y lo vemos también por la desconfianza con que los partidos ultraderechistas europeos la perciben.
Lo que es inteligente —ya lo he dicho en algún otro artículo— es analizar los motivos que causan la emigración y ayudar a resolver los problemas que nuestros países del Norte han causado y causan a los del Sur y solucionarlos in situ. Y no lo hacemos. No tenemos que actuar por xenofobia, sino por justicia, porque se lo debemos. Tendríamos que asumir que es nuestra obligación.
Hay que prohibir a las multinacionales de los países ricos el expolio de la riqueza natural de los países que hemos ido empobreciendo a lo largo de siglos. Hay que crear en los países ricos ministerios específicos que estudien las causas de la emigración in situ. Hace falta que estos ministerios desarrollen programas económicamente bien dotados para llevar a la práctica las industrias que haga falta o el despliegue de una agricultura con futuro para promover la riqueza necesaria en los países empobrecidos. Hay que asegurar el mantenimiento autosuficiente de todos estos programas. Os aseguro que la emigración de todos estos países se acabaría. ¿Quién emigra por gusto? ¿Quién pone en peligro su vida y/o la de su familia por gusto? ¿Quién asume el riesgo probable de morir haciendo el camino hacia una supuesta (solo supuesta) vida mejor? ¿A quién le gusta que, una vez en el país, donde supuestamente encontrará una vida mejor, lo discriminen por el color de la piel, por aporofobia, por las falsas noticias que algunos interesados esparcen en las redes sociales y que publican ciertos diarios sobre la relación entre inmigración y delincuencia, por mencionar solo algunos de los sufrimientos que tienen que soportar?
Digamos, pues, que hay que actuar con inteligencia para hacer justicia, sobre todo por eso, para disminuir progresivamente —hasta hacerlo desaparecer— el desequilibrio entre Norte y Sur. Pero podría aportar otra retahíla de razones para gente de otras sensibilidades: por humanidad, por caridad, por amor al prójimo, por solidaridad. Pero ninguna de estas últimas razones me convencen personalmente, porque, como ya he dicho, la verdadera razón es la de hacer justicia, sólo la de hacer justicia. Con ésta bastaría. No hay que hacer el bien ni ser buenas personas; sólo debemos ser personas justas, no hacer ningún mal a las otras. No enriquecernos a expensas de las otras.
Es necesaria una política exterior justa por parte de nuestros gobiernos. Debemos tender a la eliminación de las ONGD; es decir, debemos tender, con nuestra actuación y con las políticas de nuestros gobiernos, a que no sean necesarias.

















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