Las nueve musas
Performance

Un lenguaje propio

Hace poco me encontraba frente a una ponente que defendía la necesidad de crear un nuevo lenguaje para poder escribir una historia del arte más allá de lo colonial. ”We need a new languaje” —dijo. Pero ese nosotros era un cuerpo conocido.


Valie Export en ”Aspects of Feminist Actionism” (1980) subrayaba la dificultad de las mujeres artistas que se encontraban en los setentas en las prácticas de vanguardia (y al arte de acción) de encontrar un lenguaje propio – ”No era posible  encontrar ”tus propias palabras”, porque las palabras pertenecían a los hombres”^[1]. Esta reflexión resulta fundamental para el desarrollo de las prácticas artísticas desde los sesenta y setentas, donde el cuerpo estaba tomando una posición central en las formas de construcción de lenguajes colectivos.

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Siguiendo la tradicional historia del pensamiento eurocéntrico diremos que la división entre cuerpo y alma (lo tangible y lo intangible) se remonta a la antigüedad clásica y ha perdurado hasta hoy pasando por diferentes estados y perspectivas desde la filosofía a la política más de calle o a los estudios científicos más ”objetivos”. Siendo estandarte claro de los valores y el pensamiento eurocéntrico y colonial, este ”binarismo originario”  se despliega hasta los rincones más insignificante de nuestra existencia en sociedad, habiendo sido puesto en duda en cantidad de ocasiones desde otros marcos teóricos y prácticas que han propuesto trascenderlo o dinamitarlo, no solo por su falta de precisión acerca de lo que pretende describir sino por sus a menudo devastadoras consecuencias en los cuerpos que encarnan la cara chunga de el binarismo, pues, como es evidente, todo binario opositivo entraña una jerarquía de valor y unas cualidades que, aunque pueden llegar a ser diferentes en distintos contextos culturales, se aplican con la misma violencia. Sin embargo, esta forma de conceptualizar desde la oposición binaria (bien/mal, blanco/negro, cerca/lejos, etc.) ha permitido ciertos ”reinos” y parcelas de poder separadas que las han dotado de una cierta autonomía. Un ejemplo claro es la práctica cultural, el Arte, las prácticas artísticas o como les queramos llamar. El Arte se encuentra alineado con la subjetividad (opuesta a la objetividad), que tiene una evidente falta de carga de verdad. Pertenece a la cara B de la norma y por ello está deslegitimado y su valor -tanto real como social- es muy bajo. No obstante, esto ha producido una autonomía que ha permitido un cierto autogobierno y una emancipación desde ahí. Un caso podría ser también el de las mujeres (claramente en la cara B del binarismo opositivo y jerárquico) que hemos construido autodeterminación desde descubrirnos en la otra cara de la jerarquía de valores y es ahí donde hemos encontrado la emancipación política.

Un lenguaje propio
Sin título – Francesca Woodman

Las palabras pertenecen a los (n)hombres, y los cuerpos -paradójicamente- también. No es que sea un cuerpo que le tenga especial cariño a esta forma de conceptualizar binaria y más bien ciega a la realidad tal cual es (el mundo no puede segmentarse con tal precisión como si lo hacen las categorías binarias), pero puedo llegar a pensar que al encontrarse en columnas separadas del binarismo opositivo tendrían, al menos, reyes y reinas distintos, autónomos. Esta presunción de autonomía es, en mi opinión, la primera errata. Realmente, palabras y cuerpo, discurso y performance, abstracción y materia sólo se encuentran separados en la teoría. En la práctica (y de esto sabe muy bien la física y las madres) todo es materia: que pesa, que es dependiente, que necesita, que duele, que muere.

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El cuerpo conocido que enunciaba aquello de ”necesitamos crear un lenguaje nuevo” es el cuerpo de la cara A de la norma capitalista: el de la abstracción, de la teoría, el cuerpo blanco, hombre, occidental, racional, discursivo, activo, pensante que, siendo consciente de su propio vacío y de su propia miseria, quiere un lenguaje nuevo para poder estudiar y analizar mejor al cuerpo de la cara B (exotizado en los procesos del reciente siglo XX) el cuerpo matérico, el de la experiencia, al cuerpo racializado, al cuerpo mujer, periférico,irracional, emocional, pasivo y soñador, el cuerpo no capaz, el cuerpo fuera de la norma (nota: la norma=la tiza que separa de forma ficcional y abstracta -aunque con consecuencias muy físicas- unos cuerpos de otros). Un nuevo lenguaje no puede surgir de el mismo cuerpo, no puede alienarse de los cuerpos que le dan forma a través de la experiencia de sí y, por ello, el lenguaje tiene una dimensión material que no puede seguir estando obviada. Su dimensión material es diversa y expandida, así como codependiente de diversos factores como la economía internacional, el precio de la comida (¿o los cuerpos que producen los discursos no comen?) o los ciclos lunares, pero sin duda hay algo que lo atraviesa, y es la materialidad.

Francesca Woodman

Las artistas de la vanguardia como las accionistas vienesas se dieron cuenta de esto desde el territorio del mismo cuerpo, desde la performance. ”Tampoco fue nada fácil encontrar nuestras propias palabras en el lenguaje del cuerpo, porque estaba demasiado ocupado por fantasías masculinas”[1] El lenguaje en conexión directa con la realidad física de qué tipo de cuerpos lo producen. Como ella misma afirma, el accionismo vienés tenía como ”recurso fundamental la historia de la experiencia femenina”, es decir, la historia de la vivencia del cuerpo de las mujeres. Se dieron cuenta de la materialidad del lenguaje, del cuerpo de las palabras que, pese a los intentos desesperados de la academia por mantenerlas en el territorio de la abstracción (donde los cuerpos no importan, sólo el concepto, el discurso, el contenido) son en relación en la red de interdependencias de todos los cuerpos.

De modo que, frente a ese cuerpo enunciando que ”necesitamos un lenguaje nuevo” diría que no hay lenguaje sin los cuerpos que lo producen, y que mientras estos cuerpos se encuentren relegados a la cara B de la jerarquía de valores (por ello, no puedan acceder a las esferas de producción de lenguaje) el lenguaje será el mismo, pues los cuerpos y sus vivencias de sí seguirán siendo los mismos. Y esta realidad no la cambiarán las palabras, no al menos si seguimos limitando su morfología a su mero contenido discursivo y no a la carne y la sangre común con la que conviven y son, simultáneamente.

Andrea Corrales Devesa


[1]EXPORT, VALIE : Op.cit. P 126

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