Las nueve musas
Promocionamos tu libro

La resiliencia en un concepto que ha tomado prestado el campo del trabajo social a la ingeniería de materiales y está vigente desde principios de siglo hasta el día de hoy. Este término se refiere a la capacidad que tienen algunos individuos para resistir la adversidad con mente abierta y control de sí logrando transformar de manera positiva el entorno.

Confieso que me cuesta aceptar la palabra resiliencia porque antes de que psicólogos y sociólogos, entre otros, la fijaran, ya se practicaba la templanza como característica fundamental del camino del guerrero que ha sido forjado por el espíritu milenario de hombres sabios pertenecientes a las civilizaciones antiguas de oriente y occidente.

Uno u otro concepto son válidos y son necesarios para quienes por su labor tienen que enfrentar la amarga realidad que sacude a diario indistintamente a los seres y se observa en las calles y campos de cualquier continente e inclusive se reproduce y es viral en millones de dispositivos. Por lo pronto pedimos resiliencia o templanza a niños, madres y hombres de Palestina, mientras tanto los líderes de Europa se lavan las manos y lucen gafas oscuras para favorecer el bochornoso colonialismo que hace gala de su capacidad de sometimiento global con otro genocidio calculado.

Festival de poesía de medellín

Pido perdón de todo corazón al posible lector por algunos fragmentos tristes y personales que contaré a continuación, pero tienen una justificación  y es haberme propuesto hablar del Festival de Poesía de Medellín de la manera como lo he vivido y lo recuerdo. Por este motivo me veo obligado a remembrar lo que fue Medellín por aquella época cuando estaba sumida en la violencia del narcotráfico, que aún lo está la ciudad resiliente.

En fin, algo ha cambiado la historia, al menos ya no suenan a diario petardos y bombas en pequeños puestos de seguridad llamados Centros de Atención Inmediata –CAI. Allí fueron carne de cañón los policías de cualquier rango; atacados por  los pistoleros que aprovecharon la danza de los cinco centavos para dispararles indiscriminadamente sin importar el daño familiar o social que esto acarrea.

Cabe observar que en aquella época todos disparaban, unos a otros, como si se tratara de una película de vaqueros. Por esos años contaba yo con tres lustros de vida y pasaba las horas del nocturno silbando mal hombre en una esquina entre otros jóvenes que desafiábamos a la muerte, la que posiblemente llegaría con la patrulla 319, más conocida por todos en el barrio como la patrulla asesina. De esta manera ignorábamos la vida y no dimensionábamos la maldad que llevábamos por dentro y que hoy en día, mirándome al espejo, me cuesta tanto reconocer y entender por qué me habitaba.

Kinini hizo una mala jugada con un robo y tuvo que huir a Miami para escapar de la cárcel o la muerte y este para limpiar su nombre ante el clan familiar me echó el agua sucia dejándome expuesto como el cabecilla de lo que en verdad fueron sus fechorías. Su familia alarmada denunció ante las autoridades mis supuestas actividades y fui llevado a la dirección del colegio donde detectives me hicieron un interrogatorio por horas, a pesar de que era un menor de edad y estaba sin la debida  presencia de mi tutor responsable. Luego, llegó mi madre que jugó un papel trascendental para sacarme de la encerrona, no entro en detalles por motivos de espacio, pero debo decir que a mi madre le debo la vida y gracias a su paciencia y coraje estoy aquí de cuerpo presente para escribir estas palabras tan fáciles de olvidar.

También quiero dejar claridad de que no tuve nada que ver con aquel acto delictivo en el que perdió la vida el mejor amigo y compinche de Kinini, esos monos no son mi circo, mis negocios eran otros y trabajaba solo. No le debo nada a la justicia ni a la sociedad y a la fecha desconozco lo que es un hospital o un presidio porque siempre estoy por encima de cualquier circunstancia.

A los quince años supe lo que era la falsedad y la traición y me di cuenta de que no me convendría la vida callejera porque era demasiado leal, sobre todo consigo mismo. Entonces opté por encerrarme en mi sala rodeándome de libros y música. Aunque al principio fue difícil porque estaba un poco o lo bastante intoxicado de drogas que a partir de aquella fecha no volví ni a mirar y de licor que aún libo cada vez que puedo.

La decisión de encerrarme fue acertada porque dejé atrás estos problemas y evadí además las amenazas de Juan Carachas y Byrón Pío, un par de cuchilleros que habían subido al estatus de pistolocos y, para mí fortuna, cayeron años más tarde por el propio peso de sus actos.

Por aquellos años perdí una amistad, que aún me duele en el alma. Morado era un joven oriundo del Nordeste antioqueño, noble e inteligente, pero perseguía el sueño de ser un capo del narcotráfico ya que estaba influenciado por el medio en el que creció. Recuerdo la triste despedida aquel día que fue de visita a casa y le conté mis intenciones de ir a la universidad, quería ser escritor. Él lo tomó como una traición. Lo vi  salir enojado sin mirar atrás y jamás volví a saber de su fortuna. Donde te encuentres, hermano, deseo que estés bien.

Así estaba la ciudad, llena de destinitos fatales, como diría Andrés Caicedo, jugándose la vida en una noche de farra o en una partida contra el destino. Yo me aislé en mis libros por largo tiempo y empecé a contemplar ideas y sueños que aún persigo. Entonces inicié mi camino solitario por aquellas calles agitadas y convulsionadas por el fenómeno del narcotráfico que mostraba en toda su magnitud la furia hincando sus garras y sus colmillos en todo lo bello y puro para la conciencia, esta que siempre se ve amenazada en cualquier lugar del mundo por el poder de los billetes que se ganan con la venta de los polvos nigrománticos.

Las cosas afines se buscan o se encuentran y fue así como apareció en medio de mi bohemia el buen amigo Ricardo Pérez, ingeniero agrónomo y maestro de escuela. Nos conocimos cuando este apenas era un joven universitario pronto egresar de la Universidad Nacional de Colombia.

A Ricardo Pérez le debo tres favores especiales: agradezco que haya herido mi ego cuando juzgó como pobre mi acervo intelectual porque según él se reducía a las Lecturas dominicales de El Colombiano y al Magazín de El Espectador; ambas separatas culturales me encantaban y añado La Movida de El Mundo de Medellín en la que tuve el honor de trabajar veinte años más tarde durante unos pocos meses. En fin, esta afrenta me llevó a las pocas bibliotecas públicas que había por aquellos años. Ahora le doy la razón a mi amigo, mis lecturas son pobres y pronto las olvido; la segunda acechanza que le atribuyo fue mostrarme el camino a la Universidad Nacional, espacio en el que viví la mejor etapa de mi juventud; y la última consigna que reconozco fue su invitación a ese pequeño festival de poesía, cosa rara y resiliente en un entorno como el que describo, y que se gestó en aquel ambiente de manera utópica y arriesgada en las calles y parques de la ciudad que ya empezaba a despertar para salvarse de tanto desasosiego.

La revista latinoamericana de poesía Prometeo logra realizar el 28 de abril de 1991, con el apoyo de la administración del Cerro Nutibara, Un día con la poesía, evento que sienta las bases para que cada año se realice el Festival Internacional de Poesía de Medellín (…) Se observa que sí es posible hacer un verdadero continente, un bloque de resistencia con la poesía como lenguaje unitivo; la poesía como purificación, como elemento de cohesión y solidaridad (Prometeo, 1991).

Para el año de 1993 pronto cumpliría, para mi sorpresa, 18 años y así obtendría en el papel la mayoría de edad. Y ese mismo año, un domingo ocho de junio, según lo dicen las memorias del Festival de Poesía, asistimos miles de espectadores al teatro al aire libre Carlos Vieco Ortiz, donde pude sentir una honda encantada, entonces miré a Ricardo Pérez y noté que algo en este también cambiaba. Por primera vez, desde que nos conocimos, ambos bajamos la guardia. Algo de eso que sentimos en aquel encuentro ritual está presente en estas palabras:

Podemos afirmar que con esta versión del Festival se hace más evidente su contundencia, su capacidad de intervención de la realidad de la ciudad con un nuevo aire, con una nueva luz para el espíritu compungido, para divulgar la gran alegría de vivir a pesar de las explosiones y los escombros. Sabemos que la poesía no soluciona los problemas estructurales, pero sin ella los seres humanos perecerían en total orfandad, en la esclavitud de sus precarias ocupaciones, en el shock de los clichés y en el marasmo de la vida en la sociedad industrial (Prometeo, 1993).

He aquí como la poesía revive y reanima con templanza a una ciudad dándole esperanza a las generaciones por venir. Y estoy en desacuerdo con lo que dice el manifiesto, pues tengo la convicción de que la poesía es una sensibilidad encaminada al bien común y es el principio consciente de toda transformación estructural de la sociedad. Si algo le está faltando al mundo para que se lleve a cabo una transformación profunda es la poesía pura. Necesitamos un ritual que aleje a los dogmatismos materialistas y que unifique nuestra empatía con el cosmos y la tierra. Para todos, uno es el sol, para la tierra es la luna y el agua se está acabando, debemos cuidarla por el bien de esto que conocemos y llamamos vida.

Regresando a 1993, recuerdo la aparición en el escenario del poeta Raúl Gómez Jattín (1945 – 1997), por aquella época no sabía quién era, pero mi amigo y yo valoramos su entrega, su espíritu que alegró aquella tarde. Nos identificamos con su locuacidad y su desfachatez que rompía el molde de la hipocresía. Años más tarde supe detalles de su historia de vida y escuché en la voz de otros la admiración que sentían cuando recitaban sus poemas de memoria. Pude entender hasta entonces que había escuchado en aquella tarde a un gran poeta de la literatura colombiana.

Años más tarde y gracias al Festival tuve la oportunidad de conocer y compartir con poetas internacionales que han sido invitados. Agradezco a Norberto Codina, poeta de doble nacionalidad, venezolano y cubano, al que admiro y bondadosamente me regaló su antología Los ríos de la mañana (1995). Agradezco a Esteban Moore, poeta argentino, que entregó al auditorio su visión sobre la Generación Beatnik, y quien amablemente publicó en su blog uno de mis primeros cuentos La ciudad de los afectos. Con ambos me tomé unas cervezas en La Polonesa.

Quizás en algunas tardes de Festival tuve la fortuna de estrechar la mano cálida de alguna amiga; quizás, en otras tardes, escuché abstraído y solitario la voz de los poetas, mientras esculpía en el alma el nombre de una flor oculta donde todo está vacío.

Queda la invitación a propios y extranjeros para que asistan a la próxima versión 34 del Festival Internacional de Poesía de Medellín, será del 13 al 20 de julio. Como siempre, saludando al solsticio. “Se celebrará bajo el lema Canto de Amor del Planeta, en el camino de propiciar la reflexión sobre las urgencias de nuestro tiempo, entre ellas la necesidad de tomar acciones” (Prometeo, 2024).

Olmer Ricardo Cordero Morales

Olmer Ricardo Cordero Morales

Pertenezco a la Generación Perdida que creció en medio de la guerra contra el narcotráfico en las décadas de los años 80's y 90's.

Me considero un "medellinologo", soy un investigador urbano que se ha dejado atrapar por una ciudad tan compleja, a la cual todos sus poetas y escritores mayores le han cantado con una profunda mezcla de amor y odio.

Desde muy temprana edad me entregué a la literatura que es mi pasión. A los quince años asistí al Taller de Escritores dirigido por Manuel Mejía Vallejo en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. A los 18 años ingresé a la Facultad de Economía de la Universidad Nacional de Colombia, allí empecé a participar en la actividad cultural y política de la ciudad, fundé junto con otros jóvenes ingenuos y soñadores grupos de poesía y teatro, también realicé documentales.

Soy egresado en Letras: Filología Hispánica, Universidad de Antioquia.

En 2015 gané el premio de Crónica: Belén sí tiene quien le escriba, con la obra “La calle, la esquina, el barrio”. Soy docente, periodista y corrector de texto y estilo. En 2018, publiqué la novela, La flor de los 80’s. En 2022, ocupé el segundo puesto en el IV premio de Relato Breve convocado por Las nueve musas, revista digital de España.

Publicamos tu libro

Añadir comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

  • El consejero de Roma
  • El último experimento
  • palabras
  • Alejandra Pizarnik
  • La ópera de México
  • En el Lago Español
  • Bullying Escolar al Descubierto
  • Un café a solas
  • La paciente silenciosa
  • Dadme a vuestros rendidos
  • Los abrazos perdidos