Las nueve musas
George Sanders e Ingrid Bergman

Te querré siempre

‘Te querré siempre” (Viaggio, in Italia, 1954), de Roberto Rosellini. Un viaje, una pareja. Ingleses en Italia. Un territorio extraño en el que ambos se descubren como extraños.

La relación se torna contienda, entre el impulso de despertar la relación, y la fuga porque se siente que ya es un tejido muerto que más bien asfixia. Tras ocho años, ¿la relación se ha vaciado, se ha revelado la conexión como un espejismo dilatado por la inercia, o puede ser reanimada, como si fuera necesario extraer un quiste sebáceo de los sentimientos?

Te querré siempre
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‘Te querré siempre” iba a ser, en principio, una adaptación, realizada por Rosellini  junto a Vitaliano Brancati y Antonio Petrangeli,  de ‘Dúo’, de Colette, pero ya en marcha la producción se descubrió que sus derechos habían sido adquiridos. Rosellini redactó cinco folios que fueron pista de despegue para un rodaje que, para desesperación de George Sanders, acostumbrado a otro tipo de dinámica, se gestó sobre la improvisación. Los personajes se perfilaban durante el mismo rodaje.

Ella, Katherine (Ingrid Bergman) viajará, se desplazará, entre los muertos, entre estatuas, museos, piedras, ausencias de cuerpos que son ascéticas imágenes, fósiles de una poesía perdida, arrumbada en su pasado, en lo que quizá no fue. La expresividad de los gestos, el descaro de los cuerpos, de aquellas figuras de piedra, la turbarán, porque las sentirá más vivas que a ella misma. Se reconocerá en aquellas vidas, que no eran otras, sino como puede serlo la propia. Pero ¿cómo es la propia?¿Se desplaza en su propia vida, en su presente, o su presente se ha inmovilizado como un mausoleo?  Los tiempos se funden, ayer es hoy, aquel rostro es el suyo, aunque este no lo encuentra al despertar en una tierra extraña.

En su viaje, su mirada se queda prendida de las mujeres embarazadas o que pasean con un coche de niños. Sorprendida, como si advirtiera una constante que pareciera pertenecer a otra realidad. Estatuas y carne que gesta. Siente que su vida se ha paralizado, que ya no da a luz, como un oquedad que ya no fuera advertida. En el inicio, observa cómo su marido, Alex (George Sanders), ríe con otra mujer durante una cena de grupo. Su mirada se encoge, se agazapa, y se despliega en desprecios hacia él que escupe en su soledad, calificándole de presuntuoso, o a través de aviesas provocaciones indirectas, como la evocación de un poeta inglés que conoció, como si dejara caer vidrios rotos para que él los pise, para que su mente se retuerza con los celos y se desprenda de esa indiferencia que a ella tanto molesta.

En la primera secuencia, en el primer plano, ambos viajan en coche. Ella conduce. Él despierta.”¿Dónde estamos?”, pregunta. “No tengo ni idea”, responde ella. Como si hablaran de su relación. Esa indiferencia de quien parece ya tender a quedarse dormido, por falta de motivación, es la que enerva a Katherine.  Y despliega sus tácticas en forma de garras. Esas que buscan un despertar.

Cuando ambos comparten la misma sensación de que, después de ocho años, se han percatado de que son extraños el uno para el otro, él comenta que tiene un lado bueno, pueden replantear la relación como si fuera un inicio. Katherine responde con una mirada de afilada ironía. Siente que su respuesta es más un sarcasmo indiferente que un sentimiento convencido.  Siente que él no deja de replegarse en la indiferencia que le distancia.

George sanders en Te querré siempreÉl, Alex , viajará, se desplazará, entre vivos, con mujeres con las que tantea la opción de otra historia, de otro sendero, quizás una distracción, quizás recordarse que está vivo. Pero cuando lo que tantea se revela como un callejón sin salida, encoge los hombros, como si no tuviera mayor importancia la contrariedad. Cuando, en cambio, se le ofrece la posibilidad, rechaza esa opción. Alex navega a la deriva, aunque se siente al pairo, detenido en una escenificación anquilosada, la inercia de una máscara que amordaza su voz, que atenaza sus poros.  Su matrimonio ya no respira. Porque ambos no son sinceros con el otro, pero ni siquiera consigo mismos. Ella le pregunta si su compañía le resulta aburrida. Él responde que le aburre no hacer nada. Pero ¿qué es hacer nada?. Hasta ese momento, después de ocho años de matrimonio, nunca han pasado tanto tiempo solos, sin nadie alrededor. ¿Qué hacen juntos? Ambos declaran que su relación parece varada, incluso desintegrándose, como una piedra que se descascarilla. Y afilan los cuchillos con los sarcasmos y los reproches para emborronar definitivamente los perfiles que se difuminan.

Pero los gestos contradicen lo que expresan. Alex contiene el gesto cuando ella, a punto de freír unos huevos, le reprocha con virulencia, su cinismo, su mezquindad. También la mira con sorpresa (qué soberano actor Sanders) cuando la escucha reír estruendosamente en una fiesta. Posteriormente, le preguntará si se ha divertido, ella elusiva afirmará que él si se ha divertido, a lo que él replica preguntando si ella sabe percibir cuándo se ha divertido. Los filos se enmarañan, las miradas se rehuyen, las emociones se esconden en el incendio de su silencio, de lo no compartido. Las palabras no manifiestan lo que en las entrañas se agrieta. A ella le descomponen los celos pensando lo que podrá estar haciendo Alex en Capri, pero cuando retorna sus palabras sólo manifiestan trivialidades, mientras que su gesto espera un acercamiento de él; pero apaga la luz, como si no estuviera expectante. Signos apagados, silenciados, piedras que taponan las emociones, que hacen de los gestos escollos que asfixian al otro.

Ingrid Bergman y Roberto Rosellini
Ingrid Bergman y Roberto Rosellini

Reflejos. En la primera secuencia, cuando viajan en el coche (decisión de ella, en vez de tomar el avión que prefería él, un viaje más largo en vez de uno breve: quizá ya hay algo latente que se quiere propiciar pero no se explicita), se cruzan con varias manadas de ganado, como si fuera un reflejo de su vida conyugal, de su inercia, cual ganado, en su rutina de vida. Cuando la relación se quiebra, y se agrieta la piedra que la anquilosa, se desplazan entre las ruinas, en Pompeya, tras ser testigos de cómo en la ceniza se perfilan los cadáveres carbonizados de un hombre y una mujer, quizás su reflejo siglos atrás (como ellos, al inicio, en las hamacas, los ojos cerrados, ella evocando a su amigo poeta, evocación, más bien táctica y aviesa, que abre fisuras en sus miradas cerradas). Sienten sus ruinas, su condición de cadáveres, abrasados en su interior porque han convertido la relación en corazas defensivas, esperas del gesto de aproximación, de afecto, del otro, mientras escupen antes de que el otro les escupa la lava de otro sarcasmo, de otro reproche. Una procesión, la agitación de una muchedumbre, de una vida que contrasta con el vaciado de las ruinas, les reanima en su atasco, les hace rescatarse, como una súbita resurrección, como si se descubrieran, en un instante que es epifanía, en el absurdo de vida inmóvil  con la que se habían abocado a la condición de piedra, coraza y lanza. Ahora las emociones brotan, manan en sus palabras, vivas, acompasadas a su abrazo.

Alexander Zárate

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