La poeta Chus Pato (Ourense, 1955), se alzó con el Premio Nacional de Poesía el pasado 2024, la editorial Ultramarinos lleva publicando durante un tiempo su poesía reunida, con el fin de dar visibilidad a una poeta que era más conocida en el extranjero y en los círculos de la poesía gallega, dado que ella escribe fundamentalmente en gallego.
Ahora en el volumen VII de la editorial antes mencionada encontramos su poemario Sonora, un canto íntimo y desgarrador que orbita en torno a un tema universal: la ausencia de la madre. Muchos de los poemas se convierten en una plegaria, en una conversación suspendida en el tiempo, donde la voz poética busca a tientas los vestigios del amor materno, ese que ya no puede tocar, pero aún siente vibrar en la memoria y en los gestos cotidianos: “Madre / volaron los santos contigo / te los llevaste / vestían zamarras de lana / como las faldas de los Gudea / (…) / así escribo / la noche se abre y cae / un vientre / en los desiertos.”
La obra se construye sobre un duelo pausado, casi contemplativo. Lejos del dramatismo fácil, Chus Pato recurre a imágenes sencillas pero potentes: telas zurcidas, pozos, cántaros, niebla, cenizas… Son estos pequeños detalles los que conforman la gran ausencia, que se expande, pues no es solo la madre sino la idea de orfandad la que se despliega por todo el poemario: “Era que aceptabas la orfandad / que amabas aquella isla / era dulce aquel nombre en la voz / ¿qué viste cuando aún no sabías hablar / y después cuando hablaste / <<no tengo padre, no tengo madre>> / y ella volvió / y decía ella que era ella era era…?”
La estructura del poemario acompaña ese tránsito emocional. Atravesando la rabia y el dolor, hasta llegar, sin apuro, a una forma tenue de aceptación. Con un estilo que desafía cualquier lectura lineal o racional. Aquí el lenguaje no se pliega a la lógica, sino que se rompe, se disgrega, se dispersa como el humo en una habitación cerrada. La voz poética, más que narrar, sugiere; más que comunicar, evoca. Cada poema se construye como un collage onírico, en el que las imágenes —a veces deslumbrantes, a veces desconcertantes— se encadenan sin obedecer a reglas sintácticas o semánticas convencionales.
El poemario se sitúa en una zona liminal entre el sueño y la vigilia, donde el tiempo se pliega sobre sí mismo y los significados fluctúan. El lector no avanza por un camino claro, sino que se sumerge en un laberinto de símbolos: “Con vosotras y con las sombras mutiladas e insepultas / con Eros y todas las Psiques / con cajitas, apropiadas / para incubar el gusano de seda, / volaremos / para todos los corredores / y los distribuidores centrales del Hades / desde ahí impulsaremos / Noche que no quiere cerrar los párpados / ojos cargados de roca y tempestades.” Estas imágenes, tan cercanas al universo surrealista, no buscan ser comprendidas del todo, sino sentidas, como quien atraviesa una pesadilla hermosa y no quiere —o no puede— despertar.
El uso del lenguaje es fragmentario, a veces casi balbuceante. Las frases se interrumpen, se contradicen o se doblan sobre sí mismas. Pero en esa aparente incoherencia hay una coherencia emocional: un estado de ánimo brumoso, entre la angustia existencial y la fascinación por lo inexplicable. Por otro lado, cabe destacar la importancia de la naturaleza. El paisaje no es un telón de fondo: es un espejo que refleja con fidelidad cierto desgarramiento interior. Cada verso parece brotar desde un terreno herido, como si la naturaleza, dolida también por la pérdida, se volviera cómplice del duelo. El poemario construye una atmósfera densa, brumosa, donde el entorno se convierte en extensión del alma herida en el que las palabras no siempre pueden soportar los significados: “ya sabes, / vivo en un ecosistema fundamentalmente granítico / el granito es una roca que padece un proceso de ascensión / sus cristales son roídos, transformados en áreas que el poema / este/ nombra como páramos silíceos.”
El yo poético no llora de forma explícita. En su lugar, observa: una rama que cruje, un campo que se marchita sin aviso, la persistente quietud de un amanecer sin color. Esa mirada hacia lo externo es en realidad una introspección velada. El lenguaje, contenido pero preciso, logra capturar la fusión entre el mundo interior y el exterior, entre la pena íntima y el universo que, como un espejo roto, la reproduce en fragmentos.
Hay una profunda unidad entre emoción y geografía. Las estaciones no marcan el tiempo cronológico, sino el del duelo: el invierno o el otoño se vuelven estados del alma, el lenguaje no es solo medio: es herida, es grieta, es el temblor que queda tras una ruptura. Este poemario se adentra en el espacio donde las palabras fallan, donde la lengua, como cuerpo vivo, acusa el golpe de una fisura que ha modificado para siempre la forma de nombrar el mundo.
La voz poética se mueve entre fragmentos, titubeos, repeticiones y silencios. Hay una lucha constante por articular lo inarticulable, por sostener el discurso cuando este se deshace desde dentro. La sintaxis se rompe, las palabras se deslizan hacia otros sentidos o se detienen abruptamente, como si hablar —como si seguir hablando— doliera. Así, el poema mismo se convierte en una escena del daño: lo lingüístico como testigo y consecuencia del quiebre.
Pero no se trata solo de una pérdida del lenguaje, sino también de una exploración: ¿qué surge cuando la lengua ya no puede contener lo vivido? ¿Qué aparece en el balbuceo, en la interrupción, en la voz que duda? El poemario encuentra en esa inestabilidad un nuevo tipo de belleza, menos pulida pero más honesta, más próxima al temblor de lo real.
Sonora no es un poemario para quien busca certezas o mensajes claros. Es, en cambio, una experiencia poética profundamente sensorial, que apuesta por el desconcierto como forma de revelación. Leerlo es dejarse arrastrar por una corriente oscura y luminosa al mismo tiempo, y aceptar que hay verdades que solo se insinúan en la grieta del sentido.
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Chus Pato, de nombre completo María Xesús Pato Díaz, nació en Orense en 1955. Escritora gallega, es académica de número de la Real Academia Galega. Licenciada en Geografía e Historia por la Universidad de Santiago de Compostela, ejerció como profesora de enseñanza secundaria de dicha asignatura desde 1989 hasta 2020, año en el que se jubiló.
En lo literario, Pato es considerada una de las figuras más importantes de la poesía gallega del siglo XX y XXI, tal y como atestiguan galardones tan relevantes como el Premio de la Crítica de Poesía Gallega en 2008 por Hordas de escritura, o el Premio Nacional de Poesía que le fue otorgado en 2024 por Sonora.
Pato también cuenta con una trayectoria dentro de la política. En 1973 fue una de las fundadoras de Estudantes Revolucionarios Gallegos (ERGA), militó en la Unión do Povo Galego y, en varias ocasiones, fue cabeza de lista de Frente Popular Galega por la provincia de Orense.
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