Las nueve musas
Zerón

«La infancia se ha ido en un vuelo oscuro, / una tormenta de gritos nos precede, / un laberinto de estatuas de sal espera nuestra mirada» son algunos de los versos con que se inicia este libro de poemas de José Luis Zerón, ´Espacio transitorio`, que explora los abismos del yo y de la derrota del mundo desde la conciencia de lo perdido y con la mirada puesta en la inexorable demolición, porque «nos acosa el murmullo de las víctimas de todos los holocaustos».

sobre la derrota
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Su poesía se adentra en lo incógnito del ser y desvela su dolor, su «seguir viviendo en su humilde desafío a la muerte». Es impresionante esa lectura de la vida, llena de saqueadores de nidos, de prados que arden, de petición de clemencia, de rabia y de desesperación en que se insta al hombre, con la urgencia de las formas de imperativo, a mirar sin atajos el contenido único del instante, porque «Toda forma contiene su esplendor marchito». Sin embargo, ese tono amargo es comedido, refrenado por una dicción meditativa («Hermano, desvalido hermano, / la serenidad es brillante y cálida / y la quietud relumbra sin espuelas»), sobre todo fundamentada en anáforas y letanías que cubren el verso con su hipnótica presencia rítmica y sonora.

El yo poético se encierra en sí mismo para verse, pues sabe que esta es una de las principales arterias de la poesía: la introspección en busca de ese tesoro que nos une al mundo y dilucida su esencia en nuestra esencia. Pero lo que ve es aterrador: «Mi opresor es mi propio ojo”. La conciencia de que el mundo no está bien hecho y de que incluso nacemos para el espanto porque todo desemboca en la inexorable nada, en las pérdidas definitivas. Y a pesar de ello, a pesar de la sordidez, a pesar del peso del doloroso conocimiento que atraviesa la revelación delatora, el poeta reclama la belleza porque es imposible no amar el mundo.

También me gustaría resaltar esa escritura que procede de la voz interior, íntima, esos versículos que emanan directamente de la emocionante y honda segunda realidad, que diría Antonio Colinas, en una exploración introspectiva de la identidad secreta del ser. Por eso a veces es obligada la expresión surreal, lo indecible que trata de arrimarse a lo invisible para ver en esa oscuridad que nos define tanto como la luz y a la que pocos son capaces de llegar. Porque para llegar a ella, a la oscuridad más secreta del ser,  hay que sublevarse contra la mirada codificada, tal y como lo diría otro Antonio, Gamoneda, «Juro que la belleza / no proporciona dulces / sueños, sino el insomnio / purísimo del hielo».

Los poemas de ´Espacio transitorio` poseen una singular fuerza emocional que procede también de su  riqueza léxica, cognitiva, metafórica y  sin duda metafísica, otro de los grandes poderes poéticos de este libro dentro de la hermenéutica existencialista, ese concepto de ser para la muerte de Heidegger que definió en su obra capital, ´El ser y el tiempo`.

Y tiene razón José Luis Zerón Huguet, el mundo da miedo, cómo no va a dar miedo si somos seres acosados por terribles certezas. Pero hay que decirlo: con honestidad, con potencia expresiva, con audacia.

Yolanda Izard

Yolanda Izard Anaya (Béjar, Salamanca). Es Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca, donde también cursó estudios de Bellas Artes. 

Escribe reseñas para el suplemento cultural de El Norte de Catilla, La sombra del ciprés, y Revista de Letras. Ha colaborado también en Quimera, así como en las revistas digitales Sigueleyendo, Granite&Rainbow y Subverso.

Vive en Valladolid, donde es docente de ELE en la Universidad Europea Miguel de Cervantes. Es además correctora de estilo y dirige e imparte su propio taller de escritura creativa en Valladolid.

Ha publicado, entre otras obras, Paisajes para evitar la noche (2003), novela corta.

La novela La mirada atenta (Del Oeste ediciones, 2003).

Los microrrelatos Zambullidas (Ed. Renacimiento, 2017) Y los poemarios Reliquias del duende, al cuidado de Aníbal Núñez (1983). El durmiente y la novia (ed. Sinmar 1997) Defunciones interiores (Institución Cultural El Brocense, 2003) y Lumbre y ceniza (Devenir, 2019)

Ha ganado los premios Cáceres de Novela Corta en 2003, Carolina Coronado en 2003,  Andrés Quintanilla de Poesía en 2013  e Internacional de poesía Miguel Hernández-Comunidad Valenciana, 2019

Finalista del Premio de la Crítica de Castilla y León en 2020.

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