Las nueve musas
Eben-Emael

Operación Granito

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No se trata de blanco y negro, sino de reconocer la escala de grises

Está claro que la historia la escriben los vencedores. Nos cuentan gestas de buenos y malos, de héroes y villanos, de sacrificio y coraje, de crueldad y sadismo, de generosidad y altruismo…

Nos pintan un mundo en blanco y negro que niega cualquier atributo positivo en el rival. Pero no debemos olvidar que hay de todo en todas partes, que deshumanizar al enemigo ayuda a justificar nuestros crímenes y que también los vencedores cometen atrocidades. En definitiva, los alemanes, los japoneses, los italianos… las fuerzas del eje, también tenían familia, también sufrieron y lloraron, también se sacrificaron y mostraron coraje, y como no, también les hicieron creer que eran los buenos y que su causa era noble. Todo para matar y morir sin saber por qué.

En ambos bandos, la gran mayoría se sacrificaba para que unos pocos se enriqueciesen, viviesen mejor y viesen cumplidos sus deseos, con la diferencia de que las gestas de los vencidos fueron ocultadas y sus crímenes mostrados, e incluso amplificados cuando hizo falta, pero no debemos olvidar que ellos también tuvieron sus héroes, sus victorias y sus genialidades.

Una de esas hazañas de los vencidos fue llevada a cabo por los alemanes al inicio de la contienda, la denominada “Operación Granito”, que supuso la toma de la fortaleza de Eben-Emael en una intrépida acción.

Sin duda no se trata de la operación más brillante, heroica o increíble del bando perdedor, pero si de un claro ejemplo de que también las hubo, aunque muy poco se haya hablado de ellas. Conocemos las operaciones aliadas, las hazañas de los comandos ingleses, la resistencia francesa… ¿Pero cuantas operaciones alemanas o japonesas conocemos? Incluso entre los vencedores hay algunos que son de segunda, ya que se habla más de la resistencia francesa que de la polaca, que fue el movimiento de resistencia clandestino más importante en toda la Europa ocupada por la Alemania nazi. Está muy claro que el marketing resulta fundamental.

La toma de la fortaleza, situada en Bélgica, cerca de la ciudad de Maastrich, fue una operación audaz desarrollada por paracaidistas alemanes los días 10 y 11 de mayo de 1940, en el contexto de la operación Fall Gelb, nombre en clave de la invasión de los Países Bajos y Francia durante la Segunda Guerra Mundial. La misión consistía en tomar al asalto el fuerte Eben-Emael, estratégicamente ubicado y con sus poderosos cañones dominando varios puentes vitales para el éxito de la ofensiva planeada. Las carreteras que pasaban por ellos, llevaban al corazón de Bélgica y les abrían las puertas hacia Holanda, Francia y Luxemburgo.

El plan Alemán para la toma de estos territorios consistía en flanquear la Línea Manigot, una muralla de defensa fortificada, que construyó Francia a lo largo de su frontera con Alemania e Italia (a esta última también se le llama Línea Alpina) tras la Primera Guerra Mundial.

La idea era avanzar a través del sur de Bélgica, por las Ardenas, donde la línea era débil, y penetrar en Francia por el norte, para dividir en dos a los ejércitos aliados, forzar la rendición del país galo y acometer desde ahí la invasión de los Países Bajos. Los franceses pensaban que lo abrupto del terreno en aquella región era suficiente obstáculo para impedir, o al menos ralentizar, un posible ataque alemán, lo que daría tiempo a organizar una defensa e incluso a lanzar un contraataque.

Plano del fuerte Eben-Emael.
Plano del fuerte Eben-Emael. – De W.Rebel – Trabajo propio, CC BY 3.0,

El error estratégico francés consistió en asumir que se repetiría la guerra de trincheras, con grandes frentes estáticos. No tuvieron en cuenta la introducción de nuevas variables en la ecuación, como unidades acorazadas, aviación de guerra… que habían multiplicado la movilidad de los ejércitos y posibilitado el desarrollo de diferentes tácticas.

Dentro del marco de esta estrategia, y para poder alcanzar las Ardenas, Alemania debía esquivar y/o neutralizar varias posiciones defensivas en Bélgica y Holanda, por lo que la ruta a seguir debía ser muy bien estudiada. Tras el análisis, detectaron que las defensas belgas consistían en unas débiles posiciones a lo largo del canal Alberto, para después establecer una línea principal siguiendo el curso del río Dyle, la cual protegía el puerto de Amberes y la propia capital, Bruselas.

El punto débil se encontraba en la zona donde el canal discurría junto a la frontera neerlandesa, cerca de Maastricht. El ejército belga no podía levantar allí puestos avanzados debido a la línea divisoria con el país vecino, por lo que había establecido la defensa de los tres puentes que cruzaban el canal con tropas de infantería y el soporte de la artillería que proporcionaba el fuerte Eben-Emael establecido en la zona. Esta fortaleza, dominaba el canal y las carreteras que llevaban hacia el oeste, y sobre todo, dos de los tres puentes, los más altos, que resultaban de vital importancia.

El Alto Mando alemán conocía el plan defensivo belga, consistente en retrasar el avance enemigo a lo largo del canal Alberto, para después retirarse y enlazar con las fuerzas británicas y francesas en las principales posiciones de contención a lo largo del río Dyle. Así que la posibilidad de una rápida ruptura del frente dependía del hecho de poder controlar los puentes y poner fuera de combate a Eben-Emael.

La defensa de dichos puentes estaba asignada a la 7ª División de Infantería del ejército belga, que contaba con tres puestos de ametralladoras y un cañón antitanque por puente. Además, se habían instalado explosivos bajo las estructuras para proceder a la demolición antes de que la posición cayese en manos enemigas.

Por otro lado, el fuerte, que contaba con una guarnición de unos 1200 hombres, había sido construido entre los años 1931 y 1935 con la idea de que resultase inexpugnable ante cualquier tipo de ataque. Su sola ubicación, en una colina natural, entre el canal Alberto, de donde partía una empinada pendiente de 120m, y otro canal artificial de 500m conectado al río Geer, ya suponía un impedimento.

Contaba con muros y bóvedas de acero reforzado para prevenir daños por bombardeos, así como cúpulas de artillería, casamatas y búnkeres, todos ellos fuertemente armados e igualmente protegidos. Rodeado de altos muros (6-10m), las caras que no lindaban con el canal, estaban protegidas por campos de minas, zanjas y alambradas, además de cañones antitanque, ametralladoras y potentes reflectores. Sólo había un acceso y estaba fuertemente protegido. Internamente, se cavaron numerosos túneles que comunicaban cada una de las torretas de defensa y vigía con el centro de mando y los depósitos de munición. Por si esto no fuese suficiente, el enclave disponía de su propio hospital y salas habitables para la guarnición, sin obviar que internamente se generaba la electricidad necesaria para operar los cañones, iluminar las instalaciones y purificar el aire de túneles y edificaciones.

Bajo estas condiciones, los alemanes nada podían hacer empleando las tácticas y sistemas de guerra habituales. El ataque frontal, era sin duda un suicidio, y el lanzamiento de tropas en paracaídas fue desestimado por el claro riesgo de que estas quedasen dispersadas en un área más amplia que la propia fortaleza. Por tanto, se pensó en algo completamente diferente, algo que no se había realizado hasta la fecha, y se optó por utilizar planeadores, que situarían a las tropas dentro de la misma ciudadela.

El propio Adolf Hitler fue el que ordenó el empleo de estos aviones, al saber por su piloto personal, que eran muy silenciosos, con lo que sería posible sorprender a los defensores belgas que no advertirían su llegada.

Capitán Walter Koch
Capitán Walter Koch – De Bundesarchiv, Bild 183-L04232 / CC-BY-SA 3.0, CC BY-SA 3.0 de,

La fuerza que debía llevar a cabo la misión se creó en noviembre de 1939 y estaba compuesta por personal de la 7ª División Aérea y la 22ª División Aerotransportada, bajo el mando del capitán Walter Koch, por lo que recibió el nombre Destacamento de Asalto Koch. Se les asignaron cincuenta planeadores DFS230, con los que comenzaron los preparativos. Se llevó a cabo un detallado estudio del objetivo, además de construirse una réplica del fuerte en la que se entrenaron los paracaidistas. Los ejercicios tuvieron lugar a principios de la primavera de 1940, tras lo cual se realizaron modificaciones y mejoras en el equipamiento y las tácticas a emplear, como por ejemplo, añadir alambre de espino a la punta de los esquíes de los planeadores para reducir su distancia de aterrizaje. También se practicó el uso de lanzallamas y la colocación de los innovadores explosivos de carga hueca, los que se emplearían para destruir las defensas.

El secreto entorno a la operación también se mantuvo de una manera diferente. Terminados los entrenamientos después de 6 meses, los planeadores y el equipamiento fueron desmontados y transportados en camiones. Por razones de seguridad, el Destacamento de Asalto Koch fue dispersado por varios lugares de Renania. Las distintas unidades fueron renombradas y reubicadas en varias ocasiones, suprimiéndose las insignias y revocándose los permisos, hasta que el 9 de mayo recibieron la orden de proceder. Las tropas debían reunirse en el lugar acordado, donde se les informó que la operación Fall Gelb, en la que estaba englobado el asalto, comenzaría a las 5:30 del 10 de mayo.

El capitán Koch había dividido su equipo en cuatro grupos. El «Granito», con la misión de asaltar y tomar el fuerte Eben-Emael, el «Acero», que se haría con el puente de Veldwezelt, el «Hormigón», destinado al puente de Vroenhoven, y el grupo «Hierro» que debía tomar el puente de Kanne. Todos tenían claro que la celeridad era crucial.

Los atacantes eran conscientes de que la combinación del acercamiento silencioso en planeadores y la inexistencia de una declaración de guerra, les otorgaba el fundamental factor sorpresa. Pero también, que contaban con unos 60 minutos para lograr sus objetivos, ya que transcurrido este tiempo, el superior número de fuerzas defensoras, así como los posibles refuerzos, podrían dar al traste con toda la operación. Por lo que el plan era tomar los puentes y eliminar el mayor número posible de posiciones antiaéreas, casamatas y cúpulas de artillería, a la mayor brevedad y a cualquier coste, con la prioridad de dejar fuera de combate los cañones de largo alcance. Se esperaba que esas piezas estuvieran destruidas en los diez primeros minutos, tiempo en el que los asaltantes debían salir de sus planeadores, llegar a los cañones, colocar cargas explosivas y detonarlas. Todo ello bajo fuego enemigo. Completada la misión en el fuerte, debían defender sus posiciones a la espera de refuerzos.

En los puentes, debían derrotar a las fuerzas belgas, retirar las cargas explosivas y prepararse para defenderlos. Estaba previsto enviar paracaidistas como refuerzo apenas 40 minutos después de iniciado el ataque, con ametralladoras y abundante munición para resistir hasta la llegada del grueso del ejército.

Con las consignas claras, varios aviones de transporte y 42 planeadores que transportaban a los 493 soldados despegaron desde dos aeropuertos de Colonia a las 4:30 de la madrugada del 10 de mayo de 1940.

Los atacantes debían aterrizar en sus objetivos justo una hora más tarde, a las 5:30, en el mismo instante en que el ejército alemán comenzaría a cruzar la frontera para dar inicio a la operación Fall Gelb.

Planeador alemán
Planeador alemán – De Bundesarchiv, Bild 101I-567-1523-38 / Stöcker / CC-BY-SA 3.0, CC BY-SA 3.0 de

Durante el vuelo, se mantuvo un estricto silencio de radio, lo que impidió que los comandantes de la fuerza de asalto supiesen que dos de los planeadores habían tenido problemas y no alcanzarían su objetivo. Uno de ellos había tenido que realizar un aterrizaje de emergencia en Alemania al romperse la cuerda de arrastre, el otro, soltó la cuerda de amarre antes de lo debido y no pudo aterrizar cerca del objetivo. Ambos planeadores transportaban tropas asignadas al grupo Granito, con lo que la fuerza de asalto de la fortaleza quedó mermada. Entre los hombres que no pudieron participar en el inicio de la operación estuvo el oficial al mando del grupo, el teniente Witzig, que se reincorporaría a su destino apenas tres horas más tarde, lo que obligó a su segundo a tomar el mando hasta su llegada. Los hombres de ambos planeadores retrasados, se incorporarían a la operación más tarde con el propio teniente.

Los planeadores soltaron sus amarres a 2100 metros de altitud y unos 32 kilómetros del objetivo, distancia establecida para que tomasen tierra junto a los puentes y sobre el fuerte con un ángulo adecuado. No obstante, la artillería antiaérea belga detecto a los aviones de arrastre al dar media vuelta para regresar, lo que alerto a las defensas de la presencia de los planeadores alemanes en la zona.

Hasta ese momento habían salvado el despegue y el vuelo, si bien dos de los aparatos no habían podido continuar con el resto. Pero llegaba uno de los momentos más críticos, la toma de tierra, y las defensas belgas estaban sobre aviso. Debían aterrizar lo más cerca posible del objetivo y detener los aparatos en el menor espacio de tiempo para evitar encontrarse indefensos al alcance de fuego enemigo. Afortunadamente, se habían preparado a conciencia y habían adaptado los planeadores para ello.

El grupo Hormigón fue el primero en tomar tierra, lo hizo a las 5:15 cerca de su objetivo, el puente de Vroenhoven. Mientras descendían, sufrieron un intenso fuego antiaéreo que obligó a uno de los once aparatos a tomar tierra de forma prematura en territorio neerlandés. Los diez restantes pudieron alcanzar su destino, pero se las vieron y desearon para aterrizar por la pérdida de sustentación originada por la lluvia de disparos. La brusquedad de la maniobra se saldó con tres soldados heridos una vez los planeadores hubieron frenado cerca del puente. Aun así, lograron organizarse rápidamente y centrarse en la misión.

Destacamento de Asalto Koch
Destacamento de Asalto Koch – De Bundesarchiv, Billd 146-1971-011-27 / Büttner / CC-BY-SA 3.0, CC BY-SA 3.0 de,

Los hombres se concentraron en los objetivos más próximos a su ubicación, con lo que habiéndose posado uno de los planeadores cerca de uno de los fortines de defensa, se lanzaron rápidamente a la toma de dicha posición. No tardaron en reducir a sus defensores y, una vez en el interior, en percatarse de que aquel lugar custodiaba los detonadores de las cargas explosivas del puente. Así que arrancaron los cables, y aseguraron que la infraestructura sobre el canal no fuera destruida.

Las tropas belgas se defendieron con fiereza, pero no pudieron evitar que los germanos se impusiesen. Si bien montaron varios contraataques para intentar recuperar el enclave, fueron repelidos por los alemanes, que a las 6:15 habían recibido refuerzos, armas y munición. El grupo se mantuvo en el puente hasta ser relevado por un batallón de infantería a las 21:40, sus bajas ascendieron a siete muertos y veinticuatro heridos.

Los nueve planeadores que llevaban al grupo Acero aterrizaron cerca del puente de Veldwezelt a las 05:20; los alambres de espino colocados en los patines cumplieron con su cometido y detuvieron los aparatos rápidamente. La detención de una de las aeronaves frente a uno de los fortines del puente derivó inmediatamente en un intercambio de disparos entre ambos bandos. Mientras que el oficial al mando del grupo alemán reunía a sus hombres para escalar por la estructura del puente desde la orilla y desactivar las cargas colocadas por los defensores, los componentes de este primer equipo reducían el reducto belga mediante la utilización de granadas y cargas explosivas.

El oficial tudesco logró su objetivo, con lo que la construcción estaba momentáneamente a salvo. No obstante, aún debían de hacer frente a la guarnición belga y asegurar la posición.

Los defensores aguantaron hasta la llegada del pelotón de reserva alemán, viéndose entonces obligados a replegarse. Aun así, los atacantes estaban siendo castigados por artillería ligera a la cual no podían responder con su armamento, por lo que solicitaron apoyo aéreo. Varios bombarderos solucionaron el problema ayudando a que el grupo Acero controlase el puente. Si bien este grupo debía ser relevado a las 14:30, la resistencia belga obligó a extender la operación hasta las 21:30. El balance de bajas fue de 8 muertos y 30 heridos.

Los planeadores del grupo Hierro fueron los últimos en llegar a su objetivo en el puente Kanne. De los diez planeadores, debido a un error de navegación, uno fue soltado en una zona equívoca mientras el resto se vio sometido a un nutrido fuego antiaéreo hasta soltarse de sus aviones de remolque a las 5:35. Mientras descendían, el puente que debían tomar fue destruido. La columna mecanizada que los apoyaría en el ataque había llegado con veinte minutos de antelación sobre el horario previsto, arruinando así el factor sorpresa y dando tiempo a los defensores a volar la infraestructura.

Durante el descenso, la artillería belga derribó uno de los aparatos, provocando la muerte de casi todos sus ocupantes. El resto de aeronaves tomó tierra y se organizó rápidamente para tomar los fortines.

El canal Alberto visto desde un nido de ametralladora del fuerte Eben-Emael
El canal Alberto visto desde un nido de ametralladora del fuerte Eben-Emael – De Bundesarchiv, Bild 146-1971-011-29 / Kliem / CC-BY-SA 3.0, CC BY-SA 3.0 de

Para las 5:50 la zona ya estaba asegurada, aunque los belgas no estaban dispuestos a ceder, así que lanzaron un fuerte contraataque que solo pudo ser repelido por el apoyo aéreo de bombarderos Stuka. La insistencia de los belgas hizo que los alemanes no pudiesen ser relevados hasta la mañana del día 11, y también que el grupo fuese el más castigado de los tres asignados a la toma de los puentes sobre el canal, pues contabilizó veintidós muertos y veintiséis heridos, además de que uno de sus componentes fue hecho prisionero.

Los nueve planeadores restantes del grupo Granito (2 habían tenido problemas y no habían podido seguir con el grupo) tomaron tierra sobre el fuerte sirviéndose de paracaídas para reducir la distancia de frenada. El rápido despliegue y el intenso entrenamiento hicieron que para los 10 primeros minutos, los alemanes atacaran con éxito nueve posiciones, priorizando los emplazamientos de la artillería del fuerte que podían destruir los puentes.

Los asaltantes se encontraron con algunas sorpresas durante el ataque, como objetivos que resultaron ser instalaciones falsas, blindajes que no se pudieron reventar con las cargas huecas instaladas, por lo que en algunos casos los paracaidistas tuvieron que subirse a las torretas para deshabilitar directamente los cañones, o con estructuras demasiado grandes para atacarlas con un solo equipo. También habían supuesto que las armas del fuerte no podrían ser utilizadas contra ellos una vez en el interior del recinto, pero cuando algunos cañones les dispararon, los paracaidistas tuvieron que buscar refugio y solicitar apoyo aéreo. Si bien el picado de los aviones no destruyó las armas, sí obligó a la retirada de la guarnición durante el resto de los combates.

Sea como fuera, los alemanes fueron neutralizando los diferentes objetivos uno tras otro, asaltando también los barracones y destruyendo todas las entradas y salidas del fuerte que pudieron localizar, para encerrar en su interior a la guarnición y no darles oportunidad de contraatacar.

Mientras se atacaban objetivos secundarios, varios emplazamientos de artillería que contenían piezas antiaéreas y ametralladoras, aterrizó sobre el fuerte un nuevo planeador del que descendió el teniente Rudolf Witzig, oficial al mando del grupo Granito, y su equipo. Tras conseguir un nuevo transporte, habían volado en medio de un intenso fuego antiaéreo hasta la cima del fuerte para ponerse al frente de sus hombres. No dejaría que nada le impidiese cumplir con su deber.

operación granito
Los soldados belgas rindiéndose a los alemanes en el puente de Veldwezelt – De Bundesarchiv, Bild 146-1974-061-017 / CC-BY-SA 3.0, CC BY-SA 3.0 de

Tras completar la destrucción del armamento exterior del fuerte, los alemanes se prepararon para defender la posición. Los contraataques belgas no se hicieron esperar, y con apoyo de artillería de campo y de varios fuertes menores de las cercanías, trataron de retomar el control de Eben-Emael, pero la descoordinación de las acometidas hizo que los disciplinados paracaidistas pudieran repelerlas. Los alemanes montaron patrullas para asegurar que la guarnición retenida en el fuerte no pudiera salir y atacar, contaban con la ventaja de que la única salida posible era una escalera en espiral y el hecho de que las troneras de las armas habían sido destruidas.

Estaba previsto que el grupo Granito fuese relevado unas horas después, pero la resistencia belga y la destrucción de varios puentes sobre el rio Mosa retrasaron la llegada del relevo, que no se produjo hasta las 7:00 del 11 de mayo. Poco después, y con la llegada de más efectivos, los teutones montaron un ataque contra la entrada principal del fuerte que forzó la rendición definitiva de la guarnición que quedaba, cayendo así prisioneros más de mil soldados, habiendo perdido 23 hombres y teniendo 59 heridos. El grupo Granito, que había neutralizado el fuerte, contabilizó seis muertos y diecinueve heridos.

El asalto al fuerte belga Eben-Emael y a tres puentes sobre el canal Alberto fue un claro éxito. El baluarte fue neutralizado y dos de los tres puentes tomados antes de que fuesen destruidos. Esta acción permitió que el XVIII Ejército de la Wehrmacht penetrase sin oposición en el corazón de Bélgica.

En una publicación de la posguerra, el general Kurt Student comandante en jefe de la fuerza aerotransportada de la Luftwaffe, el regimiento paracaidista (Fallschirmjäger), escribió que la operación, y las acciones de sus hombres, “fueron un acto de audacia ejemplar e importancia decisiva” y que “…no he sido capaz de hallar nada entre multitud de acciones brillantes —llevadas a cabo por amigos y enemigos— que se pueda comparar con el éxito del Destacamento de Asalto Koch”.

Por esta acción, varios oficiales obtuvieron la prestigiosa Cruz de caballero, el propio teniente Rudolf Witzig entre ellos. También fueron condecorados los soldados y se otorgaron diversos ascensos. Además, el Destacamento de Asalto Koch fue ampliado tras el final de la Fall Gelb y el capitán ascendido al rango de comandante. El 15 de septiembre de 1944 el ejército de los EEUU construyó un nuevo puente sobre el canal Alberto en sustitución del destruido puente Kanne.

No se puede negar que los alemanes cometieron muchas atrocidades durante la Segunda Guerra Mundial, e incluso antes, pero tampoco es que los aliados acabasen la contienda con las manos limpias, basta recordar los bombardeos incendiarios sobre ciudades alemanas y japonesas, o la propia bomba atómica.

fuerte Eben-Emael
El fuerte Eben-Emael poco después de la batalla

En definitiva, nada es blanco o negro, y más en los casos de guerra. Por tanto, hemos de reconocer las virtudes del rival, que también tiene personas buenas entre sus filas, gente valerosa, con familias, hijos y valores. Es muy fácil demonizar y autoproclamarse los “buenos”… pero desde luego, no conozco a ningún hijo de p… que admita serlo. Siempre son los demás los malos, los que atacan a uno sin saber porque. En esta vida, se trata de respeto, de no hacer lo que no queremos que nos hagan, de empatizar… y hacer autocrítica, pero de forma sincera, ya que como decían en la película Platoon, “las excusas son como el culo, todo el mundo tiene uno”.

Por tanto, no debemos olvidar que el enemigo es tan bueno y tan malo como nosotros, no debemos subestimarlo ni demonizarlo. Lo primero es dar ejemplo, después ya arreglaremos el resto, lo que no debemos hacer es criticar en los demás lo que nosotros hacemos. Por ello, he querido romper una lanza en favor de los supuestos “malos” y mostrar mediante este ejemplo de la operación militar de los alemanes que ellos también tienen héroes, coraje, honor, astucia… y también familia, sentimientos y amigos. Es más, en los regímenes autoritarios no encontramos muchos disidentes, ya sabemos lo que les pasa, pero eso no quiere decir que todo el mundo esté de acuerdo o apruebe lo que se hace. Así que no pensemos que todos los alemanes eran malos, ni todos los aliados buenos, y apliquémoslo a todos los ámbitos de la vida. Un poco más de empatía y autocrítica constructiva nos hará mucho bien, tanto individual como colectivamente.

 

Foto de portada: De Jean Housen

Lander Beristain

Lander Beristain

Lander Beristain, San Sebastián (Gipuzkoa) 1971. Siendo el menor de tres hermanos, se crió en el seno de una familia de clase media que además de aportarle su cariño, le inculcó el gusto por la educación y la cultura, así como unos valores personales marcados a fuego que aplica en todos los aspectos de su vida y proyectos en los que se implica.

Pasó su infancia en Deba (Gipuzkoa) y posteriormente se trasladó a vivir a San Sebastián.

Apasionado de la literatura y de la historia del imperio romano, así como de las novelas históricas que leía en diversos idiomas, tuvo que relegarlos a un segundo plano para acometer sus estudios de Ingeniería industrial en la Universidad de Navarra y desarrollar una carrera profesional estable.

Con infinidad de ideas en su cabeza comenzó a escribir “El Consejero de Roma” en 2017, tardando 2 años en confeccionar el primer borrador. Posteriormente fue puliendo diversos detalles y aspectos, antes de presentarlo a “Las nueve musas ediciones” para su edición, de forma que quedase listo para ver la luz. Un momento tan esperado como ilusionante.

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