Dos cosas despertaron mis antojos,
Extranjeras, no al alma, a los sentidos;
Marino, gran pintor de los oídos, y
Rubens, gran poeta de los ojos.
Lope de Vega
Estas trasposiciones, “extranjeras”, extrañas, no al alma, capacitada para unificar lo que la naturaleza o la creación artística ofrece, constituyen un perfecto anuncio de la sinestesia. La sinestesia es esa confusión, mejor, conjugación, de planos sensoriales que multiplican nuestra actitud ante el mundo como objeto sensible.
Aunque, tanto poesía como dibujo, son abstracciones, me gustaría recordar que hay poetas más próximos a la imagen, al perfil de cosa, ya sea la materia, el aspecto, favorecen la identidad del objeto que tratan, mientras otros, ocultan, se distancian de ese parecido. ¿Qué pretenden? Frente al engaño de los ojos, dejar claro que son dos manifestaciones diferentes, y que lo que se quiere alcanzar es una experiencia semejante a la primera vez.
Si así fuese, el espectador o el lector, sin duda, serán sorprendidos. Los vocablos en el poema cobrarían una intensidad diferente. El trazo del dibujo, el color, nos llevaría a otra mirada sobre aquello que, por costumbre, hemos dejado de ver.
La palabra barroca de Góngora, al componerse sobre el curso latino escrito, hipérbatos, cuando usa los esdrújulos, rompe muros, abre ventanas y puertas de la edificación que la lengua habitual reprime, ofrece un mundo maravilloso para unos, mientras otros lo consideran una burla, siempre promete algo diferente. Con el centenario de la muerte de Luis de Góngora, 23 de mayo 1627, celebrado en el pasado siglo XX por escritores y artistas, hoy a punto de otra conmemoración, gracias a la calidad de quienes intervienen, alcanzan un carácter universal, cuyo comienzo, pocos años antes, hay que situar en Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Valle-Inclán. Elijo el término universal y coloco estos tres nombres con sus obras, porque rompen definitivamente con el aislamiento, la soledad.
Benjamín de esa generación fue Miguel Hernández, poeta, quien asiste a un cambio político, social, estético en el que se ve obligado a elegir y componer, de modo que su opción se convierte en una manera de vivir y también de morir. Desde sus textos gongorinos, “Perito en lunas”, que le inclinan a una poesía vanguardista, a “Cancionero y romancero de ausencias”, 1938-1941, su obra tiende a la pasión, el compromiso y la humanidad.
Sirva como introducción, para situarnos y concretar el motivo de este escrito y presentación de la obra: “Árbol axial o la dialéctica del frío”, 2023, obra de Román López-Cabrera, finalista en el Premio Adonáis, 2022, artista plástico, músico y poeta. Desde la adolescencia lector consciente del Poeta, de su tierra, Miguel Hernández.
Román lleva años dedicado al cómic, género cuyo reconocimiento como obra artística, creativo, no sólo por el guión, sino por las imágenes, aporta otro tipo de lectura, quizá más afín con un público juvenil, un lector liberado de convencionalismos, aunque encontramos otros, entre el lector clásico que se podría calificar de notoria. Testimonio y testigo de la caída de esta frontera creo que podemos considerar la exclusión del Roto, tras su propuesta de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, por algunos académicos aferrados a una concepción del arte que, hoy, consideramos anticuada, anacrónica.
El sonido, la voz de Miguel Hernández, es conocida. Similicadencia, rima interna, sinestesias son comparables a estampas barrocas, al claroscuro de Góngora, tal como podemos encontrar en las portadas de los templos de Orihuela, especie de desafío, reclamo y lección, descubrimos que la piedra adoctrina. Vecindad que, a veces, se convierte en identidad. El poeta ha de abrirse paso, encontrar palabras que unidas conduzcan al camino de vuelta.
¿Adónde volvemos? Quizá a la claridad, espacio donde la luz permite identificar, distinguir, aportar y seducir. Si Góngora abrió la granada de las imágenes con esas distorsiones que recomponían la sintaxis latina yacente bajo nuestro castellano, de tal modo que cada imagen equivale a una viñeta. El texto con sus metáforas, hipérbatos, términos que, como llaves antiguas, conducen al trastero de las sorpresas.
El hipérbaton presenta otro orden, rompe no con la lógica, sino la costumbre, ese hábito que facilita la intensidad, la carga semántica de la palabra de la que nos hemos servido.
¿Qué relación hay entre la imagen y la palabra? Esta conjunción ha sido perfecta en la oratoria religiosa, Las infinitas vírgenes, los santos a los que cada pueblo dedica sus procesiones o romerías. Ocurre que la imagen expuesta, por pertenecer al pueblo, constituye un icono representativo. Bien sea el milagro, la costumbre, la oración, marcan una relación que, fortalecida por la intrahistoria, constituye un elemento fundamental de su identidad.
Si la relación anterior está perfectamente arraigada, me gustaría comprobar en qué momento existe una relación semejante entre la palabra y la imagen cuando se hace el relato en el cómic.
El libro de López-Cabrera se abre con el poema “Carbón prensado”, advierte ya esa ruptura de la sintaxis, ofrece alternativas en una oposición que intensifica las diferencias en el amor adolescente:
Conmutación de la pena de muerte
en muerte de la pena, eres.
Se huye de una descripción identificativa. Se busca la novedad de la imagen. El amanecer que aún no se ha producido, aparece como carbón, oscuridad nocturna:
Que es, aún, el sol, carbón prensado.
En “Amor de ahora”, su primer verso, define el amor como contradicción, cuya cualidad esencial es la inestabilidad:
Un amor de ahora y siempre y nunca,
y también de ahora,
negación que afirma rotundamente el reconocimiento inigualable de su amor. Quiero referir la presencia de imágenes:
en la sombra carmesí de la ternura.
Que podríamos emparentar con su profesión de pintor, autor de cómic. En la definición se inclina al pacto del silencio. El poema se convierte en una pieza visible.
Quizá el texto más próximo lo encontramos en “Al cardo seco”. Se trata de un dibujo perfecto, el poeta es un observador, describe origen y presente, conjunto de versos donde con más claridad descubrimos al pintor:
Estrella seca de cinco puntas
es el cardo seco, a deshora de su tiempo.
Ocre y apagado, circundándoles aguijones.
Cardo: sol exprimido y disecado.
Cada verso equivale a una viñeta que constituye la primera página de este proyecto. El desengaño preside muchos de estos versos. Ahora en “El léxico del humo” muestra claramente la falsedad del discurso. La familia junto al fuego del hogar confirma lo ficticio de las palabras:
Huele a piedra de color de vía láctea
en abandono de su estrella.
A la rama deshecha en plata y polvo.
Luiciérnagas naranjas: sol en ascua,
llamas en ascenso, como pájaros
-sin voz- de incandescencia.
El tono interrogativo con que comienza “La dialéctica del frío” pone en duda la realidad que compartimos:
¿Quién sufre y dónde y de qué forma?
———————–
¿Quién se ha ido a dormir a los corales
intentando llegar a las arenas?
¿Quién el ancla?
Muy interesante el texto que titula “Versonificación”, aquí el poema, verdad y belleza, palabra que comprende todo aquello que se considera deseable en una obra. Ser poema sería la aspiración de todo poeta, ¿comparte esta conversión con el pintor? Imagino que sí. Cuando encuentra, cuando se ve y reconoce en la obra. Quizá hay algo de narcisismo, aunque se trata de una identidad inocente. El sujeto es objeto, hace consistente, real, el ser que somos:
Ser poema todo yo y todo entero
y sin remedio, sin marcha atrás,
sin arrepentimiento ni retracción
posible.
Ser poema y no ser otra cosa.
Román López-Cabrera
“Árbol axial o la dialéctica del frío”
Colección Macasar
Sonámbulos. Ediciones, 2023
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