Las nueve musas
otra lluvia

¿Quién tiene el poder?

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—¡Celu, celu! —gritaba la pulga de cinco años revolcándose frente a la vitrina del almacén. Su mamá, avergonzada con el espectáculo de aquel berrinche, procuraba disuadirlo.

—Ven, bebé, ¿quieres un helado?

El niño respondió con un nuevo y desgarrado to­rrente de lágrimas que rodaron por el rostro en­cendido.

—¡Pipe tiene…! —insistía entre gemi­dos instán­dola a entrar.

Era cierto: Pipe tenía celular. ¿Acaso sus padres, pensó, eran más que ellos?   Se arrodilló enton­ces, enjugó su carita, lo besó y abrazó luego.

Saliendo del almacén su rostro se iluminó: ja­más se permitiría reconocer que ahora po­dría re­lajarse, de­sentenderse un poco de él.

José Fernando Suárez Isaza

José Fernando Suárez Isaza

Autorreseña gramatical

Medellín, Colombia, año sesenta y tres. En la distancia, intento adjetivarme objetivamente. Tomo el diccionario: sólo soy un sustantivo común con ansias de calificar.

Me detengo largo tiempo en dos palabras: música y publicidad. Afición y profesión. Paso la página. Más adelante, aparecen diversas expresiones verbales en modo infinitivo, conjugadas de manera irregular y en cantidad variable de tiempo, modo y lugar: Vender, enseñar, transportar…

Escribir.

Me cayó ese “mal de letras” con el sol casi trepado en lo alto. Vinieron las lecturas, los deslumbramientos, los talleres, los aprendizajes. Fiebres muy altas, ideas que rondan, mal dormir. Efectos concomitantes. Algunas historias son ahora aviones de papel (Quitasol, Lexis, editorial U. P. B., Medellín en 100 palabras, Fundación Haceb, editorial Bola de Papel, Mundo de escritores…), valiosos aprendizajes con los que la fantasía se ha echado a volar. Otras, aguardan pista reducidas en hangares: un libro de cuentos, una colección de cien microrrelatos en cien palabras, una novela y un “Cajoncito de recuerdos”. He cometido versos, pero, ¿quién no ha pecado?

Salvo Las nueve musas, que me permite —algo que agradezco— la posibilidad de volar más lejos, es imposible por el momento destacar en mayúsculas un reconocimiento. Puro cuento sería. Mas, sigo aferrado a las letras, como si yo fuera su pronombre posesivo, como si de palabra nos hubiésemos comprometido a estar juntos por siempre en un futuro perfecto.

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