Las nueve musas
Michèle Morgan

El muelle de las brumas

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No resulta extraña la denominación de realismo poético, como se calificó a aquel cine francés de los 30 y 40 del cual Marcel Carné fue su más destacado representante, para una obra hermosamente fronteriza (o a la inversa), como ‘El muelle de las brumas’ (Le quai des brumes, 1938), por su condición estilizada, sus composiciones pictóricas, sus (fascinantes) decorados de estudios, o sus diálogos tan poco coloquiales, y sí exquisitamente literarios (debidos a Jacques Prevert, con quien colaboró Carné hasta finales de los 40 en ocho películas).

Una decidida apuesta por el artificio, eso sí, agreste, como un temblor o una herida.

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El cine de Marcel Carné fue denostado por Francois Truffaut en sus años de crítico. Publicó textos entre 1953 y 1955 que calificaban a Carné de mero ilustrador, alguien incapaz de elegir un tema concreto, como si careciera de mirada propia, y dependiera meramente de los guiones. Aunque 25 años después, en cambio, dijera que intercambiaría sus veintitrés películas dirigidas por la oportunidad de haber sido el director de ‘Los niños del paraíso‘ (1946). No sólo ya no consideraba su cine como caducado, sino que llegó a afirmar, incluso, que si se estrenara en ese año, 1980, sería celebrada como la mejor película.

Por su parte, Carl Dreyer admiraba profundamente ‘El muelle de las brumas‘. Por eso, la incluyó en su lista de sus diez obras predilectas.

Un personaje, pintor, expresa que pinta lo escondido en las cosas; por ejemplo, al pintar un árbol, lo pinta inquieto, como si alguien estuviera escondido tras él. Y otro personaje, el protagonista, Jean (Jean Gabin), cuando expresa lo que se siente al matar a un hombre, que nada tiene que ver como cuando disparas a una pipa en las barracas de la feria de tiro al blanco, concluye que te sientes solo, como si el mismo paisaje te abandonara. Pareciera que el primero hablara de alguien como el segundo.

Los destinos de ambos personajes se unirán; de hecho, el pintor antes de suicidarse en el muelle deja sus ropas a Jean, ya que éste quería desprenderse del uniforme del ejercito, tras haber desertado, porque no quiere matar ya a nadie. Alguien muere para que otro pueda desertar de la profesión de la muerte. Pero no logrará desprenderse de la misma muerte, porque la misma vida cotidiana no carece de frentes. Ya la primera aparición de Jean, en la primera secuencia, es espectral: surge ante los focos de un camión en medio de la carretera. Un gesto le define ya claramente cuando de un volantazo manda el camión a la cuneta para impedir atropellar un perro. Un perro que no cejará de seguirle hasta que Jean le acepta como compañero, como si la misma vida le diera una oportunidad para recobrar su condición de presencia, no de sombra en fuga.

Ese muelle de brumas, un escenario fabuloso (un exquisito diseño de Alexandre Trauner, con una admirable iluminación de Eugene Schufftan), refleja esa condición, como si el paisaje hubiera abandonado a estos personajes que parecen desenvolverse en una tierra de nadie, descontentos con una vida con la que no conectan, de la que se sienten extraños. La casucha del bar en el muelle, rodeada de brumas, parece fuera de este mundo. Ahí se encuentra Jean con otros personajes desajustados, el citado pintor, pero también con los que habitan la doblez, como el inquietante  Zabel (Michel Simon), al que, significativamente, el perro ladra cada vez que le ve. Lo sorprenden escondido en el porche (lo que le define, como más adelante se evidenciará su turbia y sórdida condicíón moral), tras que el dueño haya conseguido con sus disparos que no entren en el bar Lucien (Pierre Brasseur) y sus secuaces, quienes buscaban a Zabel.

El muelle de las brumas

Alguien proporciona la ropa y documentación que ayuda a que Jean se libere de su anterior vida, como una muda, una segunda piel con otra identidad, y otro posible escenario de vida (su propósito de viajar en un mercante a Venezuela). Y alguien le proporciona la posibilidad de sentirse presencia, de poder sentir la plenitud de la entrega y la conexión con otro.

En ese espacio de brumas se encuentra con Nelly (Michele Morgan), una bella y cautivadora aparición, quien se encuentra mirando hacia el exterior, fuera de la ventana, con su elegante porte, como si estuviera esperando la llegada de la vida que también le falta, como quien, insatisfecha, también huye con sus sueños de la turbia realidad (es ahijada de Zabel). De primeras, hablan sobre qué es el amor. Aunque él piense que ella quizá sea una prostituta, y por tanto que utilice las palabras de la ilusión sentimental como engatusamiento, por lo que responde con la coraza del protector cinismo. Pero pronto percibe que es como él, alguien en fuga, que también miraba hacia otro lado,en busca de una realidad que sentir que sí habita, y que no le abandona. Y el amor se gestará entre ambos. Sus bellísimos primeros planos mirándose, amándose con la mirada, son la alquimia de la conexión plena.

El muelle de las brumasUn amor fronterizo en un universo brumoso tramado sobre la fatalidad, o un destino atrapado por el garfio de aquellos que son violentos, o no saben ni quieren controlar su inclinación a la violencia, que no es sino reflejo de su falta de autoestima, de su sordidez vital que ve a los otros como extensiones que complazcan su voluntad, como es el caso de Lucien.  Por eso, esa fúnebre poesía de que Jean adopte las vestimentas de un pintor que sólo ve tortuosidad, violencia y crimen tras la superficie de la vida, como si a la vez fuera una condena que imposibilitara tanto  la elusión de matar o dañar a otro como el logro del amor, porque esa bruma que domina los muelles domina también la mente de aquellos que emborronan a los otros con su violencia, con su miseria y mezquindad moral. O, al fin y al cabo, la fatal colisión entre poesía y realidad.

Son bellísimos los planos finales, como las astillas de una fractura, los pedazos de la vida que se extingue, una vida que encontró su dirección y muelle en unos ojos azules: Una bolsa en el camarote de un barco que se marcha, un perro que corre de nuevo por la carretera en busca de quien ya no podrá darle afecto, y se desvanece en la distancia de la bruma.

Alexander Zárate

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Olmer Ricardo Cordero Morales

Olmer Ricardo Cordero Morales

Pertenezco a la Generación Perdida que creció en medio de la guerra contra el narcotráfico en las décadas de los años 80's y 90's.

Me considero un "medellinologo", soy un investigador urbano que se ha dejado atrapar por una ciudad tan compleja, a la cual todos sus poetas y escritores mayores le han cantado con una profunda mezcla de amor y odio.

Desde muy temprana edad me entregué a la literatura que es mi pasión. A los quince años asistí al Taller de Escritores dirigido por Manuel Mejía Vallejo en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. A los 18 años ingresé a la Facultad de Economía de la Universidad Nacional de Colombia, allí empecé a participar en la actividad cultural y política de la ciudad, fundé junto con otros jóvenes ingenuos y soñadores grupos de poesía y teatro, también realicé documentales.

Soy egresado en Letras: Filología Hispánica, Universidad de Antioquia.

En 2015 gané el premio de Crónica: Belén sí tiene quien le escriba, con la obra “La calle, la esquina, el barrio”. Soy docente, periodista y corrector de texto y estilo. En 2018, publiqué la novela, La flor de los 80’s. En 2022, ocupé el segundo puesto en el IV premio de Relato Breve convocado por Las nueve musas, revista digital de España.

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