Se cuenta de don Serafín Baroja, padre de los Baroja, que tuvo que pasar muchas noches en vela para lograr ser el único hombre de la Puerta del Sol.
Miguel Espinosa consiguió muchas veces ser el único hombre de la Trapería y lo logró sin esfuerzo alguno. La calle era el lugar de Espinosa, lo era porque en Murcia la calle es ágora. Donde él estaba era lugar de diálogo. Dijo Alfredo Montoya que Miguel era una voz habitada por muchas voces. De esta voz voy a hablar aquí.

La Trapería es una calle que semeja una plaza, donde siempre que se pasa, se pasea. Hace años hubo en esta calle un café, en el bajo de una casa de comienzos del veinte, hoy cubierto por un panel que contiene la fotografía de la capilla renacentista de Junterones. Tras él imagino que aún permanece el ventanal desde el que contemplaba, Miguel Espinosa, la vida de la provincia. Es fácil imaginar la mesa, la taza, el paquete de cigarrillos, quizá el periódico. En el paisaje que se ve desde un café, son fundamentales los rostros que viene y van, que hablan. La palabra es el paisaje.
Miguel, no trató de intereses, entre tanto, transcurrió su vida en el exilio provinciano, donde bastaba no ser nombrado para que no se existiese. Esta automarginación comprendió el rechazo de modos convencionales de entender la novela, así como la impugnación de los estudios académicos, negando jerarquías, escalafones y recompensas aparecidas en cualquier boletín oficial. Sabía mucho y trataba de todo, a menudo se parece a esa misantropía y sociedad que practica Pío Cid, singular personaje de Ángel Ganivet. Este podría ser su lema: Omnia mea mecum porto.
Hay varios libros que tratan sobre su vida y obra, destaco:
“La vuelta al logos (Introducción a la narrativa de Miguel Espinosa)” Ediciones de la Torres, 1998. Obra del profesor, Universidad de Salamanca, Luis García Jambrina
Juan Espinosa, catedrático de Filosofía, ha escrito: “Miguel Espinosa, mi padre”, que se ha convertido en un libro infinito, pues continuamente aumenta con datos, aportaciones, interpretaciones. Libro que inquiere el ser privado, intenso aun en la anécdota, cordial.
El poeta Antonio Martínez Sarrión en “Una juventud”, segunda parte de sus memorias, explora lúcidamente la Universidad y la vida de un apartado rincon del Sur, llamado Murcia, donde sitúa a Miguel Espinosa.
La Universidad de Murcia, años después del Congreso celebrado sobre Miguel Espinosa, promovido por el profesor Victorino Polo, primeros noventa del siglo pasado, bajo la dirección de Vicente Cervera, María Dolores Adsuar y María del Carmen Carrión, con el título “La imposible teología del burgués” organizan charlas y conferencias que se recogen en un libro que titulan: “Los tratados de Espinosa”, 2006.
Imprescindible: Página Web Oficial del escritor Miguel Espinosa, coordinada por María del Carmen Carrión.
Nacido en Caravaca, 1926, muy pronto la familia se traslada a Murcia. Aún no ha terminado la Segunda Guerra Mundial, cuando concluye el bachillerato y comienza sus estudios de Derecho en la Universidad de Murcia.
Hasta su muerte en 1982, ejercerá diversos trabajos alejados de su escritura ¿En qué consiste? En el análisis inteligente, cordial y crítico de aquello que le rodea, quiere dejar testimonio escrito. Para ello mantiene un trato diario con la página, busca insistentemente un procedimiento, analiza la palabra y la sintaxis que le permita expresar lo que desea, de modo que el lector encuentre que cada frase era necesaria. Quien sabe contar se salva.
Para Espinosa nada estaba acabado, ni tan siquiera el libro acaba, sólo se corta, cuando se ofrece al público. Sin embargo cada libro es sólo un punto de partida y todo lector puede proseguir, interpretar, traducir. El mundo que conocemos está hecho de tiempo, y el tiempo no descansa, nunca concluye. Un mundo que no está hecho, es un mundo que puede ocurrir sobre las páginas. El libro se parece a un pacto, el escritor pone en él tanto como puede decir, esto es, tanto como las reglas que ha elegido le permitan. He aquí esos dieciocho años lentos para elaborar “Escuela de mandarines”.
Por eso sus libros son distintos y se resisten a toda clasificación simplista, y son así porque considera la escritura como resultado de una voluntad que conmueve todos los resortes expresivos. En el epílogo de “Escuela…” leemos: <<Alabamos su empeño de forma, voluntad hoy perdida.>>
Cuando se lee a Miguel se descubre fácilmente una constante: todo lo que aparece es puesto en boca de alguien. Esta singularidad, que individualiza, no es un mero recurso, sino que alcanza un valor ontológico, se constituye como exponente continuo de libertad. Entendía que a no ser propias de un loco, todas las palabras tienen un motivo, razón por la que las sitúa en un contexto e indagará su origen. Aspira el escritor a que sus frases alcancen la contundencia de aforismos, de tal modo que, por su brevedad y por su sentido completo, pudieran ser identificadas con facilidad, al mismo tiempo, son empleadas en todo tipo de argumentos, pues Miguel fue un intelectual de intemperie.
Estos son sus textos publicados hasta hoy por orden de aparición: “, 1957 “Escuela de mandarines” (74) “” (80), “La tríbada confusa” (84), “” (85), “Tríbada theologiae Tractatus” (1987) , edición cojunta, “” (90), “” (2012), “Cartas a Mercedes” (2017).
El primero en el proceso de creación fue “Asklepios”, relato de la confesión de un hombre desterrado, peregrino en la actualidad, contrasta sus recuerdos originarios con la burda cotidianidad en la que vive. Escrito a los treinta y cuatro años, cuando ha alcanzado la madurez, valora la melancolía y rehúsa la tristeza. El lector desubre aquí el gozo del conocimiento en estado de gracia. Puede ser considerado libro de iniciación, tal como “Los alimentos terrestres” de A. Gide, o “Platero y yo” de J.R. Jiménez. Texto donde cada autor traza sus coordenadas fundacionales. Por la fecha de composición, pasada la primera mitad de los cincuenta, cuando comienza a acentuarse las despoblación de ciertas zonas rurales, años de emigración a Europa, movimientos que podemos considerar otro exilio, si el anterior en 1939 tuvo un carácter político, este, sin duda, está marcado por la economía.
Su segundo libro, primero en ser conocido: “Escuela de Mandarines”, premio Ciudad de Barcelona, 1974. Es el resultado de casi veinte años de trabajo. Obra de la que se conservan distintas versiones, con valor propio, una de ellas, titulada “Historia del Eremita”, aparece en 2012.
El protagonista se ve impulsado a dejar su tierra y denunciar la sociedad mandarinesca. Actitud que le convierte en preso y, como tal, visita la Feliz Gobernación. Si dijésemos que da cuenta de la Dictadura franquista, sería limitar el carácter mítico de este texto, reducirlo a un documento testimonial con fecha de caducidad. No es así, a medida que pasan los años, este libro gana en universalidad, pues son los hombres y no sus cosas, aquello que trata.
Al modo alegórico de Dante, siguiendo un camino inverso, el Eremita, protagonista que abandona todo para dedicarse a la denuncia, recorre un camino histórico, donde sucede la lucha entre razón y conveniencia, estupidez e inteligencia, el pensamiento y su negación. La feliz Gobernación aparece habitada por mandarines, enmucetados, alcaldes, gentes de estaca y becarios, estos últimos aspiran a perpetuar el sistema, a todos ellos se oponen los marginados por la estructura. Se trata de un canto a la naturaleza, a la necesidad del arte y de la libertad.
En este viaje el auténtico paisaje es el discurso, donde a veces se perciben guiños localistas. El paisaje es el hombre que habla, El protagonista, se sitúa en la tradición ágrafa española, ni lee, ni escribe, de ahí la importancia de la transmisión oral, frente a lo libresco, acorde con el pensamiento espinosiano. Naturalidad y sencillez será el ideal de su estilo, actitud que contrata con la verborrea, las gerundiadas, el manantial de fonemas, puesto en boca de los representates oficiales que, fosilizados por la forma, han olvidado el sexo y el humor. Libro complejo, al modo del Quijote, reúne todos los géneros.
El tercero es “Tríbada”, regreso al mundo privado, supone un estudio de almas. El suceso que origina la obra es este: Damiana abandona a Daniel, su amante y lo sustituye por Lucía. El escritor ha prentendido mostrar el pasmo ante lo sucedido. Indaga los distintos motivos que causan esta decisión y, al hacerlo, se alcanza la raíz misma que sostiene la sociedad. La Transición revela situaciones que el nacional-catolicismo había encerrado en un armario del que había perdido la llave. Si nada se sabe, no existe.
En este proceso no importa el hecho lésbico, pues su calificación, como tal, posee sólo un valor descriptivo y por tanto coyuntural, lo que descubre es el vacío, la persona vaciada y convertida en máscara, en mimo de sí misma.
La interpretación de esta realidad es fruto de una angustia que se traduce en coros de diversas voces que relacionan y desvelan el hecho, pese a todo, el libro, se constituye como un canto de amor.
Su último texto publicado, “La fea burguesía”, postula como inobjetable que la poesía es un obstáculo para el triunfo, dice un personaje :<<Los que habitáis la libertad, vivís el mundo: el misterio y el desamparo configuran vuestro paisaje. Los que habitamos el orden vivimos solamente unos alrededores, ingeniados para defendernos de la angustia y la reflexión del ser.>>
El protagonista. Godínez, triste empleadillo, revela su asombro ante una sociedad en la que la cantidad sucede como calidad. Es la burla de los valores quien reina en el mundo. La sociedad es una mascarada, de ahí que el misterio, la divinidad, lo particular, el lirismo, estén ausentes.
Desde “Asklepios” a “La fea burguesía”, Miguel Espinosa es el mismo: una voz diferente que se esfuerza por volver a unir pensamiento y poesía, convertir la palabra en un hecho de creación.
Espinosa interpretó el mundo, la obra es su visión, por ello la enigmática claridad que estos escritos emanan, lo que para algunos equivale a ensayo, pensamiento y, sin embargo, son, estrictamente, novela, relato de su experiencia, esto es, ver hasta dónde alcanza la palabra, porque hay realidades que habitan lo oculto.
El lector se ve sorprendido porque descubre que estas páginas pueden llegar a ser la crónica perfecta de su tiempo y, simultáneamente, muestran al hombre en su desnudez, sostenido por la palabra, lo trasladan a la actualidad de los clásicos. Los sucesos y los lugares se han transformado en símbolo, o en mito, como gustaba decir Miguel, y todo mito, conviene recordar, es superior al conjunto de sus interpretaciones. Narración para Espinosa equivalía a alumbramiento.
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