Las nueve musas

«Luminarias» Mª Engracia Sigüenza

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Mª Engracia Sigüenza: «Desde que nacemos aprendemos a convivir con la incertidumbre y la intemperie. Habitamos en un mundo de incertidumbre y a medida que crecemos vamos siendo conscientes de ello».

Luminarias
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Mª Engracia Sigüenza Pacheco trae de la mano de la colección Ars nova (Ars poética, Oviedo, 2023) su tercer poemario, Luminarias, tras haber publicado El fuego del mar (Celesta, 2018) y Huellas en el paraíso (Ars poética, 2019). Poeta, narradora y articulista, también es cinéfila, melómana y licenciada en psicología por la universidad de Murcia, de manera que ha trabajado en el campo de la psicología clínica, ejerciendo la docencia en distintos institutos de la provincia de Alicante y actualmente se dedica a la orientación educativa. La poesía de María Engracia se caracteriza, sobre todo, por la hondura cultural y el diálogo interdisciplinar (sin llegar a encallar en la pedantería rocosa del culturalismo), el certero análisis del amor como desgarro y como plenitud, y el amor no solo a los seres queridos que ya no están o que nos esperan, sino también al otro como prójimo, a la naturaleza y a la inmensidad cósmica. Otros rasgos destacados de su escritura poética son la importancia del viaje (el interior y el exterior), las referencias a la mitología clásica traídas a la actualidad inmediata y las diversas antítesis que sustentan una escritura perpleja, llena de preguntas sin respuesta o de respuestas provisionales. obsesionada por el estatuto de la verdad en un tiempo de imposturas y reclamos mendaces. Todo ello está presente en el libro que hoy presentamos.

Empecemos por el título: Luminarias. Nunca es fácil titular un libro, sobre todo si es un libro de poemas. El título de un poemario es, a mi parecer, muy importante, pues debe anticipar el contenido. Y a veces, como es el caso, lo logra una sola palabra con referente polisémico.  Luminarias, forma sustantiva femenina, palabra hermosa, sencilla que según el Diccionario de la Lengua Española significa «lo que alumbra». La primera acepción tiene connotaciones festivas y de alegría vital: «luz que se pone en ventanas, balcones, torres y calles en señal de fiesta y regocijo público», y la vitalidad de este poemario está fuera de toda duda, aunque late en su contenido la oscuridad como amenaza a la plenitud anhelada o contrapunto necesario para que podamos apreciar el hecho jubiloso de vivir.  La autora lo deja claro en el breve poema «Recordatorio»: «No solo eres luz, árbol y fuego;/ también oscuridad, tierra y ceniza»: La segunda acepción nos remite a la liturgia católica: «luz que arde continuamente en las iglesias delante del Santísimo sacramento». No encontraremos en este libro connotaciones estrictamente religiosas, si bien nuestra autora vive la poesía como un sacramento, y ella es su verdadera fe. Hay otras definiciones como «lámpara, aparato para alumbrar», «Lumbrera (persona inteligente)» «y cantidad que se daba a los ministros y criados del rey para el gasto que debían hacer las noches de luminarias públicas», pero estas se van alejando del contenido que nos ocupa. Por último, he hallado en el Diccionario del uso del español de María Moliner y en algunos diccionarios en desuso que la palabra «luminaria» también significa «ojos». Y este significado me parece muy válido aplicado a la poética sensual de Mª Engracia, pues la mirada es un elemento fundamental de la misma. Y no es casualidad que como colofón al texto de la contraportada aparezca este verso del poeta sufí Ibn Arabi que dice: «Reclama la visión y no temas ser fulminado». Y en ese mismo escrito, nuestra autora afirma que la luz emerge del dolor de la herida y nos ciega para hacernos ver. En la misma línea que los místicos persas, Mª Engracia nos habla de una muerte-aurora, simbolizada con frecuencia por esa imagen del mar en llamas que daba título a su primer poemario, el agua ígnea, pues el sufismo y otras manifestaciones místicas  funden en la imagen de la aurora dos elementos aparentemente opuestos pero en realidad complementarios como son el fuego y el agua, de la misma manera que luz y oscuridad resultan elementos isomorfos, de ahí la potencialidad creadora de esta conciliación de contrarios como propósito de reencantar la vida a través de una mirada humana, emotiva, lúcida y honesta.

El libro presenta una elaborada estructura tripartita utilizando siempre la metáfora del fuego. Cada una de las tres partes están jalonadas con citas bien escogidas. También me parecen importantes las citas que encabezan la mayoría de los poemas del libro. En la primera sección, «El fuego del hogar», asociado a la luz, al calor y a la llama, hay poemas conmovedores como «Ráfagas», «Mis muertos», «Legado» o «Infancia» y a través de ellos, la autora regresa a su infancia y asume la precariedad de saber que estamos aquí como consecuencia de un encuentro, porque alguien desde el principio quiso hacerse responsable de nuestra precariedad, de nuestra fragilidad, como ella con sus hijos (la maternidad es otro elemento presente en este volumen). Casi todos los poemas son autobiográficos, pero no se quedan en la mera anécdota personal, sino que la trascienden. La autora habla del presente y también viaja más allá de la memoria, a lo profundo del alma para dialogar con sus ancestros; siente la intemperie que ellos vivieron, asume sus desvalimientos, su desnudez de niños y se entrega igualmente a ellos buscando calor y protección.  Nos habla de la infancia, adolescencia y juventud de sus antepasados, de la revelación del amor de su propio ser en el tiempo desaparecido, reflexiona sobre el paisaje perdido.

Sin desdeñar en absoluto esta primera parte, creo que el libro va ganando en consistencia, intensidad y complejidad hasta llegar a la tercera sección que corona el poemario. Pese a todo, es difícil hacer distinciones categóricas, ya que Luminarias no evoluciona linealmente, sino en forma de espiral, de modo que todos los poemas están de alguna manera conectados, aunque en apariencia algunos se alejan del centro o médula del conjunto.

La segunda sección se titula «Antorchas», «Aquello que sirve de norte y guía para el entendimiento», como dice la tercera acepción del DLE y que nuestra poeta destaca en cursiva bajo el título de esta parte y encima de una cita de Nina Simone. Aquí hay un lugar para la amistad, el amor, la identidad, los sueños, pero sin ignorar el dolor, pues también hay una indagación en la oscuridad y el misterio; no hay nada más que leer los títulos de algunos poemas de esta sección para observar dicha dualidad. He aquí unos ejemplos: «La luz», «Esperanza», «Futuro» «Altares», «Vínculos», «Hilos», «Desde el infinito» «Plenitud», «Dignidad»… «La batalla» «cenizas» «abismos», «un final»….

La tercera y última parte lleva por título «Llamas», el fenómeno más visible e intenso del fuego: «Masa gaseosa en combustión, que se eleva por los cuerpos que arden y despide luz de vario color», primera acepción del DLE que aparece citada a modo de epígrafe. Como la misma autora explica en el prefacio, esta última parte «es un compendio de poemas que intentan dialogar con el arte -el mismo que de una u otra manera está presente en todo el poemario-, homenajearlo y arder junto a su enigma. Llamaradas de música, ciudades, de libros, de películas…de ensoñaciones. La llama inspiradora: un resplandor que me ilumina de pasión y de vida; creaciones que conectan con lo más profundo de mi ser dejando una huella imperecedera» Encontramos aquí el afán entre metafísico y culturalista que caracteriza la poesía de Mª Engracia, si bien destaca una visión más próxima y emotiva, a partir del viaje como experiencia física,  pero también como aventura iniciática; lo esencial para el viajero cultivado y atento está en los cambios y transformaciones  que se operan en su interior después de visitar paisajes y ciudades. Hay, asimismo, una visión transversal de la escritura, el pensamiento, el arte y la música: cohabitan Walt Whitman y Maya Angelou, Félix Francisco Casanova y John Donne, Beethoven y Nick Cave, Einstein y Simone Weil.  En su búsqueda de una poesía totalizadora, Mª Engracia logra que en los poemas de Luminarias palpiten al unísono imaginación y experiencia real, plenitud y devastación, aflicción y consuelo; consigue que el yo se fusione con la naturaleza y el cosmos de manera armónica unas veces y conflictiva otras, sin perder nunca el sentido ético, atendiendo a la otredad de un modo fraternal.

Mª Engracia
Mª Engracia

Por último, y a modo de síntesis final diré que en Luminarias hay una presencia constante de los ciclos de la generación y la corrupción, del día y la noche, de la armonía y la perplejidad, así como una analogía entre microcosmos y macrocosmos. Los temas existenciales están abordados con profundidad y persiste una necesidad de trascender la cotidianidad, no en vano la poeta Emily Dickinson es una presencia frecuente en la poética de Mª Engracia. Todo ello se sustenta en una escritura de la luz, del fuego y todos sus atributos y una acertada yuxtaposición de imágenes. El uso de la imagen, por desgracia, es cada vez menos frecuente en la previsible poesía de hoy, tan plana y trivial y tan poco sincera. Igualmente resalta en este libro una cualidad interrogativa entre el tono intimista y el vuelco imaginativo teñido de panteísmo y hasta de misticismo. Como dice la cita de Simone Weil en el poema «Lo inefable», «la duda es la virtud de la inteligencia». En nuestra sociedad la duda y la incertidumbre se asocian a menudo con la pusilanimidad y la falta de un pensamiento sólido, y nada más lejos de la realidad. Creo que no hay pensamiento crítico ni creación artística que no tenga un poso de duda, de cuestionamiento, de autocrítica. Y la inteligencia no es solo la capacidad crítica ante lo que piensan y hacen los demás, sino también el saber cuestionarnos a nosotros mismos.

En definitiva, creo que Luminarias es el poemario más maduro e intenso de nuestra autora. Aquí siguen estando los temas medulares de su obra literaria, pero aprecio para bien un cambio de tono y una mayor apertura de diafragma (por utilizar términos del mundo de la fotografía) que enriquecen su escritura poética y evitan el estancamiento. Decía el filósofo Deleuze que el poeta ha de crear un mundo. Sin ese mundo propio, el poeta es solo un mero versificador. Pues bien, Mª Engracia Sigüenza ha creado su propio y reconocible mundo poético.

Ya he hablado, desde mi punto de vista, del desarrollo del poemario, pero me gustaría que nos cuentes algo acerca del proceso creativo. ¿Cómo se fragua Luminarias?

Pues se fraguó al más puro estilo poético. La poesía se presentó cuando ella quiso, aunque es cierto que siguiendo el símbolo de la mitología griega -que tan bien expresa lo inexpresable-, si las musas son hijas de la diosa de la memoria (Mnemósine), es justo que la inspiración se me presentara en una visita a mi casa de la infancia, porque allí, en una de las habitaciones, tuve que sentarme en la cama aturdida por las ráfagas de los recuerdos. Las imágenes cobraron vida y volví al pasado junto a mis seres queridos en aquella casa donde pasé mi niñez, esa época fundamental de la vida que se convierte con el tiempo en un territorio legendario. Y esa misma noche empecé a escribir el primer poema del libro, titulado precisamente «Ráfaga», y por eso la primera parte del libro se titula El fuego del hogar. Sentía la memoria dentro de mí ardiendo como una zarza bíblica, metáfora que tuve que incluir en «Espejos», el último poema de este bloque.

Los poemas de Luminarias están escritos en verso libre, si bien tienen un ritmo reconocible conseguido mediante diferentes recursos estilísticos como la repetición, la enumeración o la aliteración. También destacan la trabajada estructura y la utilización (poco frecuente en nuestro días) de tropos, tópicos, figuras de dicción y otros recursos estilísticos: metáforas, metonimias, énfasis y alegorías, personificaciones, epítetos, paradojas, oxímoros…

Sí, pero he de decir que no es algo estudiado. Es algo trabajado, obviamente, pero partiendo del flujo natural del poema, es como si ellos mismos me fueran dando pistas, me fueran guiando, porque para transmitir lo que intento transmitir tengo que recurrir a todas esas herramientas del lenguaje. Ahora bien, ya sabes, como hemos comentado en muchas ocasiones, que la mayoría de las veces tenemos que dejar el poema aunque sintamos que no está terminado, aunque no estemos totalmente satisfechos. Siempre trabajamos con la incertidumbre y la frustración, con la duda de no saber si habremos conseguido crear algo que realmente merezca la pena.

Háblanos de la contrapartida luz y sombra que aparece a lo largo del poemario.

Pues en primer lugar está lo que observamos en la naturaleza y en nuestra propia vida: que no puede existir la una sin la otra; que en todo están presentes las dos caras de la moneda, y que, por ello, si vivimos los momentos de luz con intensidad y plenitud es porque sabemos (seamos conscientes o no) que existe la sombra, la oscuridad.

Una vez dicho esto, he de aclarar que la luz que a mí más me interesa, la que me fascina, es precisamente la que nace de la oscuridad, cuando resulta impensable que pueda surgir. Ese para mí es uno de los mayores misterios, y pongo varios ejemplos: hace poco pude ver, en la plataforma Filmin, la película japonesa Pechos eternos, de la legendaria directora y actriz Kinuyo Tanaka. En ella se cuenta la vida de la poeta Fumiko Nakajo. Me parece una película magnífica de la que se pueden extraer muchos mensajes, pero el más potente, desde mi punto de vista, es el hecho de que la poeta escribiera sus mejores poemas y conociera el amor en plenitud a raíz de sufrir un cáncer de pecho. De no ser por su enfermedad no hubiera vivido «los mejores momentos de su vida», como ella misma verbaliza. Este mensaje complejo y perturbador también está presente en la historia que cuenta C.S Lewis en su libro Una pena en observación, y que dio lugar a otra hermosa película titulada Tierras de penumbra.

Igualmente, recuerdo el maravilloso libro autobiográfico de Betty Smith Un árbol crece en Broklyn (llevado al cine de forma conmovedora por el director Elia Kazan), donde se demuestra que en circunstancias penosas, en medio de la pobreza y la enfermedad puede surgir la belleza y la luz. La autora recoge en el título la metáfora de su vida a través de ese árbol que, milagrosamente, crece solitario en un lugar sombrío rodeado de asfalto y que ella mira con ternura a través de su ventana.

En estas y otras muchas historias que podemos ver a nuestro alrededor, comprobamos cómo la luz más hermosa, en algunos casos, nace de la más profunda oscuridad.

Todo esto me ha inspirado de forma directa, por ejemplo en «Una historia verdadera», que habla de la vida de mi madre, o en «Océanos», o en  «Bright Horses», un poema que surgió después de escuchar la canción del mismo título de Nick Cave, una de las que escribió a raíz de la trágica muerte de su hijo.

Has afirmado en muchas de nuestras conversaciones (también en varios de tus escritos) que la poesía y el arte están asociados al misterio. Estoy de acuerdo contigo, yo también creo que el misterio es consustancial a la experiencia poética, pero me gustaría que nos explicaras qué es para ti el misterio y cómo es posible relacionarnos con él.

Bueno, siempre he pensado que el misterio es algo consustancial al ser humano y a su lugar en el mundo, y esta es una idea que se ha ido afianzando a través de mis lecturas y vivencias. Desde niña empecé a darme cuenta de los misterios que me rodeaban. Después, poco a poco, en todos los autores y autoras de narrativa -en la poesía el misterio es algo esencial, o debería serlo- que me han dejado huella (no puedo citar a la totalidad, pero algunos de mis favoritos van desde las hermanas Brontë, Virginia Wolf, Victor Hugo, Tolstói, Flannery O’Connor, Julio Cortázar o García Márquez, hasta llegar a Paul Auster, Siri Hustvedt, Carol James Oates, Alice Munro o el mismo John Foss (en el que me estoy adentrando con asombro ahora mismo), al igual que en obras de arte de otros ámbitos, he observado también una presencia muy marcada del misterio. Incluso algunos ensayos sobre ciencia, como el extraordinario Una temporada en Tinker Creek de Annie Dillard, o Un verdor terrible de Benjamín Labatut me han reafirmado en la idea de que en la naturaleza y en todo lo que la habita existe el misterio.

En tu escritura poética, y especialmente en Luminarias, reivindicas la importancia de una poesía de la necesidad y la verdad, me atrevería a decir que desde una óptica simbolista y órfica. ¿En qué lugar del panorama literario crees que se sitúa tu poética? ¿Qué le debes a la tradición literaria?

En cuanto al panorama literario, he de reconocer que no estoy muy al tanto, de hecho, creo que las corrientes literarias la mayoría de las veces solo sirven para etiquetar, y yo soy partidaria de la libertad, de dejarme llevar por mi intuición y mis sentimientos, y por esa búsqueda de la verdad sin cortapisas. En todo caso, creo que podría incluirme dentro de la rica corriente creativa oriolana y murciana actual, a la que perteneces tú y tantos otros amigos y amigas, y que considero muy enriquecedora.

Con respecto a la tradición literaria, la encuentro fundamental. Aunque no sabría decir quién me ha influido más, sí que tengo claro que en todo lo que escribo confluyen mis lecturas, mis viajes, mi pasión por el arte en todas sus vertientes, al mismo nivel quizá que mis experiencias de vida, como dice Kathleen Raine en su poética autobiografía Adiós, prados queridos -lectura que por cierto, me recomendaste tú, como tantas otras, que han ido surgiendo en esos intercambios de conocimiento y vida que practicamos a menudo-: «Son estratos muy antiguos los que me hicieron ser lo que soy (…)»; frase que contiene la idea del misterio como algo innato a nuestro ser, y que resume el mensaje, que comparto plenamente, de que somos un todo. Por eso pienso que mi poesía es un compendio de mis referentes literarios y artísticos, de mis vivencias, y de ese misterio que me habita y que visualizo como ancestral. Y de ello tratan muchos de mis poemas, por ejemplo, «Luminarias» o «La verdad».

 En tu poesía conviven la memoria y la inmediatez, la intuición y la razón, la sobriedad y el arrebato, la luz y la sombra, el afán entre lo metafísico y lo matérico, la acción y la contemplación. Es tu palabra, tu poética en general, un Jano bifronte que habla de dolor y podredumbre al tiempo que nombra la plenitud y la belleza.

Pues ahora que lo dices, parece que sí, y me encanta que utilices al dios romano de dos rostros, porque también es el dios de las puertas, los comienzos y los finales, términos e imágenes que están presentes en mi mente cuando siento la llamada de la poesía.

He reflexionado muchas veces sobre el hecho de que no puede existir un principio sin final, y creo que uno de los rostros del poemario nace de preguntarme y lanzar al mundo la pregunta: ¿podríamos apreciar la luz si no conociéramos la existencia de la oscuridad?

Ya desde niña empecé a darme cuenta de que todo era perecedero y esto me llevó a sentir los momentos de plenitud con más intensidad. Me recuerdo, en mi infancia y adolescencia, sintiendo una indecible felicidad cuando me dormía y estábamos todos juntos en casa. En esa paz nocturna, era plenamente consciente de la respiración sosegada de toda mi familia (incluidas mis abuelas que vivían con nosotros), de la Gracia, la belleza honda de ese momento, y al mismo tiempo, como digo en el poema «Espejos», era la niña que soñaba el dolor que vendría. Porque ya empezaba a comprender que la vida iba unida a la muerte, y que, a pesar del dolor, eso le daba más sentido, más plenitud a los momentos felices.

Hay otra constante en tu poesía que también destaca en Luminarias: la vinculación de lo amoroso y de lo cósmico y lo telúrico. Ese afán cósmico está referido al «», al «vosotros» y al «yo».  A través de imágenes y metáforas sugeridoras hay una apelación, una invocación a la naturaleza y al universo desde el viaje interior y exterior de ti misma como autora y a través de las referencias a las personas que amas, a los seres desvalidos o en derrota y a los personajes que admiras y que en buena medida aparecen en las citas que jalonan el libro.

Estoy totalmente de acuerdo con tu análisis, es curioso y muy enriquecedor cómo aprendemos de nosotros mismos a través de lo que los demás escribís con tanta penetración y empatía. Con todo he ido tomando conciencia de mi propio mundo poético. También del amor que late en mis poemas.

Amor a la naturaleza, y al universo como imagen totalizadora, con lo que tiene de belleza y también de podredumbre y de violencia, y siento que formamos parte de ese todo, unidos a un cordón umbilical cósmico.  Por eso me parece terrible que nos alejemos de la naturaleza, que vivamos dándole la espalda. Tenemos que cuidarla y entenderla de la misma forma que lo hacemos con nosotros mismos.

Pocas cosas son tan sanadoras como pasear entre árboles y flores, contemplar el mar, la luna o las estrellas, o disfrutar de un momento telúrico sintiendo cómo cae una lluvia fértil y sosegada o cómo arde el fuego en el hogar.

Kathleen Raine cuenta en el mismo libro que su madre «tenía el don de olvidar todo el pecado del mundo con el placer de contemplar la caída de una hoja o el rebrote de una flor», yo defiendo el poder de ese don.

Ahondando en el tema del amor, en mi poética aparece desde muchos ámbitos, y, obviamente, como sentimiento humano, lo contemplo como algo complejo y misterioso, lleno de luces y sombras, y con una fuerza y un poder difícil de controlar. Lo veo como un camino que recorremos juntos, en el que siempre debemos aspirar a lo más alto.

Esto lo he intentado reflejar en poemas como «Desde el infinito», «La suerte está echada» o en «La belleza», donde utilizo la metáfora de la Costa Amalfitana, en especial Ravello, uno de los maravillosos pueblos que la conforman, como metáfora de esa aspiración.

 En Luminarias también abunda la incertidumbre. Te adentras en lo incierto a través de la palabra interrogativa. 

Desde que nacemos aprendemos a convivir con la incertidumbre y la intemperie. Habitamos en un mundo de incertidumbre y a medida que crecemos vamos siendo conscientes de ello. Aunque intentemos olvidarlo o no queramos verlo, esto es una evidencia si vives con los ojos abiertos. Por eso, creo que hemos inventado las grandes mentiras fundacionales, como la mitología, o las narraciones que nos sustentan, que no solo sirven para darnos cohesión como grupo, sino que nos ayudan a vivir. Y, como consecuencia de ese tomar conciencia de la incertidumbre y el misterio que nos rodea, no hemos dejado de dudar y de interrogarnos desde la Noche de los Tiempos. Toda nuestra civilización se ha ido forjando con estos cimientos.

La duda (siempre que no sea paralizante) nos estimula y está detrás de nuestros avances como especie. Esto aparece en muchos de mis poemas, por ejemplo, en «Lo inefable» y en «Hilos».

 Por último, ¿Crees que hay una cualidad sanadora en la expresión poética? ¿Cómo nombrar lo derrotado?

Estoy convencida de que el arte en general puede ser sanador, de hecho, me consta que en centros educativos se están llevando a cabo programas que utilizan la poesía, la música, la pintura, la escultura o la danza como herramientas de aprendizaje transversal, con muy buenos resultados, especialmente a nivel de bienestar emocional. Pero para que esto sea posible, es importante encontrar una conexión íntima y personal con el arte. Encontrar la lectura, la música, la película, etc., que nos toque por dentro, con la que te nos sintamos identificados es lo realmente sanador.

El tema de la derrota daría para un ensayo, solo diré que siempre ha resultado más interesante desde el ámbito creativo que el éxito. La derrota está en el corazón de toda la gran literatura, desde el Quijote hasta el Gregorio Sansa de La Metamorfosis, y también ha dado lugar a la mitología, recordemos el mito del Ave Fénix, capaz de renacer de sus cenizas, mito que me fascina especialmente, o el de Sísifo, y tantos otros que la humanidad ha necesitado inventar, y que nos han ayudado, y nos siguen ayudando a comprendernos y comprender nuestro estar en el mundo.

Quizá esto provenga de una sabiduría antiquísima que nos recuerda que algún día seremos derrotados por el dios del tiempo, y que en el ciclo de la vida todos los seres vivos luchan por su supervivencia. Víctor Erice comentó hace poco que a hacen películas para luchar contra la humillación del tiempo, reflexión que yo haría extensible a cualquier creación artística o literaria.

Sea como fuere, la derrota me parece muy interesante por las múltiples posibilidades que contempla, sobre todo la de renacer, la de esa llama misteriosa que podemos prender nosotros mismos y que he querido homenajear en «Un nuevo día», «La dignidad», «Luminarias» o en «Horizontes de grandeza».

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José Luis Zerón Huguet

Nace en Orihuela el 28 de octubre de 1965.

Trabajó cuatro años (1987-90) como redactor de la Vega Baja en el Periódico de Elche, y dos (89-90) como corresponsal del diario ABC. Asimismo colaboró ocasionalmente con el diario alicantino Información y en el periódico digital Minuto Cero y regularmente en la revista digital Galla Ciencia.

Actualmente colabora con asiduidad en el blog literario Frutos del tiempo y es coordinador de los ciclos encuentros con la Poesía en la Casa Natal de Miguel Hernández. Fue fundador y director de la revista sociocultural La Lucerna y fundó y codirigió la revista de creación Empireuma y presidió la Asociación Cultural Ediciones Empireuma, que publicó más de quince libros.

Su actividad cultural es diversa: ha escrito prólogos, pronunciado y promovido conferencias, y participado en numerosas mesas redondas presentaciones de libros y exposiciones de pintura. Ha sido jurado en varios concursos literarios de ámbito nacional e internacional. Con Manuel García Pérez escribió el guión del espectáculo audiovisual Esquirlas de luna en homenaje a Federico García Lorca, y ambos dirigieron su puesta en escena con gran éxito en el Aula de Cultura de la CAM-Orihuela en 1998. También fue autor y director del montaje poético audiovisual Las tres heridas y del poema y parte de la introducción del corto Pasos y sombras, de José Rayos.

Su producción poética editada consta de dos plaquetas: Anúteba, conjunto de poemas suyos y de Ada Soriano (Ediciones Empireuma, 1987), y Alimentando lluvias (Pliegos de Poesía del Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 1997); Y los libros Solumbre (Ediciones Empireuma, Orihuela 1993) , Frondas (Ayuntamiento de Piedrabuena y Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, Ciudad Real, 1999), El vuelo en la jaula (Cátedra Arzobispo Loazes, Universidad de Alicante, 2004), Ante el umbral, (Instituto alicantino de cultura Juan Gil-Albert, Alicante, 2009), Las llamas de los suburbios (Fundación cultural Miguel Hernández, Orihuela, 2010), Sin lugar seguro (Germanía, Alzira, 2013), De exilio y moradas (Polibea, Madrid, 2016), Perplejidades y certezas (Ars poética, Oviedo, 2017), Espacio transitorio (Huerga & Fierro, Madrid, 2018) e Intemperie (Sapere Aude, Oviedo, 2021).

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