El 16 de agosto de 1869, bajo la dirección de Manuel de Quesada y Loynaz, entonces General en Jefe del Ejército Libertador, se llevó a cabo el tercer ataque a la ciudad de Las Tunas.
A su lado, el presidente Carlos Manuel de Céspedes presenció la escena desde la Loma del Mercader. Aunque la batalla estaba casi ganada, Quesada decidió retirarse, y los españoles proclamaron una victoria de sus armas. Fue una victoria pírrica para los españoles, pero al fin, victoria.
Los cubanos -contó el mayor general Jesús Rabí[1]– sumaban alrededor de mil doscientos, pero algunas compañías llevaban fusiles de madera y solo asistieron para aparentar más gente y poderío. El combate comenzó fuera del pueblo, rechazando la columna del dominicano Valera al servicio de España, que había salido a recoger ganado para proveer de carne a la guarnición. Detrás de él, los insurrectos cerraron por tres puntos, mientras una pieza del sistema Parrot lanzaba granadas contra las trincheras que defendían la Plaza de Armas. Guiaban las columnas asaltantes por el oeste, el mayor general Vicente García y el coronel Cornelio Porro Muñoz; por el sur y el norte, el coronel Bernabé Varona Borrero “Bembeta” y el teniente coronel Tomás Mendoza.
Los españoles fueron arrollados en la embestida, y unos ciento cincuenta de ellos tuvieron que evacuar la cárcel, no sin antes asesinar a varios presos políticos que allí tenían encerrados, pero dejando sus muertos, muchos fusiles y gran cantidad de municiones en tal participación que hasta se les olvidó plegar y llevarse la bandera. Probablemente para encubrir este episodio desastroso, inventaron luego, y circularon la patraña después, de que uno de sus sargentos, Facundo María Picado, ocupó en combate personal una bandera, dando muerte al insurrecto que la llevaba. Tras varias horas de lucha incesante y nutridas descargas, los españoles quedaron reducidos a la Plaza de Armas, ceñida de barricadas, y a una casa grande de alto, así como a la iglesia desde donde hacía fuego incesante pero inútil su artillería.
Decía Rabí: Luego corrió la noticia de que una columna de ochocientos hombres se acercaba por el camino de Maniabón, y el general en jefe decidió ordenar la retirada. Más rápido que su orden, salieron veloces a la Loma del Mercader, los mayores generales Ignacio Agramonte y Loynaz y Vicente García, “ya la ciudad está tomada”, le dijeron al presidente, que envió un enlace a donde Quesada para que terminara de tomar la ciudad, pero aquel no hizo caso y se retiró. En ese asalto tuvimos que contar a 21 compañeros caídos y ochenta y siete heridos, más el enemigo tuvo mayores bajas, pero de seguro fueron mayores las bajas nuestras -según su costumbre incorregible- no las confesaron.
Entre los escombros de una casa desapareció sin que jamás se haya sabido de él, el comandante Eduardo Montejo, ayudante del Cuartel General y el chispeante Tomás Mendoza, de origen venezolano, fácil en la prosa y el verso.
Por esta acción, los sargentos y soldados españoles fueron agraciados por el Capitán General Caballero de Rodas con el empleo inmediato, los soldados todos con la cruz del Mérito Militar, y la ciudad desde entonces se llamó Victoria de Las Tunas, en memoria de una acción de guerra librada “con los despreciados insurrectos a quienes los españoles fingen invariablemente conceptuar de bandidos miserables que solo pelean emboscados y cuya única táctica consiste en salir huyendo”.
En prueba de ello, -dijo el general Rabí para el citado folleto- «tomamos la famosa Victoria el 23 de septiembre de 1876, mediante un asalto formidable que fue la obra maestra del cálculo, la astucia y la intrepidez prodigiosamente combinados. Algunos días después de haberla destruido por completo sin dejar siquiera en pie la torre de la iglesia que derrumbamos con dos minas de a quince libras de pólvora, el teniente general Don Luis Prendergast reinstaló una guarnición española. Vino y se marchó al frente de una enorme columna sin que nadie le molestase, porque el mayor general Vicente García González, “El León de Santa Rita”, había decidido no disparar un solo tiro sobre ella, y no obstante el jefe español, por servicio tan breve y tan cómodo, fue ennoblecido por su gobierno con el título, no de “Marqués de Las Tunas” a secas, sino de “Marqués de Victoria de Las Tunas”, como si nada hubiera sucedido que alterase la significación de las palabras, pues claro que triunfadores o vencidos, los españoles salen siempre victoriosos de todos sus combates y hasta de todas sus empresas, según ellos mismos lo dicen, sino que también se lo creen».
Por eso fue la investidura de Luis Prendergast como Marqués de “Victoria de Las Tunas”, título que aún hoy, pervive, ahora en las manos de Ana María Millas Flores, otorgado por Real Decreto en 1997. Antes de ella lo habían sucedido: Elena Hano y Mac-Mahón, su esposa, Jacobo Prendergast y Gordon, Ana María Prendergast, hija y su yerno Francisco-Martín e Isidoro Millas y Prendergast, nieto.
Así nació y aun pervive, el Marquesado de “Victoria de Las Tunas”.
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[1] Todas las frases de Jesús Sablón Moreno, Rabí, en: La Toma de Las Tunas por Calixto García, 1897. Nueva York 1897. Manuel Sanguily Garrite. En Internet.

















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