Los geranios descosíos, de Rocío Angulo Dorado, flamante Accésit del Premio Adonáis 2025, se erige como un delicado ejercicio de memoria y duelo en torno a la figura de la abuela, cuya pérdida marca el inicio de una experiencia vital desconocida: el primer enfrentamiento consciente con la muerte.
A lo largo de sus páginas, la voz poética transita por la incertidumbre, el desconcierto y el dolor que acompañan este proceso, construyendo un tono elegíaco que no cae en el sentimentalismo fácil, sino que se sostiene en una sensibilidad contenida y honesta:
<<Las perras todavía huelen la presencia, / el gorrión no encuentra un hilo enhebrado / para tejer, de nuevo, el nido. / Ahora este territorio es de los gusanos, / el polvo empieza a expandirse / como una mortaja blanquecina / y el recuerdo vive un exilio involuntario.>>

Uno de los aspectos más destacados de la obra es la fusión entre lo íntimo y lo colectivo. La muerte de la abuela no es solo un acontecimiento personal, sino también la puerta de entrada a una memoria compartida que atraviesa generaciones de mujeres. En este sentido, el poemario articula una reflexión sobre la herencia emocional y cultural femenina, rescatando voces, gestos y saberes que han permanecido tradicionalmente en los márgenes o han sido silenciados. La abuela se convierte así en símbolo de transmisión, pero también de pérdida irreparable:
<<Yo iba encalagüela / todas las tardes de verano, cuando el sol / en lo alto quemaba el asfalto y las cigarras / dejaban de cantar, dando paso a esa nada que queda / para las niñas entre las tres y las seis de la tarde, / […] Yo iba encalagüela para / que encendiera la manguera y el agua helada / del pozo limpiara la inocencia de mi cuerpo, / un cuerpo sudoroso bajo el calor de agosto / sevillano. / […] Yo iba encalagüela todas las tardes de verano, / fabricando, sin saberlo, una infancia de frutos rojos / que se fueron pudriendo con los años / y me arrebataron la quietud de la inocencia.>>
El tono elegíaco se enriquece mediante la incorporación de elementos de lo popular y del folclore andaluz, que aportan una dimensión cultural y simbólica al duelo. Las referencias a rituales, oraciones o imágenes propias de esta tradición no solo contextualizan la experiencia, sino que la dotan de un carácter casi ritual, como si el acto de escribir fuera también una forma de despedida y de resistencia frente al olvido:
<<Deja la luz encendida / en esta noche en derrumbe, / para que mi abuela encuentre el camino / hacia la cama de mi madre, / y calme con sus besos / la feroz soledad / que se le ha quedado atravesada / en algún lugar del corazón.>>
Por lo tanto, el poemario de Rocío destaca por su capacidad para entrelazar lo personal y lo ancestral, lo íntimo y lo colectivo, ofreciendo una mirada profunda sobre el duelo como proceso de aprendizaje. La muerte deja de ser únicamente una ruptura para convertirse en un espacio de reconstrucción de la identidad y de reconocimiento de las raíces. Se trata, en definitiva, de una obra que conmueve por su sobriedad y que invita a pensar en la memoria como un territorio vivo, sostenido por las voces de quienes ya no están.
Rocío Angulo Dorado nace en Camas, Sevilla, en 2002. Ha cursado el doble grado en Filología Clásica e Hispánica en la Universidad de Sevilla. Es autora de los libros Non Omnis Moriar (2018), Trece (2021) y El lenguaje del dolor (2023), publicados de manera independiente. Desarrolla una labor de estudio y reivindicación de autoras olvidadas o injustamente relegadas, con participación activa en congresos, seminarios y conferencias.

















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