Las nueve musas
La lucha de Céspedes: entre la unidad y la independencia

La lucha de Céspedes: entre la unidad y la independencia

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A mi hermano Dr en Ciencias Históricas Rafael Acosta de Arriba

«Las cosas buenas se deben hacer sin llamar al universo para que lo vea a uno pasar. Se es bueno porque sí; y porque allá dentro se siente como un gusto cuando se ha hecho un bien, o se ha dicho algo útil a los demás. Eso es mejor que ser príncipe: ser útil.»

El golpe de Estado perpetrado por la Cámara de Representantes contra Carlos Manuel Perfecto del Carmen de Céspedes y del Castillo, en Bijagual de Jiguaní, el 27 de octubre de 1873, marcó un hito de gran relevancia y con secuelas negativas para la preservación de la unidad revolucionaria en la lucha por la independencia.

Céspedes
Los hijos mellisos que Céspedes no conoció Gloria de los Dolores de Céspedes y Quesada y Carlos Manuel de Céspedes y Quesada

Este hecho desató una serie de protestas, no sediciones como algunos prefieren llamarlas, en el territorio insurrecto cubano.

El punto de partida no fue en Guáimaro, sino en las reuniones previas al levantamiento, en lugares como El Rompe, San Miguel, Muñoz, Caletones, El Mijial. En todas estas reuniones surgieron disensiones, como la que se produjo después de esta última convocatoria a la guerra, donde los conspiradores acusaron a Céspedes de haber traicionado a Aguilera al asumir el liderazgo de la guerra que estaba a punto de estallar.

Los camagüeyanos argumentaban falta de tiempo, mientras que Aguilera abogaba por una zafra más para poder, con los beneficios de la venta del azúcar, adquirir las armas necesarias en los Estados Unidos. Las regiones de Las Villas y Occidente parecían estar al margen de estos movimientos conspirativos, al menos en apariencia.

Con el levantamiento del 10 de octubre de 1868, Carlos Manuel se ganó un nuevo enemigo, el Doctor brigadier Félix Figueredo Díaz. Según algunos historiadores, el Dr. Figueredo nunca perdonó a Céspedes por haber adelantado el levantamiento, por lo que, cuando Céspedes fue destituido en octubre de 1873, Figueredo, quien era el jefe de su escolta, le retiró la protección de manera injustificada y lo obligó a permanecer en el campamento del gobierno durante dos meses.[1]

En la finca de San Miguel, surgieron tensiones entre el Marqués de Santa Lucía, Salvador Cisneros Betancourt, y Carlos Manuel [2]. Estas tensiones se agudizaron aún más después de que Céspedes fuera proclamado Capitán General, con poder absoluto sobre lo civil y lo militar en los campos de Cuba Libre, o lo que es lo mismo, con un mando único sobre las fuerzas insurrectas en todos los rincones de la isla. Estas tensiones se intensificarían hasta llegar a Guáimaro en 1869 y llevarían al desenlace en Bijagual.

Al comienzo del conflicto, Céspedes se autoproclamó «Capitán General»[3]. El ejercicio de su mando despertó críticas en líderes orientales como Francisco Vicente Aguilera, Francisco Maceo Osorio y Donato Mármol. Este último, en un acto rápidamente corregido, intentó declararse dictador y establecer un campamento separado a Céspedes.

Sin embargo, incluso siendo aún Capitán General, Céspedes fue vitoreado patrióticamente durante los sucesos del Teatro Villanueva. Luego, con la aprobación de la Constitución de Guáimaro, se despojó de su insignia de jefe militar y la puso a disposición de la Cámara.

A pesar de todo, para sus críticos, la acusación de «autoritario» definió toda la trayectoria del líder. Por su parte, la prensa colonialista explotó ampliamente esta acusación.

José Martí, en su vasta obra literaria, reflexionó sobre su asunción a la jefatura militar y civil en Bayamo, una decisión que generó malestar en la reunión de Guáimaro: «Se autoproclamó Capitán General. Con un espíritu revolucionario, centró su atención en las masas de campesinos y esclavos: están acostumbrados a respetar este título; por lo tanto, adoptaré este título.»[4]

La-Asamblea de Guáimaro
La-Asamblea de Guáimaro-Juan-Emilio-Hernández-Giró

Martí añadiría más tarde: «El 10 de abril, se llevó a cabo una reunión en Guáimaro para unificar las dos divisiones del Centro y Oriente. La primera había adoptado la forma republicana; la segunda, la militar. Céspedes se adaptó a la forma del Centro. No la veía como la más adecuada: pero veía las disensiones como un problema. Sacrificó su amor propio, algo que nadie suele sacrificar.»[5]

El apóstol de nuestra independencia quiso transmitir, en primer lugar, que él, un hombre de origen noble, dotado de una educación refinada, pero con un espíritu rebelde e irreverente, había renunciado a los intereses que consideraba justos y viables, como el mando único para un mejor desarrollo de las operaciones militares. No era una señal de derrota, sino todo lo contrario, se adaptaba a ellos con el único objetivo de mantener la unidad, lo que, en la práctica, se traduciría en la victoria.

Eso era solo su percepción en Guáimaro en nombre de la unidad, los acontecimientos posteriores dirían todo lo contrario, reafirmarían que el mando centralizado, o dictadura como llamaban los diputados, era la única y más efectiva manera de cumplir los planes de independencia en la lucha contra la Corona española.

No importaba cómo se había autodenominado, lo relevante era que la masa de campesinos y esclavos lo seguirían hasta el final, y esto fue cierto, y ellos, la Cámara de Representantes, lo sintió como una flecha clavada en el pecho. Esas rivalidades, esos odios viscerales solo desaparecerían con su destitución y posterior caída en combate. Y pusieron en marcha la maquinaria para hacerle todo más difícil desde ese momento.

En Guáimaro, se estableció un sistema parlamentario que desafió las convenciones. No era un parlamentarismo «puro» en el sentido tradicional. El Legislativo asumió roles que normalmente pertenecen al Ejecutivo, como la designación y destitución del líder del Ejército, lo que desdibujó las líneas entre los poderes.[6]

Además, la regulación de los poderes del presidente no siguió un patrón ‘puro’. El presidente fue hecho «rehén» de la Cámara, limitando su autonomía. Se le privó de funciones ejecutivas habituales, como otorgar indultos, un acto que Céspedes consideraba «el atributo más hermoso del poder». Este derecho fue negado por la Asamblea, incluso para la Cámara, lo que restringió aún más el poder del presidente.[7]

Finalmente, la representación en la Asamblea Constituyente de Guáimaro planteó preguntas sobre su naturaleza «parlamentarista». A pesar de tener una población significativamente menor, Camagüey tenía la misma representación que Oriente. Esto, a pesar de que Camagüey representaba entre el 26 y el 27 por ciento de la población de Oriente, y cerca del cinco por ciento de toda la población cubana. Esta distribución desigual de la representación desafió las normas parlamentarias tradicionales.[8]

Carlos Manuel de Céspedes, al reflexionar sobre su comportamiento y desempeño como presidente del Gobierno de la República y durante el conflicto, declaró que no hay nada que se pueda comparar con la guerra de Cuba. Afirmó que ningún hombre público ha vivido una situación como la suya. Según él, es necesario recoger elementos de diversas fuentes y moldearlos de una manera especial para representar su figura. Expresó que ninguna medida le queda bien y que ninguna facción se parece a él. Se describió a sí mismo como un embrión variopinto y señaló que la verdadera dificultad radica en la elección de la crisálida. [9]

Analicemos qué nos legó Céspedes en las frases contenidas en el texto.

Céspedes resalta la singularidad de su papel en la guerra de independencia de Cuba, una lucha sin paralelo. Se ve a sí mismo en una posición única, un líder en una situación sin precedentes.

Luego, Céspedes habla de su necesidad de aprender de todos y adaptarse para formar su propio estilo de liderazgo. No es un culto a su personalidad, sino un reconocimiento de que cada persona tiene algo que enseñar. Aspira a que todos puedan emular su abnegación, valor, desinterés y amor a la patria.

Céspedes no se identifica con ninguna facción política ni con las medidas políticas convencionales. Su única pasión es la independencia y la libertad de los esclavos, un grito que proclamó en su ingenio, La Demajagua.

Se ve a sí mismo como un embrión abigarrado, en constante evolución y adaptación. La guerra y los acontecimientos diarios con la Cámara le generan confusión, pero también le ofrecen la oportunidad de crecer y aprender.

Finalmente, Céspedes habla de la dificultad de elegir la crisálida, una metáfora de su lucha por decidir qué forma debe tomar finalmente. Al igual que una oruga, debe elegir el momento adecuado para transformarse y volar libre como una mariposa.

Este fragmento está contenido en una carta que Carlos Manuel de Céspedes escribió a su esposa Ana de Quesada. Según los registros, la carta fue escrita el 2 de julio de 1871. Sin embargo, es importante mencionar que Ana de Quesada nunca recibió esta carta, ya que fue interceptada por los españoles. La existencia de la carta se dio a la luz pública cuando fue publicada en la prensa, pues los españoles de ese modo la dieron a conocer en un periódico de La Habana. El recorte original hecho por Ana de Quesada se conserva en el Archivo Nacional de Cuba. Bajo el título de «Cartas de Carlos Manuel de Céspedes a su esposa Ana de Quesada.» [10]

En sus apuntes Carlos Pérez, secretario personal de Céspedes, lamentó las maniobras contra el presidente. En su diario del 12 y 13 de julio de 1870, escribió las siguientes palabras:

«Los representantes del Camagüey siguen en su sistema anticespedista. Todos los actos de éste son censurados y ridiculizados hasta el extremo de apelar a la calumnia. ¡Qué indigna es la conducta de algunos altos personajes del Camagüey! ¡Qué triste es ver en medio de las tribulaciones de que estamos rodeados, tan inmediatos al peligro y con el enemigo aún sobre nosotros, agitarse las pasiones de una manera tan perjudicial a la causa de la Patria! ¿Por qué ha de ser siempre la ambición el origen de todas las desgracias? ¿No puede acaso el hombre hacer por un momento abstracción de ella en beneficio de la humanidad? El pueblo que gime y trabaja por mejorar su condición, ¿deberá siempre ser la victima?»[11]

A pesar del golpe emocional que supuso para Céspedes el fusilamiento de su hijo Oscar el 29 de mayo de 1870, sus adversarios no cesaron en su conspiración para destituirlo del poder. Céspedes, plenamente consciente de todas las intrigas destinadas a derrocarlo, mantuvo una actitud filosófica: «El que no tiene detractores no ha hecho nada bueno en el mundo». [12]

Ana de Quesada la esposa de Céspedes
Ana de Quesada la esposa de Céspedes

En una carta enviada a su esposa, Ana de Quesada, el 23 de diciembre de 1870, Céspedes informó sobre los rumores de que la Cámara planeaba reunirse en Jarico con el propósito de destituirlo, una acción impulsada por los enemigos de la paz. Aseguró que, si se cometía tal violencia, él no causaría disturbios y se sometería, independientemente de la ilegalidad del acto. Declaró que la responsabilidad recaería sobre el culpable y que el pueblo tendría la libertad de actuar en función de lo que considerara más beneficioso para sus intereses.

Céspedes siempre se esforzó por unificar las fuerzas independentistas. Trabajó incansablemente para encontrar una solución a las luchas internas y preservar la integridad territorial de la isla frente a las frivolidades autonomistas. En una carta del 19 de febrero de 1871 dirigida al patriota Miguel Embé, quien residía en Nueva York, le pidió que intentara restaurar la armonía entre los grupos revolucionarios: «Le ruego que use su influencia para poner fin a las disputas que existen entre nuestros hermanos en el extranjero, las cuales sin duda han resultado en obstáculos para el progreso de nuestros asuntos. Esto nos perjudica notablemente en todos los aspectos, y desearía que usted hiciera todo lo posible para eliminar cualquier signo de discordia y que solo haya un pensamiento: lograr nuestra independencia.»[13]

En otra misiva, esta vez dirigida al general Manuel Calvar el 16 de julio de 1871, Céspedes enfatizó la importancia de mantener la unidad en tiempos difíciles: “Le solicito, una vez más, que preserve a toda costa la armonía y la unión entre los jefes y soldados, que estos obedezcan y que todos se reúnan y recen diariamente, sin permitir que las divisiones y parcialidades instauren la indisciplina y el desorden en la Revolución”. Esta recomendación la reiteró en un mensaje del 22 de octubre de 1871 a Francisco Vicente Aguilera, de la República de Cuba en Armas: “[Yo sé] que usted ha fomentado la unión y concordia de todos los cubanos, una unión que nos garantizará la victoria sobre nuestros encarnizados y feroces enemigos”.

El 18 de junio de 1871, debido a las confabulaciones de sus adversarios en el Parlamento, Céspedes convocó a su Consejo de Gabinete y propuso renunciar a las leyes que la Cámara de Representantes había adoptado y que obstaculizaban la acción del Gobierno. Los miembros del consejo le rogaron que mantuviera su cargo en nombre del interés de la Patria. Recibió numerosas muestras de apoyo de sus compatriotas en Cuba y en el extranjero, en particular de la Sociedad de Artesanos Cubanos de Nueva York.

Pero el principal tropiezo había llegado el 1 de enero de 1870, Céspedes firmó una orden para que el general Manuel de Quesada partiera al extranjero como enviado especial y organizara expediciones.

La Cámara vio con gran disgusto esta disposición, a pesar de ser una de las atribuciones del jefe del ejecutivo. Y fue Manuel de Quesada quien primero le advirtió a Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo, cuando ese día fue nombrado Agente General en los Estados Unidos. «Tenga entendido, ciudadano presidente, que desde hoy mismo comenzarán los trabajos para su deposición.»[14] Este hecho fue la llama prendida por la Cámara, y ayudó a mantener sus acciones con el patricio bayamés.

El acoso a su persona, su gobierno y sus métodos durante cuatro largos años, culminó en lo meticulosamente amasado por la Cámara durante largo tiempo, su destitución, o, mejor dicho, un golpe de Estado mediante las armas.

El 23 de junio de 1872, escribió mencionando los numerosos problemas que obstaculizaban su acción: «Mi situación es excepcional: no la gradúen por comparaciones históricas, porque se expondrían a errores. Nada hay semejante a la guerra de Cuba. Ningún hombre público se ha visto en mi situación. […] Tengo muchos enemigos».[15]

Céspedes siempre abogó por la unidad, instando a todos a que prevaleciera el espíritu de concordia y a alejar cualquier sentimiento que pudiera dar lugar a divisiones y facciones[16]. Salvador Cisneros Betancourt, que aspiraba a la presidencia, conspiró para destituir al Padre de la Patria. En una carta a su esposa fechada el 2 de julio de 1873, Céspedes expresó sus temores sobre aquellos que no consideraban el daño causado por las divisiones y que, impulsados por sus ambiciones y rencillas, no veían más patria ni más libertad que la satisfacción de esas pasiones viles.[17]

Él estaba plenamente consciente de las conspiraciones urdidas por sus enemigos. Expresó una cierta fatalidad frente a estas divisiones que solo perjudicaban el proceso de independencia [18]. Su único consuelo era su compromiso inquebrantable con la libertad y el recuerdo de los momentos felices pasados con su familia.

Alertado por las intrigas de sus adversarios, se negó a usar la fuerza para mantener su cargo. El 25 de septiembre de 1873, escribió nuevamente a su esposa Ana de Quesada para informarle de su probable destitución por la Cámara de Representantes, asegurando que estaba resuelto a no salir de la legalidad ni a contrarrestar la voluntad del pueblo[19]. Agregó lo siguiente: «No por eso se enfríe nuestro amor a Cuba, ni el deseo de librarla de sus opresores»[20]

La destitución ocurrió el 27 de octubre de 1873. Ramón Pérez Trujillo y Tomás Estrada Palma, entre otros, se encargó del requisitorio contra el hombre del 10 de octubre de 1868. Estrada Palma se convertiría más tarde en un convencido anexionista que abriría el camino al dominio de Estados Unidos en Cuba a principios del siglo XX.

El general José de Jesús Pérez, fiel compañero de Céspedes desde la época de la Demajagua, le propuso resistir por la fuerza a la conspiración. Céspedes rechazó la oferta y aceptó la decisión con estoicismo, queriendo evitar cualquier lucha fratricida en nombre de la unidad del movimiento revolucionario.

Cisneros Betancourt realizó su sueño de ser nombrado presidente. Este golpe de Estado, bajo las armas de mil quinientos hombres al mando del mayor general Calixto García, tuvo funestas consecuencias. Rompió la unidad revolucionaria y abrió el camino al fracaso de la contienda. Minado por las divisiones, los regionalismos y los conflictos personales, el movimiento iniciado por Céspedes se tambaleó y puso en peligro el proyecto patriótico. El fracaso se materializaría con el Pacto de Zanjón en 1878, sellando una paz sin libertad ni independencia.

Esclavos
Esclavos trabajando en una plantación de caña de azúcar en Cuba

A pesar de esto, el Padre de la Patria no tuvo ninguna duda en cuanto a la victoria final de la causa y de la resolución de los cubanos a conseguir su libertad. Estaba convencido de que romperían definitivamente las cadenas de la servidumbre: «La Revolución Cubana, ya vigorosa, es inmortal; la República vencerá á la Monarquía; el pueblo de Cuba, lleno de fe en sus destinos de libertad y animado de inquebrantable perseverancia en la senda del heroísmo y de los sacrificios, se hará digno de figurar, dueño de su suerte, entre los pueblos libres de la América. Nuestro lema invariable es y será siempre: independencia o muerte. Cuba no sólo tiene que ser libre, sino que no puede ya volver á ser esclava.»[21]

En un momento de lucidez, el recién nombrado presidente Cisneros instó a la Cámara de Representantes a tratar al Padre de la Patria con la dignidad que merecía, a cubrir sus necesidades y a brindarle la protección necesaria:

«Carlos Manuel de Céspedes no es el hombre que ha dejado de ser Presidente, sino el que engendró la Revolución pronunciándose abiertamente en Yara el memorable 10 de Octubre de 1868. En efecto, la personalidad del C. Carlos Manuel de Céspedes está tan adherida á la Revolución de Cuba que abandonarlo, porque ha dejado de ser Presidente, a sus propios recursos, sería un desagradecimiento”.

Cisneros subrayó el compromiso total y desinteresado de Céspedes por la causa de la libertad de Cuba: “Él fue el primero que proclamó la Independencia y el que por el espacio de cinco años ha administrado el poder. Durante este periodo no ha recibido ninguna remuneración por administrar la República más que alguno que otro regalo de particulares, ni los sueldos que le corresponden por sus servicios.” Cisneros insistió: “No debemos abandonar en momentos extraordinarios al hombre que abre la historia política e independiente del país con su nombre”, recordando que “se alzó en armas con sus propios recursos de poder, desafiando a una nación que tenía sobrados medios para aniquilarlo.»[22][23]

Sin embargo, el daño ya estaba hecho. Solo quedaban noventa y un días que lo separaban de la vida y de la muerte.


[1] Ver en https://es.wikipedia.org/wiki/Félix_Figueredo.

[2] Carlos Manuel de Céspedes. Ob, cit., p 53.

[3] Ob, cit., p 69

[4] José Martí Obras completas, 22, fragmentos. Ed Ciencias Sociales, La Habana, 1975.

[5] Ibid.

[6] Julio César Guanche Zaldívar, en: La patria constitucional. Céspedes, Guáimaro y la democracia en Cuba, ver en Internet Revista Sinpermiso.com:

[7] Ibid.

[8] Ibid.

[9] Cartas de Céspedes a su esposa Ana Betancourt, en Instituto de Historia de Cuba.

[10] En Cartas de Carlos Manuel de Céspedes a su esposa Ana de Quesada. Archivo de la Academia de Historia de Cuba.

[11]  Carlos Manuel de Céspedes, Carlos Manuel de Céspedes, París, Paul Dupont, 1895, p. 40.

[12] Ibid. P 41

[13] Ibid. p 40

[14] Carlos Manuel de Céspedes, Fernando Portuondo del Prado y Hortensia Pichardo Viñals Editorial de Ciencias Sociales, p 112, 1974

[15] Carlos Manuel de Céspedes, Carlos Manuel de Céspedes, Ob. cit., p. 206

[16] Carlos Manuel de Céspedes, Carlos Manuel de Céspedes. Ob. cit., p. 207.

[17] Ibid., Ob. cit., p. 260.

[18] Ibid., Ob. cit., p. 259.

[19] Ibid., Ob. cit., p. 260

[20] Ibid.

[21] Ob. cit., p. 112.

[22] Carlos Manuel de Céspedes, Tomo I, p, 92. Fernando Portuondo del Prado- Hortensia Pichardo Viñals. Ed de Ciencias Sociales 1974.

[23] Se ha respetado la ortografía original del texto. N del A.

Alfonso Ramón Naranjo Rosabal

Alfonso Ramón Naranjo Rosabal

Las Tunas (1953) Periodista, Investigador de temas históricos, documentalista, escritor.

Graduado de Licenciado en Periodismo en la Universidad de Oriente, Santiago de Cuba. Diplomado en Historia y Marxismo, en la Universidad “Ñico López”, La Habana. Diplomado en Nueva Realidad del Periodismo Latinoamericano, Instituto Internacional de Periodismo “José Martí”, La Habana.

Tiene publicado los libro: Quifangondo a Vitoria é Certa. «Editorial Capitán San Luis», La Habana, Cuba. Legado Inmortal; Madrugada de los Gallos; Las Desavenencias en las guerras: dos conflictos y… Soliloquio: El general dice su verdad. Todos en Editorial AutoresEditores.com. Colombia.

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