Las nueve musas

Los sufragios en España

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Si bien el sufragio universal se ve hoy día como algo lógico y normal, no debemos olvidar que se trata de una cuestión relativamente reciente en la sociedad española, más si cabe para el caso de las mujeres.

El antiguo régimen había apartado al pueblo de los órganos de gobierno y de las decisiones de estado, por algo se hablaba de súbditos y no de ciudadanos. Pero la irrupción del liberalismo a principios del siglo XIX, abrió la vía para que la soberanía se trasladase a la plebe. Un recorrido en absoluto sencillo, que se inició rápidamente para los hombres y que necesitó más de 100 años para reconocer el derecho al voto de las mujeres. Dicho camino se inicia en España con las cortes de Cádiz y la constitución de 1812, y concluye con la aprobación de la constitución de 1978, reconociéndose el derecho de voto de la mujer por primera vez en 1931.

Si bien los cambios no suelen ocurrir de la noche a la mañana, sí me gustaría destacar el año 1789, como fundamental en el inicio del proceso de transformación de un estado absolutista a un régimen constitucional y parlamentario, con un pueblo que adquiere la capacidad de decidir sobre las leyes que le rigen. Durante ese año, se produjo la revolución francesa, que quebró los cimientos del status quo y plasmó, a modo de sublevación, décadas de hartazgo de una sociedad sometida a la voluntad de una minoría. La Asamblea Nacional, representando al pueblo Francés, estableció la “Declaración de derechos del hombre y del ciudadano”, como base de los actos legislativos, ejecutivos y judiciales, dotando a los individuos de derechos por su condición dual de persona y de ciudadano. A partir de entonces, comienza el complicado avance hacia un sistema democrático, en el que cada vez son más las personas reconocidas como ciudadanos en la capacidad de elegir a sus representantes, así como en la de ser elegidos.

Carlos II
Carlos II

En España, la llegada de los Borbones al poder tras la muerte de Carlos II y el fin de la dinastía de los Austrias, supuso un cambio importante en el arte de gobernar. La creación de las Cortes Generales, compuestas por representantes de todos los reinos y territorios hispanos, resultó de vital importancia en la transición futura hacia la soberanía popular.

Los primeros comicios fueron convocados en 1810, durante la guerra de la independencia, y en ellos solo se permitió votar a los varones mayores de 25 años y con “casa abierta”, es decir, con algún tipo de negocio o factoría. Fue el 1 de octubre de 1813, estando en vigor la constitución elaborada en las cortes de Cádiz en 1812 (“La Pepa”), cuando por primera vez en la historia de las elecciones generales en España se dio sufragio universal masculino, siendo de nuevo los 25 años la edad mínima para acudir a las urnas. El voto era indirecto y de cuarto grado, es decir, se elegía a los representantes del municipio, y después eran estos los que iban eligiendo a sus delegados en varios escalones (parroquia, partido judicial, provincia…) hasta elegir al jefe del Consejo de Ministros.

Los avances obtenidos durante los primeros años, plasmados en la constitución de 1812, fueron anulados por Fernando VII a su llegada tras la guerra de independencia. Se daba comienzo al caos que supuso el siglo XIX, en el que los constantes cambios en el poder de liberales y conservadores impedían la consolidación de los cambios. En lo concerniente a los comicios, la constante fue la del voto censitario, es decir, que había que cumplir unas condiciones económicas y educativas para poder ejercer el citado derecho.

Isabel II
Isabel II

EL sufragio universal no volvería a ser utilizado nuevamente hasta 1868, cuando tras destronar a Isabel II (revolución conocida como “La Gloriosa”) hubo que instaurar un gobierno provisional. Cualquier varón mayor de edad, es decir, que hubiese superado los 25 años, podía votar o ser elegido. La constitución de 1869 ratificó dicha medida, que fue aplicada en los años siguientes, tanto con la monarquía parlamentaria de Amadeo de Saboya, como durante el posterior periodo republicano (la Primera República).

La vuelta al trono de los Borbones (Alfonso XII) y la creación de una nueva constitución en 1876, supuso el retorno al sufragio censitario, situación que se mantuvo en el sistema de turnos ideado por Mateo Sagasta y Cánovas del Castillo, por el cual el partido liberal y el conservador se alternaban el gobierno, y establecían ministerios en función de las necesidades vistas por el rey. Durante dicho periodo, las elecciones apenas tuvieron influencia.

En 1890 se regresó al sufragio universal masculino, pero las cosas no cambiaron, ya que la manipulación de las elecciones aseguraba los resultados para mantener el bipartidismo y la monarquía. Esta situación se mantuvo hasta 1923, cuando Primo de Rivera, avalado por Alfonso XIII, instauró una dictadura y suspendió la constitución de 1876. Fue paradójicamente en ese periodo, cuando hicieron acto de presencia las primeras mujeres en el parlamento. 13 mujeres designadas a dedo para la Asamblea Nacional, órgano que debía crear un marco legislativo que sustentara el régimen.

La llegada de la Segunda República el 14 de abril de 1931 supuso un nuevo hito, si bien los sufragios no estuvieron exentos de polémica. En un primer paso y de cara a las elecciones constituyentes de aquel mismo año, se sustituyeron los distritos electorales por circunscripciones provinciales, con el fin de evitar prácticas caciquiles y añadir mayor proporcionalidad entre el número de electores y de elegibles. Además, se incorporó a las mujeres y al clero en calidad de elegibles, y se redujo la edad exigida para poder votar de los 25 a los 23 años. La cuestión del voto femenino se planteó durante el proceso de creación de la nueva constitución. Un tema en absoluto sencillo, que además, paradójicamente, supuso la confrontación entre las parlamentarias electas (eran tres mujeres en total). Finalmente, fue aprobado el 1 de octubre de 1931.

Los avances logrados durante los dos primeros años, con leyes que supusieron importantes reformas sociales (leyes de secularización de cementerios, matrimonio civil y divorcio, reforma agraria, los estatutos de autonomía de Cataluña y el País Vasco…), se vieron frenados con la victoria de la derecha republicana (CEDA: Confederación española de derechas autónomas) en las elecciones del 19 de noviembre de 1933. La labor rectificadora de este nuevo Gobierno y de las Cortes se puso enseguida de manifiesto.

Tres años más tarde, en las elecciones celebradas el 16 de Febrero, la coalición de izquierda, Frente Popular, se alzó con la victoria. Al igual que en los comicios anteriores, los perdedores no aceptaron de buena gana los resultados. Los sectores más derechistas presionaron para evitar el traspaso de poderes provocando la dimisión del presidente Manuel Portela Valladares, que consideraba legítimos los resultados. El vacío de poder generado, que forzó la creación de un Gobierno de manera poco ortodoxa y faltando aún por celebrarse la segunda vuelta, unida a la creciente tensión en el campo y en las ciudades, además de las acciones armadas por ambos bandos, derivaron en la sublevación militar del 18 de julio de 1936, una Guerra Civil que se prolongaría hasta marzo de 1939.

La implantación del régimen franquista acabó con el derecho a voto, el cual no se recuperaría hasta la muerte del dictador y la celebración de elecciones generales en junio de 1977. Habían pasado 40 años. Durante esos comicios y amparados por la ley para la reforma política aprobada el año anterior, se reconoce el derecho de sufragio activo a todos los españoles mayores de edad (21 años) incluidos en el Censo y que se hallen en pleno uso de sus derechos civiles y políticos. No se produce debate alguno en torno a la capacidad de participación política de la mujer. Como resultado, 27 mujeres ocuparon un escaño en la Legislatura Constituyente: 21 diputadas y 6 senadoras. La posterior constitución de 1978, mantendría los condicionantes para ejercer el derecho al voto, rebajando la edad mínima a los 18 años.

Si bien oficialmente las mujeres votaron por primera vez en 1933, previamente se dieron situaciones en las que pudo producirse el sufragio femenino. Una de esas circunstancias se dio en 1874 en el denominado Cantón de Cartagena. La ciudad de Cartagena, que se había sublevado contra el gobierno de la república, sufrió el cerco de las tropas gubernamentales y el continuo cañoneo de la localidad. Tras la muerte de 400 personas refugiadas en el Parque de Artillería a causa de los bombardeos, los rebeldes se plantean terminar de dinamitar la ciudad en la que únicamente quedan 27 viviendas en pie. La junta cantonal decidió someter a votación si llevar o no a cabo la voladura, permitiendo participar en ella a todos los defensores de la ciudad sin distinción de sexo. 13 votos dieron la victoria al no.

Otra de las fechas importantes para el voto femenino en España y que suele pasar desapercibida, es la de 1916, fecha en la que se produjo el primer voto de una mujer en unas elecciones del país. Lo pudo hacer sólo una, ya que el sufragio femenino tuvo que esperar aún hasta la segunda república. Este voto, fue ejercido por una luchadora en pro de los derechos de la mujer: Emilia Pardo Bazán. Una de las grandes intelectuales europeas de finales del siglo XIX, que denunciaba, con sus artículos y obras, las discriminaciones que sufrían las mujeres, desde la educación hasta los derechos fundamentales como votar o vivir económica y socialmente sin la necesidad de tener un hombre al lado. Ella misma explicaba que «la educación de la mujer no puede llamarse tal educación sino doma, pues se propone la obediencia, la pasividad y la sumisión» hacia los maridos. También definió la violencia contra las mujeres, concepto del que renegaban la mayoría en aquella época. Luchó por entrar en las instituciones, muchas de las cuales le denegaron el acceso por el hecho de ser mujer, como es el caso de la RAE (Real Academia de la Lengua Española) en 1912. No obstante, no cejó en su empeño, logrando ser admitida en la Sociedad Económica Matritense de Amigos del País un año más tarde, hecho que le otorgó el derecho a depositar su voto. El 9 de abril de 1916, al celebrarse las elecciones generales para elegir a los diputados, y el 23 de ese mismo mes para elegir a los senadores, Emilia Pardo Bazán, a sus 65 años, pudo ejercer dicho derecho para convertirse así en la primera mujer en hacerlo en unas elecciones políticas en España. Defendía que «todos los derechos que tiene el hombre debe tenerlos una mujer y eso incluía votar».

En 1924, durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), hubo un primer intento de reconocer el derecho al sufragio de las mujeres, de carácter censitario, pero solo se llegó a aprobar para las elecciones municipales, aunque nunca llegaron a celebrarse. Al año siguiente, en el Estatuto Provincial, se reconocía de nuevo el derecho en las mismas condiciones, pero tampoco hubo sufragios. Sin embargo, en el plebiscito que organizó el régimen en 1926 (se trató de una recogida de firmas y no de una votación), pudieron participar las mujeres mayores de 18 años que quisieron, al igual que los varones. Según los datos del gobierno, el 52% de los participantes fueron mujeres.

En la llamada Asamblea Nacional Consultiva de la dictadura de Primo de Rivera, cuyos miembros fueron designados por el propio régimen, se autorizó la participación de las mujeres (solteras, viudas o casadas, aunque las últimas debidamente autorizadas por sus maridos). En dicha Asamblea del 11 de Octubre de 1927, hubo 13 mujeres, siendo Concepción Loring la primera mujer en la historia en hablar en una asamblea política española. Una de las funciones de este órgano consistía en elaborar el anteproyecto de una nueva constitución, que nunca llegó a aprobarse, pero que en su artículo 58 establecía que serían electores de sufragio directo todos los españoles de ambos sexos. Aun pareciendo increíble tratándose de una dictadura, el régimen se mostró más progresista en relación al sufragio femenino que los gobiernos anteriores.

Con la llegada de la segunda república fue cuando por fin se puso sobre la mesa el sufragio femenino. No resultó un asunto sencillo, ya que incluso encontró oposición entre las propias diputadas de la época. Si bien es verdad que solo eran tres: Margarita Nelken, Clara Campoamor y Victoria Kent. Todas ellas, especialmente las dos últimas, tuvieron un destacado protagonismo en el debate sobre la concesión del derecho. Si bien Clara Campoamor enarboló la lucha para que las mujeres alcanzaran este derecho fundamental, y no cejó en su empeño hasta lograr su propósito, enfrentándose incluso a miembros de su propio partido y rebatiendo los argumentos de la oposición, Victoria Kent, se oponía a otorgarlo en ese momento, alegando que el voto femenino supondría un peligro para la república. Entendía que debido a la inmadurez democrática, el voto femenino podía ser fácilmente manipulable por sectores conservadores como la derecha, la iglesia y los propios cónyuges. Como prueba, esgrimía el hecho de que habían sido presentadas un millón y medio de firmas de mujeres, solicitando el mantenimiento de los privilegios de la iglesia, sin que se hubiese presentado ninguna de adhesión a la República.

Sometida la propuesta a votación, y a pesar de que algún diputado trató de poner alguna enmienda en relación a la edad mínima de voto para las mujeres, queriendo establecerla en los 45 años, la comisión quedó aprobada el 1 de octubre de 1931 con 161 votos a favor, 121 en contra y 188 abstenciones. Posteriormente, como claro ejemplo de las dificultades y obstáculos que hubo que superar, se produjo un intento, que no logró salir adelante, de retrasar su aplicación, si bien fue solo por 4 votos.

La primera vez que pudo ejercerse dicha facultad en todo el territorio español, fue en las elecciones municipales del 23 de abril de 1933 y posteriormente en las generales del 19 de noviembre de ese mismo año. Votaron casi 7 millones de españolas. Sorprende que las mujeres en España no pudieron ejercer su derecho como ciudadanas hasta hace poco menos de un siglo, y más aún, que hubiese mujeres que se opusieran a ello. De hecho, los medios de comunicación de la época ridiculizaron el debate entre las diputadas, indicando que aun siendo tan pocas no eran capaces de ponerse de acuerdo.

A partir de la revolución francesa, los movimientos ilustrados plantearon la necesidad de establecer un sufragio universal, además de garantizar la igualdad de otros derechos civiles. Sin embargo, las mujeres continuaron sin poder ejercer como ciudadanas de pleno derecho hasta bien entrado el siglo XX, al menos en Europa, siendo Finlandia la pionera en este sentido, estableciendo el sufragio femenino en 1907 y siendo también el primer parlamento que dio escaños a las mujeres. A nivel mundial, el primer territorio en aprobar el sufragio femenino fue las Islas Pitcairn, territorio británico de ultramar, en 1838, siendo Nueva Zelanda el primer país “importante” en asegurar este derecho al hacerlo en 1893. Como curiosidad, indicar que la primera vez que se aprobó el sufragio femenino fue en Nueva Jersey en 1776, cuando por error se utilizó la palabra ‘personas’ en lugar de ‘hombres’, lo que en la práctica reconocía el derecho a voto de las mujeres. En 1807 se corrigió el ‘error’.

Si bien se han producido importantes avances a nivel de igualdad, aún queda un largo camino por recorrer. A día de hoy, las mujeres lo tienen más complicado que los hombres, son muchos más los obstáculos que deben superar; necesitan mayor esfuerzo, más trabajo, más preparación… para obtener lo mismo. Por suerte, tienen mayor capacidad, tesón, resistencia…, en resumen, son el sexo fuerte. Pero por desgracia, en una sociedad tan injusta eso no resulta suficiente. Por tanto, el camino no resultará fácil, aunque la buena noticia es que la mujer está capacitada para recorrerlo. En este sentido y para concluir, me gustaría recordar las palabras del padre de Emilia Pardo Bazán: «mira, hija mía, los hombres somos muy egoístas, y si te dicen alguna vez que hay cosas que los hombres pueden hacer y las mujeres no, di que es mentira, porque no puede haber dos morales para dos sexos».

Lander Beristain

Lander Beristain

Lander Beristain, San Sebastián (Gipuzkoa) 1971. Siendo el menor de tres hermanos, se crió en el seno de una familia de clase media que además de aportarle su cariño, le inculcó el gusto por la educación y la cultura, así como unos valores personales marcados a fuego que aplica en todos los aspectos de su vida y proyectos en los que se implica.

Pasó su infancia en Deba (Gipuzkoa) y posteriormente se trasladó a vivir a San Sebastián.

Apasionado de la literatura y de la historia del imperio romano, así como de las novelas históricas que leía en diversos idiomas, tuvo que relegarlos a un segundo plano para acometer sus estudios de Ingeniería industrial en la Universidad de Navarra y desarrollar una carrera profesional estable.

Con infinidad de ideas en su cabeza comenzó a escribir “El Consejero de Roma” en 2017, tardando 2 años en confeccionar el primer borrador. Posteriormente fue puliendo diversos detalles y aspectos, antes de presentarlo a “Las nueve musas ediciones” para su edición, de forma que quedase listo para ver la luz. Un momento tan esperado como ilusionante.

Reseñas literarias

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