Las nueve musas

Las Moradas de santa Teresa

Promocionamos tu libro

A veces hay que volver a los clásicos. Me gustan porque trasladan al lector sus experiencias y lo hacen con un reposo que calma, como si las frases se hubiesen ordenado para durar, sin perder espontaneidad.

Santa Teresa
Santa Teresa por Fray Juan de la Miseria

Teresa de Ávila, más tarde, santa, escribe no solo porque esté segura de aquello que dice, sino porque es sincera, son verdad sus vacilaciones, también los obstáculos son verdad, se trata de testimonios sobre algo desconocido. El relato tiene interés en sí mismo, la palabra ha de volver al punto de partida, porque la meta es inefable. Distingue entre sus intérpretes, prefiere dominicos o jesuitas, ya que muchos no están preparados para recibir determinadas informaciones y, estos escritos podrían confundirse con devaneos superficiales, rarezas, deseos de llamar la atención.

Teresa aclara y transcribe sus pensamientos porque lo piden sus superiores, con quienes suele tratar sobre espiritualidad. Cuando escribe, recuerda, conoce y profundiza. Sus textos no son un manual de instrucciones, sino que muestran actitudes, evocan estados, meditaciones, que considera han favorecido su vida espiritual, y lo hace para contribuir a la formación de las hermanas de su Orden, las nuevas descalzas, que se  constituyen como el lector, a quien sin rodeos, puede declarar experiencias,  con una escritura cercana al curso oral, que reconoce como propia de mujeres, otras al modo epistolar, y siempre desnuda de retórica: estos monasterios de nuestra Sra. del Carmen tienen necesidad  de quien algunas dudas de oración las declare y que le parecía mijor se entienden el lenguaje unas mujeres de otras, y con amor, que me tienen les haría más al caso lo que yo les dijese…

La naturaleza misma de la divinidad y sus manifestaciones se enuncian como indescriptibles. Todo lo desconocido implica un riesgo, explorar esta nueva realidad y dar cuenta de ese viaje, es algo que llevarán a cabo unos pocos. A menudo se nos ha dicho que estas experiencias son inenarrables, aunque sean miles los libros que las tratan, contradicción ponderativa que parece indicar la dificultad de su relato. De ahí que proceda a trasladar un conocimiento alcanzado en su relación con la divinidad. Y para hacerlo prueba palabras, comparaciones, metáforas, que objetiven una materia sobre la que la lengua carece de términos específicos, el místico se enfrenta a un continente nuevo, otra América, que está por describir. La lengua, gracias a este esfuerzo, ensancha su capacidad comunicativa.

¿Qué busca? La respuesta queda al azar de esos posibles encuentros en los que descubrirá quién es el otro. Y, puesto que sucede como una entrega amorosa total, el yo y el otro, se muestran, cuando logran la unión, el gozo es tal que ya no es posible comparación alguna, la palabra se anula y sólo la nada, porque supera al todo, es capaz de expresar esta cumbre de celebración. Teresa elige la biografía y el ensayo como géneros para formular su experiencia. Así lo podemos ver en Las moradas del castillo interior.

Formada en el primer periodo del Renacimiento, cuando era posible la lectura de libros imprescindibles para alcanzar una formación sólida, antes de que el Concilio de Trento prohibiese su lectura. El escritor escribe de memoria de ahí que sea fundamental este recuerdo. Sin embargo, quizá debamos preguntarnos sobre lo que encuentra, qué cosas quedan tras esa ola que todo lo arrasa. Es por naturaleza lo desconocido, y así debe permanecer. Tratemos de averiguar qué ha conseguido, pues su camino, que empezó con la renuncia, ahora, cuando ya no tiene nada, parece que lo tuviese todo.

Se ha entrado en posesión de algo que antes aparecía disperso, o bien no existía. En el estar desposeído, reposa ese yo, que ahora se siente completo, goza de plenitud. ¿Por qué? Quizá porque una vez que se ha desasido de todo lo mundano, del honor, como gustaba decir Teresa, en su soledad, ahora se conoce. Conocerse tal como es, supone su mayor conquista. Este yo, puede hablar sin palabras, con el otro. Independientemente de la creencia o fe que se practique, el vacío, la nada, en la que el yo se encuentra, le permite recorrer el camino, no importa si va o vuelve.

En Las Moradas, cuenta Teresa su experiencia, narra un pasado, que ya no lo es, porque la temporalidad como límite ha desaparecido. El hombre es un viajero en el tiempo, no es resultado de una elección, el hecho de su nacimiento lo arroja al camino. Recordemos algunos casos:

Ulises es el viajero del mundo griego, recorre el camino de vuelta, conocer es recordar, todo conocimiento no es sino reconocimiento. Se trata de una realidad al alcance del hombre, objetiva, racional. Moisés, atraviesa el desierto, pero no llegará a pisar la tierra prometida. Esta simbología, manifiesta la existencia de lo otro que, angustiado, busca el yo. No es algo que se haya conocido, sino un don, el reconocimiento, viene de arriba, es decir, es todo nuevo y ajeno, el yo no pone, sino que se dispone para ese encuentro, estar disponible constituye su ejercicio, se trata de un objetivo de fe. Moby Dick, es el viaje que persigue algo más que el mero beneficio comercial, metáfora de todo un pueblo, advierte que no se debe desviar el camino por causas personales, ya que, contractualmente, están vinculados a una comunidad que ha entregado sus ahorros para obtener unas ganancias. De ahí que, Ismael, significa Dios escucha, el único que se salva, deberá contar lo ocurrido. Aparentemente, el bien, como beneficio, y el mal, como resumen de todo el rencor, son los que se enfrentan aquí. Sin embargo, el mal encarnado en la ballena blanca, contra la que han luchado todos los arponeros, supera el rencor que mueve al capitán para elevarlo al mal del mundo, de ahí que el sacrificio del barco y la pérdida de la tripulación queden justificados, porque ahora quieren liberar a la humanidad de ese monstruo marino. Parece una lucha de poder en la que el barco tiene la misión de dominar la naturaleza, caso de vencer sin duda serán los reyes del mundo. En definitiva, podríamos decir que se trata de una cuestión de mercado.

Teresa de Jesús

Con la Metamorfosis de Kafka, el camino se hace interior, el personaje se ve como un verdadero escarabajo, el trabajo excesivo, las condiciones de vida, la relación con la familia, le han convertido en esclavo. El protagonista acaba aceptando esta realidad y, como consecuencia, quizá entienda que su desaparición beneficiará a la familia, liberada cuando muere. Kafka no posee ese componente épico que tiñe la empresa colectiva, griega, hebrea o estadounidense. El protagonista muestra un yo enfermo, un mal que afecta al conjunto de la sociedad, que hipócritamente tratará de librarse de esa conciencia, porque si la tomase como posible modelo, sin duda, la sociedad, tal y como existe, podría desaparecer.

Hechas estas consideraciones que, lejanas aparentemente, constituyen el espectro representativo de posibles trayectorias vitales. No olvidemos que, en la Edad Media, Gonzalo de Berceo no conoce la intimidad, descubrimiento que situaríamos en el Renacimiento.

¿Qué hacen las mujeres en los conventos promovidos por Teresa? No aceptan las reglas relajadas de los calzados y desean volver a la primitiva. La excepción de Kafka, se hace ahora más aceptable. La sociedad del XVI, no veía con buenos ojos ese conjunto de personas que se agrupaban para gozar de la pobreza en rigurosa soledad, sometidas a un horario rígido, a una alimentación pobre, que acabaría debilitando y enfermando a quienes practicaban ese rigor. Este extremo levanta el temor de que una singularidad excesiva, conduce a la perversión social, ya que podría tratarse de orgullo, soberbia, porque el no ser como los otros, tiene matices claramente luciferinos. ¿Se trata del paso previo a la intimidad? Quizá sería mejor pensar en la paradoja.

Para entrar a ese castillo interior del que habla Teresa, hay una puerta, la puerta es la oración. Dice que no importa si se trata de oración vocal o mental, que como sea oración ha de ser con consideración. Porque la que no advierte con quién habla y lo que pide y quién es quién pide y a quién, no la llamo yo oración, aunque mucho menee los labrios.

 La oración, entiende, será plenamente consciente, no rutinaria, ni adormecedora, piensa una a una las palabras, parte de un sujeto que se conoce, y se dirige a un determinado interlocutor, ha de tener también muy claro lo que se solicita. Teresa suele dirigirse a San José, de ahí que todos sus conventos lo tengan como santo tutelar, la Virgen María y, naturalmente, al Cristo, sobre todo en el camino de la Cruz. El Vía Crucis representa el viaje hacia la muerte y fin de su intervención en la tierra, a la que Jesús, por no haber renunciado, vivirá con plenitud agónica. Moisés contempla a lo lejos la tierra prometida, ahora, Jesús, sufre la angustia de la muerte, revela así el camino del dolor y la privación. Sin embargo, no hay una relación proporcional causa efecto, es decir, a mayor dolor, más gloria. Esta dependencia no existe, la angustia de la cruz que vive el hombre, es sólo angustia, desazón, no tiene noticia alguna de lo que va a recibir, y si creyese tenerla, probablemente se trataría de un espejismo, una visión engañosa, a partir de haber establecido analogías que nunca podrá contrastar.

¿Se trata de la vuelta a Ítaca? Para unos el regreso, aunque significa el triunfo por alcanzar la meta, no es definitivo, lo que importa es el viaje en sí, como estímulo y conocimiento. No obstante, la vuelta a Ítaca implica el verdadero saber pues se trata de reconocimiento. El destierro como metáfora de la estancia en la tierra, y ésta como lugar de peregrinación, supone también la existencia de otra cosa que se convierte en objeto de búsqueda. Si Ítaca es la casa del padre, la patria chica, entonces de algún modo se busca el origen, este encuentro, como vuelta a lo primero, tiene sabor renacentista.

¿Cómo van a viajar estas monjas que están encerradas de por vida?

Teresa descubre que la meta, el castillo, la morada, es interior, está dentro de cada uno, todos pueden tener acceso. El camino es la búsqueda de la intimidad y la autenticidad y, si se alcanzan, se obtiene la libertad. Ahora cabría preguntarse si, ¿la estancia en el monasterio, favorece este viaje? La respuesta, sin duda, es afirmativa. Aunque advierte que, esta facilidad, hay que ganarla. Para llegar, se han de atravesar períodos en los que el camino se ha perdido, desiertos, sequedades que colapsan esta búsqueda, por lo que aconseja: que saquéis de las sequedades humildad y no inquietud, que es lo que pretende el demonio.

Las moradas

 ¿A qué se refiere? A todo lo que es engañoso, este demonio unas veces ofrece atajos, otras, reposos, miedos, ideas que confunden el camino. Es un demonio que parece un anticipo barroco de aquel engaño de los ojos, que oculta la verdad, tuerce el camino. Tanto lo que se busca, como el lugar en el que se busca, están ocultos, escondidos, el hombre se podría definir como alguien que esconde, por sus distracciones, por sus fabulaciones. El tiempo siempre cubre lo que ha descubierto, de ahí que ha de ahondar, para que de nuevo encuentre lo que ha perdido. Además, este camino que ha de recorrer personalmente, no es igual para todos: Porque da el Señor cuando quiere y como quiere a quien quiere, como bienes suyos, que no hace agravio a nadie.

 Y como este camino es especial, para orientarnos en él no basta la inteligencia, el pensamiento, la imaginación, por el contrario, necesitamos otras cosas: que para aprovechar mucho en este camino y subir a las moradas que deseamos, no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho; y ansí lo que más os despertare a amar, eso haced.

 El carácter ensayístico de sus escritos se fundamenta en que toda experiencia, lectura o anécdota, Teresa, la aporta como argumento en el proyecto que persigue. Aunque sin duda, toda su originalidad reposa en el uso de expresiones cercanas, giros orales, de una espontaneidad que gustará a sus lectoras, porque las implica, las estimula para que comprendan, para que la sigan sin perder el hilo, porque es consciente de que el lector conventual, como todo hombre o mujer, es un ser distraído. Ya he dicho antes que esas distracciones son causa de confusión, sin proponérselo, esconden, ocultan. Leamos este preámbulo:

¡Válame Dios en lo que me he metido! Ya tenía olvidado lo que tratava, porque los negocios y salud me hacen dejarlo al mejor tiempo; y como tengo poca memoria irá todo desconcertado, por no poder tornarlo a leer y aún quizás si es todo desconcierto cuanto digo. Al menos es lo que siento.

 En pocas líneas redacta una especie de prólogo para avivar la benevolencia de sus lectores, ¿sería verdad esta imposibilidad de leer lo escrito? Si es así, recuerda a aquel Unamuno que escribe a lo que salga y quien, por supuesto, confirma que no vuelve a leer lo que ha escrito para darle esa unidad, esa organización, de lo bien hecho, ya que persigue lo que ha de ser completamente expuesto y bien entendido, como si hubiese descubierto la gramática sobre la que se asienta la realidad española. Esta falta aparente de orden, este supuesto desconcierto, nace en Teresa de un conocimiento profundo del ser humano, quien por naturaleza es inconstante, fragmentario.  Así a quien antes hemos considerado distraído, desde ahora llamaremos desconocido, porque el desconocimiento que tenemos de nosotros, convierte a la persona en secreto para sí mismo:

Estava yo ahora mirando escriviendo esto, que en el verso que dije: Dilataste cor meun, dice que se ensanchó el corazón, y no me parece que es cosa –como digo-que su nacimiento es del corazón, sino de otra parte aun más interior, como una cosa profunda. Pienso que debe ser el centro del alma, como después que entendido y daré a la postre; que cierto veo secreto en nosostros mesmos que me traían espantados muchas veces; y ¡cuántos más debe haver!

 El texto, concebido como un viaje hacia el centro, emblema de la ciudad renacentista, a menudo recuerda que tiene un carácter progresivo, porque en él se da cuenta de una experiencia que ya Teresa ha realizado, y lo que ahora está haciendo es volver a recorrerlo:

Paréceme que estáis con deseo de ver qué hace esta palomica y adónde asienta, que queda entendido que no es en gustos espirituales ni en contentos de la tierra; más alto es su vuelo y no os puedo satisfacer de este deseo hasta la postrera morada.

 La atención del lector se tensa así. En las Moradas sextas dice que son aquellas adonde el alma queda herida del amor del Esposo. Las dificultades van siendo cada vez mayores, de ahí que advierta a sus hermanas del peligro que encierran algunos confesores:

Comencemos por el tormento de topar con un confesor tan cuerdo y poco esperimentado que no hay cosa que tenga por sigura; todo lo teme, en todo pone duda como ve cosas no ordinarias en especial si en el alma que las tiene ve alguna imperfección (que les parece han de ser ángeles a quien Dios hiciere estas mercedes, y es imposible mientras estuvieren en este cuerpo), luego es todo condenado a demonio u melancolía. Y de ésta está el mundo tan lleno, que no me espanto; que hay tanta ahora en el mundo y hace el demonio tantos males por este camino, que tienen muy mucha razón de temerlo y mirarlo muy bien los confesores. Mas la pobre alma que anda con el mesmo temor y va al confesor como a juez y ése la condena, no puede dejar de recibir tan gran tormento y turbación, que sólo entenderá cuán gran trabajo es quien huviere pasado por ello. 

Teresa de Ávila
Educación de Santa Teresa, óleo de Juan García de Miranda

 Al comienzo dije que estos escritos estaban dirigidos a sus monjas, sin embargo, ahora, me parece que, con toda claridad, están dedicados al contexto conventual, por tanto, también, y muy especialmente a los confesores para que conozcan los procesos, avatares en los que sus confesadas están inmersas y de ese modo ni se escandalicen, ni las perturben. Teresa alcanza aquí profundidad didáctica, ya que por alusión influye directamente sobre su comportamiento. Ocurre que, al avanzar, la claridad es tanta que aumenta la dificultad para transcribirla, y tratar sobre esas cosas con alguien, que no tiene experiencia, supone estar condenado al fracaso:

Porque son unos impulsos tan delicados y sotiles, que proceden de lo muy interior del alma, que no sé comparación que poner que cuadre.

Ni ella misma lo tiene claro:

No sé a qué propósito he dicho esto, hermanas, ni para qué, que no me he entendido.

 Y llegamos a las séptimas Moradas: primero que se consuma el matrimonio espiritual métela en su morada, que es esta séptima.  La presencia de Dios es comparable a esta situación: digamos ahora como una persona que estuviese en una muy clara pieza con otras y cerrasen las ventanas y se quedase a oscuras; no porque se quitó la luz para verlas y que hasta tornar la luz no las ve, deja de entender que están allí.

 Teresa nunca pierde el sentido de su realidad, ella es mujer, es humana y, aunque consiga gozos o bienes espirituales especiales, funde conventos o escriba a reyes, no olvida que desde su pequeñez se comunica con la plenitud a la que comúnmente llamamos Dios. De ahí que diga:

Creedme que Marta y María han de andar juntas para hospedar al Señor y tenerle siempre consigo.

 Cuando se han recorrido todas las estancias, termina el viaje, hemos caminado desde los alrededores del castillo, donde crecen plantas,  abundan las sabandijas, expuestos al sol, hasta las cámaras interiores, donde apenas servía la palabra para decir lo que veía, unas veces ha descrito directamente, otras se ha detenido en interpolaciones, ha encontrado imágenes que condensaban su teoría, quizá la más interesante, ha sido su referencia al gusano de seda y su proceso, una manera perfecta de hacer ver con claridad la transformación que se da en el ser, sirviéndose de esta metamorfosis. Otras, se ha distraído hasta perder el argumento del discurso, pero ya he dicho que se trata de un ensayo y con él consigue la atención de hermanas y confesores que le acompañan en su primordial descubrimiento, esto es que, cada persona es un templo, o lo que es lo mismo, nadie es más que nadie.

Ahora, cumplidos los sesenta y dos años, en el epílogo confiesa que da por bien empleado el tiempo que ha invertido en este trabajo, pues conduce a la libertad interior de sus hermanas, pese a los ruidos de su cabeza, a su edad, a sus ocupaciones, porque: me parece os será consuelo deleitaros en este castillo interior, pues sin licencia de los superiores podéis entraros y pasaros por él a cualquier hora.

Última actualización de los productos de Amazon el 2024-02-23 / Los precios y la disponibilidad pueden ser distintos a los publicados.

JOSÉ LUIS MARTÍNEZ VALERO

José Luis Martínez Valero

José Luis Martínez Valero. Águilas, 1941

Catedrático de Enseñanza Media de Lengua y Literatura Españolas.

Ha publicado: Poesía (1982), La puerta falsa (2002), La espalda del fotógrafo (2003), Tres actores y un escenario (2006), Tres monólogos (2007) Plaza de Belluga (2009) El escritor y su paisaje (2009) Libro abierto (2010), Merced 22 (2013), Daniel en Auderghem (2015), Puerto de Sombra (2017), Sintaxis (2019), Otoño en Babel (2022).

Ha coordinado el ciclo de Poesía en el Archivo (2007, 2008 y 2009).

Guionista en los documentales: Miguel Espinosa y Jorge Guillén en Murcia.
Aguafuertista e ilustrador.

Reseñas literarias

Añadir comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

  • Poemas del Botánico
  • El consejero de Roma
  • palabras
  • ayer-soñe-coverv1-1epub
  • La ópera de México
  • La Apoteosis de la inercia

  • Dadme a vuestros rendidos
  • Entretanto, en algún lugar

  • Poemas del Botánico
  • Espacio disponible para tus productos o servicios
Raiola Networks