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La pulsión urbana de Laura Mora

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La estética urbana de Medellín cuenta en la actualidad con la expresión de la imagen en movimiento gracias a realizadores audiovisuales que representan tradición y futuro: “Rodrigo D., no futuro” (1987); “La mujer del animal” (2017) de Víctor Gaviria (1955); “Matar a Jesús” (2018) y “Los reyes del mundo” (2022) de Laura Mora (1981); y “Los nadie” (2016) de Juan Sebastián Mesa (1989).

Laura Mora
Laura Mora y Víctor Gaviria

Este artículo es la continuación La estética de La Medellín urbana, breve recuento. En los diferentes artículos se busca la conexión entre la obra y el artista desde las líneas de historia intelectual, lo que implica buscar los indicios sobre la educación sentimental de los autores; el imaginario de ciudad individual y colectivo y el sentido de la ciudad que se expresa en las obras.

Sus primeros pasos por la ciudad

Laura Mora se considera participe de una generación solitaria y lo expresa en términos del movimiento cinematográfico de la ciudad. En la actualidad recoge el legado narrativo de Víctor Gaviria quien es su maestro y la ha acompañado en su búsqueda narrativa del actor natural, en la manera como explora y explota esta técnica que requiere de un vínculo cercano con la persona que expresa su vida desbordando el plano de la cámara.

Muchos de los nacidos en la Medellín de los años 80 son huérfanos porque perdieron a sus padres o referentes vitales durante la aciaga oleada de violencia. Laura Mora piensa que hay un vacío en la producción de obras cinematográficas por parte de los jóvenes realizadores y que luego viene una generación de directores treintañeros que se formaron en las facultades de comunicación aportando con sus cortos y largos metrajes en ficción y documentales paisajes visuales y sonoros que nutren la imagen estética de la ciudad.

Laura Mora destaca colectivos de realizadores audiovisuales como Monociclo, Rara y a Juan Sebastián Mesa, entre otros. Dice sentirse sola porque en sus primeros años de formación audiovisual no habían escuelas de cine en la ciudad y reconoce que su educación sentimental con el cine se dio gracias a los cineclubes de la Universidad de Antioquia, especialmente con los programas de Luís Alberto Álvarez en espacios como El Colombo Americano y el Teatro Libia en el parque de Bolívar.

Apreciar las películas de Víctor Gaviria le permitió generar una relación con la ciudad ya que se vio influenciada por Rodrigo D No futuro y su banda sonora que es un hito del punk colombiano. Este fue un motor con el que se identificó y que además le permitió reconocer a la ciudad marginada.

“El cine es poderoso” –dice Víctor Gaviria- “y abrió los ojos a los medellinenses”. Laura Mora aun conserva sus registros de los conciertos de punk que son para la ciudad un material invaluable. A los 18 años Laura Mora conforma un grupo de punk llamado La zorra y tuvo la oportunidad de cantar sus canciones ante sus referentes, Mónica de I.R.A y Vicky Yolanda de Fértil Miseria. Esta fue una época en la que atravesó como caminante a la ciudad.

La relación con Medellín para los cineastas es muy particular

Los cineastas de Medellín tienen una relación extraña con la ciudad. Yo no creo que haya  una cinematografía más intensa en su relación con la ciudad que la paisa (Laura Mora).

Esto lo dice en relación con lo que se reconoce como las tres grandes escuelas narrativas del cine regional: Bogotá, Cali y Medellín.

Yo también puedo

Laura Mora tiene una sensibilidad poética, sonora y visual, que está atravesada por una ciudad que le ha dado amor aunque también la ha hecho participe de la tragedia pues se siente traicionada por esta cuando pierde a su padre por la violencia incontenible que se desata en la ciudad. En este sentido se expresa Laura Mora como la joven Electra y es atravesada por esa pulsión de la ciudad tanática que la ha tocado. Para Laura Mora “Medellín es una ciudad que crece y cambia mucho, pero no se trasforma, no trasciende”, pues siguen vigentes las dinámicas de exclusión y marginación y esa incapacidad de escucharnos, leernos y sentirnos para integrarnos.

Cuando rodaba Matar a Jesús (2018) pensaba en los barrios y sus dinámicas de exclusión con un sector privilegiado que cada vez se trepa más hacia el sector de Llano Grande para evitar los campamentos urbanos generados por la masificación social que produce el sistema económico y que ejerce presión sobre el área metropolitana desbordando la capacidad habitacional que lleva a Medellín a una constante crisis climática y ambiental.

Laura Mora evita en sus películas registrar los sectores privilegiados de la ciudad, lo hace de manera consciente, como acto de respuesta ante la negación constante del pensamiento hegemónico que oculta a la ciudad marginada. En esta medida la ciudad la confronta, remueve sentimientos, sobre todo esa ciudad que vivió en los años 90, cuando era apenas una jovencita que padecía el duelo por la pérdida de su padre.

medellín

Nota. Se extraen, de manera respetuosa, los fragmentos de la conversación que tuvo Laura Mora con Víctor Gaviria en el homenaje Víctor Gaviria el actor natural el miércoles 12 de junio del presente año. Se toma esta decisión porque la directora de cine expresó a profundidad durante el dialogo los tópicos que son de interés para el interesado

La aventura de vivir

El trabajo narrativo con el actor natural que elabora un personaje con fuertes elementos autobiográficos es para la directora de cine una “aventura de vivir, porque si el otro no lo veta a uno, uno tampoco lo puede vetar”. De esta manera hay una reciprocidad porque “se atraviesa esa frontera invisible, esa tara mental que confronta, que pregunta y que remueve sentimientos”. Laura Mora recuerda su juventud en los 90 y dice sentirse libre, fue aquello que en Colombia se reconoce como “atravesada” es decir, aventurera y llena de arrojo. En 1993 “Medellín era una ciudad adolorida, tierra de nadie con tanto muerto, con tanto fantasma, con tanta intensidad”… Sin embargo, Laura Mora quería beber de esa ciudad todo el tiempo: “Esa Medellín, ese mundo era nuestro”.

La violencia nos ha hermanado

“La violencia nos hermana como ciudad”. Laura Mora confiesa que habla mucho con los chicos que trabajan como actores naturales en su película Los reyes del mundo (2022). Y les dice que ella siente que esa orfandad que los caracteriza, porque como a ella “la mayoría ha perdido a sus padres y estamos atravesados por el dolor y en ese dolor nos encontramos” y es por esta razón que ese dolor que los atraviesa, los hermana y los democratiza. “Es horroroso, pero como dice Laura Rocha: ‘hacemos lo que hacemos por la belleza y la justicia’, es lo que nos hace hacer cine”.

La vocación por hacer cine estaba súper definida

Lo que pasa es que muy al contrario de una generación que hace un cine muy auto referencial, en cambio, los autores que más me han interesado son los que han mirado el mundo que los rodea y no necesariamente el mundo autobiográfico. Yo nunca me imaginé haciendo ese tipo de cine y quizás por eso me demoré tanto en rodar Matar a Jesús, o en hacer un documental. Me gusta mucho ver aquellos autores que me enseñan a comprender el mundo desde la distancia, por ejemplo, esa sana distancia de quien mira y puede contar una historia muy humana: Theo Angelopolus (1935 – 2012) y Víctor Gaviria.

La pérdida de mi padre es muy dura y necesariamente marca mi relación con la ciudad y con el cine

Yo tengo esta memoria cuando a mi papá lo mataron, yo sentía que era tan hija de Medellín… Cuando estaba buscando locaciones para rodar Matar a Jesús, yo me acuerdo que me quedé sola en la Estación Metro de Prado y me quedé mirando a Manrique al anochecer y se me salieron las lágrimas porque pensaba que no me iba alcanzar la vida para contarla (tenía por aquella época 35 años y aún no había filmado mi primera película). Yo tengo un tema con el tiempo, me dio mucha angustia de no poder contarla. Ahora me parece extraño porque esa ciudad que yo sentía que me había traicionado por el asesinato de mi papá (…) yo me iba para los miradores de la ciudad y la putiaba… Tenía mucha rabia y tuve que salir, pasé cinco años por fuera y regresé y me reconcilié. Yo tenía muy claro dónde estaban las locaciones de Matar a Jesús (…)

Esa capacidad para matarnos tan viva

(…) Pedro Lemebel decía que venimos con un ala rota, vivimos esa paradoja de ser excesivamente amables y esa capacidad para matarnos. Es muy raro, paradójicamente me reconcilié con la ciudad, decidí vivir en la ciudad y ahora me he distanciado. He conocido una nueva forma de maldad y he conocido otras formas de maldad y eso me ha alejado nuevamente de la ciudad en los últimos años me he distanciado. Eso hace que ya  no me maraville tanto la ciudad. He conocido una nueva forma de maldad que me hace entender que estoy en un momento extraño con la ciudad.

Cargo con una vulnerabilidad

Laura Mora sostiene que ha sido víctima de un maltrato, que carga con una vulnerabilidad distinta por ser mujer y que la han cuestionado, le han exigido un compromiso maternal. “La manera como me han vulnerado, me han extorsionado, eso me ha maltratado de una manera particular”.

Hacer una película es una aventura increíble

Sin un actor natural no existirían Los 400 golpes de Truffaut, Lazzaro feliz de Alice Rohrwacher, Vsévolod Ilariónovich Pudovkin y su teatro: el actor es una decisión estética y cada quien encuentra quien lleva mejor esa narrativa… El actor natural es más difícil de contener en el plano. Y así se mira la vida que pasa. ¿Cuánta necesidad tiene el otro de existir para el otro? Esa necesidad de contar la vida de manera abierta, de dejar un recuerdo de que por aquí se pasó y dejó un testimonio. Esa necesidad de ser escuchado.

La directora de cine tiene preguntas  e intuiciones sobre el arte cinematográfico que son propias y su vínculo emocional con Medellín es ambivalente. La artista, la ciudadana, ha tomado su propio camino y lo ha seguido con el pálpito de su corazón. Laura Mora expresa en sus palabras una fuerte pulsión, una intensidad franca ante la vida, ante su memoria y el tiempo presente.

Olmer Ricardo Cordero Morales

Olmer Ricardo Cordero Morales

Pertenezco a la Generación Perdida que creció en medio de la guerra contra el narcotráfico en las décadas de los años 80's y 90's.

Me considero un "medellinologo", soy un investigador urbano que se ha dejado atrapar por una ciudad tan compleja, a la cual todos sus poetas y escritores mayores le han cantado con una profunda mezcla de amor y odio.

Desde muy temprana edad me entregué a la literatura que es mi pasión. A los quince años asistí al Taller de Escritores dirigido por Manuel Mejía Vallejo en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. A los 18 años ingresé a la Facultad de Economía de la Universidad Nacional de Colombia, allí empecé a participar en la actividad cultural y política de la ciudad, fundé junto con otros jóvenes ingenuos y soñadores grupos de poesía y teatro, también realicé documentales.

Soy egresado en Letras: Filología Hispánica, Universidad de Antioquia.

En 2015 gané el premio de Crónica: Belén sí tiene quien le escriba, con la obra “La calle, la esquina, el barrio”. Soy docente, periodista y corrector de texto y estilo. En 2018, publiqué la novela, La flor de los 80’s. En 2022, ocupé el segundo puesto en el IV premio de Relato Breve convocado por Las nueve musas, revista digital de España.

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