Las nueve musas
Logia

La Logia de las Celdas de Terciopelo

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Se mueven en un círculo lento, con ropa deportiva técnica que cuesta más que el salario anual de cualquier custodio. Son académicas, estrategas y herederas que convirtieron sus acciones en una extensión del bienestar.

Isabel “La Rectora”, una mujer que dirigió universidades, pero que cometió un error infantil, quebrarse la cutícula con el pomo de una puerta para dejar al descubierto lo que a la ciencia es irrebatible, su ADN:

​—No se siente como lo imaginan los demás, ¿verdad? —dice, mirando al horizonte de muros electrificados—. No hay ráfagas de culpa ni gritos internos que te desgarren; solo hay un momento donde todo encaja. La emoción es un lujo que no se pueden permitir; mientras otros lloran, nosotras solo observamos para continuar.

​Beatriz, una ex-deportista de alto nivel, asiente sin dejar de caminar:

​—Exacto. En ese instante, no hay moral ni arrepentimiento, solo el acto preciso ejecutándose por pura inevitabilidad. Observen cómo la vida abandona el cuerpo de la víctima en fragmentos… es fascinante en su absurdo. Cúlpense solo de la logística, de los detalles que no controlaron: el peluche, los vecinos, la explosión innecesaria. La idea es perfecta; la ejecución, humana. Y a veces la humanidad es torpe.

​Sasha, una analista financiera que liquidó a su junta directiva para heredar un industria logística, interviene ajustándose el cabello:

​—Nada de lo que llaman “pasiones” tiene que estar presente. Ni el odio ni el miedo. Si no actúas ahora, todo se desmorona. Es más limpio, más rápido, menos ruidoso. Aprendes a administrar el caos. El “ten compasión” es una máscara; su verdadera cara tardarás en reconocerla. Si la supuesta víctima pudiera matarte, lo haría.

​—Aprendan a ordenar el tiempo como un objeto tangible —interrumpe Elena, una cirujana que utilizaba sus manos para salvar vidas de día y apagarlas de noche—. Observar y esperar se vuelven armas. La locura no es un enemigo si aprendes a convivir con ella. Yo no me permito la culpa. Todo lo que no funciona lo aparto. Lo demás es ruido de fondo. Y claro que sí, cobre por los órganos de mis pacientes, por eso les acelere las marchas, y les digo algo, este encierro es temporal, en un par de años volveré a la calle con una fortuna que me espera.

​La Matriarca del Underground, una mujer que crió a sus hijos entre bibliotecas de primera y campos de entrenamiento clandestinos, se detiene en seco. El círculo se frena con ella.

​—Dureza y humor negro son mis herramientas —suelta, clavando la vista en las demás—. Desde que vi que el mundo no protege a nadie, entendí que lo único que podía darle a un hijo era una combinación de realidad cruda y sarcasmo. ¿Culpable? Esa palabra no existe. Sí, lo empujé y lo seguiré haciendo. Si no aprende a manejar la mierda de la vida ahora, sufrirá mucho más tarde. — Te regalo esa pistola el día de tu cumpleaños para que le dispares en el cráneo — le dije al muy tarado.

Si tiene que prostituirse o vender droga, que lo haga, pero esos malditos no se merecen menos que la muerte.

​—Es eficiencia —añade Sasha con una sonrisa ladeada—. No se trata de ser queridos, se trata de ser útil. Mi amor es una herramienta, no una almohada para idiotas.

​La Matriarca retoma, cerrando el espacio entre ellas, su voz bajando a un susurro de autoridad absoluta:

​—Quiero que mis hijos sean implacables, pero inteligentes. Que rían de la miseria y sobrevivan a la traición. La vida no se pide, se toma. Mientras otros se confunden con moralidades estúpidas, ustedes sabrán exactamente qué hacer con quienes se arrastran. La obediencia es un reflejo de su valor o de su inutilidad. Yo observo, decido y actúo; que otros mueran es simplemente efecto secundario de mi lógica.

​Se miran entre sí. No hay afecto, solo el reconocimiento de una especie superior que el sistema no ha logrado domesticar.

​—Monstruo no es insulto; es descripción precisa —concluye Isabel—. Lo que llaman moralidad es un lujo que no necesito. Yo vivo en la claridad de lo que soy. Que el miedo y el respeto se confundan cuando pronuncien mi nombre. Que la obediencia y el caos se mezclen y que nadie olvide que, mientras existí, todo estaba bajo mi regla.

​Se quedaron un momento en silencio, sintiendo el peso de su propia verdad bajo el sol.

​—Somos la Logia —repitieron en coro, una sentencia seca y final, antes de inclinarse con una sincronía perfecta y retomar su marcha.

**

—En tres años —soltó Isabel, rompiendo la formación de la fila para quedar frente a frente—, quiero que el aire huela a salitre y no a este hormigón de mierda. Una isla privada en el Egeo. Mi contacto en Grecia ya tiene las coordenadas.

​—Grecia es demasiado obvia para gente como nosotros —replicó Sasha, limpiándose una mancha invisible de su chaqueta técnica—. Prefiero el interior de Islandia. Un búnker de cristal, aguas termales y absoluto silencio. Sin turistas, sin rastro digital. Tres años es el tiempo justo para que nuestras “inversiones” terminen de madurar bajo tierra.

​—Me da igual el paisaje mientras la carta de vinos sea decente y no haya que pedir permiso para respirar —intervino Elena, la cirujana, con una sonrisa obligada—. Pero para que ese viaje suceda, el Alcalde tiene que dejar de ser un obstáculo. Ese imbécil cree que su honestidad es un escudo, cuando en realidad es su sentencia.

​Reordenaron la fila de nuevo, esta vez más apretada, para que la conversación no saliera.

​—El Alcalde Mendoza —masculló la Matriarca, y su voz era puro veneno—. Un hombre de familia, de esos que creen que el mundo se arregla con reglamentos. Su hijo mayor cumple dieciocho en siete meses. Le envié un “regalo” preventivo: una beca completa para una universidad que yo controlo. El chico ya está en mi red.

​—No vamos a matarlo rápido —dijo Beatriz, la exdeportista, con calma—. Eso sería un error táctico. Necesitamos que su salida parezca un colapso moral. Elena, ¿y qué tenemos en el botiquín para el alcalde?

​—Un cóctel de escopolamina y derivados sintéticos que no dejan rastro en el tejido cardíaco —respondió la cirujana con precisión profesional—. Se lo inyectaremos en el café de los lunes. Empezará con lagunas mentales, luego paranoia. En tres meses, él mismo firmará nuestras órdenes de traslado a un centro de baja seguridad “por error administrativo” antes de pegarse un tiro en su oficina. O mejor aún, antes de que su propio hijo, debidamente instruido, lo encuentre en una posición comprometedora y termine el trabajo por nosotros.

​—Logística perfecta —sentenció Isabel—. Limpio, irónico y con ese toque de humor negro que nos define. El Alcalde no muere por ser malo, muere por ser predecible. Su honestidad es el punto y aparte de nuestra salida.

​La Matriarca observó a una guardia que las miraba desde la torre; la mujer apartó la vista de inmediato, presa de un pavor instintivo que no lograba explicar.

​—Entonces está decidido —concluyó la Matriarca—. En tres años, brindaremos sobre las cenizas de ese cerdo. El mundo cree que nos tiene bajo llave, pero solo estamos tomando un descanso para afilar los colmillos.

​—Por la Logia y por el viaje —repitieron en un susurro que el viento del patio dispersó como una amenaza invisible.

​Se dieron la vuelta al unísono, caminando hacia el interior del edificio. El sol seguía brillando, pero para el Alcalde y su mundo de leyes, la oscuridad ya había comenzado.

Juan Carlos Vázquez 

Olmer Ricardo Cordero Morales

Olmer Ricardo Cordero Morales

Pertenezco a la Generación Perdida que creció en medio de la guerra contra el narcotráfico en las décadas de los años 80's y 90's.

Me considero un "medellinologo", soy un investigador urbano que se ha dejado atrapar por una ciudad tan compleja, a la cual todos sus poetas y escritores mayores le han cantado con una profunda mezcla de amor y odio.

Desde muy temprana edad me entregué a la literatura que es mi pasión. A los quince años asistí al Taller de Escritores dirigido por Manuel Mejía Vallejo en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. A los 18 años ingresé a la Facultad de Economía de la Universidad Nacional de Colombia, allí empecé a participar en la actividad cultural y política de la ciudad, fundé junto con otros jóvenes ingenuos y soñadores grupos de poesía y teatro, también realicé documentales.

Soy egresado en Letras: Filología Hispánica, Universidad de Antioquia.

En 2015 gané el premio de Crónica: Belén sí tiene quien le escriba, con la obra “La calle, la esquina, el barrio”. Soy docente, periodista y corrector de texto y estilo. En 2018, publiqué la novela, La flor de los 80’s. En 2022, ocupé el segundo puesto en el IV premio de Relato Breve convocado por Las nueve musas, revista digital de España.

Corrección de textos

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