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La infancia en la Antigua Roma

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Los tiempos cambian, pero no todo mejora

Cuando uno analiza la infancia a lo largo de la historia, queda impactado con situaciones que antaño resultaban habituales y que hoy no nos atrevemos ni a imaginar.

Esto no impide que seamos conscientes, aunque a menudo miremos para otro lado, de que en ciertos lugares y culturas, más próximas de lo que nos gustaría creer, aun se producen. Analizando la educación en nuestro país, podemos asegurar que, en muchos aspectos, la evolución ha sido positiva, civilizada, pero no en todos, ya que hemos pasado de un extremo al otro. Si antiguamente los niños llevaban demasiada carga desde muy temprana edad, ahora se les quita demasiadas piedras del camino. No tenemos más que ver que nuestros padres eran ya adultos a los 18 años, mientras nosotros no lo fuimos hasta los 25, y la perspectiva es que nuestros hijos no lo sean hasta los 40, cuando ya no estemos para solucionar sus problemas y no les quede más remedio que hacerlo ellos mismos. No debemos ponerles las cosas tan fáciles, la vida debe ir dándoles algunas cornadas para que puedan estar preparados el día de mañana. Flaco favor les hacemos dándoles todo mascado. Como sabemos, “los tiempos difíciles crean hombres fuertes, los hombres fuertes crean tiempos fáciles. Los tiempos fáciles crean hombres débiles, los hombres débiles crean tiempos difíciles”.

Hace unos años, no tantos como los que creemos, o al menos, a los que hicimos la EGB no nos lo parece, la zapatilla de casa resultaba una herramienta educativa bastante efectiva. Las normas, el respeto y las obligaciones afectaban también a los menores. El profesor tenía la potestad de lanzarte el borrador bien empolvado de tiza, con su respaldo de madera, y calzarte una buena hostia… pero a ti te dolía más lo que vendría después en casa. Hoy día, por el contrario, si algo ni remotamente similar sucede, el progenitor de turno se presenta en el colegio o instituto para pedir explicaciones al respecto (por decirlo suavemente), si no es el mismo el que interpone una denuncia haciendo que el maestro se enfrente a serios problemas.

En definitiva, hemos pasado de un extremo al otro. Actualmente, los niños parecen tener todos los derechos pero ninguna obligación. Todo les viene fácil, sin esfuerzo. Les solucionamos los problemas bajo la presión de la inmediatez y el argumento juvenil del “yo quiero”…, en fin, no quiero ni pensar lo que les pasará a estas generaciones cuando se enfrenten a la vida sin más herramientas que su educación y su experiencia vital, sin olvidar que nuestras pensiones dependen de ellos. Prefiero vivir el presente y trabajar para asegurar mi futuro sin depender, en la medida de lo posible, de otros.

Pero la infancia ha cambiado mucho a lo largo de los siglos, las culturas y las generaciones. Nos encontramos con infinidad de “metodologías” en función de los objetivos pretendidos, consciente o inconscientemente, en cada sociedad y época.

Hoy en día, en España, entiendo que el objetivo es el de preparar a las generaciones futuras para mantener el modelo actual de estado (de “bienestar”, más para unos que para otros) y preservar el medioambiente, pero ¿lo estamos haciendo bien? A mí se me ocurren muchas preguntas, pero la mayoría de las respuestas no me agradan. Aunque está claro que educar no resulta sencillo.

La infancia en la Antigua Roma nada tenía que ver con la actual, afortunadamente, aunque en algunas cosas no nos vendría mal aplicar la metodología impuesta por un pueblo que conquistó naciones y fue la cuna de la civilización en occidente. No hablo del modelo patriarcal, ni de la potestad del “Pater Familias” de rechazar al hijo recién nacido (normalmente a una hija), sino de la cultura del esfuerzo, el aprendizaje y el sacrificio. No en vano los romanos desarrollaron infinidad de adelantos, organizaron las ciudades y maravillaron al mundo con su ingeniería, entre otras muchas cosas. Algo harían bien.

En primer lugar, y en relación al imperio romano, debemos dejar claro que la infancia y la educación varía enormemente de una clase social a otra y a lo largo de los siglos de su existencia, sin obviar la mezcla de culturas en los territorios que se iban anexionando. Debemos también tener en cuenta, que dependiendo de la fuente a la que hagamos referencia, las edades de niñez y juventud varían (hablamos de “infantia”, “puer”, “adulescentia” y “iuventa”). Por establecer unos valores generales, podemos decir que la infancia duraba hasta los siete años, la “pueritia” iba de los siete a los catorce, después comenzaba la adolescencia que duraba hasta los veintiocho, y finalmente la juventud, que iba hasta los cincuenta. En Roma, el pater familias tenía la máxima autoridad en el hogar, hasta el punto de ostentar el derecho sobre la vida y muerte de sus hijos. En este contexto es en el que debemos entender la expansión tan exagerada tanto de la adolescencia como de la juventud.

Expuesto lo anterior, debemos subrayar la sólida constitución de la familia romana, donde si bien la autoridad la tiene el padre, la madre es el alma de la misma. Digna y respetable, ejerce una labor fundamental encargándose del cuidado de la casa y de la educación de los hijos. La familia es entendida como el medio natural donde debe crecer y formarse el niño, y es en este ámbito en el que debemos entender la infancia en el viejo imperio.

En la Antigua Roma, las mujeres tenían un promedio de 6 a 9 hijos, siendo la mortalidad infantil muy elevada. Aproximadamente el 30% moría antes de cumplir el año, y uno de cada dos niños no llegaba a los 10 años. Para que nos hagamos una idea, en la España actual fallecen menos de 3 menores de un año por cada mil. Con estos datos, la esperanza de vida en el imperio rondaba los 30 años, si bien se trata de una cifra engañosa, ya que una vez superada la infancia y alcanzados los 20 años, era normal llegar a los 60 años. Como ejemplo podemos decir que Catón murió a los 85 años, Craso a los 62 , Nerva a los 68… y es más, la palabra Senado deriva del latín Senectus, es decir, el consejo de los ancianos. Lo sí debemos entender es que había un porcentaje muy elevado de mortandad infantil y durante el parto.

Estos primeros datos ya nos muestran que la infancia en la antigua Roma nada tiene que ver con lo que conocemos actualmente en nuestro país. Sin olvidar que algunos embarazos eran interrumpidos antes de llegar a término (los romanos ya poseían conocimientos y brebajes para provocar el aborto).

El nacimiento en sí ya resultaba una dura prueba, tanto para los bebés como para sus madres, pero lo que venía después, no resultaba tampoco sencillo para los infantes. Una vez nacido, el padre tenía la posibilidad de rechazar al neonato dentro del marco legal del derecho romano. El bebé era depositado a los pies del “pater familias”, que debía decidir sobre su futuro. Si lo levantaba y lo presentaba ante el fuego del hogar, declarándolo hijo suyo, sería acogido en la familia y recibiría los cuidados necesarios. En caso contrario, sería expuesto junto a la Columna Lactaria, o en los estercoleros públicos, donde sería abandonado a su suerte. Si la piedad de un particular no intervenía, moriría de hambre, frío, o devorado por los animales, si bien dicha “piedad” suponía habitualmente una vida de explotación y esclavitud. Normalmente se exponían a los bastardos y niñas, siendo la incapacidad económica para sacarlos adelante una motivación importante para ello.

El destino del bebé resultaba aún peor si nacía con algún tipo de discapacidad apreciable. En estos casos lo habitual era darles muerte, ya que consideraban que se trataba de alguna maldición divina, y asumían que se hacía un bien matándolo, pues no tendría ninguna posibilidad de sobrevivir en aquella sociedad.

A los bebes acogidos en la familia, los afortunados, se les asignaría un nombre en su dies lustricus (al octavo día para las niñas y al noveno para los niños), era entonces cuando se convertía en persona, y con ello entraba en la familia y la sociedad. Se les entregaría un amuleto en forma de colgante, una BULLA para los niños y una LUNULA en caso de las niñas. En ambos supuestos se trataba de favorecer la suerte en la infancia. Lógicamente, la calidad de los objetos y dones recibidos dependía mucho de la condición social, y difería en el caso de los esclavos, cuyo estatus no era el de persona. No obstante, si bien estos neonatos habían tenido la fortuna de ser acogidos, ello no significaba que lo tuviesen fácil.

Bulla
Bulla

Una vez aceptado el hijo por el padre, pasaba a poder de la madre, que se encargaba de su educación primaria y con la que permanecería hasta los 7 años.

Durante esta primera etapa, se formaba el carácter del infante, se adquirían los valores y se asentaban las bases de su personalidad. La madre dejaba su impronta imborrable que, a menudo, se acusaba en la edad adulta. Roma contó con mujeres que supieron educar a verdaderos líderes, como por ejemplo, Aurelia, madre de César, o Attia, madre de Augusto, que desempeñaron un papel esencial en la vida de sus hijos. Las mujeres del imperio supieron estar a la altura de sus destinos como sagaces y fieles consejeras de sus esposos e hijos, cuya suerte compartieron en muchos casos. Cuando la madre no bastaba, se elegía, como institutriz, a alguna pariente de edad madura, que sabía imponer, en todos los ámbitos, una atmósfera de elevada inspiración moral y serenidad.

En los casos de las familias bien posicionadas, resultaba habitual que la lactancia se encomendase a una “nodrix” (nodriza), normalmente una esclava que también se encargaba de atender al bebé en otros asuntos. Los primeros juguetes eran los sonajeros (crepitacula), y a éstos seguían otros como pelotas, muñecos, e incluso andadores para los primeros pasos. No obstante, el nivel social resultaba determinante, con lo que la vida de un niño del nivel inferior y la de uno del nivel más pudiente eran mundos aparte.

La infancia se entendía como un inicio, una primera edad, caracterizada por la ausencia del habla e inmadurez. Un tiempo de juegos, pero también de cuidados y protección, ya que los niños eran los más vulnerables, razón de la existencia de los amuletos infantiles. Pero a pesar de ello, nos encontramos en muchos casos con una infancia marcada por el trabajo, debido a las necesidades de las familias más humildes o a la incorporación al servicio de los esclavos. Las duras condiciones de vida que sufrían la mayoría, obligaban a que todos arrimasen el hombro en el hogar, con lo que la infancia de juegos y carente de responsabilidades se difuminaba rápidamente. La protección y el cuidado de la infancia se tornaban más breves cuanto mayor era la necesidad.

Uno de los aspectos importantes de la sociedad romana, y que marcará la educación, es el de la dureza y la entereza. Imperaba la disciplina, el respeto por las tradiciones, la familia y los antepasados. Se educaba para soportar las calamidades, para no derrumbarse, seguir adelante a pesar de las circunstancias. En este sentido, valga como ejemplo la gestión de la muerte de los hijos, un hecho que seguro resultaba tan doloroso como hoy día, a pesar de ser más habitual. Nos cuenta Cicerón que, “si muere un niño pequeño, hay que soportarlo con ánimo sereno, mientras que, si muere en la cuna, no hay ni siquiera que lamentarlo”. Se debía dar ejemplo social y mostrar que se soportaba el dolor. Desde la Monarquía no se guardaba luto por la muerte de infantes, y hasta los dies lustricus (cuando se elegía su nombre) ni siquiera se les consideraba personas. Las muestras de dolor por la muerte de un niño eran censurables. Séneca escribió, “Son innumerables los ejemplos de quienes enterraron a sus hijos jóvenes sin derramar lágrimas, quienes regresaron desde la pira al Senado o a otros cargos públicos y en seguida se ocuparon de otras cosas”.

Otro de los aspectos importantes de la sociedad romana, y que se plasma claramente en la educación es el respeto a los mayores. Un tema fundamental para el imperio y que por desgracia hemos perdido, relegado o dejado escapar en nuestra sociedad actual.

En la antigua Roma se valoraba la experiencia y sabiduría de los más mayores, eran vistos como pilares de la comunidad, considerándolos como fuente de consejo y guía para las generaciones más jóvenes. La vejez era considerada como una etapa de la vida digna de respeto y admiración, siendo la protección y el cuidado de los ancianos un valor central en su cultura. Ostentaban cargos de relevancia y contaban con leyes para su protección y cuidado, además de contar con ciertos privilegios.

Aproximadamente desde los siete años en adelante, el niño pasaba a depender del padre, al que comenzaba a acompañar en sus quehaceres diarios. Se le preparaba para la vida práctica a través de situaciones cotidianas reales. Se formaba viendo obrar y por medio de la enseñanza directa, por los hechos. La única regla consistía en respetar la tradición, como base de toda acción y pensamiento. La familia, la gens, y los ancestros, serán también otro de los ejes fundamentales de la educación y el desarrollo de los jóvenes. Resulta fundamental honrar a los difuntos y recordar las glorias de la familia, venerar e imitar las grandes gestas, asegurar la inmortalidad en la memoria de sus descendientes. Las niñas por el contrario seguían a cargo de la madre, que la preparaba y formaba para hacerse cargo de la domus, sin duda una educación sexista en una sociedad totalmente patriarcal.

Las enseñanzas también provendrán de maestros, tanto en casa como en la escuela, pero la educación se recibirá de los padres, aspecto fundamental, que parece hemos olvidado hoy día. A partir de los 6 años, aunque no había legislación específica para ello y las edades podían cambiar, los niños podían acudir a la escuela. Tampoco estaban obligados, por lo que los vástagos de la plebe, a esa edad, muchas veces empezaban ya a trabajar. Con salarios bajos y trabajos precarios, la expectativa era que sus hijos aportasen su granito de arena a la economía familiar desde temprana edad. La niñez resultaba breve en las familias humildes, donde los hijos apenas accedían a la educación. Solo unos pocos afortunados estudiaban, y con lo aprendido en el periodo escolar, normalmente no completo, adquirían las habilidades necesarias para obtener un mejor empleo. La mayoría quedaban analfabetos.

Los niños de corta edad se empleaban en diferentes áreas de trabajo, bien en las calles pregonando productos que estaban a la venta, siguiendo el mismo oficio que su padre, en las granjas, entrando como aprendices en otros oficios… normalmente se les asignaba tareas apropiadas para su edad. Si bien los niños eran enfocados a múltiples y diversos trabajos, generalmente las niñas se empleaban principalmente en el área doméstica o en la venta al por menor.

A los menores también se les encontraba trabajando en condiciones penosas y peligrosas, tales como en la minería, donde, por su tamaño, eran indispensables para ciertas tareas. Algunos restos de esqueletos infantiles encontrados en cementerios antiguos, muestran signos de trabajo físico duro. Los accidentes laborales también resultaban habituales.

La schola estaba regida por el calendario religioso, las clases se daban por las mañanas y era mixta hasta los doce años, después se separaba por sexos. En esta fase, los alumnos profundizaban en la lectura, la escritura y el cálculo. Aprendían los números romanos y recitaban las lecciones que previamente tenían que memorizar. La oratoria tenía gran importancia y era un aspecto que se cultivaba desde muy pronto.

schola
schola

Acabada esta educación primaria, solo los más ricos continuaban estudiando. La expectativa para estos jóvenes de familias acaudaladas era ser preparados para ocupar posiciones reservadas a la alta sociedad. Al no resultar obligatorio acudir a la escuela, algunas familias empleaban a un tutor para educar a sus hijos en casa. De esta forma, podían marcar un ritmo más acelerado y no verse limitados por el del grupo. Los niños que eran educados fuera de casa estarían acompañados en su camino de ida y vuelta a la escuela por un paedagogue, para ocuparse de los gastos y mantenerlos seguros cada vez que salían de casa, aspecto para el cual también podían incluir algún esclavo que además portase el material escolar.

A esta edad los niños vestían aún la denominada Toga praetexta (toga infantil), y pasaban aún tiempo jugando. No faltaban canicas, peonzas, aros, espadas de madera, pelotas, muñecas articuladas de madera o tela… además de entretenimientos como pares y nones, la gallinita ciega, cara o cruz, el escondite o el pilla-pilla.

A los 12 o 13 años, los estudiantes pasaban a la fase secundaria donde estudiaban latín, griego, gramática y literatura. Eran excepcionales las niñas que continuaban estudiando, y si lo hacían era en el ámbito doméstico junto a un preceptor, pues a los 14 años ya eran consideradas adultas, y por tanto podían entregarse en matrimonio. Encontrar un buen marido para reforzar la posición familiar resultaba fundamental en la sociedad romana.

En esta etapa, se daba una mayor profundidad a lo aprendido en la educación primaria, haciéndose especial hincapié en los textos escritos. La oratoria y la disciplina resultaban fundamentales si se deseaba ostentar una magistratura civil o militar en el futuro.

Legalmente, no había una edad para considerarse mayor de edad en el caso de los niños, pero pasaban a la vida adulta, dejando atrás la infancia, cuando el padre les otorgaba la toga virilis. El “pater familias” determinaba el momento y se realizaba una gran fiesta, con una ceremonia privada y pública, en la que el joven dejaba atrás sus objetos de la infancia y se adentraba en la vida adulta. Adquiría oficialmente la “tria nomina” o nombre triple. La toga virilis que le era otorgada, valía para distinguir al niño del adulto y al ciudadano libre del esclavo.

toga virilis
toga virilis

A los 16 años aproximadamente, los estudiantes accedían a la educación superior, que iniciaban trabajando la retórica, para continuar después profundizando en el derecho y la filosofía. A partir de ahí, comenzaban el cursus honorum, carrera pública, que incluía la formación militar. Los jóvenes de la clase senatorial, la más elevada en la sociedad romana, hacían carrera dentro del ejército, y su posición social les permitía comenzar como oficiales de alto rango.

Para el caso de la inmensa mayoría, familias humildes y trabajadoras, existía la opción de aprender un oficio. Los jóvenes entraban como aprendices a muy temprana edad. No obstante, como ya hemos apuntado anteriormente, eran muchas las casuísticas en la antigua roma y por desgracia, había una gran mayoría que no podía permitirse el hecho de dar una educación y/o formación a sus hijos. Se trataba de sobrevivir.

Tal y como he tratado de resumir, la infancia y la educación en la Antigua Roma poco tenía que ver con la actual. Una minoría tenía acceso a la formación y a través de ella a los puestos relevantes del imperio, mientras el resto luchaba por salir adelante.

Por suerte, podemos decir que actualmente muchas cosas han mejorado, desde el descenso de la mortalidad infantil, al acceso a la educación, pero por desgracia no todo. En Roma se cultivaban los valores, respetaban a sus mayores, las tradiciones… poco que ver con lo que estamos viviendo actualmente, donde parece que los ancianos estorban, no se inculcan valores y los jóvenes ostentan todos los derechos sin ninguna obligación.

Hemos mejorado, es verdad, pero no vendría de más corregir lo que hacemos mal o ha ido a peor. Actualmente tenemos una generación sobreprotegida, acostumbrada al “yo quiero” y a la inmediatez, que no sabe gestionar la negativa ni el fracaso, sin olvidarnos de la falta de respeto y la escasa capacidad de sacrificio. Sinceramente, a mí, me preocupa.

Entiendo que la situación tiene remedio, y que la vida pondrá a cada uno en su sitio, obligando a los jóvenes a madurar, seguramente a las malas. Pero no está de más que pensemos en lo que estamos haciendo y cojamos algo del sistema educativo romano.

Una educación formal a la que Plinio el Joven (61-112 d.C.) se refiere como una combinación de entrenamiento estricto, buenas maneras y estándares morales. Aprovechando que estamos en plena Eurocopa, y haciendo referencia al futbol, tenemos que ser conscientes de que se juega como se entrena. ¿Están nuestros jóvenes preparados para saltar al campo?

El consejero de Roma
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El consejero de Roma
  • Beristain, Lander (Autor)

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Lander Beristain

Lander Beristain

Lander Beristain, San Sebastián (Gipuzkoa) 1971. Siendo el menor de tres hermanos, se crió en el seno de una familia de clase media que además de aportarle su cariño, le inculcó el gusto por la educación y la cultura, así como unos valores personales marcados a fuego que aplica en todos los aspectos de su vida y proyectos en los que se implica.

Pasó su infancia en Deba (Gipuzkoa) y posteriormente se trasladó a vivir a San Sebastián.

Apasionado de la literatura y de la historia del imperio romano, así como de las novelas históricas que leía en diversos idiomas, tuvo que relegarlos a un segundo plano para acometer sus estudios de Ingeniería industrial en la Universidad de Navarra y desarrollar una carrera profesional estable.

Con infinidad de ideas en su cabeza comenzó a escribir “El Consejero de Roma” en 2017, tardando 2 años en confeccionar el primer borrador. Posteriormente fue puliendo diversos detalles y aspectos, antes de presentarlo a “Las nueve musas ediciones” para su edición, de forma que quedase listo para ver la luz. Un momento tan esperado como ilusionante.

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