«No es para quedarnos en casa que hacemos una casa», decía Juan Gelman en uno de los poemas de aquel incomparable libro que es Cólera buey. Yo no hice mi casa, pero dudo de que me quede mucho tiempo más viviendo en ella. Ciertamente, yo no hice mi casa, aunque creo haber contribuido a bosquejar lo poco o mucho que tiene de atractiva, de templada e involuntaria calidez.
Mi madre compró esta casa (un departamento de dos ambientes con balcón en el barrio de Belgrano) cuando yo tenía nueve años, esto es, en 1982, el año en que el Gobierno militar de mi país —ya en su más torpe y trepidante agonía— decidió declararle la guerra a Gran Bretaña, con el pretexto de recuperar las islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur, una bravuconada de borrachos que se cargó muchas vidas inocentes, pero que, por suerte, aceleró el tan esperado retorno de la democracia, esa entelequia que parecería importarnos únicamente cuando la perdemos.
Viví buena parte de mi infancia en esa casa, incluso toda mi adolescencia y juventud. Y ahora, después de la todavía reciente muerte de mi madre, ya cincuentón y con una misantropía que solo puede explicar el humanismo en el cual alguna vez me formé, me toca afrontar la ingrata tarea de venderla.
La inmobiliaria que se ocupa de mostrarla ha colocado un cartel en el balcón. El balcón da a la terraza del edificio contiguo, por lo que el cartel en cuestión ha quedado mirando la blanca medianera de los vecinos de a lado, motivo de sobra para que me ponga a reflexionar sobre la inutilidad de la mercadotecnia cuando esta es tomada como fórmula cerrada, como axioma irrebatible.
Lo improcedente de ese cartel que nadie ve entronca con los sucesos cotidianos de mi vida, con lo que acontece adentro y afuera de las cuatro paredes de mi casa. Y así, cuando las visitas de los potenciales compradores y mis labores de escritura y corrección me lo permiten, salgo al balcón a constatar que el cartel sigue ahí abajo, importunando a las comadres que lo miran entre toallas y sábanas colgantes, confirmando el «camusiano» absurdo de este siglo de sísifos y hombres rebeldes en caída.
Cuando mi mujer me puso al tanto de las inundaciones en Valencia, yo estaba en el balcón. Cuando Trump salió nuevamente electo presidente, yo estaba en el balcón. Cuando Milei dijo que se había empezado a reactivar la economía, yo estaba en el balcón. Mirando la amplia tela azul de la jornada, rememorando viejas lecturas de Azorín, perdiéndome en la inacabable fugacidad de los crepúsculos, siendo todo retina, todo candor y todo ensueño, así estaba en el balcón, sin más consuelo que un cartel improcedente y la peluda silueta de mi perro que buscaba resguardarme los pies de ciertos fríos.
Mencioné a Azorín y a Valencia hace unas líneas. Y en la sala me espera justamente un libro de ese autor cuyo título es también el de esa particular región de España. Días atrás estuve leyendo unos fragmentos de Entre naranjos, de Vicente Blasco Ibáñez, en los que se describía una parte de Valencia, y lo hice desde el balcón de la que todavía —aunque no sé por cuánto tiempo más— es mi casa. Azorín y Blasco Ibáñez eran oriundos de Valencia, al igual que Miró.
Se suele decir que hay semejanzas entre Azorín y Miró, cifradas, quizá, en el tratamiento del paisaje. Me atrevería a agregar que Azorín es a Miró, lo que Garcilaso es a Góngora.[1] Me atrevería a sugerir, además, que el paisaje valenciano es lo que determina esa suerte de sensibilidad compartida, ese zeitgest transgeneracional que los iguala a pesar de sus ostensibles diferencias. El paisaje, entiéndase, no es simplemente un trasunto descriptivo, una postal escrituraria, sino algo más complejo y más profundo. Así nos lo explica el primero de los dos autores cotejados:
Lo repetiremos: el paisaje somos nosotros; el paisaje es nuestro espíritu, sus melancolías, sus anhelos, sus tártagos. Un estético moderno ha sostenido que el paisaje no existe hasta que el artista lo lleva a la pintura o las letras. Sólo entonces —cuando está creado en el arte— comenzamos a ver el paisaje en la realidad. Lo que en la realidad vemos entonces es lo que el artista ha creado con su numen.[2]
El balcón se asoma al mundo como una mandíbula de prognato al corrosivo horror de las afrentas. A su modo, el cartel improcedente oficia de débil ortodoncia, marca una impronta vertical que nadie advierte. Sin embargo, la tarde y sus cometas me asisten mientras observo cómo la espera se hace cardo en este paisaje de antenas y terrazas, de cal y pararrayos; mientras vislumbro cómo, sin proponérmelo del todo, mi lerda y blanda historia se recicla.
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[1] Hay un texto de Azorín, incluido en Lecturas españolas, en el que el autor de La voluntad habla de Garcilaso y Góngora, pero no estableciendo una continuidad temática obliterada por la complejidad retórica del segundo respecto del primero, sino analizando sus respectivas poéticas de manera aislada (sin ir más lejos, Azorín rescata al Góngora socarrón de las letrillas en detrimento del de los poemas mayores como las Soledades o el Polifemo). Esa «continuidad temática obliterada por la complejidad retórica del segundo respecto del primero» es la que percibo también entre Azorín y Miró.
[2] Azorín. «Vasconia», en El paisaje de España visto por los españoles, Madrid, Espasa-Calpe, 1941.

















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