Las nueve musas
Disidencia

¿Es útil la disidencia?

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Ésta es la pregunta que nos planteaba la revista catalana Valors en el número de este mes de noviembre. No hay duda de que la pregunta quiere invitar a reflexionar a modo de provocación. Porque la respuesta, contundente y afirmativa está elíptica, porque la utilidad de la disensión es evidente.

La disidencia no es sólo un derecho con mayúsculas, es necesaria en toda democracia que lo quiera ser de veras, porque sólo en este margen de espacio de libertad se pueden producir las mejoras que todo sistema humano de convivencia necesita para mantener la salud y progresar en el sentido cultural y auténtico de la palabra. No me refiero al progreso en el sentido que denunció Walter Benjamin (Sobre el concepto de Historia) y que el pintor Paul Klee eternizó en su conocido cuadro Angelus Novus, en que el artista representa un ángel que está a punto de alejarse de algo que observa fijamente con ojos de espanto y la boca abierta por el pánico.

Angelus Novus
Angelus Novus

Esta sería la imagen del ángel de la historia, el cual, con el rostro mirando hacia el pasado vería la catástrofe obrada por la actuación del ser humano a lo largo del tiempo. Benjamin nos hacía conscientes de que el progreso, tal y como los humanos hemos ido devaluando el concepto, era un sinónimo de catástrofe, las ruinas que el género humano va produciendo y acumulando encadenadas y que va dejando a sus propios pies. Si bien al ángel le gustaría detenerse, despertar a los muertos y reconstruir los destrozos, no puede hacerlo. Desde el Paraíso una tormenta le malogra las alas y el ángel no las puede cerrar. La tormenta lo empuja compulsivamente hacia el futuro y el ángel le da la espalda, mientras el cúmulo de ruinas delante de él va creciendo hasta tocar el cielo. “Lo que llamamos progreso es exactamente esta tormenta”, concluye Benjamin. Y sí, tiene toda la razón. Han pasado muchos años desde que el gran filósofo escribía estas líneas y bastante hemos visto y seguimos viendo hasta qué punto era clarividente este símil.

No, no me refiero pues a esta clase de progreso, que desgraciadamente se ha impuesto, sino al que se construye sobre la de poner al ser humano y su sistema de convivencia en libertad y respeto en el centro de su actividad cultural y política para poder crecer realmente y tener expectativas de futuro.

Disentir proviene del latín dissentire: Diferir de otras personas en aquello que se piensa, siente o quiere, según el Diccionari.cat[1]. Éste es el sentido que nos puede conducir a un progreso deseable, cuando de lo que se trata es de corregir situaciones no deseables en justicia, cuando queremos aportar luz y ampliar horizontes para mejorar el marco de convivencia de las personas.

Que la disensión es necesaria si queremos que la democracia recupere la salud lo pone en clarísima evidencia por ejemplo la Ley Mordaza, una reforma de la ley de manifestación, que representó un gran paso atrás para las libertades. Con el derecho a la huelga las democracias occidentales consiguieron la herramienta más fundamental para los derechos laborales, y es una referencia para países no democráticos. La Fiesta Internacional del Trabajo, instituida en 1889, fue una logro que marca un antes y un después y se ganó a base de la disidencia: la huelga sindicalista de 1886, que acabó en revuelta en varias ciudades de los EE. UU. La mejora en las condiciones de vida de los trabajadores y de las trabajadoras que tenían que cumplir jornadas de doce horas se consiguió. Pero esto ya lo sabemos hace tiempo.

Aun así este hito no solo significó una ganancia de una jornada laboral menos inhumana, sino que también institucionalizó el derecho a la disensión y también hizo evidente que este derecho es fundamental para aportar mejoras. Y a pesar de que todos lo sabemos hay que recordarlo, porque hoy parece que nos olvidamos.

La APO (Außerparlametarische Opposition: oposición extraparlamentaria), nacida en los años sesenta del siglo pasado en la República Federal de Alemania con la intención de compensar en la calle la minoría en que había quedado la oposición parlamentaria, consiguió realmente algunos objetivos, porque la gran coalición, formada por los dos partidos más grandes del momento, había hecho perder sustancialmente la función del parlamento, lo cual significa pérdida de su función democrática. Las protestas derivaron a menudo en violencia extrema y muertos; radicalización y represión fueron la causa. Como una reacción en cadena se produjeron unos acontecimientos no deseados, que hay que evitar por todos los medios cultivando la cultura de la disidencia pacífica. Pero aquel movimiento contribuyó a lo largo de los años setenta a sensibilizar en la problemática medioambiental, que ahora nos parece tan natural y es, más que necesaria, imprescindible; y también previno contra las armas nucleares, cosa que derivó en la creación de los partidos verdes y promovió la concienciación del enorme peligro de los efectos de la radiactividad así como también impulsó el movimiento feminista, otro de los grandísimos logros.

De la historia debemos aprender: la disidencia hay que fomentarla y debemos hacerlo estimulando el espíritu crítico como necesario para abrir nuevos espacios de pensamiento y actuación que nos permitan avanzar, pero, a la vez, debemos estar atentos a los peligros de no dejarnos llevar por actitudes fundamentalistas que derivan en violencia.

Esta doble vertiente de la cuestión, fomento de la disidencia evitando la radicalización y el pensamiento exclusivo, es una importantísima asignatura pendiente en nuestras escuelas. Hay que establecer un espacio de discusión donde regularmente el alumnado, de dos en dos, se enfrenten polemizando sobre una temática determinada donde cada uno represente puntos de vista diferentes (incluso del todo enfrentados), hay que alentarlos a desplegar toda la retahíla posible de argumentos para apoyar su tesis, y hacerlo sin levantar la voz ni hacer uso del insulto ni la amenaza. Esta práctica es urgente. Porque no podemos confundir libertad con falta de respeto ni con libertinaje. Demasiada gente lo confunde y justo es decir que una cosa no tiene nada que ver con la otra. Ejercer la libertad de expresión no significa poder decir lo que quiero, reírme de todo o insultar.

Ejercer la libertad de expresión quiere decir disentir con serenidad y respeto. Sólo así nuestra opinión disidente adquiere seriedad y fuerza. El filósofo Josep Maria Esquirol en su libro La escuela del alma: de la forma de educar a la manera de vivir (Acantilado, 2024) nos hace ver que debemos mejorar el mundo, que podemos hacerlo, que el mundo se nos muestra “como no consumado, como no definitivo” y que contribuir a su construcción es un compromiso personal que tenemos que asumir. Y también nos advierte que “Hay que alejarse tanto de las obras ‘faraónicas’ como de las personas con tendencia megalómana […] que no escuchan, [porque] echan a perder el mundo”[2]. Hay que educar en el espíritu crítico y hay que aprender a escuchar.

[1] La traducción es de la autora

[2] La traducción al espanyol de la cita es de la autora de este artículo, extraída de la versión catalana de la obra del mismo título de Josep Maria Esquirol (L’escola de l’ànima. De la forma d’educar a la manera de viure, Quaderns Crema, 2024).

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Anna Rossell

Anna Rossell

Anna Rossell (Barcelona –España, 1951)

De 1978 a 2009 profesora titular de la Universidad Autónoma de Barcelona en la especialidad de Lengua y Literatura Alemanas (Filología Inglesa y Germanística) y crítica e investigadora literaria en Barcelona, Bonn y Berlín.

Actualmente se dedica a la escritura creativa, la crítica literaria y la gestión cultural. Como gestora cultural organiza los recitales poéticos anuales estivales Poesía en la Playa, en El Masnou (Barcelona) y ha sido miembro de la comisión organizadora de los encuentros literarios bianuales entre continentes TRANSLIT. Actualmente organiza los Recitals de Poesia i Música VinsIdivina.

Colabora regularmente en numerosas publicaciones periódicas literarias nacionales e internacionales: Quimera, Ágora de arte gramático, Crítica de Libros, Revista Digital La Náusea, Realidades y ficciones, Las nueves musas, Nueva Grecia, Terral, Núvol y en revistas especializadas de filología alemana.

Entre sus obras no académicas ha publicado los libros Mi viaje a Togo (2006), El meu viatge a Togo (2014), Viaje al país de la tierra roja, Togo y Benín (2014), Viatge al país de la terra roja, Togo i Benín (2014), los poemarios La ferida en la paraula, (2010), Quadern malià / Cuaderno de Malí (2011), Àlbum d’absències (2013), Àlbum de ausencias (2014), Auschwitz-Birkenau. La prada dels bedolls/La pradera de los abedules (2015) y las novelas, Mondomwouwé (2011) y Aquellos años grises (España 1950-1975) (2012), Aquells anys grisos (Espanya 1950-1975) (2014).

Es coautora del libro de microrrelatos Microscopios eróticos (2006).

Cuenta en su haber con algunas traducciones literarias del alemán al español, entre ellas El Elegido, de Thomas Mann.

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