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Filosofía política

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La filosofía política es una rama derivada de la ética que reflexiona sobre cómo se podría llevar a cabo la justicia en las sociedades, la legitimidad del estado y el mejor régimen político.

Filosofía antigua

En la antigüedad el debate principal se centra en exponer cuál es el mejor régimen político.  Se dieron varios modelos utópicos, pero hasta Platón no hay una reflexión grande y global de los regímenes.

Crítico con la democracia, a la que atribuye el ser el régimen de los ignorantes que establecen las leyes por el peso aritmético del número de votos por encima de la fundamentación de los argumentos (obviando que en las democracias antiguas había debates y dilucidaciones racionales de las cuestiones públicas), postula en La República que solamente habría justicia en un gobierno de un filósofo-rey que tenga conocimiento de la política y sepa lo que realmente es la justicia.

Considera que la justicia solamente vendrá si un gobernante legisla usando la razón (la máxima forma de conocimiento) porque gracias a ella puede dar a cada parte de la sociedad lo que le corresponde.  Divide a la sociedad ideal en artesanos, guardianes y gobernantes.  Cada uno se guía por el modo de conocer: el primero por la opinión, el segundo por el valor y el último por la razón.  Corresponden las tres clases a las tres partes del alma de Platón: alma concupiscente (formada por deseos y guiada por la experiencia y la opinión), el alma irascible (que se guía por el valor y el conocimiento de amigos y enemigos) y el alma racional (que se guía por la razón).  Solamente con la guía de la razón se logra el equilibrio y solamente por el gobierno del gobernante que conoce se puede repartir a cada parte lo que le corresponde.

Aristóteles critica la utopía de Platón por ser irrealizable y analiza los diferentes regímenes.  Encuentra tres: monarquía, aristocracia y democracia; y sus correspondientes corrupciones: tiranía, oligarquía y demagogia.  Los regímenes degeneran cuando los gobernantes legislan para atender únicamente a sus intereses y dominan a la sociedad.

Sin embargo, dentro de los propios regímenes expuestos ve problemas: los partidarios de la aristocracia provienen de las clases altas y tienen presentes más sus intereses; y lo propio pasa con las clases populares respecto a la democracia.  Defensor del justo medio, Aristóteles propone un régimen intermedio entre la aristocracia y una democracia: una república que atienda a los intereses de todas las clases y que se asiente en las clases medias para que sirvan de puente entre las clases altas y bajas.

 Filosofía moderna

Hasta la modernidad, se dan varios comentarios y propuestas respecto a estas posiciones, siempre teniendo como dominante el debate del mejor régimen.  A partir de la modernidad, cambia el foco de atención de la filosofía política.  En la antigüedad, la existencia del estado se interpretaba como algo natural y, por ello, el principal debate es averiguar el mejor tipo de estado.  Sin embargo, en la modernidad no se plantea la posibilidad de elegir tipo de régimen y, probablemente, por ello la principal cuestión es la legitimidad del estado.

Maquiavelo, en su Príncipe, expone que las personas son egoístas y por eso el estado debe existir para establecer el orden.  En una línea parecida, Hobbes plantea que sin el estado viviríamos en un estado de naturaleza o de guerra civil perpetua en el que, sin una autoridad asentada, sería la lucha de todos contra todos.  El ser humano es egoísta e interesado, siempre lucha por lograr satisfacer sus deseos por encima de los demás.  Por eso, un poder soberano por encima de los demás tiene que establecerse para que no haya luchas de poder y se pueda establecer un derecho, a partir del cual haya un orden y un sistema legal y judicial con autoridad al que reclamar y con el que contar.  Los súbditos deciden ceder poder individual y delegarlo en un soberano a cambio de seguridad y del establecimiento de una sociedad civil.

Menos extremista es Locke, que considera que sin un estado, estaríamos en un estado de naturaleza sin violencias, pero sin posibilidad de ponerse de acuerdo las personas, dado que nadie puede ser un buen juez sobre su propia causa.  Para lograr unas garantías y reconocimientos de la propiedad (que permita el acceso al fruto del trabajo, según Locke), se establece un estado.

En una línea similar, Rousseau considera que sin el estado viviríamos en un estado de naturaleza fuera de la sociedad y, por tanto, fuera de la moralidad (las normas morales son para lograr una convivencia entre personas que viven en una comunidad, los seres aislados son amorales).  En principio, se postula que el poder soberano y la legitimación de los estados proviene de un tácito (no escrito, ni acordado de forma explícita) contrato social entre los gobernantes y gobernados.  En dicho contrato social, se supone que los gobernados ceden poder a los gobernantes, le obedecen, a cambio que ellos procuren el bienestar general.  El contrato puede darse en democracia o en otros regímenes.

Sin embargo, según Rousseau de hecho no se cumple el contrato social, siempre degenera en corrupción y, al final, la ley es el medio por medio del cual el rico se impone sobre los pobres.  El contrato social trata más sobre por qué siempre tendremos cadenas que por indicar la legitimidad del estado.

Teoría de la democracia

En la actualidad, ambos debates se unen en la reflexión acerca de la democracia.  El mejor estado es el democrático y la legitimidad del estado proviene de ser democrático.  Se considera el mejor régimen porque es aquél en el que, donde exista, teóricamente los afectados tienen la posibilidad de hablar sobre sus problemas y cabe la posibilidad del diálogo de las distintas partes de la sociedad que, en un debate racional, pueden llegar a dilucidar en parlamento cuál es la medida más justa.

Ahora mismo, el objeto de reflexión es poder hacer una teoría acerca de la democracia, en qué consiste, cómo funciona y cómo hacer que mejore sus propias cualidades.  Para empezar, ¿cómo se ejerce el poder del pueblo? Pudiera pensarse que bastase con un voto directo acerca de las decisiones políticas y su toma de decisión a partir de la decisión más votada. Sin embargo, la mera suma de votos hacia una postura sin más dotaría de falta de contenido a la decisión, acabaría siendo la fuerza de la masa, la preponderancia de una parte de la sociedad sobre otra y reduciría el debate a nada, reduciéndose así a demagogia.

Rebajas
El contrato social (Serie Great Ideas 11)
  • Rousseau, Jean-Jacques (Autor)

Una toma de decisión contará con mayor contenido si permite que todas las partes de la sociedad (que conforman el pueblo) puedan expresarse y permitir que la decisión pueda tener presente las posiciones de todos. Para que pueda haber ese debate, se requiere la conformación de grupos que representen -verdaderamente- partes de la sociedad (ya que un debate de millones sería inviable) y que acaben conformando un parlamento, un lugar donde hablar, sea asamblea, senado u otra institución.

Potencialmente, en función de este debate, en el mejor de los casos se podría llegar a la mejor decisión, dado que podría ser el ejercicio de la racionalidad y el intercambio de las argumentaciones, contando con las posturas de todas las partes de la sociedad y de las personas afectadas por la realidad social.  Idealmente, no se plasmaría ni una postura determinada ni otra, sino la confluencia de varias posturas, resultado del esclarecimiento al que pueda llevar el debate (en el hipotético caso de que no primen los intereses de poder y de primacía).  Contrariamente a lo que decía Platón, la democracia no tiene por qué ser el reino de la ignorancia, sino que podría llegar a ser el ejercicio más refinado de la racionalidad.  Hipotéticamente hablando.

Rebajas
El príncipe (Clásicos ilustrados)
  • Maquiavelo, Nicolás (Autor)

Los mencionados grupos tendrían que realmente representar a partes o segmentos de la sociedad, no deberían reducirse a llamarse representantes sólo por recibir votos (ser votado y no cumplir con los intereses y voluntad de los votantes es delegación o tutelaje) y no tendrían que obedecer únicamente a intereses particulares de minorías ínfimas pero poderosas (como los poderes fácticos de la patronal, los lobbys y otros grupos de poder) por encima de todas las demás personas (o, en cualquier caso, tendrían que contar con una representación conforme a su carácter de minoría ínfima y no estar por encima de todas las demás personas).

Como el debate no debería eternizarse, tras las argumentaciones y contra-argumentaciones tendría que hacerse efectiva la decisión en una votación y poder zanjarse por disponer una decisión de una mayoría. ¿Pero qué mayoría? Cabría esperar que una decisión resultado del consenso podría tener más legitimación, pero es muy raro y solamente podría darse en cuestiones muy fundamentales o evidentes (en las que todos los grupos pudieran estar de acuerdo); además, si se exigiera siempre, cabría la paradoja de que una minoría tuviese más poder que las mayorías (por condicionar el apoyo a una decisión en el caso de que se cumpliesen sus exigencias). Por tanto, en muchos casos, las decisiones tendrían que adoptarse por mayoría simple.

Sin embargo, cabría preguntarse si solamente con las instituciones se puede erigir una democracia. Si la democracia es el poder del pueblo, se puede pensar que cuánto más activo sea ese pueblo mayor democracia habrá. Menos posibilidades de delegación o tutelaje habría en el caso de que la ciudadanía actuara públicamente, fomentando el debate público y la crítica en la calle hacia los supuestos representantes, que deben recordar que tienen que dar cuenta constantemente y demostrar que son representantes.

Cuánta mayor sea la participación ciudadana, mayor poder popular habrá y, por tanto, mayor democracia. Cuánta mayor posibilidad de participar en los asuntos públicos haya, mayor democracia habrá. La democracia no sería un hecho consumado cuando se haya conseguido, es una construcción que puede aumentarse y mejorarse.

Juan José Angulo


-Arteta, A; García Guitián, E; Maíz R. (2003): Teoría política: poder, moral, democracia.  Madrid: Alianza Editorial. -Aristóteles  (2000): Política.  Madrid: Editorial Espasa Calpe.

-Dahl, R. A. (1993): La democracia y sus críticos. Ediciones Paidós Ibérica, Barcelona

-Hobbes, T. (1999): El Leviatán.  Madrid: Alianza Editorial

. -Kymlicka, W. (1995): Filosofía política contemporánea. Una introducción. Barcelona: Ariel.

-Locke, J.  (2006): Segundo tratado sobre el Gobierno Civil.  Madrid: Tecnós.

-Maquiavelo, N.  (2010): El príncipe.  Madrid: Alianza Editorial.

-Platón  (1988): La República.  Madrid: Editorial Gredos.

-Rousseau, J.J.  (2004): El contrato social.  Madrid: Istmo.

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