Las nueve musas
Antonio César Morón

«El jardín de Estocolmo», novela distópica de Antonio César Morón

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We cannot choose our world,
our time, our class. None are innocent, none.
Causes of violence lie so deep in all our lies
it touches every act.
Certain it is for all we do
we shall pay dearly. Blood
will mine for vengeance in our children´s happiness:
Distort our truth like an arthritis.
Yet we must kill and suffer and know why

(W.H. AUDEN: On the frontier, 1938)

El jardín de Estocolmo de Antonio César Morón  es la segunda incursión dentro del género narrativo del autor.

Antonio César Morón (Granada, 1978) es dramaturgo y teórico del teatro, doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Granada, profesor titular de la misma, miembro de la Academia de Artes Escénicas de España y profesional del Centro Nacional en la especialidad de Dramaturgia.

Podría haber estudiado algo de provecho, pero sus padres le quieren igualmente. En sus ratos libres escribe. Mucho. Entre sus títulos de creación destacan Teatro de alarma, Rilkowk, Los cinco estigmas del éter, Todas las perversiones posibles de la democracia están aquí, Elipses y Ahora los esclavos. Su aportación más relevante a la teoría dramática es La dramaturgia cuántica, en donde se exponen las bases teóricas de esta nueva técnica de escritura ideada por él mismo.

 El jardín de Estocolmo, publicada en la editorial granadina Nazarí, Colección Cadí, es una novela distópica, no apta para público lector neófito.

Rebajas
El jardín de Estocolmo: 54 (Cadí)
  • Morón, Antonio César (Autor)

La novela distópica es aquella que representa un mundo o sociedad en el que una variable modifica el curso de la humanidad, generando un mundo contrario a lo que estimamos por utopía, es decir, indeseable. Esa variable de la que hablamos puede ser de tipo histórico, un gobierno totalitario, de tipo tecnológico, una guerra, o cualquier suceso que genera una deshumanización o modifica la ética y moral de las personas. Se trata de trabajos profundamente sociológicos, como le ha ocurrido a  Antonio César Morón a quien le han preguntado dónde se había documentado con tanta profusión para escribir esta novela.

Las novelas distópicas están arraigadas en la especulación, pero llevan esa especulación a un extremo sombrío , a menudo desalentador, en una atmósfera asfixiante, un espejo oscuro en el que cabe proyectarse en un futuro hipotético, las peores posibilidades de nuestro presente, donde el poder dominante encarna el discurso o la ausencia de él para uniformizar las acciones controladas, desde el marco comunitario de la llamada Alianza de la Nueva Era Internacional, obsesivo e implacable, similar al Big Brother orwelliano de 1984, cuyo título no obedece al año de publicación como un taimado político gallego dijera, sino que evoca en un futuro, no demasiado lejano, en qué nos podemos convertir si los totalitarismos se imponen.

A diferencia de otros géneros de ciencia ficción que pueden centrarse en la tecnología o la aventura, las novelas distópicas suelen tener un enfoque más profundo en la sociedad y la política. Los autores de novelas distópicas crean mundos en los que los sistemas de gobierno o las estructuras sociales han fallado o han sido pervertidos. En estas historias, las personas a menudo se ven oprimidas por regímenes autoritarios, la tecnología se utiliza para controlar y subyugar en lugar de liberar, y las libertades y derechos humanos básicos pueden ser ignorados o pisoteados, en esta novela cumpliendo los dictados inscritos en el Libro Morado, que rige los comportamientos tanto físicos como psíquicos. El orbe moroniano lo que nos traslada es la preocupación de qué puede ocurrir si determinadas  tendencias continúan sin control, y nos desafía a pensar en cómo podemos cambiar nuestro propio mundo para evitar este futuro sombrío, una herramienta para la crítica social y la reflexión.

No se trata de una crítica al feminismo, aunque la androfobia de esa nueva sociedad regida por mujeres  en personajes como Régula o Khala Vergara sean muy potentes, sino al reduccionismo encarnado por quienes  controlan e indican nuestras acciones y erradican paulatinamente al sector hostil, crítico, a quien se atreve a pensar diferente al discurso ideológicamente impuesto, una sátira que muestra tendencias actuales extrapoladas en finales apocalípticos.

Es inevitable observar la influencia en esta novela de otras muy conocidas dentro del género de la ficción cuya temática gira en torno al control social, a la evolución de las democracias liberales hacia sociedades totalitarias, del consumismo y el aislamiento como puedan ser  Nosotros de Yevgueni ZamiatinSeñor del mundo de Robert Hugh Benson1984 de George OrwellMercaderes del espacio de Frederik Pohl y Cyril M. KornbluthUn mundo feliz de Aldous Huxley, con la descripción de un mundo de castas,  y, por supuesto, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, con esa purga de la cultura, los libros, como peligro al poder impuesto, análogo al Nuevo Lexicon impuesto por las teóricas de la transepojé.

Guiño del autor que coge el  concepto de epojé  de la fenomenología de Husserl, redefinido de una manera más radical, como un cambio fundamental de actitud no solo respecto al conocimiento y a las teorías ya existentes (lo que se aparenta a la suspensión del juicio), sino también frente a la realidad misma, cambio de actitud que Husserl describe con las imágenes de «poner entre paréntesis», de «desconexión» de la cotidianeidad, en un mundo de acción e intrigas situado entre 2084 y 2184, en el que Antonio César nos denuncia ese poder imperativo plasmado en el Libro Morado, condicionando la rutina existencial, un mundo de imágenes desplegables que han acabado sustituyendo el lenguaje. Esto sería un presupuesto del método para llegar a la reducción fenomenológica.

Tampoco es para nada la negación de la realidad. Lo que se plantea en cualquier novela distópica y en El jardín de Estocolmo, en concreto, es la situación a la que nos podemos ver abocados si dejamos que las tendencias se apoderen y se impongan acomodaticiamente, primero, impositivamente después. Esa realidad «alterada» conduce al suicidio, a la eliminación/vaporización del elemento perturbador, al aislamiento o al olvido por inacción brechtiano.

El título alude a un mundo futurista idealizado figurativamente a través de la metáfora del lugar, surgido tras una Gran Catástrofe indeterminada, posterior a la postmodernidad, un mundo gobernado por una serie de empresas-estado que controlan de manera absoluta el poder y el dominio total sobre los individuos mediante la implantación de las denominadas células sol en sus cabezas, capaces de analizar cualquier pensamiento, sentimiento o emoción, donde el lenguaje se ha economizado a lo imprescindible, eliminando conceptos inapropiados, regido por los guardines de la moral, para neutralizar  o  paralizar cualquier alteración de la conducta que pervierta el orden impuesto, un escenario donde somos observados exhaustivamente, que recuerda al Gran Hermano orwelliano reflejado en  1984.

“Dos mil ochenta y cuatro ha sido un año especial para el jardín. Hubo una mariposa reina llamada Régula que, conociendo las acciones de los ogros, conversó durante tres minutos con la princesa de las plantas. En vez de descansar, este año se alinearon todas las mariposas formando escuadrones diferentes. Las flores se armaron con distintas destilaciones químicas. Esperaban la llegada de los ogros. Y así, cuando finalmente aparecieron, las plantas arrojaron chorros de rocío ortigado que les hacían escocer los ojos y picar la piel.  A su vez, miles de mariposas revolotearon alrededor de cada uno de ellos desconcertándolos y haciéndoles desmayar durante unos segundos, que  aprovechaban los distintos escuadrones para restregar con sus patitas un barro infectado de hongos en sus genitales. Fue tanto el picor y tan insoportable para los ogros que, con  sus afiladas y sucias uñas, acabaron extirpándose ellos mismos el nudo gordiano de su crueldad”

En la sociedad distópica de Antonio César, el Nuevo Lexicón impera, se impone el silencio. Han desaparecido verbos, descriptores de acciones, adjetivos y sus cualidades, orientando la existencia al silencio. La comunicación interpersonal está rechazada prácticamente y el lenguaje es un lujo, penalizado por quien lo infringe en una especie de salario verbal. Llama la atención en el discurso verbal el uso absoluto del presente en sus diferentes manifestaciones, por una voz narradora omnisciente, con ausencia absoluta de diálogos. Es comprensible que confeccionar este relato al autor le haya llevado cinco años, parodiando el teatro imposible y título de una de las apuestas dramatúrgicas lorquiana.

El problema de los teóricos de la posmodernidad era la gran deuda que tenían con sus padres, quienes fueron siempre unos ingenuos adoradores de mitos como libertad y democracia. Frente a ellos, las teóricas de la transepojé han sido las únicas capaces a lo largo de la historia en considerar la voluntad interpersonal en una secuencia matemática que delimita geometría de acción en lugar de poder e identidad.

La palabra es postergada a favor de la imagen, mostrada en sucesivas ventanas que cambian de color para expresar la ansiedad, el nerviosismo, la transgresión de quien ha dejado vagar el pensamiento prohibido, cuestionador del sistema establecido, autoritarismo político, impuesto por las defensoras ultraortodoxas, mujeres que consagran su vida al cumplimiento íntegro de cada uno de los dictados de comportamiento tanto psíquico como físico que aparecen inscritos en el Libro Morado del género. Se abole el legado de las culturas precedentes, se anula la historia y  se desprecia  criminalizando la normal relación cotidiana entre seres humanos.

El origen, casi mítico, de esta Nueva Era, se remonta al fragmento leído: Régula es una lideresa carismática de rasgos nórdicos  de la que emana un imperioso poder seductor y que acabaría convirtiéndose en el icono misterioso, agresivo e incuestionado de aquella civilización, y en un elemento de culto y de presencia constante en las vidas de la nueva sociedad, en ese intervalo de siglo en que se ambienta, hasta 2184, la acción narrativa.

Es inevitable establecer aquí un paralelismo  con la novela que, afortunadamente,  tuvimos que leer en Bachillerato en la clase de Filosofía. Me refiero a Un mundo feliz de Aldous Huxley. El libro ataca la producción del ensamblaje en línea como humillante, la liberación de la moral sexual calificándola como una afrenta contra el amor y la familia, el uso de eslóganes, el concepto de un gobierno centralizado, y el uso de la ciencia para controlar los pensamientos y acciones de la gente.

El título del libro es una cita de Miranda en el acto V de la obra La tempestad de Shakespeare, cuando ella conoce por primera vez otra gente diferente a su padre. John el Salvaje es un fuerte fanático de Shakespeare, lo que lo ubica en un rango superior a la mayoría de la distópica humanidad de Huxley. Al igual que la mayoría del pasado artístico y logros culturales, las obras de Shakespeare son archivadas y desconocidas en esta sociedad, excepto por los controladores mundiales.

Uno de los protagonistas transgresores de la férrea disciplina del relato de Antonio César Morón, aunque no lo haya pretendido, es Alexander, fugaz transmisor de la herida óptica hacia Mara. Evidentemente el Grupo Moral de Recuperación del Ser Humano, que se hizo con el poder tras la Gran Catástrofe, no puede permitir que la extraña sustancia que las teóricas de la transepojé, denominan libidum, campe entre el varón convirtiéndole en un depredador sexual, anulador de la voluntad femenina, culpabilizando al lenguaje seductor, acariciador de mentiras, tanto como la mirada. Los hombres afectados por la libidum fueron sometidos a terapias de saneamiento, la castración química. A ellas se les rapó la cabeza y se les sometió a intensas jornadas de visionado del Canal de la Noticia, para sentirse  acompañadas por Régula. Las que no superaron la terapia fueron declaradas incorregibles o difuntas. La mayoría, sin embargo se reeducó y no volvió a emitir una palabra jamás.

Esta sociedad de la Nueva Era, distingue entre gremieros y soles. Los gremieros representan a una escala social inferior a la de los soles. Estos, por el contrario, encarnan la casta dominante, cercana al poder, un poder que detentan en gran medida, tienen control sobre las células y eliminaron de las mismas el concepto de límite. Campan a sus anchas, no se sienten fiscalizados como los gremieros y gozan de cuotas de mayor autonomía, en principio, aunque siempre con matices.

Junto a Alexander y Mara, otros personajes, también gremieros, se sitúan en ese eje de los rebeldes, de quienes cuestionan directa o indirectamente  la Empresa Estado. Entre ellos figura Radáriz, químico de la emoción, experto en acoplamientos. Los acoplamientos son mecanismos del sistema para mantener el equilibrio entre los súbditos, son procesos algorítmicos que producen una suerte de éxtasis tranquilizador que dura poco tiempo, pero que mantiene en calma a la población; vendrían a desempeñar una función similar al  de la soma de Un mundo feliz.

En el universo de Huxley, para asegurar una felicidad continua y universal, la sociedad debe ser manipulada, la libertad de elección y expresión se debe reducir, y se ha de inhibir el ejercicio intelectual y la expresión emocional. Los ciudadanos son felices, pero John el Salvaje considera que esta felicidad es artificial y «sin alma». En una escena crucial discute con otro personaje, el Interventor Mundial de Europa Occidental Mustafá Mond, sobre el hecho de que el dolor y la angustia son parte tan necesaria de la vida como la alegría, y que sin ellos, poniéndolo en perspectiva, la alegría pierde todo significado.

Radáriz ha descubierto un proceso de acoplamiento nuevo, el PA302, en el que ha detectado, durante sus experimentos, un efecto secundario extraño: la necesidad de compañía, la necesidad de compartir las emociones con alguien, hecho totalmente impensable en un sistema que pretende aislar a hombres y mujeres e impedir la comunicación y cualquier atisbo de intercambio afectivo. También del lado de la rebeldía se sitúa el profesor José Óberon Vargas, autor de un libro polémico: Ecuaciones de Lionel-Jackson. Vínculos del proyecto compartido, publicado en Los Ángeles en el 2113, que tiene visos de ser un libro dudoso para el sistema. Acabará siendo boicoteado en el acto de presentación, tachado de anti Nueva Era y sus ejemplares quemados dentro del campus de la universidad. Lo de la quema de libros es una constante en cualquier régimen totalitario: el papel histórico que ha tenido la quema de libros para reprimir ideas disidentes.

Cuando Ray Bradbury escribió Farenheit 451 estaba condicionado por sus preocupaciones durante la era McCarthy de la amenaza de quema de libros en los Estados Unidos.​ En años posteriores lo describió como un comentario sobre la forma en que los medios de comunicación de masas reducen el interés por la literatura.

Óberon cobrará un protagonismo determinante hacia el final de la historia como elemento coadyuvante y necesario para el crecimiento personal y espiritual de Alexander, aunque no esperen nunca en una novela distópica el happy ending.

Como elemento opositor, del lado ortodoxo del sistema sobresale Erika Linnesen, Directora del Grupo de investigación Mujer, Cultura y Visibilidad, del Departamento de Sociología Ética de la Universidad de Estocolmo, redactora de la nueva moral con que se da comienzo  la novela. Junto a ella destacan  Khala Vergara, neurocirujana, ciudadana sol, como la anterior, experta en feminización del pensamiento y Sabrina, fémina pura, y una especie de supervisora ultraortodoxa, que vigilará de cerca a Mara.

Otro aspecto importante de El jardín de Estocolmo es la puesta en evidencia del sistema universitario, tanto del profesorado como de los estudiantes, totalmente entregados a las consignas de la Nueva Era, por lo que se convierten en un elemento difusor y represor más del sistema. Antonio César es conocedor como nadie de los entresijos del ámbito universitario y de la manipulación intelectual de las ideas. Ya lo plasmó en una representación teatral, Retórica del sueño de poder,  y por poco lo lapidan en la facultad por su verbo acerado, por parte de la que acabó con la hermenéutica al indicar que ella no estaba en la mente del poeta para entender su versificación. Sic transit gloria mundi.

El jardín de Estocolmo, como buena novela distópica, nos embarca en un mundo desolado de escenarios complejos, difusos, que la modernidad de la tecnología o los supuestos avances de la ciencia no logran redimir ni convertir en el mito ejemplar o en el ideal que la propaganda difunde. Un mundo sometido al poder tiránico que impone el código del Libro Morado; un mundo regulado por los colores simbólicos, que van marcando ordenanzas y dictámenes a través de las células de sol: el color azul indica la hora de ir al trabajo, el dorado señala el fin de la jornada laboral, el color verde franquea las puertas, la luz blanca avisa de picos de ansiedad no permitidos, etc.

A  través de la historia, como señala José Lupiáñez cuando realizó la presentación de esta misma novela en Granada, la reflexión sobre los límites de la libertad, de la igualdad entre seres humanos, la crítica de los abusos ideológicos, los peligros del pensamiento único, de las tecnologías utilizadas como herramientas represoras, o las catástrofes de la desmemoria y de la reescritura tendenciosa del pasado, la manipulación del lenguaje, la corrupción de los pilares sociales fundamentales: las leyes, la cultura, el conocimiento; la reflexión sobre un mundo en el que los seres alienados que lo pueblan, se mueven prisioneros de la inconsciencia, condenados a no sentir, a no pensar, a no conservar recuerdos, a desenvolverse como sonámbulos en medio de un sueño inducido; en suma, una sociedad amenazada por todos los fantasmas que traen consigo los totalitarismos, cuando muestran su auténtico rostro”. De ahí que adquiera sentido el planteamiento de las preguntas plasmadas en la contracubierta: ¿Quiénes crearon ese mundo? ¿Cuáles son las relaciones de poder que se establecieron? ¿Qué emociones pueden descubrir sus habitantes? ¿Hay espacio para la libertad? ¿Hay tiempo para el ser humano?

Sin libros, sin significados ni explicaciones complejas, la gente vive en permanente estado de entretenimiento, controlados, sin saberlo, por un gran hermano omnipresente en grandes pantallas que ocupan paredes enteras, por una constante música plana y por un hervidero de noticias inocuas que ocupan los días pero no alimentan la mente ni la hacen crecer, como se señala en la novela de Ray Bradbury.

La disección del género distópico en general, y de la novela de Antonio César en particular, permite comprender la hondura de la novela escrita y su incardinación dentro de esta corriente literaria. Su última criatura y creatura,  a la que deseamos que tenga la aceptación merecida por la madurez estilística, narrativa y reflexiva que refleja en muchas páginas con una inconmensurable agilidad donde el diálogo entre personajes ha desaparecido como forma discursiva.

Juan Ángel Berbel Galera

Juan Ángel Berbel Galera
Juan Ángel Berbel Galera

Juan Ángel Berbel Galera, nacido en Albox (Almería), el 26/06/1971.

Por la Universidad de Granada es Licenciado en Filología Hispánica (1995) y Teoría de la Literatura y Literatura Comparada (1999), Reconocimiento en Suficiencia Investigadora. Estudios de 3º Ciclo en el Programa de Doctorado “Historia y Sociedad en la Literatura Española e Hispanoamericana” (1998), Experto Universitario en Estudios Escénicos II: las Vanguardias Teatrales (1997).

Por la UNED es Diplomado en Educación Social (2008), Licenciado en Psicopedagogía (2010), Licenciado en Pedagogía (2012), Graduado en Educación Social (2013). Actualmente compagina estudios de Grado de Derecho y Grado en Trabajo Social.

Laboralmente, presta servicios como funcionario con destino definitivo, en el cuerpo de profesores de enseñanza secundaria, especialidad de Lengua Castellana y Literatura, en el IES Miguel Fernández, centro que ha dirigido desde febrero de 2012 hasta julio de 2018, formando parte del Equipo Directivo desde julio 2007. Desde el 10 de julio de 2018 está designado como Director Provincial del MEFP-Melilla.

Ha presentado comunicación en las VII Jornadas internacionales sobre Atención a la Diversidad (UNED, 2010), abordando el tema de fracaso académico. Ha prologado  el libro “Trabajo incompleto” (GEEPP Ediciones, 2015), y ha publicado un artículo de investigación literaria sobre la novela de Antonio César Morón, “Mientras las limusinas esperan en la calle”, en la revista Alhucema (Revista Internacional de Teatro y Literatura, junio-2017).

Coordinador y participante en varios grupos de trabajo, cuenta en su haber con más de 3000 horas de formación, tanto como asistente, ponente, director y coordinador. Su línea de investigación en literatura ha sido la novela negra y el erotismo en el drama áureo.


BIBLIOGRAFÍA

Chelle, F. (2016), Las otras realidades de la ficción: (utopías, distopías y ucronías). Sección Ensayos, análisis y críticas literarias- Palabra escrita.

Claeys, G. (2010), «The Origins of Dystopia«, in Claeys (ed.), The Cambridge Companion to Utopian Literature Cambridge University Press.

Ángel Galdón Rodríguez, Á. (2011), “Aparición y desarrollo del género distópico en la literatura inglesa” Dialnet. Prometeica, Revista de Filosofía y Ciencias, Nº4.

García Gual,C. y García Cotarelo, R. (1984). Orwell:1984. Reflexiones desde 1984. Madrid, Selecciones Austral, Espasa Calpe-UNED.

Lupiáñez Barrionuevo, J. (2023), “El jardín de Estocolmo de Antonio César”, artículo publicado en el nº 16 de Ágora-Papeles de Arte Gramático. Trilce. Nueva Colección, febrero.

Morón, A.C., (2022), El jardín de Estocolmo, Granada, Editorial Nazarí, Colección Cadí.

Morón, A.C., (2022), Segunda incursión en la narrativa de Antonio César Morón con la novela, El jardín de Estocolmo, Granada, (vídeo promocional)

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