Las nueve musas

El «Filobiblión» de Ricardo de Bury o la enseñanza de la lectura

El Filobiblión, o el Muy hermoso tratado sobre el amor a los libros, escrito a mediados del siglo XIV, es un claro ejemplo de cómo los libros antiguos pueden mantener un mensaje actual, a pesar de estar fuertemente anclados en la época en la que se escribieron.

Su lectura en estos tiempos de confinamiento me ha hecho reflexionar sobre temas tan actuales como el problema de la lectura en la enseñanza y el papel que juega en nuestros hábitos de vida.

Ricardo de Bury

Empecemos por situar este tratadito medieval en su contexto. Aunque escrito en latín, toma su título del griego: ϕιλο-, amor a; y βιβλιον, libro. Fue escrito en 1345 por Ricardo de Bury, o Ricardo de Aungerville.

Ricardo de Bury
Ricardo de Bury Tutor de Eduardo III (Delaware Art Museum)

Se trata de un curioso personaje cuya actividad principal se desarrolló en la corte de Inglaterra. Nació en 1287 presumiblemente en Bury, cerca de Manchester. De familia noble (su padre fue  Sir Richard Aungerville), estudió en Oxford y debió destacar por su conocimiento y sabiduría, pues fue nombrado tutor del futuro Eduardo III. Este cargo le granjeó su confianza tras ser proclamado rey, pues le concedió diferentes cargos en la corte. Llegó a ser embajador de Inglaterra en Aviñón ante el papa Juan XXII. En 1333 coincidió en esta ciudad con otro gran bibliófilo y humanista: Francesco Petrarca. Sería interesante saber cómo fue el contacto entre ambos, teniendo en cuenta que los dos estaban especialmente interesados tanto en los libros y el conocimiento que pueden transmitirnos como en el aprendizaje de las lenguas clásicas. Sin embargo, no creo que fraguara en este tiempo una gran amistad, pues es sabido que mientras Petrarca se interesó por el mito de la isla de Tule, que reflejó en una de sus cartas en las Epistolae Familiares, de Bury no llegó a responder, que se sepa, a su demanda de información.

Por los servicios prestados, fue nombrado obispo de Durham. La ceremonia se llevó a cabo con gran majestuosidad, pues no solo acudió buena parte de la nobleza, sino que asistieron los mismos reyes, su antiguo alumno, Eduardo III y su esposa Felipa de Henao. Su poder en la Corte debió de ir en aumento, pues intervino directamente en los conflictos de la Monarquía con Escocia y en las negociaciones diplomáticas con Francia. Murió, finalmente, el 14 de abril de 1345, el año, precisamente, en que acabó su Filobiblión.

De esta breve semblanza del personaje, no puede deducirse su característica principal: la desmesurada pasión por los libros, que lo convierte en un bibliófilo que aprovecha sus viajes oficiales por Europa para buscar diferentes manuscritos. Estamos en un momento de la historia cultural europea anterior a la imprenta, por lo que los libros son ejemplares únicos y tienen un valor en sí mismos próximo a la obra de arte.

“…Hemos podido ponernos en contacto con libreros y anticuarios no solo en nuestra patria sino también de Francia, Alemania e Italia. Para traernos los libros deseados no sea arredraban ni por las distancias ni por los furores del mar, ni por los gastos. Sabían con certeza que la esperanza que habían depositado en nosotros no se  veía decepcionada, ya que de nuestra parte les aguardaba una crecida recompensa”.

FilobibliónEste afán por reunir manuscritos hizo que fuese famosa su biblioteca, quizá la más grande de Inglaterra. De ahí que quisiera donarla a la Universidad de Oxford para convertirla en lo que hoy entendemos como biblioteca pública. Esto ha hecho que su Filobiblión se convirtiera en el antecedente de la normativa de toda biblioteca. En el capítulo XIX del tratado se expone como desea organizarla, empezando por la catalogación de sus ejemplares,  así como el modo en el que piensa regular el préstamo temporal de libros, qué manuscritos podrán prestarse y cuáles no, así como las obligaciones que asume el estudiante que tiene un libro en préstamo. Finalmente, establece que en los meses de verano, cuando no hay actividad académica, se hará un recuento del catálogo, para averiguar si se ha perdido algún ejemplar. En tal caso, el lector deberá pagar cierta multa por la pérdida.

Aunque el Filobiblión haya pasado por ser uno de los iniciadores de la biblioteconomía, en el fondo desarrolla un tratado sobre la lectura y la educación, es decir, sobre el aprendizaje a través de la lectura. Y es aquí donde encontramos su asombrosa modernidad o, lo que es lo mismo, su sorprendente sintonía con las corrientes dominantes  en la actualidad  sobre la lectura en la educación. Y me refiero con ello al conocido estudio PISA.

PISA y la lectura

Para los pocos que todavía no sepan en qué consiste el estudio PISA, recordaré que se trata de una evaluación (es decir, de unos exámenes) que se hace a los alumnos de 15 años de 80 países del mundo. Lo organiza la OCDE (cuyo objetivo es la Cooperación y Desarrollo Económico, como indican sus siglas) y su objetivo es conocer el grado de dominio que tienen estos alumnos en diferentes habilidades. Una de ellas es la lectura y, sobre todo, la comprensión lectora, es decir, la capacidad de entender lo que se lee, que no es tarea fácil. Desde PISA son conscientes de que un estudiante solo puede aprender si es capaz de entender lo que lee, si es capaz de captar la información que le proporcionan los libros.

amor a los libros
Sello oficial del obispo Richard de Bury

“Los libros son los maestros que nos instruyen sin brutalidad, sin gritos ni cólera, sin remuneración” afirma Ricardo de Bury en el primer capítulo de su tratado. Aparte de la mala impresión que deja sobre los métodos pedagógicos antiguos, revaloriza el libro porque es en él donde se encuentra el conocimiento. Por eso añade poco después, dirigiéndose a ellos: “Vosotros sois esas profundas grutas de la sabiduría hacia las que el sabio encamina a su hijo para que desenterrara los tesoros que encerraban”. Además, declara abiertamente que el libro es transmisor de conocimiento heredero de la tradición. “En los libros veo a los muertos como si fuesen vivos”. Esta idea, supongo que a través de una fuente clásica común, llega a Quevedo que expresa de forma magistral en un soneto, cuando se recluye en sus posesiones en Torre de Juan Abad, Ciudad Real:

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

Sin embargo, Ricardo de Bury no piensa en ningún momento en la poesía. Para él, la literatura de creación, evidentemente poesía, como se entendía en la época, tiene un papel secundario frente a la literatura de pensamiento, la Filosofía y la Teología. Para el autor, la poesía es un entretenimiento menor. A ella se dedican los malos clérigos que se han apartado de las Escrituras: “Hay quienes se entregan con todos sus cuidados a la tarea de producir canciones y extravagancias apócrifas, más bien para halagar los oídos del auditorio que para alimentar los espíritus”. La Literatura se valora porque posee un fin práctico –la capacidad de llegar a comprender el sentido recto de las Sagradas Escrituras-, pero no si su objetivo es el pùro entretenimiento o, como diríamos en la actualidad, el simple goce estético.

Esta consideración secundaria de la poesía no es extraña en la época. El Marqués de Santillana afirma algo parecido en su Proemio y carta que envió a modo de introducción de sus poesías al condestable de Portugal y con el que se suelen abrir sus obras completas. El marqués considera sus poemas “cosas alegres y jocosas [que] andan y concurren con el tiempo de la nueva edad de juventud, es a saber, con el vestir, con el justar, con el danzar y con otros tales cortesanos ejercicios”. Sin embargo, se resiste a creer que la poesía trate cosas banales, sino temas de peso, aunque de forma agradable: “¿Y qué cosa es la poesía, que en el nuestro [lenguaje] vulgar ‘gaya ciencia’ llamamos, sino un fingimiento de cosas útiles, cubiertas o veladas con muy hermosa cobertura, compuestas, distinguidas y escandidas por cierto cuento, peso y medida?”, dice según su conocida definición.

libros antiguosMuy parecido razonamiento hace Ricardo de Bury: en los versos figurados y honestos, “bajo la forma ficticia, se suele esconder alguna verdad histórica o natural”. Para corroborar esta idea, acaba recurriendo a su origen latino, que no es otro que Horacio en su Arte poética: “Los poetas quieren o deleitar o ser útiles”. Pero esto no lo ve como algo negativo, sino que se le concede su valor: “Todo elogio merece quien mezcló lo agradable a lo útil”. Parece claro: la poesía posee valor si tiene un fin práctico. Bury no tiene en mente la dimensión estética de la poesía (idea muy común en la época), sino que la entiende como un juego cortesano o, en el mejor de los casos, un ejercicio preparatorio de menor valor para el estudiante, que le ayudará a comprender mejor el verdadero significado de las Escrituras: “No se deben despreciar las pequeñas cosas, sin las que las grandes no existirían. De todo ello se deduce que la ignorancia de la poesía impedirá la comprensión de las obras de San Jerónimo, San Agustín, de Boecio, de Lactancio, de Sidonio y de otros muchos.”

La lectura, por tanto, no tiene valor en sí mismo como pasatiempo o como forma de alcanzar el  placer estético, sino que posee un objetivo práctico: es la fuente a través de la cual el estudiante accede al conocimiento.

Es sorprendente como coincide en lo sustancial con los principios teóricos del estudio PISA, tristemente conocido este año por no haber publicado los resultados de lectura de los alumnos españoles por errores no aclarados. En PISA se ha empezado por definir qué se entiende por lectura, que denomina competencia lectora (pág. 10):

“La competencia lectora es la comprensión, el uso, la evaluación, la reflexión y el compromiso con los textos con el fin de alcanzar los propios objetivos, desarrollar el conocimiento y el potencial personales.”

De nuevo, la lectura con una finalidad práctica. Parece que se entiende como simple entretenimiento suele considerarse algo peligroso. Recuérdese, si no, el caso paradigmático de don Quijote, que enloquece de tanto malgastar las noches leyendo novelas de caballerías. La idea del fin práctico de la lectura llegó a su máximo exponente en la ilustración dieciochesca, que aprovechaba cualquier género literario para aleccionar a su público con la intención de reformarlo ética y moralmente, siguiendo el principio horaciano del utile dulce. Después, ya solo la mala literatura propagandística ha querido seguir moralizando a sus lectores. Otra cosa es la buena literatura, cuyo objetivo es conmover o agitar las conciencias. Pienso en Brecht o en Valle-Inclán.

Como puede verse, de nuevo se considera la lectura solo con una finalidad práctica: la vía de acceso al conocimiento, y con un fin concreto, “desarrollar el conocimiento y el potencial personales”. Sin embargo, apenas le interesa la lectura como modo de cubrir el ocio y ni tan siquiera entra en consideración el factor estético de esta actividad. Como mucho, habla del vago fin de “alcanzar los propios objetivos”.

Si se considera la enorme influencia de la evaluación PISA en la agenda de los ministerios de educación de todos los países, comprenderemos por qué el estudio de la Literatura (tal como la entendemos en la actualidad: poesía, novela, teatro), ha dejado de ser una materia independiente en los planes de estudio y ha sido absorbida por la asignatura de Lengua. Actualmente, se ha convertido en el medio de trabajar la lectura para asegurar la comprensión lectora de los alumnos, de modo que el estudio de la Literatura (y pienso en la educación secundaria) se ha asimilado al estudio de la lengua, de manera que el texto literario se pone a la misma altura que los textos periodísticos, los científicos o los jurídico-administrativos.

Esto tiene dos consecuencias. La primera es no comprender lo que es la dimensión estética de los textos literarios. No me refiero a los estudiantes, sino a las autoridades académicas. Poner al Quijote como modelo de lengua a la misma altura que el Boletín Oficial del Estado (modelo de lengua jurídico-administrativa) es como comparar a Miguel Ángel con el marmolista de la cocina: ambos usan el mismo material. Pero ahí se acaba su relación. En otros casos, mientas durante una semana se estudian los complementos del verbo, a la siguiente se hace lo propio con las características del Renacimiento.

informe PISA
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Quien sale perdiendo con este desaguisado es el estudio de la Literatura y su comprensión como fenómeno estético: el alumno no descubrirá las posibilidades expresivas del texto literario,  ni de qué puede hablarle un poema, un cuento, una obra de teatro; tampoco sabrá nada de la tradición literaria (que deberá adaptarse a la edad del estudiante) y lo que esta ha podido legarle. Entonces, las horas dedicadas al estudio de la  Literatura se convierten en un simple intento de inculcar el gusto por la lectura, aunque sin entrar en la perspectiva histórica. Solo interesa que el alumno entienda lo que lee para asegurar su formación, pero no desarrollar su sensibilidad, que es una parte esencial del individuo. Parece contradictorio: se pretende inculcar el gusto por la lectura pero no interesan los textos más relevantes. No hace falta ser muy inteligente para comprender que no puede gustar lo que no se conoce. Por otro lado, ¿el objetivo de una asignatura es condicionar los gustos personales, o bien mostrar unos conocimientos? Ya lo decían los clásicos: poeta nascitur, non fit  (el poeta nace, no se hace) ¿Acaso el objetivo de la asignatura de Matemáticas es inculcar el gusto por los números a los alumnos y que les guste hacer sudokus? ¿O simplemente que dominen el álgebra y entren en el pensamiento matemático? Quizá en esta contradicción radica el fracaso de tantas campañas por la lectura. Y es que este gusto por la lectura (a diferencia del conocimiento de la Literatura) no puede enseñarse: se tiene o no se tiene. Ya lo deja claro nuestro buen amigo Ricardo de Bury: el gusto por los libros, o sea, por la lectura, es una rareza: “Calumniados por la admiración que profesamos a los libros, se nos acusa de vana curiosidad, de parcialidad en esta materia, de apariencia de vanidad y de una gran intemperancia en el placer que las letras nos proporcionan”. Efectivamente, la lectura es una actividad poco extendida y, en ocasiones, no siempre bien vista. Sin embargo, debería ser considerada una afición como otra cualquiera: “hay quienes prefieren consagrarse a la arquitectura, quienes a la navegación, quienes a la agricultura, quienes a la caza; otros, por el contrario, juzgan más estimables los ejercicios de la guerra o del juego, y nada tiene de extraño que a nosotros, bajo la influencia de Mercurio, se nos haya concedido la preferencia del honesto placer de los libros”.

La lectura y el confinamiento

Si las aficiones que pueden competir con la lectura parece que son muchas en el siglo XIV, qué decir de las que lo hacen en el siglo XXI. Sobre ello resulta muy revelador un estudio de las actividades que hemos hecho los españoles durante la primera semana de confinamiento derivado de la COVID-19. La situación daba para ponerse a leer de manera ininterrumpida, pues no había mucho más que hacer a lo largo del día. Ni tan solo pasear. No existía la característica excusa que se pone para no leer: la falta de tiempo. Pues bien: si el Barómetro de Hábitos de Lectura y compra de libros en España de 2019 indicaba que en épocas normales los lectores eran el 50 % de la población, con la COVID-19 se ha alcanzado un discreto 56 %.

Si las particulares condiciones de estos meses de marzo y abril solo han hecho aumentar un 6% la proporción de lectores, quiere decir que, por un lado, la lectura tiene grandes competidores, como muestra el gráfico: para el entretenimiento y la información se decantan por la televisión e internet. Quien no ha tenido competencia es la televisión: un 84% se ha dedicado a ella. En el ranking de actividades es la primera. La lectura, la novena.

lectura

Parece, pues, que la lectura tampoco ha arrasado en esta tan especial situación que hemos vivido y que sigue siendo una actividad poco frecuentada (aunque tampoco tan minoritaria: la mitad de la población). Al menos, en la época de Bury, no siempre estaba bien vista, pues el propio autor pide con cierto desdén a sus críticos que cesen “de difamar con sus comentarios satíricos lo que desconocen y de discutir sobre cosas ocultas que no se muestran a los descubrimientos humanos. Si gustáramos del placer de cazar fieras salvajes o de practicar juegos de azar o de cortejar damas, es posible que todos nos hubieran mirado con benevolencia.”

A diferencia de lo que denunciaba el Filobiblión en el siglo XIV, el estudio sobre la lectura durante el confinamiento descubre el prestigio social (poco practicado) de la lectura: aunque es el 9º en el ranking de ocupaciones, los encuestados creen que es la 3ª actividad que mejor puede ayudar a pasar el tiempo durante la cuarentena, después de ver la televisión y de hablar por teléfono.

Lo que sí ha aumentado, y corrobora la tesis de Ricardo de Bury de que la lectura es una afición concreta de ciertas personas, es el tiempo que se ha dedicado a ella durante la primera semana de confinamiento: un 62 % de los lectores ha dedicado más tiempo a su afición, de modo que la media diaria ha pasado de 47 minutos al día a ser unos 71 minutos. ¿Acaso no nos indica esto que mientras resulta difícil aumentar el número de lectores, es más fácil conseguir que lean durante más tiempo aquellos que tienen la lectura entre sus aficiones?

Todo ello nos lleva a una posible conclusión, y es que no puede considerarse cualquier acto de lectura de la misma manera, porque no es siempre igual.  Ya lo diferencia Bury, citando unas palabras de Beda el Venerable: “Los unos, encantados por las ficciones de los poetas y por la armonía de las palabras, leen con placer las obras profanas; los otros se dan a la erudición, para detestar, previa lectura de sus obras, a los paganos y recoger de ellos todo lo que de útil puedan encontrar aportándolo para el engrandecimiento de la ciencia sacra. Tales hombres se instruyen en las ciencias profanas con un fin loable.”

amor a los libros
Beda el Venerable por James Doyle Penrose

La cita describe las dos formas básicas de lectura. La primera es una lectura práctica y con una finalidad concreta, el aprendizaje, base de la adquisición de conocimiento. Es una actividad que requiere la concentración propia del trabajo intelectual, con rigor y método. Se trata de una lectura académica, propia del estudio y en el que destaca el género del ensayo. Normalmente, no es fuente de placer, sino de trabajo.

Por otro lado, la lectura de la literatura de ficción, de aquellos que “leen con placer”. No es una lectura práctica y no tiene más finalidad que cubrir las horas de ocio para distraerse o para lograr un goce estético. Requiere concentración, como todo acto intelectual, pero su objetivo no es el aprendizaje, sino dar rienda suelta a la imaginación o al deleite de la sensibilidad. Es la novela, la poesía, el teatro. Como mucho, su finalidad será la catarsis, la purificación de nuestras pasiones.

De este segundo tipo de lectura puede hacerse, todavía, una subdivisión. La primera, la de aquellos que hacen de la Literatura un puro acto de entretenimiento. El segundo grupo es el de aquellos que convierten la acto de lectura en un momento de placer artístico o estético: no es solo un modo de cubrir los ratos de ocio, sino de cultivar el espíritu.

El problema se genera con la confusión de elementos: cuando, para trabajar la lectura académica, se pretende fomentar la lectura literaria. El resultado suele ser que quien sale perdiendo es esta última, de manera que el número de lectores puede ir cayendo, en favor de otras formas de ocio: televisión, videojuegos, etc.

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Jorge León Gustá

Jorge León Gustá

Jorge León Gustà, Catedrático de Instituto en Barcelona, es doctor en Filología por la Universidad de Barcelona.

Su trabajo se ha desarrollado en estas dos direcciones: por un lado, como autor de libros de texto dirigidos a secundaria, y por otro, en el campo de la investigación literaria.

En el área de la educación secundaria ha publicado diferentes manuales de Lengua castellana y literatura en colaboración con otros autores, así como una edición de La Celestina dirigida al alumnado de bachillerato, Barcelona, La Galera, 2012..

Sus líneas de investigación se han centrado en la poesía del siglo XVI, el teatro del Siglo de Oro y las relaciones entre la literatura española y la catalana en el siglo XX.

Entre sus artículos destacan los dedicados a la obra de Mosquera de Figueroa: “El licenciado Cristóbal Mosquera de Figueroa, de quien ha publicado las Poesías completas, Alfar, Sevilla, 2015.

Las investigaciones sobre el teatro del Siglo de Oro le han llevado a colaborar con el grupo Prolope, de la Universidad Autónoma de Barcelona, cuyo resultado fue la edición de la comedia de Lope de Vega, Los melindres de Belisa, publicada en la Parte IX de sus comedias, en editorial Milenio, Lérida, 2007.

Además, ha sido investigador del proyecto Manos teatrales, dirigido por Margaret Greer, de la Duke University, de Carolina del Norte, USA, con cuyas investigaciones se ha compilado la base de datos de manuscritos teatrales de www.manosteatrales.org. Su colaboración de investigación se centró en el análisis de manuscritos teatrales del Siglo de Oro de la antigua colección Sedó que están depositados en la Biblioteca del Instituto del Teatro de Barcelona.

En el campo de las relaciones entre las literaturas catalana y española, ha estudiado la influencia del poeta catalán Joan Maragall sobre Antonio Machado, así como la de Rusiñol en la génesis de sobre Tres sombreros de copa de Mihura.

Del estudio de la interinfluencia del catalán y castellano ha publicado un artículo de carácter lingüístico: “Catalanismos en la prensa escrita”, en la Revista del Español Actual (2012).

Ha publicado el libro de poemas Pobres fragmentos rotos contra el cielo