Las nueve musas
Diario de un ladrón de oxígeno

Una decepción tibia de lectura

Descubrí esta novelita hace tiempo en las novedades de El Corte Inglés y me llamó la atención por su aspecto externo, así como por la leyenda que la acompañaba: “Una novela de culto sobre el abuso emocional que ha fascinado a los hipsters de medio mundo”.

“¡Vaya, esto parece interesante…!”, recuerdo que pensé.

Diario de un ladrón de oxígenoA veces, la atracción responde a reglas tan efímeras como una buena encuadernación, una imagen de portada vistosa y una tipografía y un papel agradecidos, sin olvidar una reseña de contracubierta suficientemente capciosa, aspectos todos que se aúnan en la edición en castellano de Reservoir Dogs (sello alternativo del grupo Penguin Random House Mondadori). No obstante, tengo por ley no dejarme engañar por el envoltorio. Cumplo con la estricta rutina de ojear unas cuantas páginas al azar antes de lanzarme a un autor desconocido, anónimo en este caso, cosa que hice durante unos minutos. En ese momento, no me decidí a comprarla. La primera lectura no me sedujo particularmente, si bien es cierto que, ya en ese contacto, vislumbré algún que otro elemento insinuante. Así que anoté el título en mi móvil, para contrastarlo más adelante.

Con la huella de la impresión física del libro, buceé en los anales de Internet y allí seguí dando con referencias que nutrían mi curiosidad. Al parecer, se trataba de una obra de ficción, probablemente autobiográfica, autoeditada y difundida por el boca a boca en el mundillo bohemio de Nueva York, la cual se había convertido en éxito editorial en poco tiempo y había sido traducida en medio planeta. Debo reconocer que, tras estar al tanto de estos detalles, la tentación resultó más fuerte. Me decidí pues a adquirir el libro electrónico y darle una oportunidad. Las sorpresas literarias no se consuman si uno no les otorga la preferencia que vienen reclamando.

Se trata, en síntesis, del diario de un publicista irlandés de éxito que abandona Londres para aceptar un puesto en una localidad perdida de Estados Unidos y que trae a sus espaldas un historial de relaciones con chicas en el que la única motivación ha sido el deleite maquiavélico de enamorarlas para romperles el corazón luego. Sin embargo, en una estancia en Nueva York, conoce a una joven y prometedora fotógrafa, irlandesa al igual que él, de la cual se encapricha hasta los tuétanos. Ella será quien le haga sufrir en sus propias carnes el acíbar del desengaño.

El libro bebe de la autobiografía de principio a fin, y quizás sea este su mayor baluarte, a la par que su principal vicio. Tras un par de capítulos que anuncian un recorrido promisorio por el terreno que más podía interesarme, el del seductor con rasgos de maltratador psicológico –“Pero yo lo disfrutaba muchísimo. No el sexo ni la conquista siquiera, sino causar dolor”–, la narración se desvía en los siguientes capítulos hacia una crónica del cambio de trabajo y de residencia del protagonista, en la que no faltan continuas filípicas acerca del mundo de la publicidad y de las grandes firmas del sector, aderezado con oportunas menciones a su condición de miembro de Alcohólicos Anónimos. De este modo, cuando salta a escena la supuesta gran historia de amor-desamor que lleva al ignoto protagonista a escribir su vivencia, esta no cuaja en ningún momento porque el enfoque narrativo no ahonda en los aspectos más sugerentes ella. No nos cuenta qué es lo que ha podido suceder para que un donjuán del otro lado del océano descubra de pronto a su moderna doña Ana, sino que se limita a pintarnos una serie de situaciones morbosas que no pasan de tópicas y que no estimulan en modo alguno nuestra sensibilidad. El remate del relato, en clave de humillación pública al protagonista en un club neoyorkino, no tiene la fuerza suficiente para sustentar el melodrama de tono victimista ni todo el entramado previo de la narración, que resulta, a mi gusto, inconexo e irregular. Es imposible no respirar en cada línea el deseo de trascender, por la vía de la literatura, la experiencia traumática del autor y, en cierta forma, servirse la venganza en frío, con aquello que más duele: la palabra escrita.

La obra presenta, aun así, aciertos estilísticos puntuales, sobre todo, en el capítulo inicial que, junto con algunas digresiones lúcidas, aunque dispersas a lo largo del relato, hacen que el lector no pierda la esperanza respecto a futuras aportaciones de este narrador anónimo; siempre que sea capaz de superar la querencia revanchista y de proyectar su impulso de escritor hacia empeños más enriquecedores. En conjunto, una experiencia tibia de lectura que se aproxima a la decepción, pero que no dejo de recomendar, aunque solo sea por tomar contacto con una expresión actual y espontánea que, en su origen, escapaba a los cauces cada vez más tediosos del mercado literario.

 

 JB Rodríguez Aguilar


Diario de un ladrón de oxígeno / Anónimo

Traductor: Eduardo Iriarte Goñi

Reservoir dogs, 2016

160 pág.

ISBN 9788416709878

Publicado originalmente en07/05/2018 @ 12:35

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