Las nueve musas
El camaleón y el mosquito

El camaleón y el mosquito (o el sofista)

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—¿Puedo pasar? —preguntó con cautela el mosquito.

—¿Y por qué no? —respondió el camaleón.

—Es que tienes mala fama. Mi temor es que, al acercarme, me comas.

—Nada que ver, nada que ver. ¿De dónde sacaste esas fantasías?

Aclaremos que el mosquito estaba dentro de un intrincado matorral mientras el camaleón esperaba camuflado y colgado de las últimas ramas laterales.

—Es que…

—Vamos, avanza, vuela sin temor y sé libre, el mundo es tuyo. Ejerce tu inalienable derecho a la plena libertad.

—Pero es que eres tan tornadizo… Te mimetizas con el entorno… Encima tus colores cambian según la luz. Sencillamente, no te veo. No sé donde estás, tengo temor.

—Razona, hermanito: si no me ves, es lo mismo que si yo no estuviera, ¿no? Adelante, vamos, vuela sin reparos y haz tu vida. Yo por mi parte haré la mía —insistió el camaleón.

—Mmm, tengo dudas. Porque mi pregunta es: ¿para qué estás confundido entonces con el borde del matorral?

—Bueno, te diré. Lo hago porque afuera, en el campo, hay grandes monstruos.

—¿En serio?

—Sííí, hermanito. Y muy grandes. Monstruos como los tiranosaurios y varios más. Multitud de dientudos, que bien podrían acabar con pobres animalitos como yo. ¡No sabes la suerte que tienes de pasar inadvertido!

—Perdona, camaleón, pero creo haber escuchado decir a los animales con ropa que los tiranosarios desaparecieron mucho antes de aparecerse ellos por estos lares. ¿Estás seguro que son tirano…?

—¿Crees que voy a estar aquí de puro gusto si no existieran? Mira, hasta gente importante, entre esos que dices, ha asegurado en público que siguen vivos. Recuerdo a algún político y también alguna conductora de televisión afirmando que dichas bestias nos son contemporáneas. Y la televisión nunca miente.

—Entonces con más motivo tendría que quedarme aquí dentro, camaleón. ¿No crees?

—No, no. Eres tan diminuto que esos grandes monstruos ni te verán. Pasa sobre mi cuerpo y vuela libre como el viento. Esos monstruos no son problema para ti. Solo para mí lo son.

—Sigo teniendo dudas, camaleón. Porque, dime, a todo esto ¿de qué vives?

—En verdad, mosquito, vivo de mi lengua. ¿No ves que estoy hablando contigo?

—Ah, claro, estás aquí para avisarnos que afuera hay enormes tiranosaurios. Ahora creo entender.

—En fin, digámoslo así: vivo de mi lengua. Pero me alegro de que vayas comprendiendo.

—Claro, claro, camaleón. Vendrías a ser algo así como nuestro benefactor. El gran protector de la gente menuda.

—Lo dices tú; no lo digo yo —aclaró el camaleón—. Si lo dijera yo, qué va a decir la gente, que soy un fanfarrón, cuando en verdad fui siempre un sujeto que intentó pasar desapercibido.

—Mmm. Sin embargo, sigo teniendo dudas. Tienes tan mala fama entre mis parientes que mejor me quedo y espero a que te vayas.

—Ay, mosquito, pero acaso ¿no te alimentas de sangre? Acá no hay nadie apto para tu jeringa…

—Nooo, bebo savia de las plantas, soy un mosquito macho. Te confundes con mi señora

—Ahhh, mira, no sabía ese detalle de género. ¿Así que no cenan juntos como todo buen matrimonio? Bueno, pero igual tendrías que ir a verla, ¿no? Quizá te extrañe… —mientras revoleaba los ojos para todos lados y cada cual por su cuenta.

El mosquito meditó un poco. Sabía que el camaleón estaba hacia la entrada del matorral, vaya a saberse dónde, pero que estaba, estaba.

Por fin, con timidez preguntó:

—¿Me das tu palabra de que respetarás mi vida, camaleón?

—Por supuesto, dalo por hecho. Si fueras un cascarudo de esos bien gordos, bueno, podrías tener razonables dudas sobre mis intenciones, pero siendo como eres casi insignificante (y no lo tomes a mal, lejos de mí toda descortesía), ¿qué comida suculenta podría conseguir de ti? Y eso en el caso de suponérseme insectívoro. Vuela, vuela sin temor. Sé libre. La libertad ante todo.

El mosquito perdió su timidez y dijo intrépido:

—Tienes razón, soy un tonto. No puedo dejarme llevar por habladurías sobre los camaleones. En verdad, nunca vi con mis ojos a ningún camaleón comerse un mosquito. Voy a volar por sobre tu cuerpo, aunque no sé bien donde está tu cuerpo.

Fue lo último que dijo. Fue lo último que hizo.

Se oyó apenas un chasquido. Efectivamente, el camaleón vivía de su lengua, de su mala lengua. Y vaya si vivía.

Héctor Zabala

Héctor Zabala

Narrador y ensayista argentino (Villa Ballester, Buenos Aires, 1946).

Dirige la revista literaria Realidades y Ficciones y su suplemento desde 2010.

Fue redactor de la revista literaria Sesam, de la Sociedad de Escritores de General San Martín (2007-2010).

Reside en la ciudad de Buenos Aires.

Ha sido distinguido con varios premios nacionales e internacionales en narrativa corta y fue jurado literario en diversas ocasiones. Ha publicado en 2016 los libros de cuentos “Rollos sacrílegos”, “Unos cuantos cuentos” y “El trotalibros y algunos mitos”. También, en 2016, la obra teatral “Diván en crisis”, en colaboración con Diana Decunto y Alicia Zabala. En 2019 publicó “Pateando tableros, relatos con algo más que ajedrez”. Tiene varios libros pendientes de publicación.

Obras de su autoría han sido publicadas en diversas revistas literarias, como Letralia, Alga, La Bella Varsovia, entre otras.

Es contador público nacional por la Universidad de Buenos Aires (UBA), maestro internacional de ajedrez (IM-ICCF, 1999 y SIM-ICCF, 2001), medalla de plata (ICCF, 2002) y fue el VIII campeón latinoamericano de ajedrez postal (CADAP, 1994).

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