Hubo en la ciudad un colegio situado a las afueras, cuyos campos de deportes lindaban con el río. Se podía decir que el lugar, rodeado de huertos, conformaba un paisaje idílico. Sin embargo, la enseñanza tiene otra luz, a veces la arbitrariedad puede producir esa penumbra de cuarto cerrado, que rebela al alumno, transformando ese cielo limpio en una superficie que, aunque recién barrida, resume aquella posguerra, aseguraríamos que mantiene hojas, papeles grasientos, restos de bocadillos, libros caducados.
No obstante, hay quien confundiendo los años de su preadolescencia, el misterio y alegría que suponen, adaptados perfectamente a la retórica de la época, cuando, ahora, recuerda sus cursos, profesores, aulas, compañeros, los contempla bañados por aquella inocencia fresca que se pregonaba, pues la clase media era la única depositaria del futuro, y nosotros formábamos parte de ella.
Aunque al otro lado, en las escuelas públicas, en los institutos, quizá se forjaban otros muchachos como nosotros, sin duda carecían del carácter grupal, competitivo, con que se nos educaba, aquellas luchas entre cartagineses y romanos, semejaban la vida que nos aguardaba al otro lado de la verja del colegio y el profesorado repetía continuamente.
Si acaso, en aquellos centros practicaban el ajedrez, propio de individualidades. Jugadores sin prisa, estimando la inteligencia de sus contrincantes, no eran dados a ese exceso de entusiasmo competitivo, que jaleado por los profesores, siempre dejaba sobre los pupitres algún cadáver resentido que afilaba su estilete para el próximo encuentro.
¿Me has preguntado si leía? ¿Si leíamos en clase? ¿Si se nos orientaba para que leyésemos? Supongo que sí, pero también imagino que con restricciones, lo que para el pragmatismo de los chicos y, a fin de evitar complicaciones, a menudo quedaba aparte. La lectura es algo personal y la interpretación de un texto no siempre es acorde con la proyectada. Los escritos tienen esas posibilidades.
Recuerdo que, como castigo, se nos obligaba a copiar capítulos de El Quijote. Convertían la libertad depositada entre sus páginas en una celda. Era el dogma de la época, los alumnos nos dedicábamos a copiar, no a entender. Los castigos había que cumplirlos, fuesen o no justos.
Mi amigo Guerrero y yo fuimos reclamados por el hermano, sin que ninguno de los dos fuese consciente de haber cometido falta alguna. Claro que, con diez años, la ignorancia es mucha, sin duda desconocíamos el correspondiente artículo del reglamento.
Podríamos alegar ignorancia, pero el castigo habría sido el mismo. Se nos obligó a copiar el capítulo primero del Quijote, así se equilibraba nuestra ignorancia sobre el presente y la fe en un futuro más que dudoso.
Aquel profesor vigilante, de manos enormes y rojas, voz tonante propia de gañán y hábito talar no hablaba como nosotros. El murciano es dulce, tranquilo, yo diría que dudoso, no es una lengua para dogmatizar, imponer, sino para convencer, quizá falla en sus argumentaciones, porque da por sabidas muchas medias verdades, de modo que para quien viene de fuera sospecha que se trata de una región elemental, algo primitiva, que debe ajustarse al canon norteño, si de verdad quiere ampliar sus horizontes.
La voz del hermano era más recia, más de mando, como un látigo, con su golpe seco. A mí me parecía que era alto, y desde el pupitre aun más, ancho de espaldas, físico más adecuado para cargar sacos, golpear la madera, serrar, servirse del hacha, de la azada, del pico, que para ejercer de dómine.
Nos había dicho que copiásemos el primer capítulo del Quijote. Y estábamos en ello, creo que en ese momento ya había olvidado el motivo, puedo asegurar que, si había cometido alguna falta, me consideraba inocente. A los diez años uno está ocupado en otras cosas.
El caso es que observé que merodeaba, mosca pegajosa, sobre nuestros cuadernos, supongo que debía andar ocupado en nuestra caligrafía. De pronto sentí en mi espalda el calor de su proximidad, colocó la cabeza a la altura de la mía, sentí su aliento, y me rozó la mejilla con su barba. Mi reacción fue fulminante, después, cuando he recordado, la he calificado de automática.
Mi pie, que calzaba botas de invierno, como un resorte mecánico, cayó sobre su espinilla. La puntera debió acertar en algún punto clave pues rugió, supongo que maldijo, como correspondía a su formación. Entonces le oí gritar.
A mi compañero le dijo que se marchase, a mí que seguiría hasta que acabase de copiar completo el capítulo. ¿Por qué no dijo nada? Volví a la rutina y aquel suceso nunca apareció en los anales del colegio. En aquel momento ni lo entendí, ni me preocupó.
Cuando media hora más tarde que el resto de los alumnos salí del colegio y me dirigí a Ramona, que ya estaba desesperada:
-¿Pero, qué te ha pasado? ¡Todos tus compañeros han salido! ¿Y, tú qué? ¿Distraído?, ¿pintando monas?
Al confesarle que había sido castigado, no lo entendió. Todo el camino hasta casa lo hicimos acompañados por sus preguntas, una y otra vez no lo entiendo y no me cabe en la cabeza.

















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