Las nueve musas
el bosque
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Lo que voy a contar procede de los cuadros del pintor y profesor Carlos Pérez Bermúdez, con el que desde hace años trato sobre el objeto,  espectador y autor.

Relación ambigua, ya que, si el objeto reconocible, es un árbol y Carlos se ha pasado la vida pintando esos mismos árboles, no es lo que ve, aquello que vemos, sino el recuerdo de algo, la sombra y la luz, las hojas y el aire, el cielo y el suelo. El árbol se convierte en ese compañero con el que ha mantenido un diálogo continuo. El problema del pintor es trasladar a quien le visite lo que ha visto y lo que ha pensado sobre lo que vio, que no dará como resultado una amalgama, sino la conjugación de ambos elementos.

Carlos Pérez Bermúdez

Unos pasan la vida buscando algo, otros, prefieren, o no sienten esta necesidad, así que buscan un árbol al borde del camino y se sientan a ver pasar… ¿Qué ven?, puede que el camino no presente sorpresas y sus ojos se acostumbren a los personajes y cosas, a la luz de los días. Frente al que se sienta, están quienes caminan.

Quizá la mejor comparación con la zozobra de andar de aquí para allá, sea el viaje. Exploramos la realidad, el mundo en que nos encontramos. El escritor lo hace en busca de ese texto que piensa todavía no ha escrito. El pintor y el escultor se enfrentan a un plano blanco vacío, un hueco, que ha de contener lo que tiene en su cabeza. El migrante ya sea en patera, atravesando ríos y mafias, violaciones busca tan solo una vida mejor, porque la sequía, las inundaciones, la ambición política de algunos han convertido su país en un lugar inhabitable. Se convierte así en refugiado, expatriado, explotado.

Nunca debemos perder de vista este viaje, quizá al escalar una montaña, atravesar un desierto, de pronto, tras haber leído, tras haber escrito, dibujado, pintado, pensado, encontremos lo que nos obligó, animó, a hacer este viaje. Aunque quizá pueda asegurarse que esta elección les acompañará siempre, dado que la han formulado como una necesidad.

Se dice que los árboles no dejan ver el bosque. Si fijamos la mirada, uno por uno, son concretos, son unidades con vida propia, independientes. En la Edad Media desde lo alto del castillo feudal se contemplaba el plano de la ciudad, aparecía lo abstracto. Imagina, ahora, que lo vieses bajo el agua, distorsionados imagen y color. Bajo el agua quiero decir que hemos agregado el contexto tiempo a ese espacio. ¿En qué medida los cuadros incluyen la historia? Unos dirán que podremos deducirlas de los materiales que se han utilizado, y es verdad, el taller, la preparación, la luz no siempre han sido los mismos. Otros quizá hablen del estado del pintor en el momento de componer la obra, su edad, alegrías, sus enfermedades…

Nuestra memoria, caprichosamente, prefiere tocar, no ver. El recuerdo, por ser propio, se aproxima a este tipo de relación. En la pintura se conserva una relación táctil, el cuadro se ha hecho a mano, aunque se trate del grabado, no es una reproducción, es ese uno a uno que consolida su independencia, siempre hay algo que los distingue. El cuadro como obra en el tiempo a veces se resiste a ser acabado y el autor vuelve una y otra vez sobre la misma obra. A veces este tacto es realidad y también metáfora.

Quien apenas ha salido de su calle, y sólo ha visto desde la ventana o el balcón, no conoce esa perspectiva desde la que se puede contemplar algo diferente. Diríamos que nuestros ojos tienden a lo objetivo, aunque, como afirma Guillén en su décima Beato sillón: los ojos no ven, saben. Ortega en Meditaciones del Quijote (Letras Hispánicas) , dice: hay sobre el pasivo ver un ver activo, que interpreta viendo y ve interpretando; un ver que es mirar. Platón supo hallar para estas visiones que son miradas una palabra: las llamó ideas.

Ver equivale a lejanía, todo lo que tocamos está cerca. Lejos o cerca pueden configurar maneras de convivir con esta realidad a la que llamamos cuadro. Ocurre que, si el pintor repite una y otra vez el mismo motivo, pierde su relación con el modelo primero, y representa la suma de lo que ha visto, donde se incluyen objeto y cuadro, reúne lo real y lo figurado. Si esto sucede, nos desprendemos de la cosa y su reflejo, alcanzamos, sin haberlo propuesto, la abstracción. Nos encontramos ante el bosque.

El bosque es oscuro, visto desde fuera, se parece a la superficie del mar, impide que veamos lo que hay debajo. Es profundo por eso mismo es oscuro. También misterioso. Una rama que se quiebra, el murmullo del agua, el canto de los pájaros, los saltos de las ardillas, las piñas roídas que caen al suelo, son percibidos como extraños, el bosque no es silencio, sino que se convierte en una caja de resonancia que levanta el recelo de los visitantes y, temerosos, miran a un lado u otro, el sonido enfatiza el movimiento, esa sensación de cosa viva.

Hay otra relación en el campo abierto.  Su luz, la claridad agrega transparencia, aleja temores ancestrales, reconocemos el ruido y su origen, el hueco y el relieve. Se restablece un cierto equilibrio entre el objeto como realidad y cómo lo percibimos. Han desaparecido esas puertas cerradas del bosque que vamos abriendo a medida que lo recorremos, puertas que inmediatamente se cierran a nuestra espalda, razón por la que sentimos una soledad más intensa.

Claro que puede ocurrir que excepcionalmente descubramos en el bosque un lugar donde la luz penetra sin dificultad alguna, estamos ante un claro. Quizá el cuadro sea más parecido a este claro que acabamos de encontrar. Es como un descanso, así que nos sentamos y volvemos al principio. El bosque es la abstracción, el árbol es lo concreto. ¿Habrá otra realidad?

¿Podremos descubrirla en estos cuadros?, volvamos a mirar desde el castillo, ¿qué vemos? Tejados, patios, calles estrechas, tortuosas, también iglesias, con sus torres y campanas. Sin duda es un lugar habitado, hasta nosotros llega el ruido de la ciudad, sembrada de voces, pues hoy es mercado. Estamos ante el espacio y el tiempo.

El espectador se encuentra en el claro del bosque, contempla los árboles que ya no lo son, contempla la luz con la que el pintor vio aquellos árboles, sin embargo, no ve bosque ni árbol, está ante unas manchas sobre lienzo, sobre papel, sobre cartón. Está lejos y está cerca. La pintura produce esta especial impresión, estamos en un bosque y ante unos árboles, justo en el claro de un bosque, sin que ninguno de estos nombres comprenda del todo lo que hemos percibido.

Es ahora cuando, quien visita la exposición, ha recibido ese impacto que originó el viaje del pintor. Hay en él esa zozobra, especie de puerta o ventana que ha quedado abierta, el aire bate, nada oímos, sin embargo, se percibe un cierto movimiento. Frente a lo estático, callado o mudo, esta obra en la que hemos puesto nuestra atención, parece que dice algo, y lo dice no a un nosotros, sino a mí, a cada uno. El autor dejó en ella una pregunta o una respuesta y de un modo u otro, llega, nos llega. Mirad al espectador que se ha detenido y sin que él mismo lo sepa, sigue ahí, como si el diálogo hubiese comenzado.

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JOSÉ LUIS MARTÍNEZ VALERO

José Luis Martínez Valero

José Luis Martínez Valero. Águilas, 1941

Catedrático de Enseñanza Media de Lengua y Literatura Españolas.

Ha publicado: Poesía (1982), La puerta falsa (2002), La espalda del fotógrafo (2003), Tres actores y un escenario (2006), Tres monólogos (2007) Plaza de Belluga (2009) El escritor y su paisaje (2009) Libro abierto (2010), Merced 22 (2013), Daniel en Auderghem (2015), Puerto de Sombra (2017), Sintaxis (2019), Otoño en Babel (2022).

Ha coordinado el ciclo de Poesía en el Archivo (2007, 2008 y 2009).

Guionista en los documentales: Miguel Espinosa y Jorge Guillén en Murcia.
Aguafuertista e ilustrador.

Reseñas literarias

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