Las nueve musas
Isabel Coixet

Decepcionante y desconcertante Coixet en «Un amor»

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La primera hora de las dos que dura la película “Un amor”, de Isabel Coixet, es insoportable: insoportable solo, ni siquiera leve.

Un amor

Lacrimógena, pero bastante peor que esos libretos mal traducidos del francés que se representaban en el teatro decimonónico español con el mote de comedias lacrimógenas (“comédies larmoyantes”).

Salí de la película antes de salir del cine. Desconecté a los diez minutos, volví como a la mitad de la película, y la media hora final me resultó insufrible; aun así, aguanté en la butaca hasta ver el bailongo de la actriz.

“Un amor”, de Isabel Coixet, evidencia ser un trabajo alimenticio a pesar de que la producción ha sido premiada en algún festival (Premio Feroz de Zinemaldia, que otorgan los periodistas, ojo, bien nutridos, en un margen reservado del Festival de Cine de San Sebastián) y generosamente regada con dinero público (tuyo y mío), y a favor de anunciarse como basada en la novela homónima de Sara Mesa, publicada por Anagrama en 2020.

Rebajas

Intuimos que la inteligencia superfina de la directora ha hecho creer (a la censura y a los dueños de la pasta oficial) que la película entra en las líneas programadas y presupuestadas de lo políticamente correcto. Para ser una historia profeminista, pro refugees, promedioambiental y todos los pros que se quieran añadir a la caja registradora, la verdad es que la película parece una parodia de todo eso.

Isabel Coixet ha logrado, si lo miramos desde este punto de vista, una sátira amable —o no tan amable, pues no deja de asomar un estilete tan fino que apenas hace visible el corte fatal; quizá solo mostrado en toda su cruda ironía en las últimas escenas, que dejo juzguen los lectores si ven el film.

La película comienza a tener algún ritmo e interés sobre su hora larga de duración, cuando la chica aburrida en la pantalla, tanto como este espectador de la película, comienza a demostrar una cierta emoción —celos y control del otro—después de iniciar una relación sexual con un vecino llamado “el alemán” (a pesar de que el acento del actor que lo encarna ni delata ser germánico ni mucho menos armenio, pues no enteraremos de que quizá fuera armenio desplazado a la patria de Beethoven).

La parodia es un género sutil en manos de Coixet. Si no pensáramos que la película “Un amor” es de la misma autora que la buena película “La librería”, de 2017, habríamos de creer que la directora ha perdido no solo su talento sino el gusto por el buen cine.

Ni un solo plano en la película “Un amor” merece una mínima consideración estética. Hasta en uno, que tiene cierto marco de pueblo de encanto, la directora hace pasar por delante mismo de los protagonistas, que están sentados en la terraza de un bar, un vehículo de minusválido, al parecer en reivindicación de los que hoy se llaman discapacitados o con otras capacidades alternativas. (A lo mejor, podría ser ese un símbolo de la discapacidad emocional de la protagonista). No deja ripio que tocar en el género áureo de la cultura oficial de ciertas izquierdas retro. Lo cual no le impide a Coixet ridiculizar al mismo tiempo, en sus personajes, a toda esa caterva de figuras woke, desde el matrimonio de vecinos pijos ecologetas, con hijitos rubios, obsequiosos en invitar a barbacoas y luego preguntar al invitado de turno: ¿comes carne? (bajo la trivialidad de los diálogos de la película, esta es una perla) al resto de personajes comparsas.

Laia Costa
Laia Costa

El pseudoartista de vidrieras retirado al campo y también obsequioso, pero más cotilla y mamoncete. La misma prota, Nat, en la novela de Mesa, que no sabemos por qué es tan aburrida y que acepta una “aventura” fetichista, en el fondo, de entrega pasiva y morbosa, a un grandullón alemán, humano distinto al perro de la misma raza, y al que la aburrida protagonista compara con una “montaña”.  Para la protagonista ha elegido Coixet a una actriz, Laia Costa, que no tiene ningún atractivo (quizá, se trata de eso, y viene bien para la tesis de que al hombre masculino solo le interesa una vagina donde meterla).

En la novela puede que la prota transmita emociones, aquí solo lástima y una especie de asentimiento a su desgracia, merecida. ¿Pero cuál es su desgracia? ¿Que tenga que salir del refugio rural que ha elegido para seguir su vida aburrida? ¿Que tenga que tomar su coche para emigrar a otro lugar? ¿Que es símbolo de todos los seres humanos desplazados? ¿O solo de las mujeres desplazadas?

Isabel Coixet creo que se ríe de la prota. Y yo no me río pero tampoco empatizo. Más aún, detesto estas obras de tesis donde el hombre masculino, y la mitad de muchas de las parejas de amantes, son seres ridículos, agresivos, estereotipados como violentos (así bien lo refleja el “casero”). Un horror artístico y una mentira.

La historia está narrada desde el punto de vista del personaje femenino protagonista, pero de forma sutilmente doble, como en las parodias, la narradora-directora hace un guiño constantemente al espectador de la película, que juzga lo que se muestra y no se muestra pero se insinúa: la ridiculez de la protagonista; así el espectador entra en juego y matiza a la directora-narradora, le quita y da la razón, media entre el punto de vista de la autora y el suyo, sea este el que sea.

La pelí es, pues, compleja en ese juego de espejos desde donde se narra. Desde la protagonista, la empatía está ausente; desde la directora, aquella es un personaje ridículo como los otros (salvo quizá, el alemán, si no lo metaforizamos con el perro de compañía); y desde el espectador, es una historia triste, representativa de una falsa imagen (manipulada políticamente) de la mujer y del hombre coetáneos. De pena.

Decía Schopenhauer, y decía bien, que un libro suyo no había sido premiado por la Academia de las Ciencias. Daba a entender que ese era un mérito para que el lector lo leyera.

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Fulgencio Martínez

Fulgencio Martínez

FULGENCIO MARTÍNEZ LÓPEZ nació en Murcia; es editor y director de la revista Ágora-papeles de Arte Gramático.

Profesor de filosofía, poeta, ensayista y autor de relatos. Ha publicado, entre otros, los poemarios La segunda persona (Sapere aude, Oviedo, 2021), Línea de cumbres (Madrid, ed. Adarve, 2019), Cancionero y rimas burlescas (Renacimiento Sevilla, 2014), León busca gacela (Renacimiento, Sevilla, 2009), El año de la lentitud (Huerga y Fierro editores, Madrid, 2013).

Ha publicado la antología La escritura plural, 33 poetas entre la dispersión y la continuidad de una cultura, con textos en cinco lenguas españolas: vasco, catalán, gallego, español y sefardí. (Prólogo de Luis Alberto de Cuenca. Ars poética, Oviedo).

Es autor de un ensayo sobre la filosofía de Antonio Machado, publicado en la revista Symposium de la Universidad Católica de Pernambuco (Recife, Brasil). Y del libro de relatos El taxidermista y otros del estilo (Diego Marín, ed. Murcia).

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