Las nueve musas
Olga Mesa

Cuerpos/Espacios vulnerables

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Si hay algo que vertebra la práctica de la performance es, sin duda, la vulnerabilidad. A menudo se han entendido muchas performances como expresiones de vulnerabilidad al mostrar un cuerpo desnudo, o al accionar autoinflingiéndose ”dolor”. Sin embargo, creo que la performance es, en sí misma, vulnerabilidad.

Y no me refiero solamente a un tránsito, una dirección de esa vulnerabilidad, sino a un camino de dos sentidos, de interdependencia como cuerpos que dependen unos de otros, y que se forman y deforman entre sí.

Uno de los lugares más comunes referente a una experiencia de vulnerabilidad es algo así como aparecer en un espacio vacío,  desnud* a la vista de tod*s, es decir, expuesto. La exposición, en un sentido fotográfico, significa desvelar, o más bien, estimular con la luz ciertas partículas que acabarán conformando, en función de esa estimulación luminiscente, el negativo del plano de la realidad escogida. Este negativo funcionará, en tanto que realidad física, no como una copia o representación de la realidad, sino como una realidad en si misma, en continua relación interdependiente con otras, como son la realidad del plano escogido, la realidad del ojo y su subjetividad, la realidad de los procedimientos químicos y sociales que son necesarios para la producción de los materiales requeridos para ello, y un larguísimo etc.

La performance, todo y que no ha de ser necesariamente vista para ser real, se debe a una realidad expuesta, a un cuerpo [humano o no humano] en exposición, es decir, abriendo realidades a través de estímulos desde lo físico. Y sabemos que lo físico va más allá de lo corpóreo.

Veamos el espacio como ejemplo de fisicidad más allá de lo corpóreo. Sabemos que el espacio de la performance no tiene unas lindes preconcebidas sino que se va dibujando, quedando ”materialmente definido tanto por el movimiento del performer, como por la iluminación producida por un foco emisor cualquiera, o por el conjunto de elementos objetuales combinados que intervienen en la acción misma”[1].

Yo añadiría que queda inevitablemente subsumido a las condiciones económicas de producción material del mismo [el universo material de posibilidad sobre el cual los movimientos del performer son posibles o imposibles], es decir, el modelado del espacio no solo no se autodetermina, sino que tampoco lo determina exclusivamente la voluntad del cuerpo de acciona: se trata de una sucesión de dependencias y reorganizaciones de fuerzas que van más allá del propio espacio y tiempo de la acción.

Hay variedad de casos de estudio respecto al espacio de la performance. El caso de la asturiana Olga Mesa en su trabajo ‘Daisy Planet’ se presenta, sin embargo, muy pertinente.

Durante los primeros minutos de la acción, la performer traza de forma circular e irregular el espacio escénico con una tiza. Sin embargo su gesto es un gesto tan ingénuo como el de un niño que copia la tabla de multiplicar en la pizarra, aprentando la superficie como si pudiera grabar en su propio cerebro esa triste información. Abstracción sobre materia, poética de lo imposible a través de un gesto tan sencillo y repetitivo. Ya que, ¿no vuela el sonido de sus palabras más allá de este círculo trazado? ¿Y qué hay de los elementos objetuales que se sitúal más allá de las fronteras de este foco de exposición marcado con tan futil material? ¿Acaso ¿No hay una mirada de vuelta situada más allá del círculo, en el público?

Con su gesto, Olga Mesa está mostrando -exponiendo- precisamente esto: la inestabilidad y la deformidad del espacio escénico y su condición trans-material a través de su cuerpo/acción. Es decir,  la inestabilidad y la deformidad del espacio en relación a su cuerpo y a su movimiento. Y, sin duda, la imposibilidad, el absurdo de querer cerrar el campo de incidencia de nuestros movimientos, de nuestro(s) cuerpo(s). Y esto es un tránsito de ida y vuelta, pues tampoco podemos cerrar nuestros cuerpos a la incidencia de aquello que trasciende nuestras fronteras cutáneas.

El cuerpo en la performance es vulnerable por su condición de exposición, es decir, porque muestra cómo su estar aquí depende de otros cuerpos, es otros cuerpos; el ejemplo claro aquí es el espacio pero también el público ya que, por poner un ejemplo, el sonido no sería el mismo si no rebotara en los cuerpos de aquellos que están atendiendo a la acción.  De la misma forma depende y es otras fuerzas como la gravedad, la luz, las fuerzas económicas que permiten unas condiciones u otras de presentación de la acción pero también de alimentación del propio cuerpo del artista, etc. La exposición que produce el cuerpo del artista mediante la acción misma de estar ahí, en el momento presente, es visibilizar la condición de interdependencia que todos los cuerpos compartimos, incluidos los cuerpos invisibles o ‘no objetuales’ como es el propio espacio o la luz.

Andrea Corrales Devesa
Olmer Ricardo Cordero Morales

Olmer Ricardo Cordero Morales

Pertenezco a la Generación Perdida que creció en medio de la guerra contra el narcotráfico en las décadas de los años 80's y 90's.

Me considero un "medellinologo", soy un investigador urbano que se ha dejado atrapar por una ciudad tan compleja, a la cual todos sus poetas y escritores mayores le han cantado con una profunda mezcla de amor y odio.

Desde muy temprana edad me entregué a la literatura que es mi pasión. A los quince años asistí al Taller de Escritores dirigido por Manuel Mejía Vallejo en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. A los 18 años ingresé a la Facultad de Economía de la Universidad Nacional de Colombia, allí empecé a participar en la actividad cultural y política de la ciudad, fundé junto con otros jóvenes ingenuos y soñadores grupos de poesía y teatro, también realicé documentales.

Soy egresado en Letras: Filología Hispánica, Universidad de Antioquia.

En 2015 gané el premio de Crónica: Belén sí tiene quien le escriba, con la obra “La calle, la esquina, el barrio”. Soy docente, periodista y corrector de texto y estilo. En 2018, publiqué la novela, La flor de los 80’s. En 2022, ocupé el segundo puesto en el IV premio de Relato Breve convocado por Las nueve musas, revista digital de España.

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