Las nueve musas
Arqueologías griegas

Se trata de 64 poemas dedicados a las obras de arte más conspicuas de la Grecia clásica.

El autor conoce perfectamente el tema, pues estudió historia del arte en Chile, antes de venir a doctorarse a Alemania.

Se comienza con esculturas de la llamada Cultura Cicládica, que nos pone frente a un arte de raigambre metafísica, para pasar luego al arte minoico, con su centro en Creta, exponiendo obras de arte extraídas, la mayor parte, del Palacio de Cnossos.

Afrodita de Melos
(Venus de Milo)

Déjame tocar tu piel y quemarme,
déjame acariciar tu cuerpo
con mi mirada de varón en celo
trepando las gradas de la fiebre,
consumido en tus besos de piedra.

Mudo y pasmado estoy en tu presencia,
indestructible ícono de mármol
revoloteando por siglos y milenios
en la conciencia de la humanidad,
en el subconsciente de la idea de arte.

En un duro bloque de fría materia,
te buscó el aprendiz de creador
armado de un soplo de metal,
día tras día y noche tras noche
fue escarbando en los velos del misterio,
y al final de la séptima aurora
emergió tu cuerpo desde la luz
petrificado en su propia belleza.

Bella como ninguna diosa
tu forma triunfal semidesnuda,
torcida en la curvatura invicta
donde el pubis esconde su secreto
bajo un follaje de pliegues textiles.

Qué importa que tus hermosos brazos
cayeran al pozo de los siglos,
si la turgencia idéntica del pecho
eleva sus llamas paralelas,
y corren dos ríos de agua pura
más allá de la sed y de los labios.

Sólo al genio griego le fue concedido
arrancar de un frío bloque de materia
un cuerpo de ansiedad inconsumible,
un rostro de olímpicas líneas faciales,
un monumento de luz y de mármol
a la belleza, Afrodita de Melos.

El próximo paso son ejemplares de la llamada « cultura micénica », con su centro en Micenas, en el Peloponeso, con obras de arte en parte monumentales, como la Puerta de los leones, de Micenas, y en parte trabajadas en metal, como las máscaras de los reyes de Micenas.

A ello le sigue el arte de la edad oscura de Grecia, que abarca desde más o menos el siglo XI hasta el siglo VII. Aquí sobresale la pintura sobre alfarería, con una enorme cantidad de ánforas, cráteras, sílices y otras, que extraían sus temas especialmente de la guerra de Troya o de la rica mitología helena.

Viene luego la época del llamado « arte arcaico » griego, con los inicios de la escultura griega, expresada en numerosos kouroi, cuya característica es la más que aparente bastedad con que fueron cincelados. A esta época pertenecen también algunos templos primitivos, de los cuales no quedan sino restos.

Discóforo

 Si hemos de buscar en tu legado
una escultura que, siendo clásica,
rompa todos los ejes, y mantenga
no obstante el equilibrio del volumen
en torno a un centro de gravedad,
es ese tu Discóforo, Hélade.

El escultor captó aquí al atleta
en el momento en que la contorsión
del cuerpo ha llegado al límite,
y se apresta a lanzar el disco:
el brazo derecho de extiende hacia atrás,
el izquierdo se balancea en el aire
buscando el punto de equilibrio,
como acontece también con las piernas,
que buscan la perfecta posición,
en tanto que el torso ha girado
en casi ciento ochenta grados,
y la cabeza se inclina hacia el suelo
presta a girar violentamente
cuando el disco haya sido despedido.

Uno se pregunta cuántas veces
debió Mirón realizar el intento
hasta que cuajara la escultura,
¡tan osada y llena de obstáculos
era la empresa que acometía!

Porque no sólo se trataba de hallar
las coordenadas del movimiento
y el desplace de los volúmenes
en el bloque de mármol intocado,
sino también de esculpir las formas
prácticamente en el aire,
sin un eje fijo de contención.

Lo genial de todo este conjunto,
es que la masa depone su peso
no sobre la pierna, como pareciera,
sino sobre el nudo de la contorsión.

El siguiente paso es el período « severo », así llamado por el carácter de la escultura que, no siendo arcaico, no es tampoco clásico : las figuras parecieran querer emanciparse de la actitud extática que las domina. Un ejemplo típico es el llamado Auriga de Delfos, de comienzos del siglo V.

Y ya estamos de lleno en el período *clásico », donde el arte ha encontrado su punto de equilibrio, su más sublime perfección. Abundan en este período los templos, siendo el Partenón de la acrópolis de Atenas su expresión más lograda. Pero también la escultura ha conseguido liberarse de las trabas del arcaico y del severo, y puede presentarse libre de toda limitación. De esta época destacan los nombres de creadores como Fidias, Praxíteles y muchos más.

A este período sigue el llamado « Helenismo », que coincide con la expansión de la cultura griega por todo el Mediterráneo, y, posteriormente, con las conquistas de Alejandro Magno, por Asia y el norte de África. Lo que caracteriza a este período en la escultura es la ruptura de los ejes y de la contención, rompiendo con las pautas más caras al período clásico, como eran el equilibrio y la armonía. Un ejemplo típico lo constituye el grupo del llamado « Laooconte ».

El autor ha tratado de ilustrar la historia del arte clásico griego por medio de poemas dedicados a cada uno de los objetos elegidos. No le ha costado mucho, merced a su conocimiento de este arte y a su amor por la cultura griega. Ahora, si ha conseguido plasmar exitosamente estas obras maestras en la poesía, es algo que los propios lectores de este poemario deben juzgar.

Príncipe de los lirios

De entre todas las bellas figuras
que los frescos de Knossos nos deparan,
elijo tu actitud soberana,
tu natural despliegue de nobleza,
hermoso príncipe de los lirios.

Esbelto y fino, en la flor de tus años,
diriges tus gráciles pasos, tal vez,
a la sala central del trono,
a que la nobleza allí reunida
mire, admire y rinda tributo
a tu porte de joven semidiós
coronado de plumas y de lirios.

De tu elegante ademán principesco
dimana el sol, sus rayos dorados,
y pareciera que guías su carro
ascendiendo triunfal por la aurora,
derramándote en resplandores.

De seguro que habrás existido,
y eras uno más de los donceles
cuya figura privilegiada
extasiaba la vista de las doncellas
en la Creta del rey sempiterno.

Dime cuáles eran tus dioses,
a qué divinidad sacrificabas,
y de qué ambrosia te alimentaron
para crecer semejante a Apolo
y eternizarte en la flor de tus años.

Al sitio de tu palacio fui,
y recorrí su intrincado sistema
buscándote, oh joven amigo,
y cuando de pronto ante mí apareció
tu esbelta figura principesca,
supe que no eras, que mentía el pintor,
y que irrepetible, cual Faetonte,
se yergue en Heraclión tu forma insigne.

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