Si bien es verdad que el ser humano es capaz de maravillarnos de mil y una maneras, también lo es el hecho de que nuestra estupidez carece de límites.
No hay más que fijarse en que esquilamos nuestros recursos, destruimos nuestro planeta, desperdiciamos alimentos mientras cerca de 1000 millones de personas pasan hambre, e incluso glorificamos la guerra, aun sabiendo, como decía Asimov, que la violencia es el único recurso del incompetente. Lo dicho, la estupidez humana va más allá de lo imaginable.
Centrándonos en los conflictos bélicos como ejemplo de lo que venimos diciendo, nos encontramos con cientos de ejemplos en los que al propio acto de guerra, se le suman aspectos absurdos, que añaden aún mayor irracionalidad y que contados en una novela, los calificaríamos como imposibles, cómicos o disparatados, si no fuese porque sabemos que son reales, resultan tristes y atentan contra la vida.
De todas las posibles razones para iniciar una guerra, un cubo de agua es quizá de las más idiotas, pero sucedió en 1325, cuando en el marco de la rivalidad entre las ciudades estado de Bolonia y Módena, un grupo de soldados de Módena se infiltró en Bolonia y robó un cubo de un pozo del centro de la ciudad. Tras tres meses de tensiones, las autoridades boloñesas, muy molestas con el hecho, exigieron la devolución del cubo. Ante la negativa recibida, reunieron un ejército que se enfrentó a Módena en una batalla en la que supuestamente ganaron los últimos. Dese mi punto de vista, con un balance de 2000 muertos, perdieron los dos. No obstante, Módena se quedó con el cubo, del que hoy se puede ver una réplica en la Torre della Ghirlandina, en conmemoración de la victoria. Es decir, no sólo cometemos estupideces, sino que además estamos orgullosos de ellas. Quiero pensar que se trata de ver sólo la parte que interesa para justificar nuestros actos, para convencernos de que ha merecido la pena… pero cuesta.
Pero hay más, mucho más. Como el hecho de que Líjar, un municipio andaluz de la provincia de Almería, de apenas 400 habitantes, declarase la guerra a Francia en 1883, motivado por los insultos y lanzamiento de objetos sufridos por Alfonso XII a su paso por Paris, tras haber mostrado su apoyo a Prusia en el conflicto que mantenía con la república francesa. Tuvieron que pasar 100 años, en los que no hubo ni incidentes ni enfrentamientos, para que se declarase la paz. El acto tuvo lugar en 1983, y a él acudieron tanto el cónsul como el vicecónsul de Francia en Málaga y Almería.
También está el hecho de que en 1859, EEUU y el Reino Unido estuvieron a punto de entrar en guerra por un cerdo. Una de las islas frente a Vancouver que ambas naciones consideraban suyas, estaba ocupada por ciudadanos de las dos potencias. Uno de los colonos americanos, disparó a un puerco que encontró comiendo las patatas que cultivaba, siendo el animal propiedad de un británico. Como no llegaron a un acuerdo para reparar los daños, el dueño del cerdo pidió el arresto del americano, que a su vez reclamó la ayuda del ejército. Ambas armadas fueron convocadas y no tardaron en estar frente a frente. Afortunadamente, reinó la cordura, pues resultaba estúpido comenzar la guerra por un cerdo. Se dio la orden de disparar únicamente en caso de ser atacados y comenzaron las negociaciones a alto nivel para evitar el conflicto. Finalmente, se llegó a un acuerdo por el que ambos países mantendrían el control militar compartido de las islas.
……Uno de los hechos más chocantes de la historia sucedió en Karánsebes, actual Rumania, en el marco de la guerra austro-turca (1787-1791). Según relato de J. Gross-Hoffinger, el 17 de septiembre de 1788, hasta 100.000 soldados austriacos lucharon entre ellos al creer que estaban siendo atacados por los turcos.
Las sucesivas derrotas habían obligado al repliegue del ejército austriaco, que había puesto los ojos en la localidad de Karánsebes como punto de reunión para establecer su campamento. Unos 100.000 efectivos, que fueron llegando al lugar con el objetivo de reorganizarse y combatir al enemigo. Los húsares, caballería ligera, fueron los primeros. Para comprobar si el enclave era seguro cruzaron el río Timiş, y si bien no hallaron rastro alguno del enemigo, se toparon con un campamento de gitanos nómadas que comerciaban con aguardiente de fabricación propia. No eran los diez ducados que percibirían por cada cabeza otomana, pero no era un mal botín.
Al anochecer, cuando las tropas de infantería alcanzaron la posición de los húsares, los encontraron medio borrachos y reticentes a compartir un trago, con lo que comenzó la disputa entre ambos cuerpos del ejército. Con los ánimos caldeados y las mentes nubladas, se produjo un disparo al aire, probablemente con el ánimo de asustar al adversario. Aquello sería el inicio del desastre, los húsares desenvainaron sus sables y los infantes cargaron sus armas. El alboroto fue en aumento, y los habitantes de la ciudad, que habían oído el disparo, creyeron que atacaban los turcos, con lo que se refugiaron en sus casas al grito de “¡Turcos! ¡Turcos!”. Los dos contingentes en disputa creyeron que, en efecto, el enemigo los atacaba, con lo que algunos hombres montaron y pusieron rumbo al campamento, seguidos de algunos infantes en busca de un lugar seguro, mientras que los oficiales trataban de detenerlos al grito de “¡Halt! ¡Halt!” (¡Alto! ¡Alto!). Pero el ejército imperial era una mezcla de italianos, eslavos de los Balcanes, austriacos y varias minorías más, con lo que interpretaron aquellas palabras como el grito de batalla de los otomanos: “¡Allah, Allah!“. Lo que aumento la confusión y la creencia de que el enemigo les pisaba los talones, por lo que comenzaron a disparar a “sus perseguidores”. La desbandada fue generalizada.
Mientras tanto, al otro lado del río, el resto del contingente había despertado alertado por el escándalo y los disparos. El “ruido de la batalla” y los gritos ayudaron a intensificar el terror, con lo que cuando vieron aparecer a los húsares, dieron la orden de abrir fuego creyendo que llegaban los turcos, y sin darse cuenta de que estaban disparando a sus propios compañeros. La confusión se intensificó cuando los animales que había en el campamento, asustados, rompieron las vallas y salieron al galope. Los austriacos interpretaron que se trataba de una multitudinaria carga de caballería.
El pánico y el desconcierto se habían apoderado de todos, cualquier ruido resultaba sospechoso, por lo que la orden de disparar se generalizó. El desconocimiento por parte de muchos de los soldados, de los idiomas hablados por el resto de sus compañeros, hacía creer que los que atacaban eran los turcos, así que reaccionaban de inmediato, sin pensar. Estaba muy claro: o matar o morir, en una oscura noche en la que se imponían los gritos, los cañonazos y los disparos.
Asustados y desorientados, los soldados se dispersaron en pequeñas bandas que disparaban a todo lo que se movía, hasta que finalmente emprendían la huida. Con las luces de la mañana, el desastre era evidente. Los cálculos más fiables apuntan a unos 1.200 fallecidos, en una batalla en la que el enemigo ni siquiera estuvo presente.
Otro de los hechos absurdos y llamativos de nuestra historia es el ocurrido en 1425, en pleno Renacimiento Italiano, durante la guerra entre las repúblicas de Florencia y Génova. Al menos en esta ocasión se trató de un sistema, o curiosa competición, para determinar el vencedor evitando mayor derramamiento de sangre. Según cuenta una leyenda, se determinó que el bando vencedor sería aquel cuyo jefe de las tropas tuviera el pene más largo. Pero se dice que el pensador florentino Poggio Bracciolini afirmó que los vencedores serían los genoveses. Preguntado al respecto, afirmó: “Su miembro viril posee tal longitud que llega a cubrir enormes distancias. ¿Cómo se explica si no que, cuando pasan años a cientos de millas de su hogar, encuentren a su retorno que son padres de varias criaturas?”. Los genoveses reanudaron las hostilidades.
Podríamos seguir dando ejemplos, uno tras otro, de hechos que si bien resultan difíciles de creer y entender, son un claro ejemplo de que razonar no es tan habitual como debería. También es verdad, que los hechos narrados han tenido a hombres como protagonistas, reflejo de la imposición de las sociedades patriarcales. En caso de haberse tratado de mujeres, no sé si hubiese sido mejor o peor, pero desde luego sería diferente, y las posibles estupideces de otra índole.
Para rematar y redondear este breve muestrario de la estupidez humana, expondré la tentativa británica para capturar la flota del tesoro español en la bahía de Cádiz. Una operación planteada en 1625, apenas 37 años después de que Felipe II hubiese fracasado en su intento de conquista de las Islas Británicas. Su poderosa armada, sucumbió al temporal y a los ingleses, que no dudaron en mofarse de los españoles una vez pasado el peligro, de ellos surge el sobrenombre de “Armada Invencible” en referencia a la flota enviada por el Reino de España. No obstante, la vida da muchas vueltas y el destino es caprichoso. Quizás sea el karma, pero casi cuatro decadas después, los británicos eran los que mordían el polvo. Y si bien lo de la “Armada Invencible” fue un desastre, lo de la Bahía de Cádiz fue un despropósito.
La toma de Cádiz parecía una buena idea, no sólo por su ubicación estratégica que les permitiría controlar el estrecho y el paso hacia el Mediterráneo, sino también porque el enclave gozaba de una posición privilegiada en el comercio con las Indias, siendo el punto de llegada de la flota del tesoro, que proveniente de América regresaba cargada de metales preciosos. Además, los ingleses estaban convencidos de que no había momento más propicio para aquella operación. España combatía prácticamente en todos los rincones del mundo, con lo que su formidable armada estaría dispersa, y Cádiz pobremente defendido. Pero no fueron conscientes de que los españoles conocían la importancia del enclave, y disponían de información respecto a un posible ataque británico, que habían ejecutado en dos ocasiones anteriormente (en 1587 y en 1596), por lo que la posición había sido reforzada en los primeros años del siglo XVII, incluyendo la construcción del castillo de Santa Catalina y la torre del castillo de San Sebastián.
Los despropósitos comenzaron desde el principio. El duque de Buckingham, encargado de la organización, eligió entre sus amigos a los responsables de ejecutar la misión. Sir Edward Cecil, antiguo oficial en la guerra de Flandes, fue escogido como almirante de la flota, y Robert Devereux III como vicealmirante. Ninguno de los dos tenía experiencia naval.
Los errores se sucedieron desde antes de la partida. Las tres semanas de plazo marcadas por Carlos I de Inglaterra para preparar la flota fueron reducidas a una sola por el duque de Buckingham, las fechas en las que se encontraban eran propicias para las tormentas en el Atlántico, y por si ello no fuese poco, las tropas, reclutadas a la fuerza, no habían recibido entrenamiento, y su disciplina era escasa.
Los problemas no acabaron ahí, una vez hechos a la mar, descubrieron que algunas naves tenían los mástiles sueltos, las velas y cabos podridos, y las quillas agujereadas, sin obviar que la carga estaba mal estibada. Observaron además, que cierto número de los mosquetes que transportaban eran defectuosos y que la munición era de un calibre equivocado. Estas circunstancias no desanimaron al Almirante de la expedición, que si bien informó de las numerosas deficiencias encontradas, se mostró siempre optimista y dispuesto a llevar la misión a término. Quizás la falta de experiencia naval tuvo algo que ver en ello, o el hecho de contar con un importante contingente, pues eran 9 galeones, varios mercantes y barcos carboneros en los que se habían montado baterías artilleras, los que componían la expedición. Unas 90 embarcaciones, con 5400 tripulantes, 10.000 soldados y 100 caballos, a los que se unirían 15 navíos holandeses en virtud del acuerdo firmado entre los dos países.
La marcha hacia España no resultaría sencilla, el negligente cálculo de las provisiones necesarias, hizo que estas empezaran a escasear desde los primeros días, por lo que tuvieron que ser racionadas. Por si esto no fuera suficiente, carecían de adecuadas cartas de navegación, e información referente a los puertos españoles, lo que generaba aún más incertidumbre en una travesía en la que se sucedieron las tormentas y se perdieron varios barcos. Mermados en número y afectados tanto física como anímicamente, los expedicionarios arribaron por fin, el 1 de noviembre, a su destino, tenían ante sí la bahía de Cádiz.
La flota no pasó desapercibida para los españoles, que no tardaron en prepararse para la defensa y enviar aviso a todas las plazas vecinas solicitando refuerzos. Los atacantes, ante la idea de que la ciudad no se encontraba bien defendida, y la dificultad que podría suponer desembarcar en Puerto de Santa María, por la poca profundidad de las aguas en esa parte, decidieron modificar sus planes iniciales y acometer directamente la toma de Cádiz. La ofensiva se inició con el fuego de artillería de cinco buques holandeses que avanzaban en vanguardia hacia el fuerte del Puntal, secundados por una veintena de barcos ingleses. Los defensores del fuerte, situado en la parte más angosta de la bahía para guardar su entrada, no tardaron en responder al fuego enemigo.
Los marineros ingleses se situaron tras sus aliados, dejándolos solos frente al fuego español. No fue hasta el amanecer, tras la pérdida de dos barcos holandeses, las quejas de éstos y las órdenes del Almirante de la flota, que los británicos entraron en combate. Poco duró su intervención, ya que el propio oficial al mando les ordenó parar debido a que sus disparos caían más cerca de los barcos holandeses que del propio fuerte.
La tarde del día 2 de noviembre, consiguieron por fin vencer la resistencia de la guarnición del fuerte y desembarcar. Habían hecho falta más de 2000 disparos de artillería. Unos 9.400 hombres se desplegaron ante la ciudad de Cádiz, mientras el resto, unos 600, quedaban en retaguardia, a bordo de sus naves. Sir Edward Cecil había logrado poner pie en tierra, pero una vez más, los errores se sucedían, habían olvidado las provisiones a bordo., por lo que tuvo que enviar unos hombres a recogerlas.
Los atacantes desconocían que los gaditanos ya habían recibido refuerzos, ahora sumaban 4000 hombres en la ciudad y un contingente, 2300 hombres y 7 cañones, se acercaba por tierra desde Jerez. Teniendo noticias de esto último, y a fin de no verse rodeado, el almirante británico decidió acudir con el grueso de sus unidades al encuentro del enemigo, dejando 1400 hombres a las puertas de la ciudad. Tras avanzar 15 km, y sin haber establecido aun contacto con las fuerzas españolas, fue informado de la ausencia de provisiones: los oficiales encargados de recibirlas, las habían devuelto a las naves por no tener órdenes al respecto. Los ingleses llevaban sin comer desde el desembarco, y las cosas no pintaban bien.
En territorio enemigo, sin víveres y avanzando a ciegas, la tensión crecía a cada paso, por lo que el almirante comprendió que el descanso vendría bien a sus hombres. Para pasar la noche, se dio orden de acampar al abrigo de unos edificios abandonados. Sus moradores habían salido de forma precipitada ante la llegada del contingente británico, por lo que el lugar ofrecía unas comodidades que la expedición no disfrutaba desde hacía semanas. Un buen emplazamiento, sin duda, para recuperar el ánimo de la maltrecha tropa. Pero las cosas no salieron como se esperaba, ya que al inspeccionar los caserones, descubrieron barriles y más barriles de vino de Jerez en sus bodegas, con lo que la sedienta tropa ni tuvo dudas, ni atendió a razones. El oficial al mando se encontró en medio de una turba de borrachos hambrientos y al borde del motín, y si bien es verdad que intentó impedir que continuaran bebiendo, fue a riesgo de su vida. Los soldados disparaban contra todo aquel que tratara de llevarse el licor.
Con las primeras luces del alba, el espectáculo ofrecido por las fuerzas invasoras, resultaba desolador. Cientos de hombres desperdigados y resacosos, tirados por el suelo. Sir Edward Cecil entendió que así no iba a ningún lado, por lo que decidió regresar aquella misma mañana, con los que pudieron seguirle, al fuerte del Puntal. Atrás quedaron un centenar de hombres, demasiado afectados como para levantarse y caminar. Las tropas españolas dieron buena cuenta de ellos.
Mientras tanto, los combates se libraban a las puertas de Cádiz. La ciudad, respaldada por los abastecimientos que continuaba recibiendo, era capaz de resistir, uno tras otro, los embates británicos. Los barcos españoles procedentes de puertos próximos, atravesaban las líneas a pesar del fuego enemigo, haciendo llegar los tan necesarios suministros. Además, nuevas tropas iban reforzando las ciudades próximas (Puerto de Santa María, Puerto Real, Rota, Sanlúcar y sobre todo a Jerez), en previsión de los movimientos ingleses.
La tenaz resistencia gaditana hizo mella en la moral de los atacantes, que fueron cayendo en la más absoluta indisciplina, permitida por unos oficiales que ni eran enérgicos, ni respetados por la tropa. El caos llegó hasta el punto de que la mayoría de los soldados, desesperados, bebían ya sin control, e incluso terminaron asaltando su propio cuartel general para mostrar su descontento a los mandos. Los españoles eran conscientes de que sus posibilidades de expulsar a los invasores aumentaban día a día entre los excesos de los británicos y la falta de un mando con experiencia que les hiciera entrar en vereda.
A su regreso al fuerte del Puntal, Sir Edward Cecil fue consciente de la situación, muy a su pesar la decisión a tomar estaba clara. El miércoles 5 de noviembre las fuerzas inglesas retrocedieron hacia sus naves, donde, hostigados por los defensores, embarcaron el jueves 6 para zarpar al día siguiente. En la retirada, los invasores desahogaron su rabia arrasando con todo lo que encontraron a su paso, pues la derrota resulta siempre amarga. A la luz de los acontecimientos, hubiese resultado extraño que hubieran asumido la derrota como lógica consecuencia de sus acciones, hubiese manifestado una madurez que hasta la fecha no habían mostrado. Pero el gobernador de Cádiz no se quedó de brazos cruzados ante reacción de los atacantes, los gaditanos salieron de su refugio para acometer al enemigo con todas sus fuerzas, un movimiento lo bastante potente e intimidatorio como para acelerar la expulsión del invasor.
La huida, tan humillante como apurada, hizo que dejasen en tierra gran cantidad de víveres y enseres. No obstante, enrabietados por su herido orgullo, no deseaban regresar con las manos vacías, por lo que situados junto al cabo de San Vicente, decidieron esperar la llegada de la flota de indias, prevista para esas fechas, y acometer su captura. Pero pasaban los días y no avistaban los barcos españoles, lo que el aumento la discordia entre los oficiales, y puso en duda la idoneidad de la acción. Los barcos holandeses, hastiados de la incompetencia inglesa, se marcharon sin previo aviso.
A los 17 días de espera, las quejas y las recriminaciones, junto con escasez de agua, y el brote de una epidemia, hicieron que el almirante ordenara partir. Tres días después, la flota de indias llegaba sin contratiempos al puerto de Cádiz.
El viaje de vuelta resultó desastroso. Azotados por el mal tiempo, con muchas de las naves en mal estado y sin haberse aprovisionado adecuadamente, fueron presa fácil de los avatares del trayecto. Los barcos se dispersaban y hundían, convirtiendo el regreso en una diáspora, en la que cada uno buscaba la forma de sobrevivir, mientras las enfermedades se extendían, agravando una situación que en muchos casos resultaba ya agónica. El retorno se dilato varios meses, con naves rezagadas que encallaban en la playa con apenas una docena de hombres enfermos a bordo. Las ciudades costeras recibieron a estos expedicionarios, que más parecían méndigos que soldados, con la salud destrozada y sin nada en el bolsillo.
Las diferentes fuentes consultadas no se ponen de acuerdo en el número de bajas anglo-holandesas, siendo muchas y muy dispares las cifras aportadas. Fuese lo que fuese, todos coinciden en que de los 400 hombres con los que contaba la nave insignia “Ann Royal” al principio de la expedición, sólo 150 emprendieron el regreso, habiendo enfermado 130 durante el viaje de vuelta y hasta su llegada al puerto de Kinsale (Irlanda) el 21 de diciembre, dato que nos da una idea de lo que padeció aquel contingente.
El desastre fue absoluto, y no precisamente por la excepcional defensa gaditana, sino por errores propios, por la ineptitud, la dejadez y la arrogancia de creer que todo estaba hecho. Cádiz no era un objetivo complicado, un puerto tradicionalmente abordable y mal defendido, que esperaba la llegada de una flota de Indias prácticamente indefensa y cargada de riquezas, por lo que cuesta creer que los atacantes se volviesen con las manos vacías y los barcos llenos de enfermos. Una expedición a la que le condenaron sus propios errores y decisiones, la negligencia y la desidia de unos mandos que, con todo a favor, no supieron dar a la misión la importancia y atención que requería.
Por extraño que parezca, si bien la Cámara de los Comunes exigió que se depurasen responsabilidades, esto jamás se hizo. El rey Carlos I protegió al duque de Buckingham disolviendo la propia Cámara, y los nobles cerraron filas en torno al asunto. Las investigaciones para hallar a los responsables nunca se llevaron a cabo. Se abandonó la idea de atacar España, para centrarse en la Guerra con Francia. No obstante, los gastos provocados por la expedición, obligaron al rey a pedir créditos ofreciendo las joyas de la corona como fianza.
Cádiz, en 1625, nos demuestra que los ingleses también metieron la pata, aunque se les diera mejor hablar de la “armada Invencible” y los errores ajenos, que de los propios. Si bien, en su caso, el desastre es totalmente atribuible a su mala gestión, lo que reafirma el axioma relativo a la estupidez humana.
Los seres humanos no dejamos de cometer “torpezas”, que por desgracia no afectan únicamente al que las comete, sino a muchísimas personas, y según la sandez cometida, siendo graves las consecuencias. Como hemos visto, estas situaciones se han dado a lo largo de la historia, las que han salido a la luz y las que no, y volverán a repetirse en el futuro. Solo nos queda tratar de usar nuestro cerebro, pensar antes de actuar, y en caso de “cagarla” asumir las consecuencias. No es fácil, ya que estas tres cosas, desafortunadamente, nos cuestan mucho a los seres humanos. El “yo quiero” y el “ahora” se imponen, a menudo, al bien común. Confiemos en cambiar la tendencia, aunque como ya dijo en su día Albert Einstein: “Dos cosas son infinitas: la estupidez humana y el universo; y no estoy seguro de lo segundo”.
Para terminar, me gustaría recordar las seis leyes establecidas por el filósofo Carlo Cepolla respecto a la estupidez humana:
- El número de individuos estúpidos que circulan por el mundo es incalculable.
- La estupidez de una persona no depende de su capacidad intelectual.
- La persona estúpida es absolutamente inconsciente de que lo es.
- Todas las épocas subestimaron el potencial nocivo de los individuos estúpidos.
- La capacidad de hacer daño que tiene una persona estúpida es directamente proporcional a su grado de poder o autoridad.
- El individuo estúpido es más peligroso que el malvado: las mayores tragedias de la humanidad no fueron actos de maldad sino de una estupidez superior.
(Imagen de cabecera: Fernando Girón, gobernador de Cádiz, dando instrucciones a sus subordinados para organizar la defensa de la ciudad, amenazada por la escuadra inglesa que aparece al fondo. Por Francisco de Zurbarán)


















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