Las nueve musas
Boceto de varón moderno

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La mañana después… Has dormido 9 horas y tu frente es una pista de vuelo. Ayer fue un día limpio, expresado en tu extraña jerga de yonqui del grunge frustrado.

Un día burgués, como diría aquel, lleno de nada que pese tanto como para ser reseñable. Ingeriste algunos alimentos de cierta entidad nutricional, bastante agua y cultura pop filtrada con la mierda más convencional, si soy honesto, que te puedas imaginar. No subiste a ningún vehículo que no fueras tú mismo y defecaste una sola vez, como un reloj, tras el desayuno.

Si toda esa sabiduría de extrarradio que escupes a diario fuera algo de verdad te habría servido para ser feliz. No se puede ser feliz en teoría. Es necesario serlo en la práctica y no se puede practicar con demasiada ansia…Es como pretender volar moviendo las alas con violencia y sin armonía. La vida, si la quieres devorar, te devora. Es preciso saborearla y observarla.

Entonces una llamada te saca, como una succión velocisima, del presente y te hablan de ayer. Y eso te jode el mañana. Solo al rato ya de vuelta, con la ayuda amarga y cálida de algún hábito superfluo, te restableces. Es una victoria desde adentro. El dolor es real. Sufrir como investidura de un nuevo yo es una impostura para no seguir en la brecha. La vida se convierte en una batalla cuando se duda de ella.

En la bajada vespertina, un antiguo compañero de escuela te aborda en la calle. Te sientes Oscar Ladoire en Ópera Prima de Fernando Trueba.

Tienes dos opciones. Ser seco y extinguir su entusiasmo o ser afectuoso, fingir por un momento un deje gregario que siempre amaste y apenas has vivido. Qué demonios, es un buen tipo. A las cuatro de la mañana, mientras cantáis en la calle, te pareció que le tenías cariño. Fue un espejismo. Lo que no paras es de pensar en ti mismo. En ese ente inflado allá y devaluado acá, que te sobrevuela a veces y otras te tira hacia abajo. El budismo dice que no eres esa persona, que eres el que en alguna suerte de momento puede ver todo esto.

Para cuando vuelves a experimentar esa sensación, ya estás sentado junto a todos en la cena que tenías este viernes. Ya habías vivido esa cena. La dibujaste en tu mente a distintos niveles hilados en base a un proceso que estableciste de jerarquías de intereses y valores muy complejos. Te pasas la cena entrando y saliendo de esa alternancia entre dos estados de conciencia. Solo lo percibe cierta gente. Son los mismos que aparecen en tus sueños cuando eres protagonista de alguna proeza. Es el decorado de tu pequeña infamia personal. Les necesitabas, en la proyección de ese yo en el que tú te salvabas huyendo del barco.

A ti en realidad no para de recordarte todo a un concierto intimista en un bar. Y aunque eres el protagonista, en tu sueño, lleno de imágenes, de voces y rostros, importa muchísimo la gente. Ese otro ente.

Esto que tenéis, cuando huele bien y sopla en calma, es tan bueno porque os precipita hacia la vida y no al contrario… Abandona el control, regresa del pasado y del futuro. Mírala. Esa persona que ves ha llegado hasta aquí librando una batalla, más dura o más leve, que tú no conoces más que en parte. Respeta a esa persona. Puedes ver mientras duerme su rostro y pensar en todo esto con una presencia más amplia. Se honesto. Madura, aléjate del apestoso estereotipo de que la estás salvando y de que esto estaba escrito. Aquella primera vez debiste sentir algo como que juntos seríais capaces de grandes cosas, unidos en un proyecto más ambicioso hacia la vida. Abandona pues esa patraña del tenerse, del asistir al yo del otro hacia “el buen camino”.

Estás cansado de la mierda de vacuidad que te rodea a veces. Buscas, como cuando eras un adolescente, algo realmente profundo que te pince el corazón. Vivir otro sueño. Dejarte llevar por la posibilidad de que se vaya cumpliendo y acercarte al abismo convencido de que todo es una película. Mañana, si no fue cierto, te joderá. Pero hoy estás vivo y lleno de pasión. El tanque tiene gasolina para llegar a casi cualquier parte.

La otra noche, mientras dormitabas en el sofá, fuiste capaz de recorrer en el recuerdo la escuela y tu casa en la niñez. Te pareció que era como avanzar otra vez por aquellos lugares.

Cuando eras un chaval podías escribir durante horas. Creías saber qué coño era eso del frenesí. Una vez escuchaste decir a Paco de Lucía que en su casa de Toledo, solo, tocando, había llegado a enloquecer. A tus amigos y a ti, que erais buena gente, os gustaba dejaros llevar mucho más que joder a nadie. Estás orgulloso de haber promocionado más el ingenio que la violencia física. Si en algún momento acabas siendo un psicópata serás el mejor.

Quieres hacerlo bien. Lo sé. Trabajar, cuidar de ellos, no cagarla. Tienes buenas intenciones y eso te engrandece. Sin embargo, sabes cómo están las cosas ahí fuera. En cambio quieres ser un tío legal y no vender a nadie. Mucho menos quieres vender lo poco que queda de ti mismo. La historia que te has contado sobre ti tiene cuatro momentos, cuatro nada más, que jamás vas a traicionar. Ese es tu patrimonio y tu dios.

En tu entorno se extiende una idea que es explosiva. Todo vale. Todo da igual porque todo parece irse a la mierda. Sabes que hay algo de todo eso y que todo ha cambiado mucho. También sabes que las grandes dictaduras pasan por generar en el enemigo al que se quiere controlar un sentimiento de indefensión que se propaga. Estamos muertos en la medida en que creemos estar muertos.

La vida bien podría conceptualizarse como un viaje. Es apasionante, esto no se atreverán a negarlo. A veces es doloroso. Pero no vivir, sino todo lo que tiene que ver con el dolor y la muerte de un modo muy amplio. El final de un amor, el final de una etapa laboral, el de una ilusión, la muerte de alguien querido, un diagnóstico de enfermedad grave. Todo tiene que ver simbólicamente con el final y los finales. Valga esto como prueba de que la experiencia humana, por definición, es finita.

Hace unos años, mientras te ibas dando cuenta que la vida no era una película crecía un ímpetu por aprovechar, por devorar la vida. Como podría devorarte ella a ti ahora tratas de saborearla como un buen café. Te resulta difícil. Es como vivir plenamente despacio. No lo entiendes. En tu decálogo para vivir tú llegabas el primero y te marchabas el último.

Desde mi despacho puedo ver una torre de antenas muy alta. Algo así como “el pirulí” de mi ciudad. Cuando intento meditar mis ojos acaban abriéndose y buscan un par de ventanas minúsculas que casi dominan la torre. Me gusta mirarlas. Es extraño ver tan lejos y tan alto un elemento tan cotidiano. Me genera una sensación misteriosa, de impertenencia, de leve despersonalización. Sé que en ese momento ya no estoy meditando pero para mí es esta experiencia meditar.

Septiembre es generoso en la provincia. Superados ya los peores días de calor y humedad, la pequeña urbe se contonea cómodamente a la espera de sus fiestas patronales. Mientras escribo, cerca de mi descansan unas doscientas cincuenta mil personas de toda condición. A veces me siento parte de ellos, otras no. Tiene que ver con mi estado de ánimo y solo excepcionalmente con la gran brecha ideológica que me separa del conciudadano medio. Me siento parte de un grupo muy reducido. Me gusta interactuar con más gente pero me gusta aún más decidir cuándo y en qué circunstancias lo hago. Se lo que piensan pero no, no soy un bicho tan raro.

Pedro Rico

Pedro Rico nació en Gijón; sin embargo, se crió y creció en Oviedo (Asturias), en cuya Universidad se licenció en Psicología en 2006.

Psicólogo clínico, ha trabajado en una unidad de corta estancia, una unidad de rehabilitación y hospital de día para trastorno mental grave, centros de salud mental para adultos, infanto-juveniles y toxicomanías, servicios de interconsulta en dos hospitales generales con incidencia en apoyo a la Oncología, un centro de atención primaria, un centro de daño cerebral y un centro psicogeriátrico.

Me formé en la utilización de técnicas provenientes de las escuelas más importantes, como el conductismo, el cognitivismo, la terapia familiar y sistémica o las perspectivas más filosóficas y humanistas.

Tuve la oportunidad de poner en práctica dichos conocimientos, así como dirigir terapias grupales orientadas a diferentes patologías.

Este recorrido desembocó en mi paso por la Unidad Asistencial de Formación e Investigación en Psicoterapia del Hospital Universitario La Paz en Madrid. Esta unidad articula un programa formativo para psicólogos y psiquiatras basado en la integración de conceptos y herramientas de las perspectivas más válidas en la atención a la salud mental en diversos servicios asistiendo a personas ingresadas por distintos motivos médicos, a familias y a grupos.

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