Las nueve musas
Biblioteca

Arturo Sedó

Uno de los ejemplos claros de esta pasión bibliófila, solo conocida por los especialistas, fue la biblioteca de don Arturo Sedó, cuyo fondo estaba compuesto en su mayoría por obras de teatro, aunque no exclusivamente.

Arturo SedóEl valor del libro en sí mismo

En la actualidad, cuando se imponen los lectores electrónicos por encima de los libros tradicionales, cuando las bibliotecas digitales parecen ser las protagonistas del mundo cultural y la lectura, no será mala idea echar una ojeada al mundo de los manuscritos antiguos y de la bibliofilia.

Es bien conocida la pasión de los Thyssen-Bornemisza por coleccionar cuadros. El coleccionismo siempre ha sido una actividad apreciada en círculos de la burguesía, por cuanto el cuadro es un objeto que reúne a la vez el elemento estético y el valor económico: el cuadro siempre ha sido, junto con una pasión, una excéntrica y enfermiza inversión económica.

Pero no ocurre lo mismo con el libro, porque no siempre se ha entendido como un valor en sí mismo. Un volumen impreso es un ejemplar más de una obra de la que pueden encontrarse otras tantas ediciones. No se aprecia, por tanto, como un elemento único.

Quizá por ello, el mundo de la bibliofilia ha tenido mucho menos glamour que el coleccionismo de arte. Es cierto que ha protagonizado ciertas intrigas novelescas (algunas novelas de Pérez-Reverte lo tienen como elemento principal de la trama), especialmente desde que Umberto Eco publicó El nombre de la rosa en 1980. Sin embargo, el mundo del libro antiguo, de los manuscritos, de las bibliotecas y los bibliófilos que las construyen (libro a libro, manuscrito a manuscrito) vive una realidad muy diferente. Cuando se entra en  una de estas bibliotecas antiguas, todo lo domina el olor a papel y a madera. Y el silencio. Los libros antiguos nos miran desde su atalaya de tiempo. Solo allí podemos revivir aquellos versos tan citados de Quevedo, porque describen una sensación real que se repite en cada acto de esta forma lectura:

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

En estos casos, el libro no tiene solo el valor de la obra que puede leerse en él: el volumen tiene un valor en sí mismo.

La biblioteca Sedó

Arturo Sedó Cuixard (o Guichard), nació en el 1881 en el seno de una familia industrial barcelonesa, propietaria de Manufacturas Sedó, una industria textil, con su correspondiente colonia fabril en Esparraguera, a menos de 50 kilómetros de la ciudad condal. Además de su formación industrial (era ingeniero), poseía fuertes intereses culturales: pianista, probablemente buen pianista amateur, poseía una importante colección de partituras, y era delegado del Estado en el Conservatorio de Música y Declamación de Barcelona (como se llamaba entonces). Se hizo, además, con una importantísima biblioteca, que formó con volúmenes procedentes de diferentes bibliotecas privadas del siglo XIX, que habían sido propiedad de los primeros estudiosos de la literatura española e importantísimos coleccionistas de libros antiguos.

Por su importancia destaca la de José Fernández Guerra, que fue ampliada por sus hijos Luis y Aureliano. Estaba compuesta por casi doscientos volúmenes, la mayoría manuscritos de los siglos XVI al XIX. Entre sus volúmenes se han de incluir tres entremeses autógrafos de Quevedo, así como el Tenorio de la mano del propio Zorrilla. Esta biblioteca (menos el manuscrito de Zorrilla) fue comprada por Joaquín Montaner, un crítico y autor teatral de la primera mitad de siglo que merecería una artículo aparte. Unos años después, el propio Montaner se la vendió completa a Arturo Sedó.

También compró libros de la biblioteca de Ricardo Heredia (1831-1896), que se había subastado en París, así como parte de la de George Ticknor (1791-1871), el hispanista norteamericano, y de la del académico Emilio Cotarelo y Mori (1857-1936). A este núcleo fueron añadiéndose ejemplares comprados a través de diversos canales -libreros, subastas, etc.-, y documentación de varia índole (como la de los teatros más importantes de Barcelona: Tívoli, Romea, etc.) hasta completar una colección de más de 60.000 títulos y de un millón de documentos.

La biblioteca estaba situada en el domicilio particular, en la calle Gerona 89, haciendo esquina con la calle Aragón. Debió de tener una gran importancia en la vida familiar, pues el hijo de Arturo Sedó, Juan Sedó Peris-Mencheta, poseyó una importantísima Colección Cervantina. Tal fue su afición bibliófila, que su discurso de ingreso en la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona se centró en este mismo tema: Contribución a la historia del coleccionismo cervantino y caballeresco, leído en 1948, y con respuesta de Martín de Riquer.

En la actualidad, el edificio ya no existe, y debió derribarse, para construirse un bloque de pisos, tras la muerte de Arturo Sedó, en 1965. Pueden consultarse fotografías de la familia, de la casa y de la biblioteca en el portal Finestres de la memòria: Elizalde.

Tras la muerte del industrial, la importante biblioteca se donó a la Diputación de Barcelona.  Los títulos no teatrales se depositaron en la Biblioteca de Cataluña. Entre estos manuscritos destaca uno de poesías de Góngora, con anotaciones manuscritas del propio poeta. Otro, menos importante, de Mosquera de Figueroa, que he publicado recientemente. Los dos manuscritos están encuadernados por Emilio Brugalla (1901-1987), el más importante encuadernador que hubo en su tiempo en Barcelona, y que muestra el interés que ponía Sedó en conservar sus manuscritos. Desgraciadamente, la encuadernación ha cortado alguna anotación manuscrita en ambos ejemplares.

La colección teatral, por su lado, se conserva actualmente en la biblioteca del Instituto del Teatro, de Barcelona. Su catálogo puede consultarse por internet. La simple consulta de la palabra “sedo” arroja un resultado de más de 2000 volúmenes. De estos, 166 son manuscritos, muchos de ellos del teatro del Siglo de Oro, otros de los siglos XIX y XX. Muchos se consideran autógrafos, aunque se tendrían que estudiar con detenimiento para confirmarlo, pues puede tratarse de las copias de la comedia que poseía cada compañía.

Gran parte de este material está digitalizado, lo que permite su estudio sin temor a dañar los originales. Desafortunadamente, este fondo es muy poco conocido, y aguarda la mano de los especialistas que lo estudien y lo editen en la medida de lo posible.

El único intento de estudio y catalogación que conozco de este importantísimo fondo se ha coordinado desde Estados Unidos. Me refiero al proyecto Manos Teatrales que, dirigido por Margareth R. Greer, de la Universidad de Duke, estudia este fondo de manuscritos, junto con los de otras bibliotecas.

La consulta y el estudio de estos manuscritos nos muestra otro modo de entender el libro, como un ejemplar con valor en sí mismo, comparable a una obra de arte y que, en muchos casos, posee una historia que puede seguirse a lo largo de los siglos.

Jorge León Gustà

Jorge León Gustá

Jorge León Gustà, Catedrático de Instituto en Barcelona, es doctor en Filología por la Universidad de Barcelona.

Su trabajo se ha desarrollado en estas dos direcciones: por un lado, como autor de libros de texto dirigidos a secundaria, y por otro, en el campo de la investigación literaria.

En el área de la educación secundaria ha publicado diferentes manuales de Lengua castellana y literatura en colaboración con otros autores, así como una edición de La Celestina dirigida al alumnado de bachillerato, Barcelona, La Galera, 2012..

Sus líneas de investigación se han centrado en la poesía del siglo XVI, el teatro del Siglo de Oro y las relaciones entre la literatura española y la catalana en el siglo XX.

Entre sus artículos destacan los dedicados a la obra de Mosquera de Figueroa: “El licenciado Cristóbal Mosquera de Figueroa, de quien ha publicado las Poesías completas, Alfar, Sevilla, 2015.

Las investigaciones sobre el teatro del Siglo de Oro le han llevado a colaborar con el grupo Prolope, de la Universidad Autónoma de Barcelona, cuyo resultado fue la edición de la comedia de Lope de Vega, Los melindres de Belisa, publicada en la Parte IX de sus comedias, en editorial Milenio, Lérida, 2007.

Además, ha sido investigador del proyecto Manos teatrales, dirigido por Margaret Greer, de la Duke University, de Carolina del Norte, USA, con cuyas investigaciones se ha compilado la base de datos de manuscritos teatrales de www.manosteatrales.org. Su colaboración de investigación se centró en el análisis de manuscritos teatrales del Siglo de Oro de la antigua colección Sedó que están depositados en la Biblioteca del Instituto del Teatro de Barcelona.

En el campo de las relaciones entre las literaturas catalana y española, ha estudiado la influencia del poeta catalán Joan Maragall sobre Antonio Machado, así como la de Rusiñol en la génesis de sobre Tres sombreros de copa de Mihura.

Del estudio de la interinfluencia del catalán y castellano ha publicado un artículo de carácter lingüístico: “Catalanismos en la prensa escrita”, en la Revista del Español Actual (2012).

Ha publicado el libro de poemas Pobres fragmentos rotos contra el cielo

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