Las nueve musas
Aprendizaje

Aprendizaje y desarrollo intelectual

Si se admite que la inteligencia es únicamente fruto de una dotación genética se llegaría a la conclusión de que no puede aumentar. Esta es la apreciación que subyace en la práctica docente de  una gran mayoría de los profesores.

Así, es habitual escuchar  en reuniones que tratan sobre el rendimiento escolar expresiones como esta: “este(a) chico(a) es que no tiene capacidad” o “tiene mucha capacidad, pero es que no estudia”, como si aquellos, los enseñantes, no tuvieran nada que hacer en ese terreno del desarrollo intelectual.

Dan por sentado que la capacidad se tiene o no se tiene y que esa capacidad les sirve, si es que el alumno o alumna la quieren utilizar, para adquirir conocimientos.  Muy al contrario de esa deformada y generalizada opinión, pensamos que la inteligencia es una facultad dinámica que puede aumentar o reducirse en función del adiestramiento que se lleve a cabo, lo mismo que ocurre con la estructura muscular de las personas: la dotación natural puede perderse o desarrollarse en la medida en que se lleve un tipo de vida u otro diferente. La musculatura se desarrolla mediante el adecuado ejercicio, es más,  la práctica específica de un deporte permite el desarrollo armónico de todo el sistema muscular, lo mismo ocurre con la inteligencia.

Hemos recogido de R. B. Cattell la diferencia entre inteligencia fluida e inteligencia cristalizada. Dice que la primera es innata, no verbal y aplicable a una gran variedad de contextos. La inteligencia cristalizada refleja las habilidades y las capacidades específicas que uno o una adquiere como resultado del aprendizaje. Pero para que esto tenga lugar es imprescindible establecer un modelo educativo que lo haga posible, no es consecuencia del azar, ni desde luego tampoco es el fruto de sustanciar el conocimiento, como alguien podría entender.

La habitual práctica educativa está basada, única y exclusivamente, en la transmisión del conocimiento, apoyada en una relación plana de contenidos.

De esta manera se habla de programas y no de procesos de aprendizaje que incluyan un conjunto de elementos curriculares donde las actividades propias del alumnado sean el eje principal.

Solamente de esta manera, en el marco de un auténtico modelo formativo, sería posible definir y aplicar procesos que permitieran el desarrollo intelectual y, en consecuencia, la adquisición de esas habilidades y capacidades que fueran fruto del paso por las aulas.

Pero a quienes tienen el control no les interesa que la ciudadanía alcance un nivel intelectual tal que cuestione el actual sistema socioeconómico, que toma como elemento dinamizador la desigualdad.

Antonio José Gil Padilla

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