La historia de Mikel Jokin es una de esas historias que uno no sabe cómo calificar, sin duda extraordinaria y de las que no deja a nadie indiferente.
La casualidad, en forma de enfermedad, derivó en un crecimiento continuado de su cuerpo, que alcanzó unas dimensiones fuera de todos los estándares, y le llevaron a convertirse en uno de los personajes más famosos de Europa en su época. Reclamado por monarcas, nobles y público en general, visitó múltiples países y puso su localidad natal, Altzo (Gipuzkoa), en el mapa. Pero esa misma enfermedad que le granjeó fama y un modo de vida lucrativo, fue también la que llegado los 40 años de edad, hizo que sus huesos y articulaciones pareciesen los de un anciano, sin obviar los problemas de salud ocasionados a lo largo de toda su vida, por el crecimiento anormal y descontrolado. Un hombre que sufrió mucho, tanto física como psicológicamente, llegando a autodefinirse como “un aborto de la naturaleza”, y cuya vida fue eclipsada por la de su personaje, el Gigante de Altzo.
Nacido el 6 de julio de 1818 en el caserío Ipintza-zar de la localidad guipuzcoana de Altzo, nuestro “gigante” sigue siendo actualmente una figura muy conocida y recordada en Gipuzkoa, aunque quizás no tanto en otros territorios. Una persona que merece un lugar en nuestra memoria, y sobre todo, la comprensión, más allá de la excepcionalidad y la relevancia de su caso en la época, para una vida que no le resultó sencilla. No debemos olvidar, que fue exhibido como una rareza por todo el continente, lo que unido al daño psicológico, afectó a su estado físico, al verse obligado a viajar por diferentes paises en los medios de la época, con el hándicap de su envergadura y lastrado por una salud que empeoraba a medida que continuaba su desmesurado crecimiento. Quizás nos cueste entender su caso con la mentalidad europea actual, en la que empleamos un lenguaje inclusivo y sancionamos la discriminación motivada por las características físicas, pero situados en el siglo XIX, era sin duda una oportunidad de negocio que no quisieron desaprovechar. No obstante, ello no implica que Mikel Jokin no sufriese, al contrario, no debemos olvidar que se trataba de una persona con sus deseos, miedos, fobias, anhelos… en definitiva, un ser humano, con todo lo que ello comporta.
Nuestro protagonista, hijo de Miguel Antonio Eleizegui y Antonia Ignacia Arteaga, era el cuarto de nueve hermanos. A pesar de la muerte de su madre siendo apenas un niño, podemos calificar tanto su infancia como su adolescencia como “normal”, ya que su desarrollo físico no se aceleró hasta cumplidos los 20 años. Si bien no se dispone de información certificada por médico alguno, parece que pudo alcanzar (e incluso superar) los 2,42 metros, lo que lo convertiría en el español más alto de todos los tiempos. Prueba de su excepcional altura, son los objetos personales que se han conservado; una silla de 64cm, sus abarcas (calzado) de 42cm y sus guantes de 33cm, y también la curiosidad de la reina Isabel II, que al conocerlo quiso saber si todas las partes de su cuerpo habían crecido proporcionalmente. Ello provocó que el papa Pio IX dijese de su majestad aquello de que, “es puta, pero pía”.
Como les ocurre a otros “gigantes”, lo más probable es que su excepcional crecimiento se produjese por el desarrollo de un adenoma (tumor benigno) en la hipófisis o glándula pituitaria, que indujese la sobreproducción de la hormona de crecimiento (somatotropina). Cuando esta patología se produce durante la etapa habitual del crecimiento, es decir, antes de la osificación del cartílago epifisario, se denomina gigantismo; si continúa después, se conoce como acromegalia. Tampoco debemos olvidar los graves trastornos asociados a la enfermedad, como son la insuficiencia respiratoria, la hipertrofia ventricular, la miocardiopatía, la diabetes, la osteoporosis, la debilidad muscular, la hipertensión arterial y un largo etcétera. Si bien Mikel padeció probablemente tanto gigantismo como acromegalia, parece que los trastornos asociados se manifestaron más tarde o en menor intensidad, ya que normalmente este tipo de enfermos fallecen a temprana edad, con poco más de veinte años, y él vivió hasta los cuarenta y tres.
La propia enfermedad, y los trastornos asociados, suelen provocar además, que los movimientos se ralenticen y se entorpezca el habla, lo que se tradujo en que algunas fuentes de la época cuestionaran la capacidad intelectual de Mikel. En cualquier caso, no existe evidencia científica alguna que vincule la acromegalia con una inteligencia menor a la media.
El anormal crecimiento de nuestro protagonista, hizo que nadie quedase indiferente cuando se cruzaba con él por la calle. Hombre religioso y habitual en misa, sus vecinos de Altzo pronto se acostumbraron a verlo, e incluso seguían su crecimiento con marcas en el muro de la iglesia, pero cuando bajaba a Tolosa (pueblo cercano y principal de la comarca), la gente se quedaba admirada y no podía evitar hacer comentarios. Esta circunstancia provocó que un vecino de Lekunberri (Navarra), José Antonio Arzadun, inspirado en el espectáculo que ofrecía el empresario estadounidense Phil Taylor Barnum, que presentaba tanto personas fuera de lo común como objetos extraños, propusiera al padre de Mikel Jokin exhibirlo por diferentes pueblos para ganar dinero. Llegado a un acuerdo, se estableció un contrato, que todavía se conserva, y que entre otras cosas establecía que la sociedad tenía que pagarle todo el tabaco a Mikel, además de dejarle ir a misa todos los días, en cualquier lugar que se hallara.
Las primeras localidades en las que fue exhibido fueron las geográficamente más próximas, entre las que destacarían Bilbao y San Sebastián, pero pronto, el aumento de su fama, hizo que los kilómetros y las distancias se multiplicasen. Según se recoge en el “Diccionario biográfico español”, su padre y su hermano no tardaron en romper los contratos y encargarse personalmente de gestionar sus apariciones en público. El espectáculo consistía básicamente en presentar a Mikel Jokin durante varias horas en una vivienda, casi siempre en un piso “principal” de una calle céntrica, cobrando el acceso (un real para los adultos y medio real para soldados y niños). En Europa, se mostró también en cafés, teatros, hoteles y salas habilitadas. Era presentado como el “Gigante Vasco” tal y como atestiguan múltiples grabados de la época, y aparecía vestido con uniforme militar, traje “de turco” o con una indumentaria singular de vagas reminiscencias bávaras o alpinas. Normalmente, sus presentaciones consistían en mantenerse erguido, pasear entre el público y comparar sus dimensiones con la de las personas que se le acercaban, salvo en París, donde interactuó con enanos para causar aun mayor impacto con el contraste en sus dos visitas.
Si bien fue presentado en público con anterioridad, se puede decir que realmente su aventura en el mundo del espectáculo comenzó en Madrid en septiembre de 1843, y se extendió hasta 1855. Además de la capital visitó numerosas poblaciones españolas, incluyendo las islas baleares, y se exhibió también en gran cantidad de localidades de Portugal, Francia e Inglaterra. Sus apariciones fueron recogidas en decenas de notas de prensa, especialmente en el Reino Unido, lo cual nos permite conocer sus desplazamientos. Su talla y la proporcionalidad de su cuerpo, lo convirtió en un personaje que fue recordado durante décadas en los lugares que visitó.
Con tan sólo 29 años, ya había visitado innumerables lugares y conocido a decenas de nobles y monarcas, entre los que cabe destacar a la reina Isabel II de España, la Reina Victoria de Reino Unido, el rey Luis Felipe de Francia y la reina María II de Portugal. Un modo de vida que si bien resultó lucrativo, para nada le propició una existencia plácida. Cansado de aquella rutina en el que los viajes, verdadero tormento, eran un continuo, e intuyendo que su salud no le permitiría continuar mucho más, decidió escribir a la reina Isabel II solicitándole que le perdonase la tributación del 10% de sus ganancias. Consciente de que pronto habría de retirarse, es probable que desease aumentar sus ingresos y ahorros para un futuro condicionado por sus necesidades de manutención y el deterioro progresivo causado por su patología. En su escrito, fechado en octubre de 1853, alegó que jamás en Europa le habían solicitado retribución alguna por sus ganancias, que calificó de reducidas, y que era con ellas con las que debía costear los viajes y tanto su manutención como la de sus acompañantes, además, hacía hincapié en que siendo sus ingresos relativos a un fenómeno tan extraordinario, calificándose a sí mismo como “aborto de la naturaleza”, estos no debían equipararse con los de las ordinarias empresas sujetas a contribución. Apelaba a la bondad de su majestad y ensalzaba las virtudes de esta, en una solicitud que le fue denegada. Para la soberana las leyes no discriminaban ni peso ni estatura, por lo que al “gigante” le tocó seguir pagando igual que al resto, si bien su manutención triplicaba los estándares.
En el citado escrito, resulta interesante conocer los datos personales que añadió, ya que hablaba de su altura y peso en aquel momento (“…once palmos y tres pulgadas de estatura, y quince arrobas de peso…”, unos 2,38 m y 187,5 Kg), si bien es muy probable que continuase creciendo hasta su fallecimiento. También, es curioso que solicitase una dispensa del pago alegando que los beneficios resultaban “mezquinos”, si bien puede constatarse mediante el testamento de Mikel Jokin, que legó 24000 reales a su hermano y 15000 a su sobrino, amén de encargar para la ocasión de su fallecimiento, quinientas misas con el estipendio de ocho reales de vellón cada una, sin olvidar otros bienes y propiedades mencionadas. No obstante, podemos indicar que su situación económica en sus últimos años no debió de ser tranquilizadora puesto que, en el año 1859, la Comisión de Hacienda de la Diputación de Guipúzcoa le denegó una pensión vitalicia que había solicitado. Sin duda, su estado de salud para entonces debió de hacer muy complicado el que pudiese trabajar y hacer vida normal, lo que lo llevaría a solicitar dicha pensión.
Finalmente, resaltar como el propio interesado se califica como “un aborto de la naturaleza”, hecho que podría hacer pensar que Mikel tuvo una existencia triste y acomplejada. Pero en este sentido, José Antonio Álvarez Osés de la Sociedad de Ciencias Naturales Aranzadi, tiene sus reservas. Primero porque entiende que la carta quizás no fuese redactada por el mismo Eleizegui, y segundo porque el escrito exagera la nota en todos los planos con la intención de conseguir la exención del impuesto. No obstante, no se debe olvidar que desde bien joven, Mikel Jokin tuvo que lidiar con el hecho de que su presencia despertaba los comentarios y curiosidad de la gente, que sin duda no serían siempre bien intencionados. Su carácter se forjó entre los recelos del mundo que le rodeaba, circunstancia que sin duda afectaría a su forma de ser.
El gigante de Altzo continuó exhibiéndose hasta 1855, momento en que decidió regresar a su pueblo y acabar con las giras. Supongo que la rutina, el cansancio y la salud, jugaron un papel fundamental en esta decisión, aunque la leyenda cuenta que estando en una “convención” de gigantes en el Reino Unido, alguien propuso el matrimonio entre Mikel y una joven inglesa que le llegaba a la barbilla, y que se mostraba dispuesta al enlace, a lo que nuestro protagonista respondió girándose a su padre y diciendo «Aita, guazen Altzora» («padre, vámonos para Altzo»). No creo que esa situación fuese el detonante de su regreso, pero desde luego demuestra que el gigante de Altzo era vasco, vasco. Comer y beber lo que haga falta, se decía que tomaba 23 litros de sidra diaria y comía la ración de 3 personas, pero para las mujeres… hay cosas que no cambian.

Supongo que no le faltaron ocasiones ni pretendientes para contraer matrimonio, aunque sin duda algo debió influir para que se mantuviese soltero, quizás su carácter, la disposición excepcional de su cuerpo, o que tal vez tuviera miedo de que sus hijos pudieran pasar por lo mismo. Sea como fuera, falleció soltero, el 20 de noviembre de 1861, en su pueblo natal, a los 43 años de edad por una tuberculosis pulmonar, y su cuerpo fue enterrado en el cementerio de la localidad. No obstante, su historia tiene un epílogo de carácter legendario. Desde hacía tiempo se aseguraba que su cadáver había sido robado por anatomistas o antropólogos, ingleses o franceses, y que habría sido depositado en algún museo o vendido a algún coleccionista. El argumento tomaba aún más fuerza, porque al exhumar los restos de su hermano y su padre en la década de 1930, con el propósito de dejar espacio para los difuntos más recientes del grupo familiar, los del gigante no aparecieron. El misterio se resolvió cuando el 14 de agosto de 2020, un equipo de 15 personas de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, liderado por el antropólogo Paco Etxeberria, localizó los restos del gigante en el propio cementerio de Altzo.
Sus huesos confirmaron el gran tamaño de nuestro gigante, con un humero de 53cm de longitud y un grosor fuera de lo común. Pero la magnitud de las dimensiones de Mikel Jokin no es lo único que se pudo saber por medio de sus huesos. También se constató que todas sus vértebras mostraban signos de artrosis muy avanzada, lo que concuerda con la documentación existente, en la que se refleja que se quejaba de dolores muy intensos de espalda. Con sus dimensiones, unos 2,42 m de altura, y todo el peso que se volcaba sobre sus articulaciones (llegó a pesar algo más de 200 kg) lo normal es que sufriera mucho. Le costaba andar y se tenía que ayudar de un bastón, e incluso de dos.
La vida de Mikel Jokin Eleizegi Arteaga se salió de los estándares, su tamaño y crecimiento ininterrumpido, de los que renegó continuamente, le otorgaron tal popularidad que pudo ganarse la vida viajando a lo largo y ancho de Europa. De su peripecia, quedaron varias decenas de miles de reales, que legó a sus familiares, y una leyenda que fue transmitida de generación en generación, convirtiéndolo en el personaje más ilustre de su lo calidad natal, donde se le recuerda actualmente con una exposición de paneles desplegada por sus dos barrios y otra permanente instalada junto al ayuntamiento. También en San Sebastián, en el Museo San Telmo, donde se exhiben algunas de sus pertenencias personales.
Su historia, que ha dado lugar a varios libros, fue también llevada a la gran pantalla a través de la película “Handia”, que se erigió como gran triunfadora de los Goya en 2017, con trece nominaciones y diez premios. Un film que pone sobre la mesa el sufrimiento que Mikel Jokin tuvo que padecer a causa de su enfermedad y los dolores que lo aquejaban, y que plantea los dilemas éticos y morales de las circunstancias que le tocó vivir, profundizando en lo que el “gigante” debió de sentir al verse tan diferente en una sociedad carente de filtros y aún menos preparada que la actual para asimilarlo. No es que ahora hayamos madurado en exceso, ya que la condición humana es la que es, pero al menos hemos avanzado en ese campo, y tenemos más información y mayor conciencia del daño que puede llegar a infligirse.
El de Mikel Jokin no es el único caso, aunque sí el que más conozco. No obstante, interesándome por el asunto he descubierto también la historia de Fermín Arrudi Urieta, “El gigante de Sallent”, un aragonés nacido en 1870 que llegó a medir 2,29m. Al igual que nuestro protagonista, Fermín viajó por gran parte del mundo, si bien es verdad que visitó más países, desplazándose también por África y América, mostrando su altura en un espectáculo que amenizaba tocando instrumentos y cantando jotas. Según se sabe, tocaba la guitarra, el violín, el laúd, la pandereta, los hierrecillos, el requinto, la bandurria, la flauta y el armónium, que aprendió de forma autodidacta. Un modo de vida que le proporcionó una pequeña fortuna con la que se construyó una casa en Sallent (Aragón) y vivió holgadamente durante toda su vida. Conocido por su gran fuerza y generosidad, es un personaje muy querido y recordado en la localidad. Un hombre cuya vida ha dado igualmente lugar a varios libros, y que, curiosamente, acabó también a los 43 años.
Estoy convencido de que hubo más casos, ya que el gigantismo y la acromegalia son enfermedades que si bien no fueron identificadas hasta finales del siglo XIX, han existido siempre. En los dos casos descritos, vemos un paralelismo, hombres de dimensiones extraordinarias que se dedicaron a exhibirse por distintos países como medio para ganarse la vida. Supongo que ambos sufrieron mucho a causa de su enfermedad y de la inmadurez de una sociedad que aún no estaba preparada, pero supieron sacar un beneficio de la desgracia, aspecto que nos debe valer como ejemplo. La vida no es fácil, siempre habrá tropiezos, dificultades y frenos, pero debemos ser capaces de adaptarnos, de sacar la parte positiva y seguir adelante, eso es lo que nos hará madurar, mejorar. Lo que nos hará estar satisfechos. Los retos resultan duros, al igual que los errores, pero son necesarios para nuestra mejora. Debemos tener presente, que fracasar es no intentarlo, es no aprender de los errores, es darse por vencido. Nuestros gigantes encontraron la forma de dar la vuelta a su desgracia, nosotros también deberíamos ser capaces.


















Añadir comentario