En mi país, al que le gusta dar siempre la nota, el Día de la Madre se festeja en octubre y no en mayo, que es cuando se celebra en casi toda Hispanoamérica. Este año tuvo lugar el día 20, que fue domingo, aunque creo que la aclaración es redundante. En cualquier caso, esta fue la primera vez en la que pasé dicha fecha sin mi madre.
Ella murió hace unos meses (en marzo, para ser exactos), a los 84, víctima de un deterioro neurocognitivo provocado, al parecer, por una atrofia cerebral que los médicos detectaron en febrero de 2022. Los dos años que estuvo a mi cargo, no obstante, fueron estupendos, y en algún punto nos sirvieron a ambos para subsanar viejas heridas, de esas que toda familia, por más pequeña que sea, suele infligirse, no tanto por saña como sí por apatía.
Así es, los dos años que estuvo bajo mi cuidado fueron una fiesta, en la que no faltaron paseos en silla de ruedas, degustaciones gastronómicas, comentarios de libros y mucha confianza, risa y alegría, tal como comentaba en otro artículo. No creo exagerar al decir que durante esos dos años me ocupé de que viviera todos sus días como si fueran el Día de la Madre, y el solo hecho de saber que en gran medida logré mi cometido me produce hoy una paz que nunca hubiera columbrado, una paz que se me antoja similar a la que sobreviene después de haber realizado un postergadísimo acto de justicia.
No obstante, el 20 de octubre, un inesperado recuerdo me estuvo torturando toda la mañana y buena parte de la tarde y de la noche: la imagen de su última sonrisa. Lo que me venía a la mente no era un rostro sonriente, sino solo una sonrisa; una sonrisa desnuda, vaporosa, sin ningún cuerpo al que aferrarse, más parecida a un ave que al objeto ideal de un odontólogo o de una empresa de dentífricos; una sonrisa como la que por momentos le permitía vislumbrar el Gato de Cheshire a nuestra siempre amada Alicia. Aun así, mi mujer, mi perro y yo fuimos ese día al lugar adonde arrojé oportunamente las cenizas, cumpliendo de ese modo con un ritual que tiene (ahora lo sé) más de mitología y simbolismo que de lisa y llana remembranza.
Todavía no me explico qué significado ocultaba aquella aparición, aquel traspié de la memoria, pero sospecho que no debe tratarse de nada negativo. Después de todo, una sonrisa no es algo que podamos asociar al desconsuelo, al quebranto o a cualquier fatalidad. De hecho, no vi sonrisa alguna las veces que pude acercarme al hospital para averiguar cómo seguía, tampoco en el instante en el que me permitieron despedirme de sus restos, ese instante demencial en el que la muerte buscaba sus atajos, el humo de la carne aún no cocida, ese mismo humo que ya anunciaba urgentes crematorios.
Pasados los «festejos», la sonrisa en cuestión siguió apareciendo cuando menos lo esperaba. Si bien sus manifestaciones eran cada vez más esporádicas, me seguían provocando una profunda confusión no bien me percataba de ellas. Con el correr de los días decidí tomar el toro por las astas, y me puse a escribir.
No voy a negar que en muchas de mis recientes colaboraciones para medios digitales he recurrido a la figura de mi madre, o bien como disparador de una anécdota, o bien como tema indirecto de una crónica. Sin embargo, lo que me propuse hacer después de los hechos que aquí narro fue otra cosa, algo que, muy probablemente, termine siendo una novela.
Es raro que Argentina no haya dado aún una novela cuyo eje central sea la relación de una madre octogenaria y su hijo escritor. Lo más parecido que se me viene a la cabeza es Mamá, de Jorge Fernández Díaz, pero no es eso exactamente a lo que aspiro; en esta obra, ni la trama ni el tratamiento son del todo estimulantes para alguien que, como yo, pretende trabajar un registro más elegíaco, y por ende más poético. Un modelo adecuado —al menos, por el cuidado de la prosa— sería El hijo de Greta Garbo, de Francisco Umbral, título que cuenta, a mi entender, con uno de los comienzos más hipnóticos de la literatura española del pasado siglo. Podrán juzgarlo ustedes mismos, estimados lectores, en el fragmento que aquí sigue:
Mamá entre los zarzales, entre moras, los reinos de Felipe, el hombre de la finca, monarca con blusón de los domingos, mamá entre aquel frondor de espacio en oro, cogiendo moras, recolectando moras, ilustrada de perros que ladraban como el verano ladra de alegría, mamá con blusa blanca, con vestido blanco, como siempre —cómo vestía de blanco—, manchándose de moras, te reñirá la abuela, creo que le dije, hija mía en un momento, o mi hermana mayor, pero alocada, dependiente (quería yo, quizá) de la sensatez viril, mamá entre los morales, las moreras, grandes hojas con extensión de pubis verde, y la mancha de moras en su blusa, sangre en su seno derecho, afrenta inexplicable de la tarde, tragedia del color sobre lo blanco, tragedia de otra cosa, de otras cosas, quién sabe, yo no sé, tragedias interiores traducidas de pronto a colores intensos de la hora.[1]
Sí, no cabe duda de que este es el registro. La famosa prosa pura, abigarrada, zigzagueante y (por eso mismo) seductora, esa de la que vengo hablando hace ya décadas como si de un credo se tratara, esa prosa que ofrezco en dosis homeopáticas en mis artículos de opinión y que vuelco con singular prodigalidad en mis textos de más literaria catadura. «Qué bonito escribes, hijo», me decía mi madre cada vez que leía o releía Las horas que limando están el día: diario lírico de una pandemia, libro que publiqué y presenté cuando ella ya había contraído la enfermedad que poco después acabaría con su vida. Si bien nunca le di mayor importancia a los halagos (mucho menos si venían de alguien con deterioro cognitivo), admito que a mi madre le debo mi pasión por la lectura, de la que la otra pasión —la de la escritura— no sería más que una inevitable consecuencia.
Desde que me puse a organizar este proyecto de novela, la sonrisa de mi madre ha dejado de invadir la gris cotidianidad de mi existencia (más gris ahora que otras veces por el contexto político-económico que padecemos algunos argentinos). Con todo, su ausencia se siente como un remordimiento, como una pesada contrición, que, a decir verdad, no sé si le corresponde tanto a mi madre como al distinguido Gato de Cheshire. Lo importante es que, por lo pronto, Alicia está contenta, y yo, dispuesto a escribir hasta que esa sonrisa vuelva a aparecer, pero esta vez con un rostro detrás que la apuntale, un rostro que esté en condiciones de explicarme —sin imposiciones, pero tampoco sin ambages— de qué cielos bajó para asomarse a mis cuartillas.
[1] Francisco Umbral. El hijo de Greta Garbo, Madrid, Austral, 2013.
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