Las nueve musas
El narrador arrepentido

El narrador arrepentido

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Si bien no me siento un narrador, admito que en mi prosa de creación incorporo varios elementos que podrían considerarse «narrativos». Esto puede verse, sobre todo, en Las horas que limando están el día: diario lírico de una pandemia, en donde intento que las entradas de ese supuesto diario de escritor conformen una suerte de artefacto híbrido capaz de mezclar la reflexión ensayística, la evocación poética y la crónica. Bien, lo poco que hay de crónica en el libro, por un lado, y el indiscutible continuum secuencial (propio de cualquier diario que se precie), por el otro, permiten que sus páginas puedan leerse como si estas pertenecieran a una novela autobiográfica, al menos, esa es la lectura que propuso una colega en una entrevista que me hizo con motivo del lanzamiento del libro del que hablo, entrevista que, vale la pena decirlo, se ha publicado también en este medio.

Conjeturo que ese (y no otro) fue el motivo por el cual los coordinadores de un centro cultural ubicado en el borgeano barrio de Palermo me invitaron a participar de un encuentro de narradores a principios de este mes, pues no había forma de que supieran que un cuento de mi autoría había aparecido en una antología de autores hispanoamericanos en 2014, ni que tengo dos novelas en preparación, a la espera de que algún día me digne a terminarlas. Movido, pues, menos por el entusiasmo que por la curiosidad, acepté la invitación.

El encuentro tuvo lugar la tarde de un jueves lluvioso, lo que auguraba una magra concurrencia. Llegué quince minutos antes del horario anunciado en el flyer que había promocionado el evento durante semanas en las redes. Me recibió la asistente de la persona que iba a coordinar la velada, quien me condujo enseguida al salón principal. Sentada en el punto muerto de una curva de sillas blanquecinas, la mujer que había sido asignada como coordinadora del evento me saludó sin ponerse de pie, alegando una dolencia reumática en una de sus piernas. Era una dama distinguida, tal vez septuagenaria, que batallaba con el equilibrio de un bastón que parecía no saber o no querer usar. Me senté a su lado y, luego de algunos formalismos, le obsequié un ejemplar de Las horas que limando están el día, libro que, se suponía, había provocado mi presencia en el recinto. Me pidió que se lo dedicara. Lo hice. Y, recordando que llevaba un ejemplar de Me queda la palabra: inquietudes de un asesor lingüístico dentro de mi bolso, le comenté que tenía otro libro de regalo para ella. Al parecer, a la señora le interesaban mucho la gramática y la ortografía, así que agradeció mi gentileza con verdadero regocijo.

Veinte minutos después llegaron más personas, entre las que se encontraba la otra narradora invitada. Ella era una cuentista que acababa de publicar un nuevo libro, del cual iba a leernos algunas de sus páginas. La acompañaba un conocido escritor —cuentista y novelista, para mayores precisiones—, lo que resultó una sorpresa para la organizadora del evento, que no esperaba contar con la presencia de un «famoso» en su tertulia.

El encuentro comenzó sin mayores preámbulos. El eco de la lluvia llenaba el vacío ocasionado por la escasa concurrencia, y las palabras proferidas por la coordinadora a modo de introducción hacían lo propio. Se recordó a un escritor modernista, del cual se repasaron fragmentos olvidables. Se rio, se bromeó, se habló de literatura y otras hierbas, y finalmente nos llegó el momento de leer a los «narradores» invitados.

Comenzó la cuentista, que leyó un relato entero con tanta prisa que mucho no se entendieron sus palabras. La pobre, al parecer, estaba más preocupada por cumplir con el tiempo establecido de lectura que por asegurar una buena recepción en los oyentes. Aun así, pese al incómodo silencio que se produjo no bien ella terminó de leer, su texto gustó mucho. Se trataba de un cuento realista lleno de coloquialismos en el que dos niños eran testigos de un hecho probablemente delictivo, al cual, por lo que pude interpretar, no le atribuían demasiada trascendencia. Un argumento bastante verosímil si tenemos en cuenta que la infancia todo lo perdona.

Seguí yo. No sé por qué sentí en ese instante que era necesario aclarar algunas cosas. Por ejemplo, que no sabía muy bien qué estaba haciendo ahí, ya que yo mismo no me consideraba un narrador. Que Las horas que limando están el día: diario lírico de una pandemia no era necesariamente una novela, por más que admitiese esa lectura; que la narración, en cuanto género, siempre me había parecido un tanto sospechosa, por la simple razón —sin duda, válida para mí— de que el hecho literario no reside tanto en el qué, sino en el cómo, y que el mejor cómo era el que podía prescindir de cualquier qué, pero, sobre todo, porque creía, como Valéry, que escribir «La marquesa salió a las cinco» era poco menos que una estafa. Un nuevo silencio incómodo se apoderó del salón en el que aún resonaba el eco de mi perorata. No me quedó más remedio que leer algunas entradas de mi diario.

Mi rapsódica lectura parecía buscar que cada palabra fuese escuchada como si se la estuviese degustando, como si hubiese sido pronunciada por primera vez en ese mismo instante, como si fuese una invocación, como si fuese un hechizo. Los textos que seleccioné no eran extensos, así que pude leer, de corrido, cuatro entradas de mi diario sin transgredir el tiempo acordado. Sin embargo, creo que el tiempo llegó a detenerse en algún punto.

Cuando concluí, la gente aplaudió desconcertada, pues dudaba de si efectivamente correspondía un aplauso como réplica. «Prosa poética», dijo uno. «Poemas en prosa», dijo otro. «Qué manejo del lenguaje», agregó alguien más. El único que atinó a hacer un comentario relativo a la presunta impronta narrativa de mis textos fue el escritor famoso. «Lo cotidiano contado desde una perspectiva poética. Interesante», sentenció. Recordé una cita de Novalis y la compartí con el público por considerarla encantadoramente conveniente. «Otorgo a lo cotidiano la dignidad de lo desconocido», declamé, algo risueño. Los circunstantes me respondieron con una mirada aprobatoria.

Enseguida se dialogó sobre lo importante que es, para un escritor, «trabajar muy bien la prosa». Se dijo que, en ese campo específico, los poetas corrían con cierta ventaja. No lo negué. Se mencionó a Borges y a Saer. Yo sumé a Abelardo Castillo a la nómina de autores recordados, pero dejando en claro que mis modelos no eran precisamente argentinos. Como no podía ser de otra manera, me preguntaron de quiénes se trataba. Les hablé entonces del Alejo Carpentier de Concierto barroco, del Fernando del Paso de Palinuro de México, del Gonzalo Celorio de Y retiemble en sus centros la tierra, del Julio Llamazares de La lluvia amarilla y, por supuesto, del Francisco Umbral de Mortal y rosa, La belleza convulsa o Las giganteas. Ejemplos estos, para mí, de una prosa abigarrada, eufónica, llena de subordinadas y de incisos, de metáforas e imágenes, y, en definitiva, de la más sublime manifestación del castellano.

«Claro, esos autores le dan más importancia al lenguaje que a la estructura narrativa», indicó alguien. «Pero ¿acaso no consiste en eso hacer literatura? Cualquiera puede escribir un cuento o una novela si su única preocupación es contar una historia. La literatura, sospecho, supone ese plus ultra, aquello que no se limita a las convenciones de un género, y esa extralimitación, que se manifiesta indudablemente en el lenguaje, es lo que nos ayuda a distinguir una obra literaria de un simple relato de entretenimiento», declaré, casi en estado de éxtasis.

Los murmullos del público me indicaron que algo en el ambiente se había roto. Era evidente que mis opiniones —por cierto, nada originales— habían herido más de una susceptibilidad, así que resolví guardar silencio hasta que el evento concluyese (un silencio culposo, gandul, revisionista), no tanto por haber incomodado una vez más a la escasa concurrencia que, frente a mí, se debatía entre retirarse del lugar o seguir con la velada, sino por haber aceptado, desde un principio y sin meditarlo demasiado, aquella confusa invitación.

A mi casa regresé notablemente arrepentido, con un pensamiento —ignoro a esta altura si mío o de alguno de los autores que frecuento— zumbando en mi cabeza como una amarga conclusión, un pensamiento que se concentraba en una frase, una frase que decía: «La literatura puede ayudarnos a mitigar la soledad, pero también puede condenarnos a ella de por vida».

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Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con seis libros de poesía publicados, los dos últimos de ellos en prosa:
• «Por todo sol, la sed» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2000);
• «La gratuidad de la amenaza» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2001);
• «Íngrimo e insular» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2005);
• «La ciudad con Laura» (Sediento Editores, México, 2012);
• «Elucubraciones de un "flâneur"» (Ediciones Camelot América, México, 2018).
• «Las horas que limando están el día: diario lírico de una pandemia» (Editorial Autores de Argentina, Buenos Aires, 2023).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Tiene hasta la fecha dos trabajos sobre gramática publicados:
• «Del nominativo al ablativo: una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).
• «Me queda la palabra: inquietudes de un asesor lingüístico» (Editorial Autores de Argentina, Buenos Aires, 2023).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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