Las nueve musas
Céspedes

Bijagual, donde la traición venció al patriotismo

Promocionamos tu libro

Hay crudeza en este texto, pues los testimonios, en su aspereza, revelan una Cu, llena de envidias, recelos, ingratitud, crueldad y ansias de dominio. To eso es lo que voy a contar.

Vamos a sentir rabia y odio 150 años después, pero eso que sintamos, es gratitud hacía el hombre que prefirió perder a su hijo Oscar, y nos asumió a todos, como sus hijos, Asumiendo que la patria esta sobre todo lo demás. El Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo. [1]

El 27 de octubre de 1873, en los campos de Bijagual de Jiguaní, Céspedes enfrentó su tragedia con certeza. Sin embargo, no dejó de recordar un día cinco años atrás, cuando ocupaba el cargo de presidente y, ante la misma Cámara de Representantes que ahora lo golpeaba, expresó: «Cubanos: con vuestro heroísmo cuento para consumar la independencia; con vuestra virtud, para consolidar la República. Contad vosotros con mi abnegación».

La destitución, meticulosamente planeada en secreto, se hizo pública cuando Calixto García logró reunir 1500 fusiles para protegerla, pasando de simple transición gubernamental, a golpe de Estado fraguado bajo las armas. Aunque el miedo a una respuesta de los partidarios del presidente era palpable, ese día no estalló una guerra entre hermanos porque Céspedes, en su grandeza, se inmoló por la revolución y rechazó los planes del general de brigada José de Jesús Pérez de la Guardia, quien ofreció hasta su sangre y la de sus hombres para enfrentar la conspiración. Y el recto en el cumplimiento de sus obligaciones y acatando a la primera Ley de la República, replicó al Brigadier José de Jesús escribió en su diario la noche anterior: «Yo, obediente a la Constitución y las Leyes, no sería causa de que se derramara sangre cubana» El sacrificio por una idea revela la verdadera grandeza de un hombre.

En España, estaban sucediendo acontecimientos que enternecieron al presidente de la Cámara, que desde mucho antes pretendía sentarse en el «Taburete Presidencial»; “«Don Amadeo de Saboya, Rey que fue de España ha abdicado la Corona mientras y el Senado y el Congreso constituido en Cortes soberanas han proclamado legal y pacíficamente la República.» [2]

El líbelo La Gaceta de La Habana publicaba además de las nuevas figuras del gobierno, entre ellos, los ministros Emilio Castelar Ripoll, de Estado y Francisco Salmerón, de Ultramar. Inmediatamente, este último dio a conocer al capitán general, que en el Gobierno de la República no se producirían cambios en las relaciones políticas de la metrópoli con sus colonias, al anunciar:

«[…] su primer pensamiento, interpretando el pensamiento la idea de las Cortes y sirviendo de la República, es anunciar a esas Islas que estamos dispuestos en sostener con todas nuestras fuerzas la integridad del territorio nacional sin perdonar para ellos ninguna clase de sacrificio […] en esto soy fidelísimo interprete del pensamiento que cobra mayor fuerza en este momento supremo en que trata de la honra de la patria y de la salud de la República.»[3]

No se puede cuestionar que la noticia generó diferentes expectativas entre algunos patriotas cubanos, quienes durante años esperaban una solución pacífica y negociada con España, que tuvo su mayor auge cuando Caballero de Rodas arremetió contra las fuerzas insurrectas en los tres departamentos y, en particular, en el Central. Esto siempre chocó con la posición intransigente de Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo, quien jamás aceptó ningún acuerdo que no implicara la independencia y la abolición de la esclavitud. [4]

Pero el presidente de la Cámara, Salvador Cisneros Betancourt, si le percibió perspectivas, y quizás pensó que si el fuera el presidente del gobierno cubano la pondría en práctica:

«[…] he sabido – escribía a sus hijos Agustín y Gaspar el 27 de septiembre de 1873, un mes exacto antes de la deposición de Céspedes- que el Gran Castelar es presidente de la República española? ¿Conseguirá Cuba mejorar su suerte? ¿O será lo mismo que bajo los otros gobiernos? Que todo se vuelve ofertas y nuca se cumplen. También he visto la carta del señor Capdevila […] Si cumpliera lo que ofrece en ella […] Cuba un cantón federal de una República, ya solo falta un salto para mi bello ideal y que concedido esto, ya lo otro debe darse por conseguido pues entre Cuba y España está por medio el Atlántico y así no es posible que se unan nunca más; pero al fin gozarán nuestros hermanos de alguna libertad y podré ayudarlos, y los negreros estoy seguro vendrán a nosotros.[5]

No sabes mi Agustín, con cuanto gusto he visto que tu protector ha tomado asiento en las Cortes Constituyentes y que en ellas ha defendido los principios democráticos, alcanzados muchos aplausos, y que es partidario de los buenos […]bien me alegro, que este no ceje ¡, y […] que no he nacido para esto, si fuera a dar gusto a mi imaginación no acá […]nunca pues se me figura que estoy hablando con él, cuando nos paseábamos en la azotea. ¡Oh! Qué horas tan felices, no volverán.»

Betancourt
Betancourt

Pero que quiso decir el Márquez en esta carta a sus hijos Agustín y Gaspar. Descifrémosla: Salvador Cisneros Betancourt reflexiona sobre varios temas relevantes para la Cuba de su época. Menciona al político español Emilio Castelar, ministro de Estado y se pregunta si la llegada de Castelar al poder podría afectar la suerte de Cuba. Sugiere que, si Cuba se convirtiera en un cantón federal dentro de una República, estaría más cerca de su «bello ideal.» La distancia geográfica entre Cuba y España – Atlántico por medio- haría que nunca se unieran nuevamente.

Ese era su sueño, por el cual luchaba por defenestrar a Céspedes. Pero volvamos A Bijagual de Jiguaní.

En sesión extraordinaria, se dieron cita decenas de seguidores y detractores del presidente. Me parece ver sentado en los bancos de madera rustica a los diputados Tomás Estrada Palma, Jesús Rodríguez, Juan B. Spotorno, Luis Victoriano Betancourt, Ramón Pérez Trujillo, Marcos García, Fernando Fornaris y Eduardo Machado. Presidía el Marqués de Santa Lucía, Salvador Cisneros, quien desde las sombras fungía como uno de los máximos enemigos de Céspedes. Pero al parecer lleno de vergüenza abandonó la sesión, pues sabía que el sería el elegido para sustituirlo.

Aludiendo al notable marco de la legalidad, Ramón Pérez Trujillo comenzó la Junta:

— Propongo que la Cámara de Representantes en uso de las facultades que le concede el artículo 9° de la Constitución, deponga a Carlos Manuel de Céspedes del cargo de presidente de la República.

Maquilló la alocución a su conveniencia «con los desaciertos tan notorios» de la administración de Céspedes, por lo cual la República estaba obligada a destituir al Padre de la Patria para «salvar sus libertades». Habló de dictadura, de nepotismo, [6]-como si en esa guerra fuera solo Céspedes él que la practicara, ahí están los casos de Agramonte, Calixto García y otros tantos jefes, pues era la familia en quien se confiaba y se resguardaba- y demás males, siendo esa una hábil estratagema para atormentar al bayamés y restarle prestigio ante la muchedumbre presente.

En cuanto a la dictadura, si hubiese observado el llamamiento de su cuñado y Mayor General Manuel de Quesada, otro sería el estado de la guerra, sin intromisiones de organismo inoperantes y pocos eruditos en cuestiones de armas.

Continuó la retórica Estrada Palma, luego Eduardo Machado y así sucesivamente cada uno de sus adversarios se mofaron de Céspedes. Ese era su momento. El que habían esperado desde la Conversión de Tirsán, en el Fundo del Rompe en 1868, cuando se preparaba la Guerra Grande. No hubo honor o dignidad alguna, esas palabras aquel día perdieron su significado, y se legó a la historia de Cuba el sepulcro de un cadáver aún palpitante.

«[…] (Todo) su objetivo – de Céspedes– es que la Cámara se reúna, pero, como no hay mal que dure 1000 años, el día 22 de este mes – octubre– se nos aparecieron como por encanto aquí Trujillo y Luis Victoriano […]se nos apareció- Céspedes- ante con objeto de ver como nos pasaba la mano y nos ganaba; pero ya la suerte se le ha acabado parece y no ha conseguido nada, ha tratado de sonsacar a Marcos García.» Así con desenfado y burla, escribía Salvador Cisneros al Mayor General Juan Díaz de Villegas [7]

A esa hora en Bijagual, consumía una injusticia tan marcada como inmerecida y todo por malandanzas personales. Luis Victoriano Betancourt continuaba el pérfido espectáculo mientras le decía a la multitud:

«Vosotros le conocéis, señores; no es el enemigo de fuera, es el enemigo de dentro; no es el que nos ha perseguido, es el que nos ha acompañado; no es el que ha jurado la bandera de Cuba, es el que ha jurado la Constitución de Cuba. Por eso la Cámara, que defiende al pueblo, la Cámara que es el pueblo, debe, como el mármol, romperse antes que doblegarse; debe ser más fría que el hielo y más firme que el acero, y debe deponer a Carlos Manuel de Céspedes, presidente de la República, con el mismo derecho con que depuso al general Manuel de Quesada, general en jefe del ejército, y con el mismo derecho con que depondrá a todo el que falte a la ley y a todo el que falte a la Constitución.» [8]

Los integrantes de tamaño golpe, astutos políticos, ampararon sus prerrogativas bajo el velo de la democracia y las leyes constitucionales. Ahí escondieron sus verdaderos intereses. Mediante un discurso ofensivo buscaron la forma de desacreditar y a la vez arrebatarle el poder al presidente.

Veintitrés años después, el famoso historiador español Antonio Pirala escribiría en su libro Anales de la guerra de Cuba, Vol. II, sus consideraciones al respecto:

«No podía estar más acentuada y decidida la opinión entre los principales de los insurrectos contra Céspedes, y exige la verdad histórica una pregunta: ¿era fundada la oposición que al presidente se hacía?; o más bien esta otra: ¿era conveniente para la causa por qué peleaban? No podemos dar una respuesta afirmativa. Si afirmáramos a virtud de documentos, parece indudable que el primero que se levantó en La Demajagua no desistía de sus revolucionarios propósitos. Podía errar por ligereza o ignorancia, pero no con aviesa intención, no porque le faltara fe en la causa que defendía y representaba en el elevado puesto en que estaba colocado, ni desmayara en sus esfuerzos para conseguir la emancipación de Cuba. Había que buscar razones en otros motivos”.

Durante largos cuatro años y medios, tiempo de su mandato, Céspedes vivió con una zozobra constante por sus enemigos. El hombre del 10 de octubre asumió una posición digna y no hizo oposición alguna. Concluida la votación de la Cámara y aprobada formalmente su deposición, el Padre de la Patria plasmo en su diario: “Ya sin responsabilidad estoy libre de esta carga. A todos he recomendado la prudencia y que sigan sirviendo a Cuba, como yo lo haré mientras pueda (…)”

El nuevo gobierno sería dirigido por Salvador Cisneros Betancourt, quien asumiría como presidente provisional porque Francisco Vicente Aguilera, vicepresidente de la República en Armas y legítimo presidente en ese caso, se encontraba sirviendo a la patria en el extranjero. Había, al fin conseguido su propósito.

Con vítores de estrecho republicanismo se consumaba el golpe de Estado en Bijagual de Jiguaní. La Cámara, en alianza con algunos jefes mambises, selló el apacible triunfo, repartiendo y reestructurando nuevos puestos, cargos y mandos militares. El mismo que había prometido al Mayor General Calixto García, si “cuidaba” la “apacible” reunión de deposición.

El Brigadier Miguel Bravo Sentíes [9], junto a muchos de los partidarios de Céspedes, apretó el puño impotente al contemplar la infamia. Conocía de primera mano las patrañas contra el bayamés. Sabía que en un momento u otro eso ocurriría, más se conmovía por el destino de su amigo, porque se asesinaba el legado de un hombre, uno verdaderamente digno, que no cabía en las mentes y en el cuerpo de cada uno de ellos.

Bravo Sentíes entendía de respeto, honor y lealtad. Céspedes no se sentía de ánimos para combatir y esa no era la situación idónea para hacer justicia. Mañana sería otro día, uno perfecto para organizar la resistencia y reponer al verdadero presidente. El héroe de La Demajagua, desde antes de la destitución, contaba con oficiales leales a su persona. La fidelidad solo se palpa cuando se demuestra. Pronto, muy pronto llegaría el momento de probarla.

Otros “probados” amigos luego expresaron que el acto fue legal y defendieron a capa y espada a los diputados:

Fernando Figueredo Socarras, su jefe de ayudantes hasta ese aciago día, se pregunta en el primer capítulo de la Revolución de Yara: «¿Fue la deposición de Carlos Manuel de Céspedes, un motín de la Cámara?»  ¡No!, fue su respuesta, y su argumentó: […] porque en tal caso sería necesario acusar de igual crimen a los jefes militares del Departamento de Oriente, en su mayor número pues el acuerdo fue tomado en presencia de los mayores Generales, Calixto García Iñiguez, Modesto Díaz y Manuel Calvar.»

¿Acaso no percibió Figueredo que esos militares estaba allí para impedir que los verdaderos amigos de Céspedes pudieran tomar acciones para impedir el golpe de estado?

¿No paso por su mente al verlos armados con fusiles en bandolera a unos, y machetes a medio sacar a otros, que esa actitud era de pelea, no de simples espectadores como los hace ver?

El interés de algunos, era obtener como ganancias netas: ascenso al máximo poder en su Departamento, como fue el caso de García Iñiguez, que casi terminada la reunión, por decirlo de alguna forma, fue nombrado jefe en propiedad del Oriente en detrimento de Vicente García y Modesto Díaz, ¿con más años de antigüedad en el grado de Mayor General? ¿No lo conocía? Modesto Díaz, jefe de Inspección, y Vicente García, despojado del mando, fue «nombrado» secretario de la Guerra, lo que luego acarrearía serios problemas con las hasta entonces tropas bajo su mando desde el inició de la contienda en aquel territorio el 13 de octubre de 1868.

¿Desconocía Figueredo, pues por sus manos pasaron cientos de documentos de Céspedes, el referido al cuórum necesario para realizar las sesiones de la Cámara de Representantes?:

Céspedes exigió un proceso legítimo, del asunto a ejecutar por la Cámara, pues en la práctica receso durante treinta y dos meses y él tuvo la autoridad legislativa en los años 1872-1873, por ello se sintió con el derecho de exigir que, para revocarlo de esa facultad, tendría que reunirse con igual cantidad de representantes al 16 de enero de 1871: [10]

«La difícil situación del país; la imperiosa necesidad de resolver problemas políticos imprescindibles para alcanzar nuestra independencia: el cuidado extremo llevado hasta la susceptibilidad por el Poder Ejecutivo de no extralimitarse en lo más mínimo de las facultades legislativas de que la Cámara le invistiera y finalmente y con razón dispensa el más profundo respeto a las prescripciones de nuestro Código fundamental, impelieron al Ejecutivo a invitar al ciudadano presidente de la Cámara para que esta se reuniera, recuperara sus atribuciones y deliberara a fin de dar solución legal a las apremiantes disposiciones que la patria reclama.

Con ese objeto el presidente de la República pasó atenta comunicación al de la Cámara, ciudadano Salvador Cisneros obteniendo de él por respuesta el que abundando en los mismos deseos esperaba acudieran los representantes que se hallaban en Bayamo. Llegaron estos, y el ciudadano presidente de la Cámara me lo anunció esperando que inmediatamente iba a reunirse en Cámara.

Privadamente tiene conocimiento de que el total de representantes no era más que de seis, y como de este número no  tuviese yo conocimiento se hubiese nunca celebrado sesión, ni oficialmente se me hiciera saber se había tomado acuerdo o disposición alguna para legalizar la reunión con el número de seis diputados, juzgué desde luego que no podía considerar legal la reunión con ese número, para despojarme del poder legislativo que por la Cámara […] se me confiriera ante una que no estuviera por lo menos constituida con igual número de diputados que aquella que de ese poder me invistiera. [11]

Llegó a mis oídos también que no opinaban así los representantes fundándose en que habiendo tenido ellos acuerdo sobre este punto, debían respetar lo acordado, que según supe, también privadamente, tenía aún más, pues que se determinó fuera quórum cualquiera que fuese el número de representantes que se reuniera; con lo que aunque no fuera esta su mente, se pretendía legalizar el anómalo e irregular caso, de que tres, dos y hasta un solo diputado constituyera Cámara, creando así una dictadura o tiranía que no pasaré a calificar y que bajo la forma de legislador como Solón o Licurgo, un decenviro o triunvirato romano.»[12]

El destacado investigador Roberto Hernández Suárez, en su libro Céspedes, Estadista y estratega, explica sobre lo escrito por Céspedes que; Resulta interesante la forma en que Céspedes se enteró y como señaló: «llega a mis oídos» o «según supe», de lo que se discutió y acordó en la Cámara. Pues debió ser en un despacho con el presidente Salvador Cisneros Betancourt.

«No por desconocer, –Apunta Céspedes en su diario- mi deber ni por falta de energía para hacer cumplir con lo que la Constitución y hasta el más simple sentido común ordenaban, , sino con el propósito de evitar el escandalo de que el pueblo se enterase de que  no había armonía, existía desacuerdo entre los poder fundamentales de la Nación acogí y di ascenso a la idea de celebrar con los representantes y algunas otras personas conferencias privadas de carácter puramente amistoso, en la que se expusieran cuantas razones  en pro y en contra tuvieran los concurrentes, a fin de que desprendiéndose de la discusión la luz se acordara y se aconsejara el compromiso moral de aceptar la forma convenida, para lastimar el decoro y deber de ambos poderes, dieron termino amigable al choque o desavenencia pública que pudiera resultar entre ambos poderes. » [13]   

Esto ultimo lo dibujo Salvador Cisneros en la carta ya referenciada al Mayor General Juan Díaz de Villegas: […]se nos apareció- Céspedes- ante con objeto de ver cómo nos pasaba la mano y nos ganaba; pero ya la suerte se le ha acabado parece y no ha conseguido nada, ha tratado de sonsacar a Marcos García.»

Razón, mucha razón tenía el Brigadier Enrique Collazo cuando plasmó en su libro aquella lapidaria frase de que se echó al aire la semilla que sembrada por malas manos había de germinar más tarde en las Lagunas de Varona. Y yo diría que no solo Lagunas de Varona, sino Santa Rita, Alcalá, Las Villas, donde casi matan a Máximo Gómez.

El odio, las pasiones ocultas o descubiertas, las ansias de poder; envidias y la mala selección allá en San Miguel del Rompe y luego en Guáimaro, de dejar para la República las leyes, y poner todo el empeño en la guerra para que una vez esta triunfara, poder enarbolar La República, libre y soberana. Cómo mismo lo pidió Martí en uno de sus apuntes.

Más allá de las querellas y disgustos, Céspedes demostró que la patria se defiende, aún, al costo de la propia vida. Martí vaticinó, y esta apreciación cae en la Cámara: «Otros hagan, y en otra ocasión, la cuenta de los yerros, que nunca será tanta como la de las grandezas.»

¿Qué sucedió a los Cespedistas tras el golpe de Estado?

[1] Se ha tomado como apoyatura, la valiosa descripción de la deposición del reportaje: Carlos Manuel de Céspedes y sus Hermanos del Silencio, del periodista e investigador Emilio L. Herrera Villa, aparecido en El Caimán Barbudo, en su edición del 20 de abril de 2020.

[2] Céspedes, Estadista y estratega. Roberto Hernández Suarez, Ed Capitán San Luis, 2023, p 228

[3] Ob, cit., p 228.

[4] Ob, cit., p 228

[5] Ob, cit., pp 230-231

[6]Como si la mayoría de los jefes insurrectos estuvieran ajenos a esta cuestión y no otorgaran grados militares a amigos o partidarios suyos. Además, la misma Cámara en múltiples ocasiones repartió grados y distinciones entre sus adeptos. El nepotismo y el regionalismo son rasgos bien intrínsecos en nuestra historia y todavía hoy padecemos de ellos.

[7] Ver Colectivo de Autores del CEMI de las FAR. Tomo 1. Biografías.

[8]  El general de brigada Enrique Collazo, en su obra Desde Yara hasta el Zanjón calificó el hecho como “el más culminante de la revolución cubana” e iniciador “de nuestras desventuras”. “(…) Allí sacrificaron mucho por la mera satisfacción de bastardas pasiones, de intereses encontrados, allí, se ha dicho con exactitud, se echó al aire la semilla que sembrada por malas manos había de germinar más tarde en las Lagunas de Varona. La ambición, el descontento y los rencores personales se encubrieron con el respeto á la ley.”

[9] Durante el gobierno de Céspedes Miguel Bravo Sentíes, doctor en medicina y habanero de nacimiento, ocupó sucesivamente las Secretarías del Interior, de la Guerra y de Relaciones Exteriores.

[10] Céspedes el Estadista…Ob, cit., p 225.

[11] De los 15 miembros formales de la Cámara de Representantes, solo se encontraban en Bijagual siete, de estos cinco votaron a favor de la destitución.

[12] Carlos Manuel de Céspedes. Ob, cit., t 1, pp 307-308.

[13] Ídem Ob, cit., t 1, p 308.

Alfonso Ramón Naranjo Rosabal

Alfonso Ramón Naranjo Rosabal

Alfonso Ramón Naranjo Rosabal (Las Tunas, 4 de septiembre de 1953). Periodista, locutor, documentalista e Investigador de temas históricos. Durante cuarenta y un años laboró en la Televisión y Radio cubanas; dio cobertura informativa a numerosos hechos de nuestra historia revolucionaria.

Es graduado de periodismo en la Universidad de Oriente, Santiago de Cuba 1986, Diplomado en Historia y Marxismo en la Universidad «Ñico López» del CC del PCC, y del Nuevo Periodismo Latinoamericano, en el Instituto Internacional de Periodismo «José Martí», en 2001

Cumplió Misión Internacionalista en África, trabajo de jefe de equipo en la filmación del proceso de repatriación e identificación de los cubanos caídos en Granada, el 25 de octubre de en 1983.

Tiene publicado los libros: Quifangondo a Vitoria é Certa. «Editorial Capitán San Luis», La Habana, Cuba. Legado Inmortal; Madrugada de los Gallos; Las Desavenencias en las guerras: dos conflictos y… Soliloquio: El general dice su verdad. Todos en Editorial AutoresEditores.com. Colombia. Ha publicado en revistas de temas histórico, como Tareas, del Centro de Estudios de Ciencias Sociales de la Universidad de Panamá, la Revista de Artes y Humanidades, las Nueve Musas, de España, igualmente trabajos suyos han sido leídos en Venezuela, Angola, o vistos por la televisión, en Rumania, Rusia, Polonia, Bulgaria, la antigua Yugoeslavia, Alemania, etc., todas exintegrantes del campo socialista.

Ha recibido premios en concursos nacionales de periodismo, investigaciones históricas y literatura.

Fue galardonado como Mejor Conductor de Programas Informativos de Cuba, en el Festival Nacional de la Radio, 2001, y recibió el Premio Provincial a la Obra de la Vida «Rafael Urbino Santoya», 2005. Ostenta órdenes, medallas y distinciones militares y estatales. Es miembro de la UPEC y la UNHIC.

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