Una película sencillamente deliciosa: “Vidas pasadas”, de Celine Song. La belleza era, es y seguirá siendo una promesa de felicidad, como dijo Stendhal.
“Vidas pasadas” es un estreno que nos devuelve al tiempo del mejor cine europeo, un cine no para todos los públicos, evidentemente, aunque todo tipo de espectador esté concernido por esta historia sencilla, humanísima, y tan bien narrada hasta el final.

Past lives (título original de la película, en inglés) pone en relación -y en contraste, sin llegar a la contraposición- dos ciudades, Seúl, en Corea del Sur, y Nueva York. Son esas megaurbes y sus culturas respectivas unos actantes o protagonistas más del relato (recordemos que para nosotros el cine es una variante de la literatura de narración, del relato).
Los jóvenes actores (en la vida real: Greta Lee, Teo Yoo y John Magaro) representan unas vidas normales. (La joven actriz coreana, Greta Lee, y el actor coreano, Teo Yoo, están soberbios, límpidos, casi transparentes en su sencillez: por fortuna, no están amanerados y encasillados en el papel de jovencitos en que suelen hacer el mono los actores y actrices nuevos mal conducidos por los directores; aunque de ese torpeza actorial, como de lo contrario, de la sutileza y transparencia en la interpretación el responsable es siempre el director, auténtico autor del relato, y a quien hay que pedirle cuenta por toda la película que se nos da a ver y juzgar).
Las imágenes de Nueva York, desde la bahía, la estatua de la libertad, la arquitectura de los grandes rascacielos neoyorkinos son de una belleza que te emociona, como si el espectador los viera in situ, por primera vez.
La directora acierta con la fotografía, que nos da la sensación de que cada secuencia está crepitando, presentando algo que está ocurriendo en ese momento. Y acierta también con el tempo de la narración, que si es lento en algún momento, como en el cine europeo que amamos, logra mantener la tensa expectación por la decisión final de la protagonista y hasta nos mueve a implicarnos en esa decisión y a comprenderla; por último, no menos acierto muestra Celine Song, la directora, en la elección de la música (apenas el leve acompañamiento de piano y de cello), que sirve para construir la línea de una historia contada desde el interior del alma y el destino de los dos protagonistas que desde niños han cruzado sus vidas, apenas son el piano y el cello, en diálogo que resiste a la melancólica separación.

















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