Las nueve musas
Teresa Vicente

Teresa Vicente

«Me gusta mucho transitar de lo particular a lo universal: precisamente esas pequeñas cosas cotidianas de las que están llenas nuestras vidas, que nos unen y nos hacen grandes»
Teresa Vicente

El año pasado, en pleno escenario coronavírico, se publicaron dos libros que enriquecen la dilatada trayectoria literaria de Teresa Vicente Vera (Murcia, 1957): el poemario Orión pasa de largo (Editorial Balduque, colección Sudeste) y el libro autobiográfico La casa de las palomas (La fea burguesía).

Orión pasa de largo es un poemario heterogéneo, pero no de calidad desigual, que ilumina zonas de la experiencia: el espacio del sueño, el azaroso trayecto de la historia, el acontecer íntimo y consuetudinario y el poder revelador de la palabra.

Advertimos en los poemas reunidos en este libro claridad y complejidad, exigencia y fe en el poder evocador y salvífico del lenguaje, así como una admirable capacidad para establecer lazos de complicidad a través de los vínculos humanos, la confidencia o la catarsis solidaria. Incluso cuando aparecen anécdotas personales o suena el compromiso cívico, Teresa Vicente logra en su poesía el tránsito de lo particular a lo universal, haciendo compatible su experiencia íntima con un canto general. A pesar de su apariencia multiforme, Orión pasa de largo es un poemario cohesionado, como bien apunta Eloy Sánchez Rosillo en el prólogo, por el amor como tema axial; el amor íntimo y cotidiano y el más amplio y universal.

Teresa Vicente
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La casa de las palomas puede leerse como un libro de memorias que abarca la infancia de la autora, hasta los once años, o como un conjunto de relatos asentados en la autoficción.

Este libro bascula entre el pasado y el presente: la autora evoca y analiza el periodo auroral de su vida, cuando nada escapa a la fuerza de la imaginación y todo son descubrimientos, cuando el juego y las obligaciones iniciáticas forjan el carácter y el acontecer se llena de un encantamiento, de un aura poderosa que traspasa los límites de lo real y lo creíble, y el asombro se impone a la costumbre. La casa de las palomas reúne los recuerdos de infancia que tejieron el porvenir de la autora: el comportamiento de la niña

Ayer soñe que calvo me quedaba

Teresa ya anticipa el carácter fuerte, la determinación, la sensibilidad intensa y el don de gentes de la futura poeta, narradora y empresaria de éxito. Teresa nos cuenta al mismo tiempo cómo era su familia: padres, hermanos y hermanas, abuelas y otros parientes, la relación que mantuvo con sus primeras amigas y con los vecinos, las convenciones y ritos familiares: asistencias a los oficios religiosos, celebración de fiestas y tradiciones, comidas especiales, viajes a ver a la abuela de Orihuela, etcétera Son muchos los personajes que desfilan por este libro, pero el más destacado es, sin duda, la casa misma. La casa de las palomas (al final del libro sabremos el porqué del nombre de la vivienda), donde vivó Teresa de niña; uno de aquellos pisos grandes de vetustos edificios con portera, que nada tienen que ver con los apartamentos actuales y cuya configuración alentaba las fantasías, los misterios, los temores y anhelos de la infancia.

En esta persistente autoindagación de la autora, la casa forma parte importante del tejido afectivo del relato, pues es abrigo, cobijo y nido en las intemperies liminares de la niñez.

La familiaridad y la extrañeza conviven en este libro y la narradora muestra una potente capacidad observadora, así como una asombrosa destreza descriptiva que asimila, justifica o rechaza vivencias vitales preteridas que han dejado huella en su memoria. Todo ello sin rendir culto a una nostalgia melencólica.

Teresa recuerda su infancia no como una traumática expulsión del paraíso perdido, sino como un tránsito necesario hacia otros horizontes, de ahí que su evocación no sea un ajuste pesimista con el presente y la narración, conducida con una ironía activa y un ajustado sentido del humor (como también ocurre en algunos de sus poemas) no encalle en el discurso sentimentalista ni en la idealización grandilocuente de un mundo abolido y mágico.

La casa de las palomas
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Resulta paradójico que durante el annus horribilis de la pandemia hayas vivido uno de tus mejores momentos en tu trayectoria literaria con la edición de dos libros, uno de poemas, Orión pasa de largo y otro de prosa en clave autobiográfica: La Casa de las Palomas

En cuanto a Orión pasa de largo no es exactamente así, puesto que en realidad los poemas son el fruto de aproximadamente tres años. Incluso algunos pueden ser anteriores y ahora he considerado que encajaban en este libro. Sí es verdad que he tenido más tiempo para dedicarme a corregirlos, una y otra vez, hasta que me han parecido que estaban terminados: que las ideas que expresaban me gustaban, que las palabras elegidas eran las apropiadas y la forma de unir todo era la más adecuada.

La Casa de las Palomas en principio eran cuentos sueltos sobre la niñez, hasta que en un paso de tiempo prolongado con mi madre encontré la hilazón que iba a dar sentido a la unión del texto: una familia, una ciudad y un tiempo concreto.

Los dos libros estaban a punto de salir antes de la pandemia. Yo pensé, honestamente, que los editores decidirían no hacerlo, tal cual estaban las circunstancias. Que hayan salido, e incluso hayan podido ser presentados, ha sido para mí muy emocionante. Una gran apuesta a favor de la cultura por parte de las dos editoriales que no han dejado de publicar: Balduque bajo la dirección de José Alcaraz y Pilar García, y La Fea Burguesía, con Fernando Fernández, Paco Marín, y Paco López Mengual.

Dice Eloy Sánchez Rosillo en el prólogo de Orión pasa de largo que el contenido de tu poemario «no puede ser más heterogéneo, pero el denominador común de todas las composiciones, el hilo sutil que las hilvana, no es otro que el amor». Estando de acuerdo con Eloy añado que se aprecia una poética trabajada que une lo estético con lo más cotidiano. Hay una estremecedora capacidad para elevar a categoría estética el mínimo goce o lo más mínima desgarradura, y hay ante todo una mirada personal en la que no cabe ni el engaño ni el fingimiento.

Es cierto lo que dice Eloy. Claramente los poemas, vistos individualmente, no parecen tener nada en común, aparte de mi obsesivo interés por cada uno de los temas que trato, sobre los que pongo todo mi cariño, o como decís: «amor». Pero he intentado seguir una trayectoria que intenta exponer todo aquello que me hace daño, que no entiendo o que me parece una pérdida de esfuerzo humano. La solución claramente está en ese amor; es una vuelta a la tesis de mi primer poemario, donde seguía el camino de Empédocles: el zuncho que lo une todo es el amor. «Enraizó / en el agua, en la tierra y el fuego. / Vio la unión / en el reinado del amor. / Y la separación / en el sobrevenir del odio».

Me gusta mucho transitar de lo particular a lo universal: precisamente esas pequeñas cosas cotidianas de las que están llenas nuestras vidas, que nos unen y nos hacen grandes. La última premio Nobel, Louise Glück, sabe mucho de esas cosas.

Creo que si un poeta intenta fingir lo que no siente, va por mal camino. El lector lo nota, y es algo que está abocado al fracaso; aunque es cierto que aquí ayuda mucho la empatía, y uno se puede poner en los sentimientos de otro, en su dolor o en su gozo, y trasmitirlos.

En tu último poemario, más que un conflicto, hay una relación positiva entre el amor y el paso del tiempo. La fugacidad de la vida, tratada en muchos de tus poemas, no es un acontecimiento corrosivo ni destructivo, sino un hecho natural que crea vínculos afectivos.

En mi caso no me he dejado nunca —y me estoy refiriendo a la propia vida personal— arrastrar por el pasado, y eso supongo que lo has visto reflejado en el poemario. Soy una mujer esperanzada en el futuro, a la que no le asusta su incertidumbre y que lo espera con ilusión. Tampoco me arrepiento de las decisiones tomadas; al no ser regresivas es tontería lamentarlas. Así que de todas las historias pasadas quiero aprender, y espero que los que me rodean también lo hagan; aunque me pregunto ¿quién será quien lo haga?

Cuando uno lucha contra un infortunio rodeado de los suyos, familia y amigos, se encuentra más fuerte para ganarle y superarle. Después solo queda pasar página y centrarse en lo que nos traerá la vida.

La casa de las palomas
Posando junto a sus propios versos, que han sido inmortalizados en la Plaza de Europa de Murcia.

En Orión pasa de largo conviven -e incluso se fusionan- antinomias como acción-contemplación, épica-lirismo, mitología-realidad objetiva.

Ese juego de antítesis de conceptos, que crean sorpresa en el lector, me gusta mucho hacerlo, supongo que porque a mí me encanta, a su vez, que me sorprendan cuando leo. Debe de ser la influencia de la novela de intriga y misterio.

 El viaje también está presente en tu nuevo poemario, como no podía ser de otra manera en una poeta que es una viajera empedernida.

Me gusta viajar mucho, no lo puedo negar. Debo de tener un gen trashumante. Tengo la suerte de que estemos en una época en que se puede viajar casi a cualquier sitio y en muy poco tiempo (aunque temporalmente ahora no pueda ser). Y aunque las personas sean, en el fondo, en todas partes iguales, los matices culturales de cada país, e incluso de cada región, me despiertan una gran curiosidad. Supongo que en esto tendrá mucho que ver mi formación. Todo me interesa, desde el paisaje hasta los museos, pasando por la gastronomía, la artesanía y mil cosas más. Ese bagaje de información se acumula en mí y aunque no quisiera, aflora en lo que escribo.

Es imposible no hacer una lectura biografista de Orión pasa de largo, pues tu escritura está arraigada en tu experiencia vital. ¿Es este un libro confesional?

Sí, expreso lo que siento, veo y pienso. Procuro, a veces, no tomar partido cuando describo una situación, esperando que el lector, al presentársele las ideas e imágenes, tome la postura que quiera. De todas las maneras, la poesía se presta precisamente —como dices— a volcar esa ‘experiencia vital’ de cada uno. Es esa su esencia y su razón de ser.

 ¿Cómo calificarías tu poesía en general? ¿La adscribirías a alguna corriente? ¿Cuáles son tus autores y autoras de referencia?

Hablo de mi intimidad, de mi vida, de mi asombro ante la grandeza de la naturaleza y ante las actuaciones del ser humano.

No me corresponde a mí decidir si se me puede, o no, adscribir a una u otra corriente. El tiempo me pondrá en mi sitio o me borrará. Pero es algo que no me preocupa; escribo por necesidad personal.

Mis autores y autoras de referencia son muchos: todos los grandes, todos los que nos gustan en general a los que leemos poesía. Pero pienso en mi referente infantil de Vicente Medina y Bécquer; a la juvenil de Miguel Hernández, García Lorca y Neruda. Después, Ibn Hazm, Shakespeare, San Juan de la Cruz, Baudelaire, Emily Dickinson, Cernuda, Sylvia Plath, Anne Carson, Eloy Sánchez Rosillo… Y siempre lamentando no saber suficiente griego ni latín para leer a Homero y Ovidio en todo el esplendor de su lengua original.

 ¿Sirve para algo la poesía en estos tiempos confusos y descreídos?

La poesía está muy denostada de palabra; en cambio, el último Premio Nobel de Literatura ha recaído sobre una poeta. Y otro ejemplo: el Libro Murciano del Año, también ha sido para un poeta. ¿Y qué son las letras de las canciones, sino poesía que arrastra a la juventud? Me gustaría mencionar también el fenómeno de ‘jóvenes poetas’, como Marwán, que arrastra a muchos seguidores. Por lo tanto, la poesía está totalmente vigente y actual; y si lo está, es porque a la gente le interesa. Creo que precisamente el refugio de la poesía da muchas respuestas al alma. Es como la esencia de la expresión de la palabra. Para mí no hay mayor placer que encontrarme con alguien que me diga cuánto le ha conmovido leerme; entonces sé que hemos conectado y veo clara la utilidad de la poesía.

Vamos ahora a tu otro libro publicado en 2020, La Casa de las Palomas, a medio camino entre la autobiografía y la narrativa de autoficción. Cuentas con una intensa naturalidad tu infancia. Este libro, en mi opinión, es un intento logrado de aprehender lo vivido, de convertir el pasado en una experiencia de autoconocimiento.

Dar esa impresión de naturalidad fue bastante difícil. No quería hablar como una niña. En todo el texto quise mantener una mirada infantil, asombrada y expectante ante la vida, que no juzgaba lo que los adultos hacían y le ocultaban, pero que ella veía e intuía de todos modos. Hay muchos protagonistas en el libro, la niña, su familia, la ciudad y cómo era la sociedad en esos momentos.

Ese buceo en mi propia historia, sin saber a dónde me iba a llevar, fue un auténtico hallazgo. Cuando uno piensa en un tiempo pasado, cree que solo recuerda un par de anécdotas, porque la cotidianidad se presta fácilmente al olvido. Pero entonces se produce el milagro de que un detalle te lleva a otro, como si los recuerdos estuvieran atados unos a otros por una cinta de la que solo tuvieras que tirar de un extremo. Cada rincón que evocaba, me llevaba a un objeto, y con él a una persona y a su historia en mi vida.

   ¿Es la infancia realmente un paraíso perdido? ¿O es ese período liminar e iniciático dónde se fragua nuestra intemperie existencial?

 Para mí la infancia no fue un paraíso idílico. Mi madre nos tuvo a los cuatro hijos seguidos; ella estaba siempre atareada, y en casa no sobraba el dinero. No obstante, aprendí dos cosas muy importantes de mis padres —que les hacía superar todos los momentos bajos y que me han acompañado en la vida—: la constancia en el trabajo de mi madre para lograr cualquier objetivo, y la alegría de mi padre, al que no conseguía amedrentar ninguna adversidad.

A mí me ha ocurrido oírme repetir palabras o actos, recordando que así lo hacían mis padres, y ahora he visto hacer lo mismo mis hijos. Por lo que sí que pienso que heredamos unos comportamientos, aunque paradójicamente en su momento fuésemos contrarios a ellos.

 ¿Es La Casa de las Palomas un libro ocasional o constituye el comienzo de tu autobiografía?

No lo sé. De momento tengo cosas sueltas, que no sé si —como ocurrió con La Casa de las Palomas — al final encontrarán la manera de enlazarse en una historia coherente.

El mundo que narras en este libro es el de nuestra infancia, cuando los chiquillos pasábamos nuestra vida en la calle y la imaginación era fundamental en nuestro desarrollo. Hoy la Red ordena nuestras filias y fobias (también las de los niños). ¿Crees que las redes digitales han acortado o acelerado el tránsito de la infancia y que los productos tecnológicos pueden crear en los niños ansiedad y acrecentar su soledad?

Como dices, en el juego la imaginación es tan fundamental y desempeña el mismo papel que en la lectura. Cuando uno juega, desarrolla todo un universo de acciones a partir de unos pocos objetos, de la misma forma que, al leer un texto, crea en su mente todo un paisaje con cuatro pinceladas que le ha descrito el escritor. Con poco más que una descripción somera, nuestra imaginación vislumbra una persona con todas sus cualidades; es más, incluso podemos rellenar con nuestra mente lo que ha podido ocurrir en un lapsus de tiempo que el escritor ha decidido omitir. Ese esfuerzo personal de hacer nuestro un libro con la imaginación, es la magia de la lectura. Si uno está dispuesto a dejarse llevar por las palabras, será un lector toda su vida. No creo que el porcentaje de niños que leen ahora sea menor que en mi infancia. Al contrario, ahora los padres compran muchísima literatura infantil y en los colegios a los niños se les obliga a leer periódicamente libros.

Indiscutiblemente una historia contada por imágenes es más fácil de digerir por el cerebro, y si además tiene movimiento, más aún. Las redes como medio de comunicación personal y cultural a mí me parecen fantásticas. Son muy útiles. Precisamente durante la covid ha ayudado mucho a mantener relaciones sociales, a continuar con la enseñanza, y a que muchísimos artistas decidieran participar con sus obras en cualquier actividad. Yo misma he recitado, como una necesidad mía, para comunicarme y para animar al círculo de personas que me rodean.

Pero como todo, hay que saber administrarse con los juegos, el YouTube, Facebook, Instagram, Google… y además, hay que saber coger solo lo bueno de cada medio.

He leído paralelamente a La Casa de las Palomas el ensayo La poética del espacio de Gaston Bachelard. El filósofo francés dedica un amplio estudio al universo de la casa. Para Bachelard, los «soñadores de casas» son aquellos que recrean imágenes de ese primer lugar que habitamos en el mundo y quienes lo presentan a través de la escritura poética, la cual no necesariamente se enmarca dentro del género de la poesía, sino que puede trascender a cualquier tipo de texto. En este sentido, para Bachelard todos somos soñadores de casas, pues todos alguna vez descubrimos sus rincones, sus olores, sus pequeños secretos, y al rememorarlos les conferimos una vida nueva, mucho más rica.

La memoria es selectiva. Yo la tengo mala a nivel auditivo, por ejemplo, pero especialmente buena con respecto al ámbito espacial. Ese es el motivo de que recuerde muy bien los espacios en los que he vivido, o los que simplemente he visitado, desde mi infancia. Observar todos los recovecos de un espacio y lo que contiene es para mí un ejercicio que he realizado desde siempre. Me recuerdo investigando cada rincón, llevándome conmigo la esencia de la persona que ha vivido ahí. Cada uno hace suya su casa y le da su impronta. La lectura de una persona a través del espacio en que vive es apasionante.

No sé si es revelador, pero alguna vez he soñado con comprar una casa grande y vieja, abandonada, con todos sus enseres, y los he hecho míos.

En La Casa de las Palomas rindes tributo a la generación de nuestros mayores, y en todo el libro al igual que en tu poemario Orión pasa de largo, hay un lugar preferente para la coparticipación familiar, los vínculos humanos, la confidencia y la catarsis solidaria.

Los vínculos entre las personas, me parece que son una necesidad primordial. Lo aprendí de mi abuela materna: nos lo enseñó a toda su familia, y lo llevamos grabado en nuestros corazones.

¿La escritura es para ti un estado de alarma o un remanso cotidiano? ¿Puede surgir la creación en momentos de excepción como los que estamos viviendo?

Nunca es un remanso: es un placer enorme cuando tengo una idea y logro plasmarla exactamente como quiero y me siento muy excitada; y un sufrimiento cuando no lo logro. Y siempre una lucha por conseguir sentirme satisfecha con lo que he escrito.

Para mí está siendo complicada esta situación. Por debajo de mi pensamiento fluye un constante rumor que dice «no puedes llevar la vida que llevabas» que me paraliza. Tengo que sobreponerme a ello y sentarme a escribir, manteniendo una disciplina que muy a menudo flaquea.

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 La narración de La Casa de las Palomas, entrañable y estremecedora al mismo tiempo, no cae a mi juicio en la nostalgia o añoranza que esconde o maquilla una visión pesimista del aquí y ahora. No hay una dialéctica irreconciliable entre pasado y presente, antes bien creo que es un libro definitivamente optimista.

 Mi infancia, igual que la de muchos niños que son queridos por sus padres, fue un periodo alegre. No era responsable de nada, y el mundo que me enseñaban los que me rodeaban estaba distorsionado para que no me hiciese daño. Yo viví en un momento histórico en que el país empezaba a tener esperanzas, y las jóvenes familias soñaban con un futuro mejor del que habían tenido los padres en su infancia en la posguerra, y en su adolescencia con la dureza del comienzo de la dictadura.

¿Cómo te convertiste en escritora? ¿Gracias a la lectura, o la vida? ¿O fue por una combinación de ambas?

Siempre me ha gustado leer mucho, e incluso desde pequeña quería hacer libros, como los de los escritores que leía. Recuerdo, cuando niña, tener guardado en un armario, en una caja alargada, como un tesoro, trozos de papel y hojas sueltas de bloc con escritos míos, aunque no sé si eran poesías o pensamientos sueltos. En la adolescencia escribí poesías; luego la universidad y la vida no me permitieron tener suficiente tiempo y energía para dedicarme a la escritura. Soy una escritora madura que comencé sobre los cuarenta años.

¿Hasta qué punto las evocaciones nos protegen de la incertidumbre?

La incertidumbre ante la vida no la tengo: espero que me sorprenda positivamente. En cambio, la falta de creatividad siempre me produce esa incertidumbre, aunque ante la pantalla en blanco cada vez estoy más confiada en que algo me surgirá. Sí que me aprovecho de todo mi pasado para volcarlo, de alguna manera, en los textos narrativos y la poesía, y todo lo mezclo para crear algo nuevo.

¿Puede la literatura reparar? ¿Puede actuar sobre el sufrimiento individual y los males del mundo?

Indudablemente, la lectura es una gran evasión y todo un mundo de aprendizaje. Nos atrapa porque creamos en nuestro cerebro la imagen de lo que se describe y las ideas que se expresan, y las hacemos nuestras. Podemos sufrir, reír, documentarnos, asustarnos…con lo que huimos, nos consolamos o encontramos respuestas a nuestras angustias.

 ¿Cómo se relacionan y alimentan las distintas facetas de tu creación?

Bebo de muchas fuentes: la experiencia de vivir, la observación del mundo y de lo que lo habita; la empatía con los demás, haciendo mías conductas y pensamientos ajenos; mi formación en historia y en arte; los viajes; la curiosidad que hace que me interese por temas de lo más dispares; y por último la lectura, que me ha proporcionado la experiencia de las vivencias de miles personas. Meto todo en un crisol y con la imaginación intento formar una nueva historia.

Gracias, querido José Luis Zerón Huguet, por esta entrevista.

José Luis Zerón Huguet

IV PREMIO “LAS NUEVE MUSAS” DE RELATO BREVE
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