Las nueve musas
Teresa Mancha

¿Teresa Mancha, una excepción?

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 Escrito está en mi alma vuestro gesto,
y cuanto yo escribir de vos deseo;
vos sola lo escribistes, yo lo leo                                               

 Soneto V, Garcilaso de la Vega 

Hay personas que sobreviven en la historia, como seres de carne y hueso, apenas si hay diferencia entre la figura literaria, la ficción, y la realidad de su existir. Sirven como modelo para mostrar el tiempo y espacio que les tocó vivir. Han encarnado la autenticidad y ellos mismos representan la sociedad de aquellos años como si el personaje se fuese conformando cada vez que lo leemos. Ejemplo de la inestabilidad romántica, asistimos a su elección del abismo. A veces parece que van a desaparecer, sin embargo, siguen ahí al otro lado de la puerta, son imprescindibles para hacer visible lo invisible. Esta pudo ser una de esas vidas.

Cuando Rosa Chacel recibe el encargo de Ortega y Gasset, años treinta, para contribuir con la biografía de Teresa, amante de Espronceda, a una serie que aparecerá en Espasa-Calpe, se topa con el vacío.  Es la desconocida. Rosa, como escultora se alegra, tiene el hueco, acepta el desafío. Declara sobre el encargo de esa supuesta vida extraordinaria: tuve la suerte de que me tocase la más carente de hechos, la más persona desnuda en su humanidad. Esta condición de mi protagonista empezó pareciéndome una dificultad insalvable y, si me hubiera empeñado en hacer una biografía, lo habría sido, porque Teresa no hizo en toda su vida nada más que ser Teresa. Que emigró con su padre en tal época, que se casó en tal fecha, que en tal otra se fugó con Espronceda y muy poco más; eso es todo lo que pude averiguar de cierto. Aparte de esto, no había más que la verdad poética, esto es, la verdad: que Teresa sin hacer nada, quedó en la poesía española biografiada, porque su vida es el <<Canto a Teresa>>. Cuando llegué a esta conclusión decidí escribir un Canto en prosa…

Entonces me limité al Canto: lo tomé como guión y, ateniéndome sólo a las fechas que han quedado como seguras respecto a viajes, matrimonio y fuga, fui interpretándolo por el mismo sistema: lo dado en el canto, fuera, alrededor de Teresa, y la novela, desde dentro de ella.

Eliminar aquello que estorba sería su meta, la convierte en una mujer desprovista de unos atributos que le darían el papel definitivo en la tragicomedia humana. Pasa por la vida, despojada de un yo radiante, forma parte de la multitud urbana. La ciudad se convierte en protagonista. El límite entre el yo y el no yo parece que puede desaparecer a la vuelta de la esquina. Rompe con esa sociedad reducida, burgueses que ocupan sus puestos en el teatro, cuyas historias amorosas más o menos convencionales son siempre conocidas.                      

Rosa Chacel  publica “Teresa”, en Buenos Aires, 1941,  suprime lo exterior: viajes, ciudades, paisajes, diferencias, sorpresas, para mostrarnos el interior. Asistimos a la vida íntima de una romántica. Tras la vuelta del exilio, apenas si hay datos paisajísticos, estamos ante la intimidad, el misterio, la extrañeza. A medida que el personaje se va degradando, cuando la vemos ocupar el puesto que la sociedad española de la época tiene reservado a estas personas, cuya vida no se ajusta al conjunto, muestra un mundo cada vez más reducido, finalmente se limita a la casa en la que vive. La aventura final, el adolescente que presume de mayor, presunto hombre de acción, mientras ella no es más que alguien que quiere huir de ese encierro en el que vive, algo no impuesto, pero que corresponde a su representación, aporta otro elemento en la sociedad del XIX madrileño, la incoherencia. No hay protagonismo heroico, sino angustia existencial.

La aceptación del otro, de uno mismo, suele ser una aspiración social. Existe un mundo cotidiano, normalizado, que convive con la excepción, también compatible, válido a otras horas, en otros lugares, condenados a vivir fuera, espacio marginal donde son posibles hábitos que, no son excluyentes, aparecen en sociedades tolerantes, opuestas a un dogmatismo donde la apariencia es considerada como única realidad. La sociedad no consiste en casilleros donde se colocan según caracteres, aspiraciones, actuaciones, aunque se parece.

La Teresa que presenta Rosa Chacel, castigada por el exilio, aunque rebelde, simultáneamente acepta las apariencias que exige un matrimonio pactado. Claro que, con la misma actitud lo rechaza y se fuga con Espronceda, sin que, al parecer le perturbe demasiado. Vive feliz, mientras ocurre en el destierro. Felicidad, que se corta al llegar a los convencionalismos de vuelta a la patria. De tal modo que se convierte en la protegida, señalada por su situación irregular. No aceptada por la posible suegra, a quien no conmueve ni la nieta. Espronceda pasa a vivir como el burgués que tiene la mujer a quien paga todos sus gastos. La coloca a un paso de la prostitución.

El fervor por el joven e impulsivo Octavio. Un chico que podría ser su hijo. Su fuga, con la ruptura de cualquier lazo familiar. Esa entrega a ciegas, como si se tratase de una aventura, sin duda forma parte de su propia historia, ya que su vida ha consistido en la huida, la expatriación, el desarraigo. De ahí que quede suspendida toda posibilidad de vuelta a esa especie de normalidad que, sin duda, no era sino otra manera de vivir prostituida.

Teresa, protagonista de su canto, en el “Diablo mundo”, texto literario, testimonio de su existencia, ¿hiperbólico? ¿Fantasía? ¿Qué ha representado? Para unos se trata de una pieza extraña, cuya relación remota con el argumento del Diablo mundo, apenas si lo admite. Formaría parte de esa disposición romántica fragmentaria, que está ahí como podía no estar. Sin embargo, la misma unidad, caprichosa, desordenada, rompe con un argumento lógico, quizá hay que entender no entendiendo. Si aceptamos que está ahí, veamos el porqué. Se trata de una relación no explícita. Aparece la vida de una mujer, que pretende ser representativa de la belleza, del gozo de su compañía, para después, contemplar su decadencia, su pérdida de atractivo, hasta que con su muerte recupera lo que ha sido, lo que ha representado. Especie de Eva maldita, cuya autonomía e independencia no le pertenecen. Ser desvalido, condenado a ese encanallamiento por su mismo nacimiento, por la posición que ocupa ante la ley. Sin duda parte de este Diablo mundo, del mal, aunque vale más como recuerdo que como existencia.

El canto a Teresa, representativo del romanticismo, comparable a la Égloga primera de Garcilaso, hermoso curso de palabras, alejado de toda anomalía, donde se sufre el dolor, la muerte irremediable, como un suceso natural, integrado en la misma vida: Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

La muerte representa la separación: desta manera suelto ya la rienda/ a mi dolor, y así me quejo en vano/ de la dureza de la muerte airada./ Ella en mi corazón metió la mano, / y de allí me llevó mi dulce prenda: / que aquel era su nido y su morada. / ¡Ay muerte arrebatada!/ Por ti me estoy quejando/ al cielo y enojando/ con importuno llanto el mundo todo:/ el desigual dolor no sufre modo. / No me podrán quitar el dolorido/ sentir, si ya del todo/ primero no me quitan el sentido.

Espronceda
Espronceda

La vida sorprende con estos cambios rotundos: ¿Quién me dijera, Elisa, vida mía,/ cuando en aqueste valle al fresco viento/ andábamos cogiendo tiernas flores, / que había de ver con largo apartamiento/ venir el triste y solitario día/ que diese amargo fin a mis amores?/ El cielo en mis dolores/ cargó la mano tanto,/ que a sempiterno llanto/ y a triste soledad me ha condenado; / y lo que siento más es verme atado/ a la pesada vida y enojosa, / solo, desamparado, / ciego sin lumbre en cárcel tenebrosa.

El Canto a Teresa, se rebela contra lo establecido, maldice, su ironía rompe el equilibrio. Reconoce la inconsistencia del ser humano. Aparece una Eva que, atraída por el mal, será causa del dolor. La serenidad, el equilibrio, que representa Garcilaso, se convierte, ahora, en improperio, exabrupto, se acepta que la mujer representa el engaño, la apariencia y atribuye a la mujer el mal que impregna el mundo: Y llegaron en fin …¡Oh! ¿Quién, impío,/ ¡Ay!, agostó la flor de tu pureza?/ Tú fuiste un tiempo un cristalino río/ Manantial de purísima limpieza;/ Después torrente de color sombrío,/ Rompiendo entre peñascos y maleza,/ Y estanque, en fin, de aguas corrompidas,/ Entre fétido fango detenidas.

Prosigue, al poco, con esta octava, donde ya sin reserva alguna, la mujer aparece como ser repugnante:  Mas, ¡ay!, que es la mujer ángel caído/ O mujer nada más y lodo inmundo./ Hermoso ser para llorar nacido, / O vivir como autómata en el mundo; / Sí, que el demonio en el Edén perdido/ Abrasara con fuego del profundo/ La primera mujer, y, ¡ay!, aquel fuego/ La herencia ha sido de sus hijos luego.

Por qué incluye este canto de exaltación y muerte, triunfo y catástrofe. ¿El romanticismo está lleno de contrastes? Quizá piense que debe exponer el amor sublime y su fracaso, muestra lo que podríamos entender como realidad. Esto es: no existe el amor eterno, la vida no se concibe como un proceso continuo. Teresa, segunda Eva, como Adán, se conocen expuestos en un mundo alejado de aquel Paraíso, ¿Ya sólo un recuerdo? ¿Una historia legendaria impropia de este siglo XIX y su revolución industrial?

Para conseguirlo no faltan elementos trágicos. Teresa facilita al poeta ese abandono que transforma una vida anodina, alienada, en el protagonista más sincero, más acorde con la existencia romántica, redimida por la muerte: ¡Feliz! La muerte te arrancó del suelo,/ Y otra vez ángel te volviste al cielo.

Para finalmente cerrar el Canto con unos versos descarnados, insolentes, contrarios al tono dramático que los precede. Como la ola que muere en la playa, esta biografía queda reducida a una nota periodística. Sin duda ha formado parte de su vida; sin embargo, aparece el cínico, de modo que convierte el dolor en más auténtico, de tal modo que un episodio que ha sido este encuentro, los años de convivencia, se pierden entre el fárrago de sucesos, y hace más sincero, más auténtico este fin, veamos la octava final: Gocemos, sí; la cristalina esfera/ Gira bañada en luz: ¡bella es la vida!/ ¿Quién a parar alcanza la carrera/ Del mundo hermoso que al placer convida?/ Brilla radiante el sol, la primavera/ Los campos pinta en la estación florida: / Truéquese en risa mi dolor profundo…/ Que haya un cadáver más, ¡qué importa al mundo!

Se podría entender como una ruptura con los convencionalismos sentimentales. Sin embargo, tiene más de aceptación existencial, hay verdad, naturalmente que rompe con un mundo de apariencias, en que toda sociedad descansa. El grito romántico, aullido de dolor que atraviesa las sombras, llega más.

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JOSÉ LUIS MARTÍNEZ VALERO

José Luis Martínez Valero

José Luis Martínez Valero. Águilas, 1941

Catedrático de Enseñanza Media de Lengua y Literatura Españolas.

Ha publicado: Poesía (1982), La puerta falsa (2002), La espalda del fotógrafo (2003), Tres actores y un escenario (2006), Tres monólogos (2007) Plaza de Belluga (2009) El escritor y su paisaje (2009) Libro abierto (2010), Merced 22 (2013), Daniel en Auderghem (2015), Puerto de Sombra (2017), Sintaxis (2019), Otoño en Babel (2022), Antología del Veintisiete en Murcia (Mayo, 2024)

Ha coordinado el ciclo de Poesía en el Archivo (2007, 2008 y 2009).

Guionista en los documentales: Miguel Espinosa y Jorge Guillén en Murcia.
Aguafuertista e ilustrador.

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