Las nueve musas
Natasha

Permiso para matar

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Doña Natasha era una polaca nacida en Ucrania. Sí, lo que leyó usted, no hay error. Su aldea quedaba en uno de esos distritos que las potencias fronterizas se van prestando unas a otras, al menos hasta la próxima guerra. Para colmo doña Natasha (o Natasza, según la grafía eslava), aunque ya contaba con unos mil quinientos de edad, era lo suficientemente coqueta para no revelar ni bajo amenaza de muerte el año de nacimiento. De ahí su doble nacionalidad de entrecasa.

Llegada a la Argentina como inmigrante de entreguerras, su vida se deslizaba cómoda. Tenía un esposo que le bancaba todos los gustos, a simple trueque de alguna canita al aire también con comodidad de vez en cuando, aunque sin que se enterara. Vale decir, sin que él se enterara de que ella se había enterado.

Pero va que un día se muere el cónyuge —la gente tiene esas costumbres indiscretas— y la pobre vieja no estaba para tomar novio ni marido nuevo al que soportarle nuevos cuernos, sea el cretino legal o ilegal. Así que le cayó de repente el intríngulis de qué hacer con su tiempo libre, el cual comprendía todo ese día de viudez más el de todos los otros por venir.

De sonrisa encantadora, Natasha era muy capaz de preguntar sin anestesia a cualquier fumadora en medio de una fiesta si le reponía la plata al marido por los atados de cigarrillos que se compraba para sí. “¿O acaso, tú no vives de tu marrido? Está muy mal eso de pagarrrse vicios con plata de tu marrido…” Para luego quedarse tan campante sin variar de sonrisa, pese a la mirada asesina de la fumadora y la hilaridad de media mesa de parientes.

Mujer activa, no estaba para quedarse en casa haciendo tortas o tejiendo para nietos y bisnietos como con frecuencia ocurre —o mejor, ocurría— entre las buenas abuelas, por lo que desplegaría su saber en el pequeño club de la colectividad, allá por el barrio de Palermo. Ese que alguna vez le contaron sus amigas de Kraków (nosotros diríamos Cracovia) y que el difunto, por celoso, nunca la había querido asociar.

Cuando la comisión directiva del club aceptó llenarle la ficha de socia, nunca imaginó al soldado que incorporaba. Apenas pagada la insignificante cuota social, pidió que le encargaran alguna cosa. “De las que ustetdes hacen, que para eso estoy aquí. No pienso quedarrrme cruzada de braazos”.

Después de consultarse todo un día, el presidente propuso al secretario designarla tesorera. Los demás miembros de la comisión jamás asistían a las reuniones; en realidad ignoraban su obligación de asistir, algunos hasta ni recordaban formar parte de la comisión.

—¿Tesorera? —se escandalizó el secretario.

—La conozco desde hace años, es vecina mía. No te preocupes. Es más honesta que Jesucristo en su santa gloria —aclaró el presidente.

—Pero… ¿y Stanisław?

—Qué, ¿qué te piensas…? ¡Sabes que Stanisław está viejo y sordo! Tan viejo que para contar plata de una colecta tarda más tiempo que el que tardó Polonia en ganarse la independencia de nuevo. ¡No estorbes!

—Pero… es que los estatutos dicen…

—Un cuerno lo que digan. Entre que no ve ni medio y tiembla de las manos… ¡Pero qué estoy explicándote lo que ya viste mil veces en tus propias narices!

Así fue cómo, sin más ni más, Natasha se convirtió en flamante tesorera.

Era perfecta para el puesto, justo es reconocerlo. Puntual hasta el insulto, llegaba media hora antes a toda reunión. Llevaba con absoluta claridad los libros y nunca olvidaba depositar los exiguos pesos en la caja fuerte que vivía detrás del enorme óleo del rey Miesko I en el salón-comedor. Caja fuerte tan secretísima que todo el mundo sabía donde quedaba, pero que se mencionaba en voz baja para que no se enteraran los ladrones. Algunos hasta la nombraban señalando hacia el cuadro. “Hay que tener cuidado en estos tiempos, usted me entiende”.

La vida transcurría alegre para el club. Tenía un triunvirato ideal, uno que se reunía todas las semanas para hacer y deshacer su destino. Así fue por casi tres años.

Pero una tarde el secretario recordó solemnemente que el mes próximo se cumpliría otro aniversario de la entidad. Solo que este no era un aniversario más, no. Era uno terminado en cero. Había que hacer una fiesta a lo grande, con comida, bebida y esas cosas. Una fiesta a la que concurriría todo polaco de Buenos Aires. Una como es debido. De paso, con lo recaudado tendrían fondos para cubrir gastos de ahí a fin de año.

—Cuando hay gente decente a cargo, todo se soluciona, créame —decía con cierto tufillo de jactancia el presi. Era verdad, aunque no siempre alcanza con eso.

Revuelo general. Unos a otros, los polacos invitaron a sus conocidos y estos a su vez a otros conocidos. Incluso a más de un amigo no polaco. “¿Pero cómo me dices que no puedes asistir? ¡Qué tienes más importante que hacer en tu casa que en nuestro club?”

A la semana tenían un buen número de seguros asistentes, un número como para llenar todo el salón-comedor. Si bien es verdad que algunos prometen y después meten una excusa, lo cierto es que poca gente apuntada faltó a la fiesta.

El cura de Palermo, el de la iglesia de la vuelta, bendeciría las instalaciones como había hecho veinte años atrás, cuando la fundación. Era un polaco viejo, simpático como para convertir en ameno un aburrido bautismo y hasta con mucha gracia para dar un sermón. Lo que se dice un tipo exquisito, piola. No se la iba a perder si había buena comida. Algunos chusmeaban que era rápido para el vodka también pero no era verdad, al menos no más rápido que el polaco promedio de cualquier parte del mundo. Quizá fuera cierto de que era algo izquierdista, pero el mundillo polaco-porteño lo decía con sonrisa cómplice. “Bah, un poquito de izquierda y de vodka se permite. Usted sabe”.

Llegó por fin el ansiado día. Doña Natasha detrás de su mesita-escritorio instalada a la puerta del salón-comedor grande. La del salón de arriba, se entiende, porque el bufetero del saloncito de abajo tenía sus propios parroquianos y opiniones, “que en mi negocio la comisión no tiene por qué meter las narices”. En el salón de arriba, nadie pasaría la barricada de la tesorera sin pagar su tarjetita.

Dos larguísimas cintas de tela, a modo de guirnaldas, celestes-blancas/blancas-rojas, engalanaban el lugar. Estaba bien, coqueto, nada cursi. Tras poco gasto, el ambiente mismo hablaba del magno acontecimiento. La mirada adusta, casi salvaje, de Miesko I, con armadura completa, presidía desde su óleo; las manos puestas sobre el pomo de la espada medieval. Ostentaba a sus flancos dos banderas: una con los colores argentinos; la otra, con los polacos.

 

Ya estaba todo el mundo a la mesa cuando apareció el cura. Y todo ese mundillo aplaudió. Llegaba acompañado de cinco monjas que no habían sido invitadas. Monjas que, a juzgar por las siluetas, ninguna carecía de buenos molares.

Doña Natasha dijo:

—Padrre, aquí tiene su tarjeta. Sin cargo. Deferencia del club…

Mas cuando el cura quiso hacer pasar de gratarola a las cinco monjas al salón-comedor, doña Natasha agregó con la dulce sonrisa que le era propia:

—¿Las señorras no pagan, padrre? Porque el único invitado gratis aquí es ustetd, padrre. Ustetd bendice las instalaciones… es lógico, pero ellas…

Fue impresionante. El cura, echando chispas, alegó que ya había hablado por teléfono con el presidente y que este le había dicho que trajera sin cargo a quien quisiese.

—Sí —dijo doña Natasha—, a “quien” sí, pero no a “quienes”. Una de las señorras… en todo caso, voy y pregunto si sin cargo… ¡pero cinco… padrre…!

El cura a los gritos, al menos al grado que se lo permitía la sotana, defendiendo su derecho a damas gratis. El casto harén, sin saber si irse o quedarse.

Se acercaron al vuelo presidente y secretario.

—Señorres míos, como tesorrera mi deber es velar que nadie entre colado… Ustetdes mismos, tú y tú, me dieron las instrucciones —la buena viuda era el rey Leónidas plantado en las Termópilas.

Medio mundo, polaco y no polaco —ya asomaban varios mariditos y noviecitas de caras latinas—, matándose de risa. Los más discretos, mirando y codeándose.

—¿Así que tienes el deber de velar como tesorrera…?

El presidente lo dijo más para sí que para la pobre mujer.

—Pues bien, ¿sabes una cosa? Desde ahorra, no eres más tesorrera. ¡Renunciaste!

Así fue cómo doña Natasha fue relevada de su puesto ipso facto y reemplazada por un polaquito argentinizado, uno cuyo gran mérito era ser casi perito mercantil, aunque ya había anunciado a sus padres su pretensión de ser actor.

“¿Sabe, ustetd? Los varones polacos son todos unos machistas y meterretes, como dicen ustetdes, los argentinos. ¡Miren lo que me hicieron delante de todo el mundo! Me quitaron puesto de tesorrera… ¿pueden creerlo? Ahora me dedicaré solo a mis nietos”.

 

Volvió al club como a los tres meses de estar enfurruñada con la comisión.

—Perdona, querida, pero no podíamos hacer otra cosa. ¿Cómo vas a detener así a un cura… y a cinco monjas. Somos católicos, santo Dios —explicó el secretario.

—Olvida lo que pasó —agregó el presidente—. Como siempre digo: cuando hay gente decente a cargo, todo se soluciona.

—Además, llamaste señoras a las monjas —insistió el primero—. Una vergüenza.

—¿No las llamé hermanas?

—“Señoras” las llamaste. Y dos veces por falta de una —aclaró el secretario tras los dedos de la mano diestra puestos en ve, tal como en la liberación de París.

—¿Me devolverrán el puesto de tesorrera, entonces?

—No, ahora lo tiene Maciej, el exbibliotecario —pretextó el presidente.

—Ah, bien, entonces me voy.

—Es que por eso te llamamos. Tienes que cubrir el puesto de ese chico Maciej. No tenemos más gente. Tú conoces bien el idioma polaco. Libros literarios de la biblioteca, todos en polaco… Sienkiewicz, Chmielewska, ¿qué te parece? En la biblioteca, además, no tendrás que manejar dinero, ni tiempo para pelearte con sotanas…

—Joseph Conrad —agregó el presidente como para entusiasmarla.

—Ese no escriiibía en polaco, así que mejor no lo nombres —se defendió la buena mujer.

—Bueno, ¿aceptas o no? —insistió el presi.

Doña Natasha contestó con gravedad que tendría que pensarlo. Pegó media vuelta con aires de princesa (en el fondo lo era de corazón) y saludó sin mirarlos a la cara. “¡Machistas!”, dijo para sí, ya bien dada la espalda. Había decidido que los ángeles no tienen tal cosa.

A la semana, aceptó hacerse cargo de la biblioteca. “No estoy para hacer tortas ni tejer para nietos malcriados, ¿me comprende ustetd?”

Héctor Zabala

Héctor Zabala

Narrador y ensayista argentino (Villa Ballester, Buenos Aires, 1946).

Dirige la revista literaria Realidades y Ficciones y su suplemento desde 2010.

Fue redactor de la revista literaria Sesam, de la Sociedad de Escritores de General San Martín (2007-2010).

Reside en la ciudad de Buenos Aires.

Ha sido distinguido con varios premios nacionales e internacionales en narrativa corta y fue jurado literario en diversas ocasiones. Ha publicado en 2016 los libros de cuentos “Rollos sacrílegos”, “Unos cuantos cuentos” y “El trotalibros y algunos mitos”. También, en 2016, la obra teatral “Diván en crisis”, en colaboración con Diana Decunto y Alicia Zabala. En 2019 publicó “Pateando tableros, relatos con algo más que ajedrez”. Tiene varios libros pendientes de publicación.

Obras de su autoría han sido publicadas en diversas revistas literarias, como Letralia, Alga, La Bella Varsovia, entre otras.

Es contador público nacional por la Universidad de Buenos Aires (UBA), maestro internacional de ajedrez (IM-ICCF, 1999 y SIM-ICCF, 2001), medalla de plata (ICCF, 2002) y fue el VIII campeón latinoamericano de ajedrez postal (CADAP, 1994).

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